A subasta las cartas entre Tolkien y Eileen Elgar, quién le daba aspectos a mejorar en sus libros

A subasta las cartas entre Tolkien y Eileen Elgar, quién le daba aspectos a mejorar en sus libros

Cinco cartas y seis libros que J.R.R. Tolkien intercambió con Eileen Elgar salen a la venta esta semana en Sotheby’s, Londres. Elgar no fue una admiradora más. En los años sesenta escribió al autor para decirle que creía que podía mejorar su obra, y de aquella osadía nació una correspondencia de casi diez años.

Lo curioso es que todo empezó con una frase de su hija. Elgar, que rondaba los cincuenta años, le había dicho que veía cosas mejorables en la obra de Tolkien. Su hija le respondió: “Si lo tienes tan claro, ¿por qué no le escribes?”. Y eso hizo.

La primera carta se ha perdido, igual que aquella sugerencia concreta, que habría sido muy interesante leer. Lo que sí quedó fue la relación que vino después. Tolkien, que desde 1954 recibía cartas de lectores de todo tipo, no trató a Elgar como a una fan cualquiera. Le contestó, siguió escribiéndole y terminó hablando con ella de asuntos que iban bastante más allá de la Tierra Media.

En esas cartas aparecen sus preocupaciones, su vida diaria y su dolor por la muerte de C.S. Lewis en 1963. En una de ellas, fechada en diciembre de ese año, Tolkien le escribió: “He quedado muy afligido por la muerte de mi amigo”. En la misma carta le enviaba una primera edición de Las aventuras de Tom Bombadil y sus mejores deseos para Navidad.

Pieter Collier, experto en Tolkien y coleccionista de libros, lo resume de una manera bastante clara: Elgar tuvo el valor de decirle a Tolkien qué podía mejorar. No es poca cosa. Según Collier, fue una de las pocas personas a las que Tolkien pudo tratar como a una igual, y eso explica bastante bien por qué esta correspondencia resulta tan rara.

Elgar tenía una inteligencia fuera de lo común, pero también una vida marcada por la sordera. Una infección de oído durante la infancia le dañó la audición para siempre. Había conseguido plaza en el Girton College de Cambridge para estudiar clásicas, aunque no terminó la carrera. Collier se pregunta qué académica podría haber llegado a ser si aquella sordera no la hubiera apartado de la vida universitaria. Es una pregunta incómoda, porque seguramente la respuesta habría sido otra vida entera.

Tolkien la describió en 1963, en una carta a su nieto, como una mujer “sumamente inteligente y culta”, aunque también escribió que era “sorda como una tapia”. La frase suena dura hoy, pero deja ver algo importante: Tolkien sabía que aquella dificultad condicionaba cada conversación con ella.

Su nieta, Helen Dutfield, contó que Elgar, al no poder oír y no siempre poder leer los labios, desarrolló una imaginación riquísima. Como abuela, por lo visto, no debía de ser fácil. Dutfield recuerda que probablemente pensaba que ella era un poco tonta. Y que su madre también. Hay algo muy humano ahí, incluso un poco antipático, pero ayuda a verla como una persona real, no como una nota a pie de página en la biografía de Tolkien.

La relación con Tolkien tuvo una parte epistolar y otra presencial. Elgar vivía cerca del Hotel Miramar de Bournemouth, donde Tolkien pasaba temporadas con su esposa, Edith. A comienzos de los años sesenta empezó a visitarla. Como Elgar no usaba lengua de signos, hablaban por escrito, con notas largas en un bloc. Su hija contó a Collier que Tolkien podía pasar horas con ella, llenando página tras página.

De todas aquellas notas solo se conserva una. Trata sobre la creación de los enanos en la obra de Tolkien. No parece el tipo de explicación que uno improvisa para salir del paso con una lectora pesada. Tolkien dedicaba tiempo a Elgar. La escuchaba, aunque en su caso escuchar significara leerla con atención.

Entre los materiales que le envió hubo incluso un capítulo inédito de El Silmarillion, el gran libro mitológico en el que trabajó durante casi sesenta años. Christopher Tolkien lo publicó en 1977, cuatro años después de la muerte de su padre. Que Tolkien compartiera parte de ese material con Elgar dice mucho de la confianza que había entre ambos.

Grace Khuri, que ha completado la primera tesis doctoral de Oxford sobre Tolkien, cree que los dos podían reconocerse en una misma etapa de la vida. Compartían, dijo, las penas de envejecer. Puede sonar simple, pero quizá ahí estuvo una parte del vínculo: dos personas mayores, muy inteligentes, algo solas, hablando por escrito durante horas.

Años después, Tolkien también le habló a Elgar de la muerte de Edith, fallecida en 1971. En una carta de julio de 1972, vendida en una subasta anterior, comparó a su esposa con Lúthien Tinúviel, la princesa elfa de El Silmarillion que se enamora de un hombre mortal. “[Edith] fue mi Lúthien Tinúviel, con su cabello como un río, su hermoso rostro y sus brillantes ojos estrellados”, escribió.

Al final, lo que sale ahora a subasta no son solo libros firmados ni cartas con valor para coleccionistas. Son restos de una conversación extraña y muy íntima entre Tolkien y una mujer que se atrevió a leerlo sin reverencia ciega. Y quizá por eso Tolkien volvió a escribirle.

Fuente: The Observer

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