Perfil Básico

Nombre

aratir

Fecha de nacimiento:

1900-11-03

¿Has leído El Hobbit?

¿Has leído El Silmarillion?

¿Has leído El Señor de los Anillos?

¿Has visto las películas de El Señor de los Anillos?

Ficha de Personaje

Nombre del Personaje

Aratir

Raza

Humano

Lugar de la Tierra Media

Gondor

Descripción del Personaje

Tiene ojos claros y pelo rubio con carácter tranquilo y sosegado pero con un corazón anhelante de aventuras.

Historia del Personaje

A medio día estaba en Dassart, una ciudad de la desconocida tierra de Khand ubicada en una extensión de tierra más allá de las montañas de la sombra. Aratir era un joven dispuesto a buscar aventuras y, por eso, había partido de Minas Tirith a pesar de los ruegos de su madre. Siempre había vivido en la capital de Gondor pero desde que tenía uso de razón había anhelado salir de aquella ciudad y conocer todos los rincones del mundo. Había leído infinidad de libros y había conocido historias.

Exhausto, llegó al mercado, ubicado en la plaza mayor de la ciudad, y preguntó por alguna posada para poder descansar. La razón de haber llegado a aquella tierra era simplemente la de conocer aquella región. Anduvo por las estrechas y antiguas calles del centro de la ciudad hasta alcanzar una posada de gran renombre pero cuyo aspecto no era demasiado halagüeño.

El rótulo del local estaba desgastado y no se podía ver las letras que estaba en él grabadas. La casa no inspiraba demasiada confianza pues la fachada daba a una esquina oscura de la calle. Tocó en la puerta y, tras unos minutos de espera, el portón de madera se abrió y una gran luz se arrojó sobre su rostro. Gritos, cantos y berridos brotaban de su interior. Una sombra apareció en la apertura que había dejado la puerta al abrirse.

– ¿Quién eres y qué quieres?-dijo una voz ronca.

– Eh, yo…- dijo Aratir titubeando ante la voz desagradable y cortante

– No tengo todo el día, hay mucha tarea en esta posada.

– Busco alojamiento-consiguió decir el joven.

La puerta se abrió completamente. Entró y se encontró con una gran algarabía. El posadero, un hombre obeso y de cara redondeada, le habló:

– Perdona mis modales, mas en los tiempos que corren no nos fiamos de los extranjeros. ¿Que deseáis?- les preguntó de nuevo.

– Comida, buena bebida y una confortable habitación, amable posadero- respondió Aratir al tiempo que lanzaba una amplia y rápida mirada hacia el local. Se encontró de pronto con la mirada de un hombre, muy penetrante, sentado en una esquina de la parte izquierda.

– Mientras prepara una habitación, tomad algo mientras. Tark! ¿dónde andas, despistado muchacho?- una voz al fondo de la estancia le respondió cerca de la esplendida chimenea. Del grupo de personas que rodeaban el fuego salió el muchacho que corrió hacia donde estaban ellos. El posadero le ordenó que preparara cama para el joven- ¿Qué deseáis tomar señor…

– Me llamo Aratir Lórindol, vengo de Minas Tirith. Gracias por vuestra atención, amable posadero.

-Mi nombre es Mergh y habito esta posada desde hace varios años ya. ¿Y qué te hace tan lejos de vuestro hogar?

– He dejado mi hogar en busca de aventuras. Por cierto, me gustaría probar la cerveza de aquí.

– Ya verás cómo es una de las mejores que habéis probado en mucho tiempo, joven aventurero.

El posadero le puso una exquisita cerveza. Curioso, Aratir ojeó por la estancia en busca del hombre de la esquina pero ya no estaba. De pronto notó una sombra a su lado. Se giró y se encontró con aquel misterioso hombre. Tenía rasgos élficos pero vestía una extraña ropa.

– ¿Buscas aventuras?

– Eh, yo…

El desconocido le miraba expectante. Se sentó a su lado y le pidió al camarero otra cerveza el cual se la puso con recelo.

– Tienes cara de buscar aventuras. Si no he oído mal tu segundo nombre es Lórindol, ¿no es así?

Aratir no podía disimular su sorpresa.

– Sí. Según mi abuelo nuestra familia desciende de los Edain de la Casa de Hador Lórindol, no sé si conoces la historia de los edain.

– Yo sé más de lo que imaginas.

El joven aventurero aún seguía sorprendido con aquel desconocido.

– Eres un elfo. ¿No es así señor…?

– Sí, aunque mejor no digas nada pues los elfos somos escasos en la tierra media y muy mal vistos. Y llámame Dínenadan, es como soy conocido por aquí. – el elfo notó como el posadero no les quitaba ojo de encima.- Te ofrezco una aventura relacionada con tus antepasados. Se trata de buscar cierto yelmo y cierta espada que un día les pertenecieron….

[…]

El extraño elfo le condujo a un bosque apagado y silencioso que había al noreste de la ciudad. Llegaron a un frondoso árbol y ascendieron por una gastada pasarela que conducía hacia la copa donde tenía su cabaña Dínenadan. Entraron en una estancia fresca y aromatizada que contrarrestaba con el calor asfixiante que dominaba la tierra de Khand. El elfo le señaló una mesa que había cerca de una chimenea y el joven gondoriano miró sin saber qué quería el elfo que viera. Entonces su mirada se topó con unas pinturas que había sobre la madera de la mesa.

La que se encontraba más cerca de él, en la que aparecía un hombre con una espada, estaba pintada en diferentes tonos de verdes. Era evidentemente un bosque, de grandes y frondosos árboles. Había como cinco pinturas, en las cuales habían retratos de diferentes caballeros. Aratir se quedó mirando en particular una pintura en la que no había un caballero sino una magnifica ciudad, que al joven le recordó a las ciudades gondorianas.

– Mellon Vilya, una de las más importantes ciudades de Árador.

– Nunca había oído antes esos nombres, ¿dónde se hallan esas tierras? – el joven estaba fascinado por oír hablar de reinos nuevos. Como buen aventurero siempre le encantaba saber historias de otras tierras.

El elfo se dirigió a él con una mirada desdeñosa.

– Si no me equivoco tú apellido hace referencia a un caballero que hizo grande un reino en esa tierra…

Y Dinénadan le habló de Darlak Lórindol y los Caballeros de la Llama Roja.

[…]

– Árador estaba emplazada un poco más al este de lo que hoy es Rhûn. A principios de la segunda edad había esplendorosos reinos en las tierras del norte de este lugar, reinos enfrentados entre sí, reinos de elfos, hombres y enanos. Seis fueron los más importantes: Eirë Esteldor, Farothdin, Helkelen Lára, Heren Fanyarea, Liantari Dimbar y Lempë Ohtari, el reino de los caballeros de los que te hablé antes. Pero estas tierras se fueron plagando de poderes oscuros a lo largo de la segunda edad y estos reinos fueron desapareciendo con el correr de los tiempos. Muchos huyeron hacia el oeste y hacia el sur.

– ¿Qué pasó para que ocurriera eso? – preguntó el muchacho de Minas Tirith.

– Las leyendas dicen que la guerra entre los distintos clanes y la llegada de poderes oscuros hizo que las tierras de Árador se volvieran inseguras. A mediados de la segunda edad pocos quedaban de los linajes que fundaron esos reinos. La Republica de Esteldor fue el primero en desaparecer, en los tempranos años de la segundad edad. El resto de reinos fueron debilitándose debido a que estaban siempre sumergidos en guerra entre ellos. De lo que sucedió en los años posteriores poco se ha mantenido con el paso del tiempo.

[…]

Acababa de amanecer en el viejo bosque cuando Aratir salió de la tienda de campaña. Se hallaba cansado pues no había dormido apenas en toda la noche no sólo por el hecho de que aquel bosque parecía muy inquietante y peligroso, no dudaba que hubo una época en la que estaría lleno de vida pero hacía muchísimo tiempo que ya no era así. Pero además el descubrir la procedencia de sus antepasados le había causado una gran expectación, su abuelo muchas veces le había contado que ellos provenían de una tierra muy lejana al este. Pero ahora podía darle una ubicación exacta, la insegura y olvidada tierra que una vez se llamara Árador.

– Tu familia desciende de los hijos de Darlak Lórindol y Sonyariel Lisse, poderosos caballeros que dominaron el reino de Lempë Ohtari.-

¡Y ese descubrimiento lo tenía bastante excitado e inquieto!

Se giró y, sentado al pie de un árbol, se hallaba el elfo con la mirada pérdida.

Una niebla intensa cubría aquel bosque. Se hallaban una masa forestal que una vez recibiera el nombre de Taurëninque, en la cual se encontraban las ruinas de Mellon Vilya, una de las más importantes ciudades de la antigua Lempë Ohtari y que habían pasado hacía algunos días. Ahora buscaban un túmulo en lo más profundo del bosque, el El Túmulo de los Señores donde fueron enterrados Darlak, Sonyariel y sus hijos.

– Cada uno de los primeros caballeros del consejo se encomendaron el gobierno de las ciudades del reino de tal manera que ellos y sus hijos serían los señores de esas ciudades. Los hijos de Aikanáro Tîwele y Yárfaila Veryawen gobernaron Yävetil y Eru Andorya. Los hijos de Valandil Súleglîn y Annamel gobernaron Ostova Lorë. Mientras tanto, los hijos de Darlak Lórindol y Sonyariel fueron los señores de Mellon Vilya hasta su emigración hacia el oeste. le había contado Dínenadan.

– ¿Emprendemos la marcha? – la suave voz del elfo le asustó. Sin duda hacía honor a su nombre pues no se había percatado que había llegado junto a él.

Volvieron a su búsqueda y, tras recoger el campamento, ambos emprendieron la marcha. La niebla dificultó la caminata, sin embargo, el muchacho gondoriano estaba admirado porque el elfo parecía no dudar del camino. Estaba convencido que ya había estado en aquel bosque antes.

– Ya – dijo de pronto el elfo. El muchacho levantó la mirada pesadamente pero no vio nada. La niebla le impedía ver algo pero el elfo parecía convencido.

De pronto lo vio.

Vio una especie de cripta bastante alta, tenía una altura aproximada de quince metros y estaba parcialmente cubierta de hierba alta y musgo que rodeaba la piedra gastada. La niebla se iba disipando poco a poco a medida que se acercaban hasta detenerse justo en la entrada.

– La puerta está cerrada.- dijo el gondoriano mientras observaba como el elfo no parecía tener ninguna intención de moverse – ¿No vamos a intentar abrirla?

– La cerradura está sellada con un encantamiento, no es posible abrirla con ganzúas u otros utensilios.

– ¿Entonces?

Dínenadan miró hacia el muchacho y le sonrió irónicamente.

– Entonces hay que abrirla de otra manera. Y tú me ayudarás. Sólo tienes que recitar unas cuantas palabras.

Hubo un refulgir plateado cuando el muchacho pronunció las palabras que el elfo había encontrado en una vieja biblioteca de Dassart y, entonces, sorprendentemente la cerradura se rompió. El elfo se acercó a la puerta y la empujó, tras un chasquido la puerta se abrió ante la sorpresa de los exploradores. Un aire frío y denso les dio la bienvenida. El miedo lo hizo dudar pero al ver que el elfo tenía intención de entrar, hizo lo mismo.

Tras la puerta había unas cortas escaleras que descendían hacia una sala rectangular y alargada. Aratir estaba exaltado, aquel túmulo era fascinante a pesar de que la oscuridad inundaba la sala. Sin saber cómo, el elfo sacó una antorcha que encendió con una yesca. Bajaron las escaleras y se perdieron en la gélida y lúgubre sala.

[…]

Poco a poco, una tenue luminosidad creció en la sala, una luminiscencia que abría las pupilas dejando mostrar una amplia cueva de paredes de roca que emitía un frío intenso que calaba en los huesos. Empezó a tiritar de frío al tiempo que notaba como un ligero mareo empezaba a hacer vender su conciencia.

– ¡Ven, rápido! – oyó la voz del elfo y, después de tomar la otra antorcha, se adentró en lo más profundo de aquél lugar.

Las paredes de la sala había un conjunto de aperturas que eran pasillos que conducían a pequeñas cámaras que se cerraban con puertas selladas en cada una de ellas habían una especie de escudos donde se podía leer los nombres de los difuntos. Aratir fue leyendo cada uno de los nombres que había en los escudos. Por el largo e interminable pasillo siguieron caminando hasta que llegaron a una de las cámara más interiores.

– ¡Aquí es, aquí es donde descansa Darlak Lórindol!

Aquello era superior a las expectativas del joven gondoriano. Se hallaba como en un sueño, frente a la cámara de su antepasado sellada por una puerta metálica de cuyo borde se irradiaba una luz azulada. Estaba absorto. Sin embargo, fue cuando se dio cuenta como el elfo intentaba abrir la cámara y Aratir no pudo sino proferir un grito.

– ¡¿Qué tratas de hacer?! ¡No puedes mancillar el descanso eterno de un difunto!

Dínenadan se giró y lo miró disgustado.

– Yo no te obligué a venir, sino estás de acuerdo, puedes marcharte

Aratir sentía su corazón latir a mil y se notaba bastante perturbado. Aquello era mucho para él. Cuando había aceptado partir a aquella aventura, lo había hecho sin dudar pues no era capaz de imaginar la magnitud de la misma. Ahora era consciente de que había sido usado por el elfo, y sospechaba qué era lo que pretendía exactamente al profanar aquella tumba.

– ¿Quieres robar las armas de mi antepasado?

El elfo seguía intentando abrir la puerta aunque parecía que no estaba teniendo éxito. Había pronunciado unas palabras pero todo estaba siendo inútil. Maldición

– Sí, deseo el Yelmo-Dragón y su espada, Envinyanta. Pero déjame de molestarme y ayúdame a abrir la puerta.

– Siendo cómo soy heredero de Darlak te pido que desistas y nos vayamos de aquí cuánto antes. – dijo Aratir de forma contundente.

– ¡Ja! ¡Cómo… – el elfo no pudo terminar sus palabras puesto que las paredes de la taberna empezaron a temblar.

El temblor se volvió muy fuerte y las paredes empezaron a rajarse.

– ¡Debemos irnos! – dijo Aratir pero el elfo no parecía dispuesto a irse sin el tesoro que había buscado tanto tiempo.

El suelo se rajó mientras que Dínenadan seguía pronunciando palabras en idiomas antiguos que el muchacho no conocía. Aratir se dio la vuelta y emprendió una carrera por el pasillo que daba al exterior. La avaricia del elfo le iba a costar cara y él no quería pagar las consecuencias.

Durante el trayecto se volvió a sentir mal, la mente le daba vueltas y el corazón le latía con fuerza, apenas podía correr. No quería acabar sepultado en aquella gruta.

Fue entonces cuando escuchó voces, al mismo tiempo que su cabeza viajaba mucho tiempo atrás.

¡Oh, la verde tierra de Dor-Annavilya ha perdido a un gran guerrero!
¡Amarga es la hora de la llegada a la vida pues con ella le acompaña el inevitable destino de la muerte. Mas no os lamentéis ni os entristezcáis pues morir en una vida es nacer en otra!
¡Ahora descansará en paz y su lugar de reposo será…eternamente imperturbable pues le encomendamos a los Valar que castiguen a quién ose perturbar el descanso eterno de Darlak Lórindol, Senescal ohtari y Señor de Mellon Vilya hasta el final de los tiempos!

(…)

Tiempo después, Aratir ya había llegado a Minas Tirith después de su primer viaje. Ea una tarde invernal con lo que ello significaba: viento helado e intenso frío. Aratir Lórindol se hallaba sentado frente a la chimenea contemplando el fuego crepitar, ahora había llegado el tiempo de descansar. Habían sido muchas aventuras, la mayoría de ellas emocionantes e inolvidables, pero al fin había llegado al hogar. Ahora la espada se hallaba colgada a un lado de la chimenea y la cota de malla brillaba en la repisa de la misma.

– ¡El calor del hogar es sensacional! – pensó mientras se acercaba un vaso de un brebaje caliente que su madre le había hecho para entrar en calor. – ¡Eres un inconsciente, tu padre y yo ya te dábamos por muerto! –

Su madre se mostró muy enfadada cuando lo vio aparecer después de varios meses. No había sabido nada de él desde que decidiera partir de Minas Tirith en busca de aventuras. Pero, al mismo tiempo, se sintió aliviada de saber que estaba vivo. Él no le había contado aún nada de dónde había estado y de los extraordinarios descubrimientos que había tenido la suerte de encontrar en sus viajes. Habían sucedido tantas cosas que aún no había tenido tiempo de asimilarlo: su viaje a Khand, el encuentro con un misterioso elfo en una taberna de Dassart y el descubrimiento de la verdadera procedencia de su propia familia.

Al rato, se levantó y fue hasta la biblioteca. Se sentó en una mesa de madera de nogal, encendió unas velas y abrió por la primera página un libro encuadernado en cuero negro en el cual tachó la palabra “diario” y puso debajo “Mi viaje por tierras desconocidas”.

Volvió a mojar la pluma en la tinta y empezó a escribir.