La Comunidad del Anillo, un cuarto de siglo después

La Comunidad del Anillo, un cuarto de siglo después

25 años después, El Señor de los Anillos: La Comunidad del Anillo ha vuelto a los cines. Y yo, con ella. Esta vez en versión extendida, no en la original, aunque eso importa poco. Lo que importa es que este viaje por la Tierra Media no se ve igual con seis años (allá por 2001) que con 31 en pleno 2026, ni con los ojos de un niño inexperto obsesionado con caballeros, héroes y dragones, que con más de dos décadas enfrascado en la obra de Tolkien.

Quiero dedicar este artículo a la memoria de Ian Holm, nuestro querido Bilbo que da pie a esta película.

La satisfacción inicial no tardó en hacerse presente, pues la sala estaba prácticamente llena nuevamente y, afortunadamente, con varios chavales jóvenes que comenzaban con este visionado su andadura en este universo. Los primeros minutos se pasan absortos en la narración del prólogo de Galadriel y la sensación de hogar que transmiten todos los acontecimientos de La Comarca.

No empecé a sentir las diferencias más allá de la nostalgia hasta que hicieron presencia los Nazgûl. Recuerdo haber sentido miedo la primera vez que vi a esas «parcas» a las que solo les faltaba la guadaña para ser la perfecta encarnación de la muerte, persiguiendo a los cuatro hobbits que parecían poco más que niños. Si bien esa sensación de terror y desesperación que ellos transmitían se ha desvanecido hasta convertirse en inquietud y misterio, siguen siendo imponentes y pavorosos en pantalla.

Los acontecimientos acaecidos en todo el trayecto desde La Comarca hasta Rivendel cambian completamente. Con seis años me parecía la parte más tediosa y aburrida de la trilogía sin lugar a dudas, ya que, pese a la persecución constante a los protagonistas, no estaba capacitado para apreciar la profundidad y el mimo con que se rodaron esas escenas. Sentí este trayecto de manera completamente diferente, pudiendo ver detalles como lo grande que era Bree en los planos en que se abandona, o notar algo más el corte entre la balsadera de Gamoburgo y la llegada al Poney Pisador. No pude evitar pensar también en cómo Peter Jackson y Andy Serkis cubrirán los acontecimientos de la caza de Gollum o los de los tumularios en las futuras adaptaciones que tienen planeadas.

Pese a la posible crítica del lector, tengo que resaltar mi decepción con el personaje de Arwen, que se mantiene dos décadas después. Su presentación y el papel robado a Glorfindel en los libros hicieron creer a mi joven yo que tendríamos a una guerrera que daría que hablar en las películas. Lo único que tuvimos de ella fueron quejas y lágrimas que me aburrían entonces y no captan mi interés ahora, pese a que comprenda su profundidad. Habría salido ganando bastante más si no hubiera tomado el papel que no le correspondía y se hubiera limitado a ser el interés sentimental de Aragorn.

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Llegamos a la segunda parte del filme con el Concilio de Elrond, que pasó de ser una reunión de desconocidos con nombres extraños a un reencuentro con viejos amigos. Todo el trayecto hasta Moria me hace destacar la innegable protagonista que es la banda sonora de Howard Shore —tan mágica y absorbente como antaño, si no más— y cómo Saruman le roba el papel de antagonista a Sauron gracias a su majestuosa presencia.

El viaje por Moria fue completamente distinto. La inquietud de la juventud se transformó en tristeza, pues haber presenciado este reino en esplendor durante Los Anillos de Poder hace entender mejor los sentimientos de Gandalf y Gimli en ese lugar, que sin embargo no pierde un ápice de majestuosidad y grandiosidad. Escenas como la de la tumba de Balin se sienten completamente diferentes tras haber visto la trilogía de El Hobbit, aunque el punto culminante de prácticamente todo el filme fue Khazad-Dûm. La tristeza por la «muerte» de Gandalf —que se siente cruda y real la primera vez— queda eclipsada por el tremendo diseño y los efectos especiales del Balrog de Morgoth, que con los años se ha convertido en mi criatura del mal favorita, en la escena más icónica de este largometraje. Lamento que no pudiéramos ver el enfrentamiento mágico que sostienen en los libros previo a su batalla en el puente —si bien lo insinúan con un agotado Gandalf en los momentos finales—, pero nuestro viaje debe continuar.

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El acto de Lothlórien no cambia en demasía, aunque sí lo hace Galadriel. Este personaje transmitía las vibraciones propias de una diosa o bruja cuyas intenciones no parecían del todo buenas ni malas —justo lo que despertaba en los hombres que no la conocían en aquellos tiempos—. Ahora transmite serenidad, sabiduría y una sensación de poder latente que, si bien no se muestra, se percibe en sus ojos marcados por las luces de los árboles de Valinor.

Me parece triste cómo aquí nos muestran parte de ese conflicto interno de Boromir que pocos fuera de los lectores de la obra comprenden. Pese a las apariencias que transmite la pantalla, el capitán de Gondor era un hombre noble y bueno que solo quería satisfacer a su padre y salvar a su pueblo: una carga tan terrible que solo quien ha vivido algo similar puede comprenderla.

El gran final viene precedido de la escena de los Argonath, que no ha cambiado nada. De no haber tenido Khazad-Dûm, habría sido sin duda la escena más potente y grandiosa de todo el metraje. Amon Hen nos da la necesaria evolución de la trama de Aragorn —el segundo gran protagonista de esos momentos— y el fracaso y redención de Boromir.

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Qué alegría sentí en mi inexperiencia cuando el «traidor» que había intentado robar a Frodo fue abatido, y cuánto me arrepiento de aquellos sentimientos. Sean Bean, en lo que considero el momento más icónico de su carrera, ofreció una actuación sublime en el final de su personaje y fue el culpable —junto a Viggo Mortensen y a Howard Shore con su impecable obra— de arrancarme unas lágrimas y una congoja en el pecho que en su momento solo Gandalf me había provocado.

Me decepcioné algo cuando comenzaron los créditos y las luces volvieron, pues no hubo el aplauso unánime que inundó la sala aquella primera vez. No obstante, abandonar la sala mientras la música aún resonaba y con la promesa de dos partes más por revivir me hizo sonreír. La experiencia no fue mejor ni peor que la primera vez: fue diferente, pero igual de intensa y arrolladora. Algo que todo amante del cine y la fantasía debería vivir al menos una vez.

Puede verse y vivirse mil veces en casa, solo o acompañado, en versión extendida o no. Revivirla en el cine no tiene nada que ver.

Puedes leer la segunda parte sobre Las Dos Torres aquí

Puedes leer la tercera parte sobre El Retorno del Rey aquí

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