Historia pública

La Ciudad Élfica

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Fragmento 29 por HYALMA

Nerdanel le ayudó a vestirse de gala. Ultimamente se sentían muy lejanos el uno del otro, terminaban violentados cualquier conversación inocente... Sin embargo la Elda sabía que aquel día se decidiría algo importante. Los dos se miraron. Fëanor le sonrió después de mucho tiempo. Estaba esplendente aquella mañana. Sus ojos luminosos le miraban con intensa seriedad y él se sintió amado, profundamente amado por aquella elfa, de corazón sabio.

- Melanyet, Nerdanel... -le susurró él

- Ar inye, herunya...

Feänor la tomó en brazos y sus labios se encontraron.

- ¿Ahora vas a decirme que perdone? ¿Que ceda? ¿Vas a hablarme de la tristeza de nuestros hijos?

- No...-respondió Nerdanel- No sé qué debes hacer... cuando miro hacia adelante veo ante nosotros un destino incierto y mi corazón se hunde en las tinieblas...No te reprocho nada, pero...

- Pero....

Ella no dijo nada, volvió a besar a su esposo con pesar, con el corazón temeroso del fuego que había en su interior y que ella no podía ya apagar, ni apaciguar, ni siquiera controlar...tal vez aquel entendimiento débil entre ellos fuera el último...una lágrima resbaló por su mejilla empañando el brillo de la armadura de su esposo

Fragmento 30 por Ilunen

Y Fëanor fue, solo, y ningún otro de los Noldor de Formenos le acompañaba, y dejó los Silmarils ocultos en su cámara de hierro allá en el norte, negando su visión a los Valar. Pero se encontró con Fingolfin ante el trono de Manwë y se reconciliaron, al menos de palabra. Porque Fingolfin alargó la mano y dijo:

-Tal como prometí, ahora hago. Te libero, y no te guardo ningún rencor.

Fëanor cogió su mano en silencio y Fingolfin dijo:

-Medio hermano de sangre, hermano entero seré de corazón. Tu guiarás y yo te seguiré. Que nada vuelva a dividirnos.

///Te miro. Sonríes. Me das la mano. La cojo. Dices que me seguirás y debo creerte, ¿por qué tendrías que mentir?. Fingolfin nunca miente. Además, siempre me has seguido. Desde que eras pequeño y me espiabas desde lejos por las amplias salas del palacio de mi padre. ¿Crees que no me daba cuenta?. Me seguías y quizá albergabas la secreta esperanza de que yo algún día me volvería y te invitaría a unirte a mi, te diría, ven, hermano, hagamos juntos un gran viaje por las costas de Aman, te enseñaré como rompen las olas en la playa. A Finwë le hubiese gustado que te llamara hermano. Ellos dicen que debo quererte. A ti y al otro, ese de dorados cabellos. Que es lo correcto, lo que debe ser. Según las leyes no escritas de los Eldar, uno debe amar a sus hermanos, y a su padre y a su madre. Yo amo a mi padre y también hubiese amado a Miriel si la hubiese conocido. Pero a ti no puedo amarte. Recuerdo la primera vez que Finwë vino a mí contigo en brazos, eras una cosa pequeña y roja y gritona y Finwë dijo, mira, es tu hermano, debes quererle mucho, pero yo sabía que sus palabras eran una gran mentira. Tu eres su hijo pero no eres mi hermano y no puedo quererte porque tampoco puedo mirarte sin pensar en Indis, toda vestida de blanco sentada en el trono al lado de mi padre, y sin pensar en Miriel, en su cuerpo inerte que sólo vi una vez, en Lorien, porque Finwë no quería que fuese a verla, es malsano, decía, aquello que hay allí no es tu madre, es solo un cuerpo vacío. Un cuerpo que ya no existe porque los Valar lo dejaron pudrirse en el barro de Lorien. Porque es lo correcto, lo que debe ser. Según las leyes no escritas de los Eldar, un elfo no puede tener dos esposas. Así que ella está muerta. Desecha. Humus que alimenta los altos plateados árboles de Irmo. Los árboles se yerguen esplendorosos. Miriel no podrá volver jamás. Porque Finwë se casó con tu madre. Porque mi madre fue incapaz de ceder. Que importa que tú seas inocente en esto. A los que son realmente culpables no puedo odiarlos. A Finwe y también a Miriel, la pequeña y culpable Miriel, que decía mi padre a veces, pálida y esbelta como una flor blanca. Pero no una flor blanca nunca más, ahora ya sólo humus, humus culpable, alimento para los árboles de Irmo, cenizas consumidas por el fuego que ella misma dio a luz. Mientras, tú te empeñas en seguirme, como tampoco me abandona nunca el recuerdo de mi madre, cuando yo te querría lejos, inexistente, nunca nacido. ¿Por qué habría de amarte?. Te odio. Siempre te he odiado. Y es por eso que aunque sabía que estabas allí nunca me volvía, ni te invitaba a ir conmigo, pero te permitía seguirme por las salas plateadas del palacio y por las empedradas calles de Tirion, tan blancas, y a veces aún por las suaves praderas de la falda de Túna. Te dejaba seguirme porque sabía que llegaría el momento de mi triunfo, el momento en que no podrías continuar, una zanja, un riachuelo demasiado profundo, una prohibición de Finwë de no alejarte demasiado que no te atreverías a transgredir. Sí, yo sabía que llegaría el momento en que te quedarías allí erguido, dejado atrás, inmovilizado por tu torpeza y por tus principios y me mirarías mientras me alejaba, incapaz de alcanzarme, demasiado lejos, demasiado lejos para ti. Sí, porque yo sabía, y sé, que ni entonces, ni ahora, ni nunca, tú, Fingolfin, por mucho que lo intentes, por mucho que lo desees, serás capaz de seguirme a donde yo tengo intención de llegar.///

-Te escucho- dijo Fëanor – Que así sea. – Pero nadie sabía el significado de esas palabras.

NOTAS. En El Anillo de Morgoth se dice que Fëanor, de adolescente (y también de más mayorcito), tenía la costumbre de dar largos paseos por Aman. Deborah Judge, en su relato \"A very fire\" introduce la idea de un Fingolfin niño siguiendo a su hermano mayor a escondidas en esos viajes, idea que yo he recogido aquí. También en El Anillo de Morgoth, todo el conflicto del famoso menage a trois de la monarquía noldorin. El hecho que los Valar, tras la segunda boda de Finwë, destruyeron el cuerpo de Miriel, que hasta entonces permanecía incorrupto en los jardines de Lorien, aparece en \"The Sibboleth of Fëanor\", dentro de Los Pueblos de la Tierra Media.

[Editado por Ilunen el 19-12-2003 20:38]

[Editado por Ilunen el 19-12-2003 20:47]

Fragmento 31 por HYALMA

Manwë sonrió. Estaba esperando aquella reconciliación y ver brillar el perdón entre los hermanos le llenó de una profunda satisfacción. Fingolfin abrazó a Fëanor y éste no pudo negarle el abrazo. En aquel instante lla lus del el Telperion abrazaba también a la del Laurelin y la fusión de las dos creaba un ambiente hermoso, lleno de brillos de entendimiento... Pero muchos no le dieron importancia, pues cada día presenciaban este espectáculo hermoso y sobrecogedor...

Sin embargo, aquella tarde sería la última y aquel encuentro de una luz fogosa con una luz serena no volvería a producirse jamás, en todas las edades de Arda...

Melkor y Ungoliat iban a encargarse de ello.

Fragmento 32 por Ilunen

Primero fue la luz, ese breve instante en que la luminosidad de Telperion se funde con la de Laurelin, esa síntesis perfecta que él había conseguido aprisionar en sus joyas. Por un momento, pareció que toda Aman resplandecía bajo el brillo de un invisible y gigantesco Silmaril.

Después, vino la Oscuridad.

Cuando Fëanor vio la luz de los árboles extinguirse ante sus ojos, supo por primera vez en su vida lo que era la Oscuridad. La verdadera Oscuridad. Hasta ese día había habido otras oscuridades en su vida, pero habían sido oscuridades pequeñas, efímeras, falsas. Aquella que se produce cuando cierras los ojos. La que te rodea cuando escondes la cabeza bajo las mantas. La oscuridad de la que hablaba Finwë cuando recordaba sus días en Cuivienen, en la noche eterna plagada de estrellas. Meros espejismos, simples sombras comparadas con la verdadera negrura. Pues la Oscuridad era una y única, infinita, material, redonda como una opaca bola de vidrio. Podías tocarla si lo intentabas. Era un manto que se había depositado sobre las cosas, ahogándolas bajo su peso.

Aquí y allá se oían pequeños gritos. Los niños y también algunas mujeres y hombres, se habían puesto a llorar. Fingolfin le apretaba el brazo hasta casi hacerle daño. No podía verlo pero lo oyó susurrar: “Melkor”, decir en voz alta aquello que todos pensaban. Fëanor se volvió lentamente, hacia allí donde, en la Oscuridad, debía de estar sentado Manwë. “Tuya es la verdadera culpa”, pensó, “tú, que conociéndole, le dejaste libre para que hiciera daño otra vez”.

[Editado por Ilunen el 22-12-2003 11:46]

Fragmento 33 por HYALMA

Ahora me pedirán los Silmarilis... -pensó Fëanor-

Seguro que me los piden.

Hace tiempo que leo la codicia en sus ojos, el deseo de la mayor de mis obras...

Hace tiempo que quieren poseerlos y ahora es el momento...

Quiza deba partir...Porque, desde luego, de buen grado no se los daré... No los merecen. Nada hay en ellos de justicia, nada de misericordia o de bondad....

No pienso ceder las joyas...

No.

Que hagan los árboles de nuevo...

¿No nos superan ellos en poder?

Que nos superen también en las obras.

Que me llamen.

Que me pidan.

Hagan lo que hagan mi respuesta es clara.

¡¡¡NO!!!

Fragmento 34 por Ilunen

Los poetas lo llamaron, en los infinitos poemas que cantan la caída del más grande de entre los Noldor, el principio del fin. El vacío que precede a la locura. La antesala de la náusea. Ya brillaban las estrellas aceradas en el cielo cuando la multitud se reunió en el Anillo del Juicio, los Valar sentados entre las negras sombras. Las crónicas hablan del dolor y de la urgencia de Yavanna, de sus manos manchadas de tierra corrupta, vestigios oscuros de los árboles muertos. Hablan también de la dureza de la voz de Mandos y del resplandor opaco que moraba en sus ojos. Asimismo describen el orgullo de Fëanor, alto y pálido, más bello que cualquiera de sus gemas, su figura erguida y inmóvil en medio del Anillo del Juicio, mientras negaba los Silmarils a los Valar. Por último, los poetas cuentan de las lágrimas de Nienna, compartidas por muchos, cuando ya todos comprendieron que la bendición de Aman había desaparecido para siempre.

Fue entonces cuando llegaron los Noldor de Formenos, con Maedhros a la cabeza.

[Editado por Ilunen el 02-01-2004 20:46]

Fragmento 35 por HYALMA

\"¡ATTO!\" -dijo Maedhros.

Fëanor se giró para descubrir la alta figura de su primogénito entrando al Anillo del Juicio y saltándose todo el protocolo:

- ¿Qué sucede Naylo? -Preguntó el Elda. Algo presentía.

Maedhros contó precipitadamente como el oscurecimientorepentino de todo los alertó pero como antes de que hubiesen tenido tiempo de reaccionar, vieron venir hacia ellos un gran poder y una negra oscuridad. Narró cómo Melkor quiso entrar en Formenos, cómo Finwë tomó una de las espadas y se le enfrentó, cómo luchó valientemente y cómo, por fin el aborrecible Melkor le rebañó la cabeza de un tajo, certero y limpio...

Fëanor se estremeció, como si a él también la cabeza se le desprendiera del cuerpo. Miró a Mandos y vio en sus ojos un reflejo calidoscópico y frío. Y lo odió.

- Pero eso no es todo -Naylo tragó saliva y bajó los ojos, no podçia sostener la mirada de su padre.

- ¿No? ¿Qué más a podido haber pasado? -preguntó Fëanor, aunque su corazón se encogió en su pecho presa de la sospecha peor

- Los Silmarillis... -dijo apenas en un murmullo- había tanta confusión...nadie pudo evitarlo...él se los llevó.

Una mirada furiosa, fría, rayando la locura, cayó sobre Manwë. Nadie nunca había tenido la osadía de miralo así. Fëanor se levantó entonces: lento, como calculando cada gesto, cada palabra... Alzó su mano contra el trono de Manwë, contra el mismo Manwë y gritó:

- ¡¡¡¡MORGOTH!!!!

Se hizo el silencio.

- Maldita sea la hora enq ue escuche, ¡Oh Manwë! tu emisario. Nada he perdido yo en Taniquetil...si hubiese estado en el lugar al que me exiliasteis mi padre estaría vivo.

Y f-eanor salió a la carrera del Anillo del Juicio y sus ojos no pudieron evitar las lágrimas, pues la pérdida de su padre y de la obra más querida de sus manos le producía un dolor innegable, una angustia que nada podría ocultar ni disfrazar....