El Retorno del Rey, mas de dos décadas después

El Retorno del Rey, mas de dos décadas después

Llegamos al final de una trilogía de artículos que ha marcado mi actividad en la web y mi ocio durante estos fines de semana: El Señor de los Anillos: El Retorno del Rey, la conclusión del viaje analizada veintitrés años después.

Pido disculpas de antemano, ya que el cúmulo de emociones que experimenté durante el visionado de mi película favorita puede hacer este artículo algo más largo de lo habitual. Creedme, lo merece.

Arrancamos con una introducción sobre la vida de Sméagol desde que su camino se cruzó con el Anillo: un descenso de unos minutos en el que vemos su corrupción absoluta hasta convertirse en Gollum. Estas escenas, que antes me inspiraban desagrado o asco, hoy me inspiran compasión y lástima. Gollum era, quizás, la mayor víctima de toda esta historia. Un Sam aún optimista trata de mantener a su compañero, cada vez más afectado y cercano a la locura. No era consciente hasta ahora de cómo el prólogo sobre Gollum no era más que una advertencia de lo que le ocurriría a Frodo sin el verdadero héroe de la historia.

Los victoriosos miembros de la Compañía llegan a Isengard, donde se produce el reencuentro con Merry y Pippin y la escena extendida más importante de las tres películas. Es un verdadero crimen de guerra cómo dejaron en la versión original el destino de Saruman sin resolver, con la extraordinaria escena que habían rodado: el debate dialéctico entre el villano y Gandalf, la compasión de un iracundo Théoden hacia Gríma pese a todo el daño recibido, y una muerte que, al margen de conocidas anécdotas de rodaje, dio un cierre digno al mago.

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La escena de la villanía de Gollum es otra de las que más ha cambiado en dos décadas. Detalles como los cambios en el tamaño de sus pupilas cuando Sméagol habla con Gollum, antes de ser descubierto por un Sam que nada puede hacer para que Frodo vea el peligro, muestran una atención al detalle admirable. Siempre me ha gustado pensar que cuando la criatura afirma que no haría daño a una mosca y se da una palmada en la cabeza antes de mirar su mano, aplastó una contra su cráneo, demostrando su naturaleza mentirosa. Nunca pude confirmar si eso es real o fruto de mi imaginación.

Tras los festejos en Edoras —donde asistimos a otra mítica competición entre Legolas y Gimli—, cae la noche y la altera un Pippin que no sabía que la curiosidad mata al gato, viéndose cara a cara con el gran villano. Puedo asegurar que la justicia que Las Dos Torres no hacía a Merry y Pippin la obtienen aquí, con mayor protagonismo individual, desarrollo de personaje y una capacidad de empatía que en la segunda entrega no lograron del todo. Gandalf parte a todo galope hacia Minas Tirith, quedando trazados los caminos de todos desde ese momento.

No profundizaré mucho en la decisión de Arwen de regresar a Rivendel. Su visión del hijo que tendrá con Aragón —Eldarion, para quienes no han leído los libros— la lleva a renunciar a su inmortalidad y a promover la reforja de Narsil. Sí diré que la falta de contexto sobre esta renuncia genera confusión, pues parece un don común a todos los elfos cuando en realidad solo es posible para Elrond y su estirpe al ser Peredhil —descendientes de elfo y humano—. El momento en que a Arwen se le cae el libro y su padre afirma que la vida de los Eldar la abandona es la confirmación de que ella elige ser humana.

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Llegamos junto a Gandalf y Pippin a la impresionante Minas Tirith, cuyos planos y banda sonora la hacen parecer más completa e imponente con cada año que pasa. Un Denethor sumamente deprimido no parece tener en su cabeza más que el pesar por la muerte de Boromir y el miedo a perder el poder. Estas escenas tienen sobre todo la finalidad de presentarnos el escenario y reintroducirnos al Rey Brujo de Angmar como villano principal.

Esta presentación se refuerza con la llegada de Frodo, Sam y Gollum a la tenebrosa Minas Morgul, donde somos testigos de la hechicería del enemigo y la puesta en marcha de sus ejércitos. El Rey Brujo se ve aún más peligroso y elevado en estas escenas, haciendo que el resto de los Nazgûl parezcan secundarios a su lado. Hay que ver lo mucho que lograron con armadura y casco, cambiando por completo su aura.

Continuamos con dos escenas entrelazadas: la brutal invasión de las ruinas de Osgiliath y el encendido de las almenaras. Sabiendo hoy cuánto inspiró en Tolkien su participación en las guerras mundiales, no pude evitar ver Osgiliath por primera vez como la Stalingrado de la Tierra Media: una defensa imposible de unas ruinas inhabitables de la que dependía el futuro del reino. Sobre la ya mítica escena de las almenaras solo diré que la banda sonora de viento y metal que Howard Shore compuso para ella me erizó cada vello del cuerpo, me provocó un escalofrío en la silla y humedeció mis ojos. No serían las únicas lágrimas de la velada.

Merece mención también cómo en estas escenas de Gondor se juega con la presencia de un personaje de los libros que debió estar en el filme pero nunca fue introducido del todo: el príncipe Imrahil de Dol Amroth, el rubio de capa azul que parece ejercer de mayordomo del senescal. Sin duda merecía más.

Algunas de las escenas más desgarradoras se suceden intercaladas. Gollum envenena la mente de Frodo contra Sam —podemos observar en el portador del Anillo los mismos cambios de pupilas que en Gollum—, culminando en una jugarreta que obliga a Sam a abandonar a su amo contra su voluntad. Simultáneamente, un desquiciado Denethor humilla y destruye a su hijo menor con una frialdad horrible, amparándose en el duelo por Boromir. Estas escenas siempre me han hecho despreciar sobremanera el trato a un Faramir que toda su vida se ha sentido menor ante la sombra de su hermano y el desprecio de su padre, prefiriendo una marcha suicida con sus hombres a la sensatez que le pide Gandalf, con tal de ganarse un reconocimiento y un amor que nunca llegaron.

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Los rohirrim reúnen sus fuerzas sabiendo que no son suficientes. Aragorn recibe la visita de Elrond, la espada Andúril —la Narsil reforjada— y la misión de liderar, como rey, al ejército de los perjuros. Las palabras que ambos comparten en élfico parecen no tener sentido la primera vez, pero generan un nudo en la garganta al saber ahora que fueron las últimas palabras con vida de la madre de Aragorn. Tras partir el corazón de una enamorada Éowyn de la forma más galante posible, marcha con Legolas y Gimli a cumplir su destino. Théoden, por su parte, sabe que va a la muerte pero asume el papel de quien inspira y alienta a los suyos, tanto que su sobrina disfrazada desobedece sus órdenes llevando consigo a un Merry que también parecía quedarse atrás.

Los Senderos de los Muertos no faltan en humor gracias a un Gimli que rompe la tensión con sus ocurrencias, y vemos por fin a Aragorn dejar morir a Trancos el montaraz para asumir su papel como heredero de Isildur. Los muertos deciden seguirle y le ayudan a apoderarse de los barcos cargados de refuerzos para Mordor.

Justo a tiempo, pues las tropas del mal alcanzan Minas Tirith para dar comienzo a lo que posiblemente sea la mejor batalla medieval de la historia del cine. Un Gandalf harto de tonterías toma las riendas ante un Denethor más empeñado en inmolarse con su hijo que en prestar atención al medio millón de orcos que atacan su reino. El nivel de acción y emoción se mantiene impresionante, solo interrumpido por Frodo cayendo en la trampa de Gollum y siendo atacado por la monstruosa Ella-Laraña. De pequeño el ambiente causaba terror y ansiedad —especialmente si no te gustan las arañas—, y esa sensación no se ha atenuado de adulto. Ahora se aprecia además el tremendo diseño del monstruo. La aparente muerte de Frodo, salvado finalmente por Sam, nos regala otra de las mejores escenas de Sean Astin en la saga.

Caen las puertas de la ciudad y todo parece perdido, pero una flor en el seco árbol blanco de Gondor anuncia el cambio que se avecina. Hemos de agradecer a Pippin querer poner fin a la locura de Denethor, ya que nos brinda otra de las escenas extendidas más memorables: el enfrentamiento de voluntades entre el Rey Brujo y Gandalf. Es un crimen que no nos dieran esta interacción en la versión original, pues es un duelo anticipado varias veces que queda inconcluso con el llegar del día y el sonido de un cuerno. Y voy a volver a llorar.

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Rohan hace acto de presencia con el amanecer de fondo y la misma epicidad que tuvo en su momento. Solo pude aferrarme al asiento mientras sentía mi cuerpo estremecerse sin dejar de llorar. Las palabras de Théoden resonando, los cuernos quebrando el ambiente y, finalmente, el emblemático violín de Rohan en su máxima expresión convierten esta en la mejor escena de caballería de todos los tiempos y mi favorita de toda la saga. El corazón se aceleraba tanto como el galopar de los caballos, y las ganas de gritar «¡Muerte!» junto a ellos solo las mitigaba saber que me echarían la sala encima.

Tan en shock estaba que apenas pude procesar la muerte de Denethor antes de volver a la batalla y a la llegada de los haradrim a lomos de sus mûmakil, donde la esperanza vuelve a perderse entre los ecos del mito del batallón Pomorska —que inspiró mi primer artículo en esta web— que los rohirrim se empeñan en recrear.

Un pequeño interludio de Gandalf hablando de Valinor con Pippin —emotivo y lleno de la sabiduría a la que nos tiene acostumbrados— nos devuelve a la caída de Théoden ante el Rey Brujo, confrontado después por Éowyn en una batalla imposible mientras los barcos de Aragorn llegan para cambiar las tornas. La caída del capitán negro sigue siendo tan impactante como merecida. Las últimas palabras de un Théoden redimido, que logra partir en paz consigo mismo, nos llevan al silencio después de la tormenta. Las manos del rey son manos que curan, y ver a Éowyn y Faramir encontrarse en su vulnerabilidad y desolación me hace esbozar una sonrisa. Nadie lo merecía más que ellos.

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Poco tengo que comentar sobre el escape de los hobbits de Cirith Ungol o las deliberaciones previas a la Puerta Negra. Aragorn ha aceptado totalmente su papel de rey y su esencia se magnifica. El parlamento con Boca de Sauron es otro gran añadido, preludio del gran discurso de Aragorn, al que podría dedicarle múltiples adjetivos. Pero hoy no es ese día.

Sam cargando a Frodo sobre sus hombros casi me arrancó un aplauso en mitad de la sala. Es ya el protagonista absoluto en ese punto. Una pena que la sorpresa de la llegada de las águilas y la reaparición de Gollum hasta su desenlace final pierdan fuerza al verlos por segunda vez.

Cae la sombra, la Compañía se reúne entre risas, Aragorn es coronado en una escena magistral y volvemos a la Comarca para ver cómo las vidas de nuestros protagonistas encuentran paz. Sin embargo, nos quedan las despedidas en los Puertos Grises. Las marchas de Gandalf, Frodo, Bilbo y los últimos grandes elfos dejan una estampa final con un barco fluyendo hacia el atardecer. Es ahí cuando verdaderamente se siente que todo ha terminado, y solo se asimila del todo cuando Sam cierra la puerta de su hogar.

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Fundido a negro. El aplauso unánime de la sala rompe el silencio, vuelven las luces mientras Into the West de Annie Lennox resuena con los créditos finales. Parejas abrazadas, personas de pie que no quieren abandonar el lugar, y en boca de uno de los asistentes: «Y así es como se hace una p*** obra maestra»*.

Dos décadas después, cambian las emociones, mas no pierden su poder. Son, sin duda, las mejores adaptaciones cinematográficas de cualquier libro en la historia del cine, y tenemos el privilegio de haberlas vivido. Espero que las que están por venir estén a la altura.

Puedes leer la primera parte sobre La Comunidad del Anillo aquí

Puedes leer la segunda parte sobre Las Dos Torres aquí

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