Historia pública
La Ciudad Élfica
Pero Fëanor no volvió a hablar de aquel tema, de partir al Este donde hay reinos que reinar...
Estaba claro que esas ideas se las había dado Melkor, en el Tiempo que Fëanor estuvo forjando los Silmarils, Melkor forjó muchas armas y Fëanor se las inculcó a sus aprendices y así los Elfos conocieron la idea de las Armas, Melkor seguía diciendo mentiras acerca de los Valar, poniendolos en contra de Fëanor, y de los hijos de Indis de los que decía que intentaban robar el amor de Finwë.
Era un día caluroso y Fëanor se había despedido de Nerdanel (A la que estaba ahora más unido) y había ido a las Forjas donde se encontró con Melkor y trabajando salió una conversación que inquietó a Fëanor.
-¡Ay! Fëanor, amo a los Elfos y pronto su tiempo acabará ¡Ay! ¡Que desgracia! -Dijo Melkor-.
-¿Porque dices eso Melkor? No vuelvas a decirlo -Dijo Fëanor enfadado por tan vil comentario-.
-Solo digo la verdad...¿No os han hablado los Valar acerca de los Hombres?
-¿Los Hombres? ¿Que son los Hombres? -Preguntó Fëanor-.
-Veo que voi a tener que explicaroslo yo, al menos a ti y tu comunicarlo a vuestro pueblo, los Hombres son una raza como vosotros, en los albores de la creación de Arda se hicieron dos razas: Los primeros nacidos, los Elfos y los Segundos Nacidos, los Hombres, los Valar aguardan pues saben que el poder de los Elfos podrían con ellos, pero los Hombres son mas poderosos y aguardan a su nacimiento para derrocaros y expulsaros de estas tierras.
-¡No! Eso que dices no es verdad, ire a mirarlo a la Palantir -Dijo Fëanor-.
¿Que es una palantir? ¿La piedra que ve a lo Lejos que significa eso? -Dijo Melkor-.
-Son unas piedras que hize, 7 en total, fue mi gran trabajo para convertirme en Gran Herrero, para que Mahtan me considerara un Maestro, esas piedras pueden comunicarse entre si, y ven el futuro, fueron repartidas por Aman pero aún una sigue en mi poder.
-Esas piedras no te diran la verdad pues fueron hechas por tus manos y solo ven lo que tu poder vea, y el poder de Illuvatar es más grande que el de Fëanor el Elda -Explicó Melkor-.
-Tienes razón, Melkor, tienes razón, eres un gran consejero y un gran amigo, malos son en verdad los Valar si te consideraron enemigo en el pasado, voi a aguntar poco más, una sola memez más de los Valar y se acabó, parto al Este con mi pueblo, a Colonizar grandes reinos -Dijo Fëanor volviendo a sus trabajos-.
-Bien hecho mi señor Elda, Bien hecho...-Dijo Melkor-.
Melkor sentía que las semillas de la discordia estaban creciendo y que pronto podría volver a la Tierra Media, pero aún le faltaba algo, aún le faltaba la luz, los Silmarils, el Simbolo de su victoria contra el oeste....
[Editado por eru_el_unico el 23-10-2003 15:37]
Mathan se cruzó con Fëanor, que salía de la Mindon. Casi no le habló:
- ¿No merece tu saludo el antiguo maestro abuelo de tus jovenes príncipes?
El Elda se giró y pidió disculpas \"No os había visto, Mathan. Que tengaís un buen día. ¿Nerdanel os espera?. Bien, tenna rato...\" Dijo mientras se iba. Mathan sintió la mano suave de su hija.
- ¿Dónde va tu esposo?
- Hace ya tiempo que poco sé de él... sólo por Maglor me entero de algo... al parecer se ha hecho para sí una forja secreta y en ella ha fabricado armas afiladas y crueles. Todos tus nietos blanden una...
Mathan secó una lágrima del hermoso rostro de su hija.
- No llores, vanima Nerdanel... soy yo quien debería llorar el día en que le acepté como aprendiz, el día en que le mostré una fragua... ¿Dónde está Finwë?
Nerdenel tomó la mano de su padre desconsolada y la retuvo contra su rostro. El Herrero sentía desgarrado el corazón...
- Yo te llevaré hasta él...-dijo Nerdanel sobreponíendose- os ha convocado a consejo a tí y a los grandes Señores noldo... Pero no es Finwë sino Fëanor el que quiere hablaros... Os dirá cosas terribles, que rondan hace tiempo por su cabeza... yo no puedo hacer nada, porque no me escucha ya... ¡Quiere regresar a Endor!
Todos los nobles noldorim estaban en el gran salón de la Mindon. Finwë en el trono y a su lado Indis. En un nivel más bajo estaban tres asientos: a la derecha uno para Fëanor, otro en el centro opara Finarfin y otro a la izquierda para Fingolfin. El ambiente era crispado. Todos los grandes señores habían hecho en lo secrto armas terribles y todos se sentían incodos en Amán, emponzoñados por las palabras halagueñas y falsas de Melkor.
Finarfin y Fingolfín entraron precipitadamente. Hablaron en contra de lo que todos tenían en mente: el retorno a Amán. Los noldo recordaron en sus palabras el largo y peligroso camino que habían hecho para llegar hasta Valinor y volvieron a encontrar alegría en la Luz de los árboles y en la beatitus de aquellas tierras.
Pero las grandes portadas se abrieron con un gran estrépito: Fëanor, seguido de sus siete hijos, irrumpió armado de arriba abajo. En la orgullosa cabeza un yelmo con un gran penacho rojo.
Todos los noldo estaban impresionados
Esto es más afilado que tu lengua, Fingolfin -Dijo Fëanor que blandía una espada-., Se que intentas robarme el amor de mi padre, pero no lo conseguiras, una sola palabra más y tu sangre impura correrá por esta espada.
-¡Calma! -Pidio Finarfin-.
Muchos Noldor se fueron de las salas y otros quedaron consternados.
-El concilio de hoy se postergará, en realidad solo era para pillarte husmeando Fingolfin.
Fingolfin se arrodilló ante Finwë y salió de la sala y Finarfin le siguió. Trás esto Fëanor sin explicación alguna, se retiró junto con sus hijos y fue este el momento más extraño pues una luz apareció y dijo a Fëanor que se presentara en Taniquetil ante Manwë, rey de los Valar.
Fëanor fue entonces ante Manwë y el juicio fue celebrado. Y fue entonces cuando Fëanor se dio cuenta de que podía haber vivido en Aman felizmente con sus Silmarils y se dio cuenta de que Melkor era el mal consejero que le había metido en la cabeza que sus medio hermanos querían robarle el amor de su padre, lo cual era falso, por tanto acusó a Melkor y este lo supo y por un tiempo huyó de Aman, pero no llegó a la Tierra Media.
-Y bien -Dijo Manwë-, aunque te perdonamos tus faltas a tu familia pues sabemos el origen de esas faltas (Melkor), hemos de ponerte un castigo, 15 años fuera de Tirion, desterrado durante 15 años....
Feanor calló. En su mente y su corazón cruzaba una serie de pensamientos y sentimientos encontrados. Sabía en lo más profundo de su ser que Melkor había manipulado sus deseos e intereses, y que había caído, engañado por sus palabras. Lo que más le repugnaba era que él había utilizado las mentiras de Melkor como palabras propias, y esas palabras se habían vuelto en su contra.
Supo con certeza que él mismo había cavado su propia tumba, pero le costaba aceptarlo. Su orgullo podía más, sin embargo, que su razón, y escuchó atento el decreto de los Valar, sin prestarle demasiada atención. Realmente le habría encantado arrepentirse de lo dicho ante sus medio hermanos, pero no encontraba la manera ni la forma, y callaba.
Mandos era quien hablaba ahora:
-Pero al cabo de ese tiempo, este asunto quedará saldado y enderezado, si hay gente que esté dispuesta a liberarte.
Feanor creyó que nadie estaría dispuesto, pero la voz de Fingolfin lo sacó de sus pensamientos:
-Yo liberaré a mi hermano.
Entonces se dio cuenta del error que había cometido al apuntar su espada hacia él, aun si no lo tuviera en demasiada estima, era al fin y al cabo su pariente. La vergüenza carcomía a Feanor, pero nada dijo, y se retiró del lugar.
Partió a Tirion, pensando cómo decirle a Finwë y a Nerdanel lo acordado en el juicio. Sus hijos, fieles como era su costumbre, lo acompañarían sin dudarlo al destierro. ¿Pero qué sería de su querida esposa, de quien cada día se sentía más separado? ¿y qué diría su padre? Sentía demasiada vergüenza de sí mismo, pero debía mantenerse firme, se decía. Creía que podría, con el tiempo, hacer algo para reparar su error. Pensaba meditarlo.
Entonces levantó la vista, y he aquí que se encontraba cerca de los prados de Yavanna, donde Telperion y Laurelin brillaban. Y lo había hecho porque el canto de un ruiseñor había llamado su atención. De no haber cantado tindómerel, no habría vuelto el rostro hacia el origen de su mayor creación. Entonces no se habría acordado de los Silmarils. Pero se acordó.
Es ahora los Silmarils lo unico que me regocija el corazón -Pensó Fëanor mientras observaba los árboles-.
Partió entonces hacia Tirion y a la entrada de la colina de Tuna encontró a sus hijos, su mujer y a su padre.
-¿Que haceis aquí? -Preguntó Fëanor temiéndose lo peor-.
-Nos Hemos enterado hijo -Dijo Finwë-, y no queriamos que nos dieras la noticia entrando en Tirion.
-Estoi averganzado padre, pero ahora el destino se ha de cumplir y no puedo hacer nada para contradecirle -Dijo Fëanor-.
-Por eso hemos pensado acompañarte, hijo mio, porque te queremos, todos nosotros te queremos y por ello decidimos acompañarte al lugar en el que hagas de el una morada para ti y para los tuyos.
-Me dais en verdad una alegría -Decía Fëanor alegremente pero aún enrojecido-.
Y así fue que Fëanor, Finwë, Nerdanel, Maedhros, Maglor, Caranthir, Celegorm, Curufin, Amrod y Amras se marcharon de Tirion y el reinado de Tirion fue para Fingolfin por un tiempo.
Fëanor hizo entonces una enorme fortaleza, de hierro e inexpuxable, tardó años en construirla pero la familia era feliz, ahora sin las amenazas de Melkor que llevaba cierto tiempo fuera y los Valar no le encontraban.
La llamó Formenos y en la cámara mas oculta y la más subterranea de todas, puso él en un cuenco de hierro grande, los Silmarils y los tapó con una manta azul, sagrada decía él por el simple contacto con los Silmarils.
Un día llamaron a la puerta y Fëanor fue a abrir y ante él se encontró al terrible Melkor, pero sin embargo no el mismo Melkor, este era un Melkor que tenía miedo, miedo de que le encontraran, miedo de que no pudiera volver a la Tierra Media, miedo de que volviera a estar encarcelado como aquel que comete un crimen, todo por desear tres miserables joyas, definitivamente este era un Melkor que Fëanor no conocía.
-Considera la verdad de todo cuanto te he dicho y que has sido desterrado injustamente -Comenzó Melkor-, pero si el Corazon de Fëanor es todavía libre y audaz como lo fueron sus palabras en Tirion, lo ayudaré entonces y lo llevaré lejos de esta tierra. ¿Pues acaso no soi yo un Valar? Si y más todavía que los que moran orgullosos en Valimar; Y he sido siempre amigo de los Noldor, el más valiente y capaz de los pueblos de Arda.
Fëanor que estaba indeciso, pues las palabras de Melkor siempre le parecieron buenas pero sabía que eran falsas, sin embargo sabía que estaba destinado a la condena de un destierro sin justicia alguna, no sabía que decir, hasta que Melkor habló de nuevo.
-He aquí una plaza fuerte y bien guardada, pero no creas que los Silmarils estarán bien guardados en cualquier plaza o fuerte dentro del reino de los Valar.
Estas palabras llegaron al corazón de Fëanor pues no si no los Valar aquellos que consagraron con orgullos las gemas y Fëanor supo entonces que Melkor estaba de nuevo mintiendo.
-¡Vete de mis portales carne del presidio de Mandos! -Dijo Fëanor-.
Y cerró la puerta en las narices al más poderoso de los Moradores de Eä.
El mensajero llegó cuando hacía tiempo ya que los rayos de Laurelin habían teñido de oro los áridos páramos del norte. Fëanor miraba por la ventana, haciendo girar distraídamente una copa de vino tinto entre sus dedos. Había estado trabajando toda la noche en una nueva y revolucionaria teoría sobre la fonemática quenya y la harmonía consonántica en la lengua de los Altos Elfos. Después de la creación de los Silmarilli, habiendo alcanzado ya la perfección en todo aquello que se puede construir con las manos, había vuelto a interesarse en las ciencias del lenguaje, que tanto le habían fascinado cuando era un adolescente. Había retomado sus actividades como presidente de la Lambengolmor, la escuela de lingüistas que él mismo había fundado a raíz de sus discusiones juveniles con Rumil, y que luego había abandonado para dedicarse a la creación artística. Rumil no se había mostrado muy contento de su regreso activo a la Lambengolmor. Pobre viejo Rumil. Fëanor sonrió para si, mientras tomaba un sorbo de vino. Todavía no le había perdonado lo de las Tengwar, y en el fondo, Fëanor lo comprendía. Él también se habría sentido herido en su amor propio si un elfo que aun no había llegado a la mayoría de edad hubiese superado su obra magna. Con la única salvedad de que él, a diferencia de Rumil, estaba seguro que nadie, jamás, seria capaz de superar ninguna de sus obras.
Un ruido sordo le sacó de sus ensimismamientos. Alguien llamaba a la puerta. Se volvió:
- Adelante.
Era Maglor.
- Padre – parecía un poco incómodo – Ha llegado un emisario de parte de Manwë. Quiere hablar contigo. Ahora mismo esta con el abuelo, en el salón. El abuelo no parece estar muy contengo que digamos.
Fëanor cerro los ojos por un momento, hastiado. ¿Por qué no podían los Valar dejarlo en paz de una vez?. Pensó en el ultimo visitante indeseado que había tenido, solo unos días atrás, y su alma se encendió de furia. Aunque en esos momentos, sinceramente, no era capaz de decir a quien de los dos Poderes odiaba mas, si a Melkor o a Manwë.
Dejó la copa de vino sobre una cómoda y se dirigió al salón, seguido por su hijo. Efectivamente, un vanya desconocido se encontraba allí, en compañía de Finwë y Maedhros. El rostro de su padre mostraba una expresión severa, mientras que su hijo mayor parecía distraído, sus ojos ausentes, como lo habían estado la mayor parte del tiempo desde que se trasladó a Formenos, como si, en el fondo de su fëa, Maedhros desease estar en algún otro sitio, muy lejos del frío norte.
El mensajero se inclinó ante Fëanor:
- Mi señor, vengo a trasmitirle la invitación de Manwë para la celebración de la fiesta de primavera que tendrá lugar en el Taniquetil la semana próxima. Es su deseo imperativo que Curufinwë Fëanáro asista. Todos los otros Noldor de Formenos están invitados a asistir, si así lo desean. Manwë espera que esta fiesta sirva de conciliación entre las rencillas que han dividido a los Eldar. Es hora de cerrar las viejas heridas.
Fëanor sonrió irónico:
- Las heridas, si son viejas, no sanan fácilmente. Y en el caso de que sanen, siempre dejan cicatriz. Pero si Manwë desea jugar a hacer de cirujano, no seré yo quien le quite su ilusión. Dile a tu señor que iré, aunque no de buena gana. Ahora, si no has de decirme nada más, vete.
El mensajero volvió a hacer una reverencia y acto seguido, salio de la sala. Finwë se volvió hacia Fëanor, furioso:
- Ves tu, si ese es tu deseo, pero yo me quedaré en Formenos. Los Valar han sido injustos contigo, y este gesto paternalista de Manwë de invitarnos a la fiesta no va a hacerme olvidar eso. No pienso inclinarme ante ninguno de los Valar hasta que no se haga justicia contigo, y te pidan perdón – se volvió hacia sus nietos – y vosotros deberíais hacer lo mismo.
- Tienes razón, abuelo – dijo Maedhros, sus ojos claros y fríos de repente – todavía nos queda un poco de dignidad, ¿no?. No volveremos a Tirion hasta que nos pidan perdón.
Y dicho esto, se levantó y salió de la sala, cerrando la puerta a sus espaldas
En el fondo Feanor sabía que los Valar no iban a pedirle perdón ni a tenerle justicia, y que esa invitación la hacían pues esperaban que el perdón viniera de él. Le daba igual ahora. Una parte de él sabía que no sería así, y que no debía quejarse ni exigirlo. La otra parte no quería aceptarlo y veía a los Valar con los mismos ojos que su padre lo hacía en ese momento. ¿Porqué había aceptado entonces la invitación?
Él mismo no tuvo fuerzas para explicarse el porqué. Había dejado la puerta de la habitación abierta, y pudo escuchar la guitarra de Maglor entonar una melodía sin letra, una melodía que mezclaba nostalgia y esperanza. Le llegó a lo más profundo del alma y por unos instantes dejó que la música lo llevara hasta las nubes... y antes de que pudiera darse cuenta se quedó profundamente dormido.