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  • #299293

    Belennor
    Participant

    La yunta e’ torres

    Capí­tulo 13

    Se contaba que en un tiempo

    las Montañas de la Sombra,

    que al pago ’el que no se nombra

    de frontera hací­an las veces,

    tení­an sobre sus pieses

    una torre e’ las que asombran.

    Brillaba en medio e’ la noche

    como si juera un candil,

    reluciente de marfil

    y más linda que ninguna:

    así­ jue Minas Itil,

    la fortaleza e’ la luna.

    Parecí­a que habí­a bajao

    un pedazo e’ cielo azul.

    Pero ¡ay! Llegó el nazgul

    mandao por el malo mismo,

    y endijpué ’el nuevo bautismo

    se llamó Minas Morgul.

    Llegaron el Sam y el Frodo

    siendo ya noche cerrada.

    Aquella torre embrujada

    y enllena e’ cosas ladinas

    echaba una lú malina

    por el fondo e’ la quebrada.

    Alta y horrible la vieron,

    una presencia espetral.

    Parecí­a una catedral

    sin feligreses ni cura,

    más fea la fachada oscura

    que careta e’ carnaval.

    Los pastos de aquel lugar

    estaban todos marchitos,

    la cruzaba un puentecito

    a una zanja e’ agua podrida:

    ése era un pago maldito

    ande todo era sin vida.

    El Golum y el Sam al Frodo

    lo tuvieron que pará’:

    la sortija de maldá

    que tení­a sobre el pecho

    lo iba llevando derecho

    como con riendas pa’llá.

    El Esmeagol lo llamaba:

    “¡Pa’ diánde se va, patshón!

    Si me lo agaya el Sauyón,

    otsho yo diánde me agencio.”

    Endemientras, el peón

    diba llorando en silencio.

    “Pobre don Frodo”, pensaba.

    “Los santos valar no quieran

    que al cruzar la cordillera

    se me ponga más enfermo.

    ¡Ojalá que acá anduviera

    aquel burrito, el Guillermo!”

    Diba el Golum cuchicheando,

    buscando por los rincones:

    “Estu’ do’ hobbi’ chambones

    justamente a mí­ me tocan”,

    y en una grieta e’ la roca

    encontró los escalones.

    Sintieron mientras subí­an

    un bramido estraordinario,

    y de lo alto ’el campanario,

    como quien dice e’ la cruz,

    salió pa’l cielo una luz

    con un brillo funerario.

    Dijo el Sam: “¡Qué rejucilo!

    No han de ser gí¼enas señales”.

    Allá abajo los portales

    de Minas Morgul se abrieron,

    y salir de adentro vieron

    una procesión de males.

    Lo que ví­an dende allí­

    no podí­an llamarlo gente:

    una tropa repelente

    salí­a del juerte jediondo

    y pasaban de uno en fondo

    de un lao al otro del puente.

    Miró el Frodo al que marchaba

    al frente del regimiento

    y lo conoció al momento,

    todo duro del jabón,

    como el que le hundió el facón

    allá en la Sierra e’ los Vientos.

    Un frí­o le dentró al alma

    y le ardió la cicatriz

    viendo que con la nariz

    el brujo el aire olisqueaba,

    y el anillo lo tentaba

    pa’ levantar la perdiz.

    Al final dejó el de negro

    la postura e’ centinela,

    ahí­ nomás las dos espuelas

    al flete se las clavó

    y hecho una juria salió

    como urraca que se vuela.

    Los otros, llevando lanzas,

    lo seguí­an en la huella.

    “Se van como pa’ la gueya”,

    dijo el flaco e’ puro vicio.

    “Allá’lo lejo’, malicio,

    v’habé tshemenda epopeya.”

    Siguieron viaje ahí­ nomás

    por la escalera empinada,

    y endijpué de la trepada

    anduvieron un buen trecho

    por un senderito estrecho

    en medio e’ piedras peladas.

    El cielo e’ la madrugada,

    entre paredes metí­o,

    se les figuraba un rí­o,

    pero arriba, o sea al revés.

    Por áhi andaban los tres

    muriendosé de hambre y frí­o.

    Diba el Golum como loco

    saltando de acá p’allá.

    “Ya queda poco pu’andá,

    patshón, no se nos fatigue,

    que si a nosotsho’ nos sigue

    no lo vamo’ a defshaudá.”

    Capí­tulo 14

    Se vení­a en las montañas

    un entrevero imponente.

    Lloví­a torrencialmente

    y cada cual con su abrigo

    esperando al enemigo

    estaba toda la gente.

    Algunos de los infieles,

    en atitú de acechanza,

    se mandaron una danza

    embarrandosé en los charcos

    y empezaron con las lanzas,

    con las bolas y los arcos.

    Endemientras otros más

    en el medio ’el zafarrancho

    dentraron con unos ganchos

    por las tapias a trepar,

    sin parar de amenazar

    y gruñir como unos chanchos.

    Gritando dende un mangrullo

    llamó un soldao la atención

    que al borde del cañadón

    los cabeza con penacho

    con un tronco de quebracho

    querí­an voltiarlo al portón.

    Les plantaron resistencia

    los valientes defensores,

    y a los fieros invasores

    querí­an sacarlos carpiendo

    con ollas de aceite hirviendo

    y cosas mucho más piores.

    “¡Vamo’ a mostrarle a esos cosos

    que no hay acá ningún manco!”

    Peló a la Anduril el Trancos

    y el Eumer a la Gí¼ití­n,

    y saltaron al barranco

    pa’ defenderlo al fortí­n.

    Y en respuesta a esos llamados

    salió todo el paisanaje:

    dando gritos de coraje

    vení­an los bravos varones

    con los sables y facones

    pa’ enfrentarse a los salvajes.

    Muy alegre el enanito

    los mandaba al camposanto:

    los destripaba a unos cuantos

    haciendo mucho alboroto

    y se anotaba los tantos

    con un puñado e’ porotos.

    Le diba gritando al elfo:

    “¿Ya le agarraste la mano?

    ¡Vas a ver cómo te gano,

    vos que te pensás gí¼eno!”

    Pero ahí­ reventó un trueno

    que se escuchó muy cercano.

    Se llenó todo de humo,

    saltó un fogonazo rojo,

    y quedaron los despojos

    ande los palos estaban.

    Tantas astillas volaban

    que hasta alguno perdió un ojo.

    Se quedaron medio sordos

    con el ruido e’ la esplosión.

    “¡Los cosos train un cañón!

    ¡Vengansé p’acá ligero!”,

    y corrieron al aujero

    por ande entraba el malón.

    “¡Siempre inventando la pólvora

    aquél brujo sinvergí¼enza!”,

    vino a armarla la defensa

    el Trancos de aquella brecha,

    ande a punta e’ lanza y flecha

    se metí­a una orcada inmensa.

    Paró la lluvia al final

    como a eso de las una,

    y ansí­, a la lú de la luna

    que alumbró la noche fresca,

    continuaba aquella gresca

    como nunca hubo ninguna.

    ¡Pocas veces se habrá visto

    semejante valentí­a!

    No paró la compañí­a,

    en contra de los percances,

    de frenar aquel avance

    hasta que se hizo de dí­a.

    Y cuando asomaba el sol

    se oyó un terrible alarido:

    “¡Allá al galope tendido

    se acercan cienes y cienes!

    ¡Es el Gandalf, que ha cumplido!

    ¡Con don Erquenbrán se viene!”

    ¡Viera usté qué preciosura!

    ¡Qué cuadro tan almirable!

    Vení­a el mago venerable

    con don Erque y con su apoyo

    de como cinco mil criollos,

    cada cual pelando el sable.

    No parecí­an los salvajes

    ser de los que se abatatan,

    pero en ver que en cabalgata

    se les vení­an los bravos,

    dispararon con el rabo

    mesmamente entre las patas.

    No paraban de escaparse

    con la milicada atrás.

    Flameaban los chiripás

    de todo lo que corrieron,

    en el monte se escondieron

    y ya no salieron más.

    Algunos de los paisanos

    de la alegrí­a gritaban,

    demientras otros miraban

    la cosa desconcertaos:

    “O yo estoy medio mamao,

    o ese monte ayer no estaba.”

    Un rato dispués, los árboles,

    ya cansaos de tanto grito,

    sin dejar ni un pedacito

    de los que allí­ se escondieron,

    las enaguas recogieron

    y se jueron despacito.

    Bueno…aca llegan a su fin los capitulos publicados por nuestro querido Andrés Diplotti. Aproximadamente cada un mes se publica un capitulo nuevo. Si quieren mas información acerca de el, su blog se encuentra en http://pez-diablo.blogspot.com/ [ Este mensaje fue editado por: Belennor on 05-02-2006 18:52 ]

    #299292

    Belennor
    Participant

    La yunta e’ torres

    Capí­tulo 9

    El enanito y el elfo,

    el mago y el montaraz

    llegaron al fin nomás

    por un asunto e’ importancia

    a Las Edoras, la estancia

    con las montañas detrás.

    “¡Quién vive!”, hablaron los guardias

    que estaban en la tranquera,

    y dijo el mago: “a cualquiera

    que traiga intención e’ bien

    nunca se le grita ‘quién’

    sinó ‘pase cuando quiera’”.

    Se impresionó el vigilante

    y al compañero jue a hablar:

    “Lo vas corriendo a buscar

    a don Teo y le decí­s

    que está el Gandalf Ponchogrí­s

    con gente acá pa’ charlar.”

    El otro golvió enseguida.

    “Dice que pueden seguí­,

    pero que dejen aquí­

    las latas y los facones.

    Éstas son las condiciones

    que pone el Lengua e’ Lumbrí­.”

    “Tá gí¼eno”, contestó el Trancos.

    “¡Pero guay con esta espada!

    No le vaya a pasar nada

    ni la saquen de la funda,

    que al que ansina se conjunda

    lo viá correr a patadas.”

    Al viejo patrón lo hallaron

    bajo ponchos y cobijas.

    Cuidandoló estaba la hija

    de su hermana la dijunta,

    y el sirviente en la otra punta

    con nombre de sabandija.

    Se sorprendieron de ver

    quien juera bravo guerrero

    encorvao sobre un brasero

    más pálido que fantasma,

    demientras que el consejero

    le poní­a cataplasmas.

    Pensó el Lengua que el istari

    tení­a en venir mucha audacia,

    y con poca diplomacia

    le gritó: “¡Juira, lechuza!

    Siempre que éste se nos cruza

    nos pasa alguna disgracia.”

    “Si hay disgracia”, dijo el Gandalf,

    “ésa no viene conmigo.

    Yo solamente le digo

    que se está poniendo feo,

    y hay que pararle, don Teo,

    las patas al enemigo.”

    “¡Por favor, no me hagan rair

    con las cosas que me vienen!

    A la edá que el patrón tiene

    uno no está pa’ esos trotes.

    No me escuche a estos pavotes,

    don Teodén, no le conviene.”

    “Ricuerde que por cuidarlo

    hace mucho que no duermo.

    Usté ’tá bastante enfermo”,

    seguí­a diciendolé el Grima,

    “como pa’ que éstos encima

    se lo lleven por los yermos.”

    Retrucó el Gandalf: “Ya basta,

    viborita con careta,

    que te doy con la chancleta

    y esa lengua viperina,

    con perdón de la sobrina,

    te la hago a la vinagreta.”

    “¿Ya vio, patrón”, dijo el otro,

    “qué insolente está este mago?

    ¡No permita que estos vagos

    le echen pelos en la leche!

    ¡Si yo juera usté, los hago

    que a rebencazos los echen!”

    Vido el mago que ya iba

    pa’ largo con ese atasco.

    Con su bastón un chubasco

    ahí­ mesmo se improvisó

    y a palazos lo corrió

    al Lengua e’ Lumbrí­ del casco.

    “¡Por qué no te vas, sotreta,

    a emponzoñar a tu agí¼ela!

    ¡Corré a tenerle la vela

    a tu patrón verdadero,

    pedazo e’ bicho rastrero,

    que te clavo las espuelas!”

    “Al Sarumán se vendió

    pa’ repartirse el botí­n.

    Ayudemé, misia Eugí¼í­n,

    a sacar de acá a su tí­o,

    que ajuera no está tan frí­o

    como le contaba el ruin.”

    Tomó el patrón don Teodén

    mejor color con el fresco.

    “Mi amigo, yo le agradezco,

    ahura estoy mucho mejor.

    Mi gentileza le ofrezco

    por librarme del traidor.”

    Dijo el Gandalf: “Mucho tiempo

    se ha perdido ya, mi rey.

    Ya bastante ha dado el gí¼ey

    cornadas a su colega;

    ahura que la guerra llega,

    ser unidos es la ley.”

    Al rato nomás don Teo

    andaba e’ mil maravillas.

    Se acomodó en una silla

    y habló en lo que liaba un pucho:

    “Vamo’ a tener que dir muchos

    al fortí­n e’ Cuernavilla.”

    La reunieron a la tropa

    con el comendante Eumer,

    y acabando de poner

    a la misia e’ cuidadora

    se jueron de Las Edoras,

    quién sabe si pa’ golver.

    Capí­tulo 10

    Dormí­a el Frodo guardando

    debajo ’el poncho el anillo,

    y un tirón del calzoncillo

    lo despertó redepente;

    al Faramir vio patente

    en medio ’el canto de los grillos.

    “Tenés que venir conmigo”,

    le vino a decir don Fara.

    “Ya sé que entuaví­a no aclara,

    pero tenemos visita

    y puede ser, me palpita,

    que le conozcas la cara.”

    Se asomó donde decí­a

    y casi suelta un “¡ahijuna!”.

    Allá abajo, en la laguna,

    echado a la orilla estaba

    el Golum, que lo alumbraba

    la poquita luz de luna.

    “¿No vení­a con ustedes

    aquel animal rastrero?

    Lo vamo’ a enllenar de aujeros

    por venirnos a aguaitar.

    Acá no se puede estar

    haciendo ansí­ de bombero.”

    Manotiaba un pejerrey

    ahí­ nomás dende la orilla.

    No lo echaba a la parrilla

    ni las tripas le sacaba:

    al buche se lo mandaba

    con todo el barro y la arcilla.

    Con el asco que le daba

    quiso decir: “¡Tirenlé

    y por mí­ aujereenlé

    ese poquito de pulpa!”

    Pero le dentró la culpa

    de que lo hicieran puré.

    “Pero qué va a andar gastando

    pólvora en ese abombao.

    Es un pobre disgraciao,

    más vale dejarlo en paz.

    ¡Miremeló, si nomás

    anda buscando pescao!”

    Le contestó el Faramir:

    “Si vos lo querés salvar,

    lo tenemos que agarrar

    y que nos diga él qué busca.

    ¡No sea cosa que conduzca

    a algún otro a este lugar!”

    Lo mandó al Frodo a buscarlo

    al de ojos de cocuyo.

    “Y no hagás ningún chanchullo

    que estamos con los jusiles.

    Solamente andá y decile

    que traiga acá sus murmullos.”

    ¡Lo que tení­a que hacer

    por no querer dijuntiarlo!

    Se abajó y dentró a llamarlo:

    “Vení­ conmigo, Esmeagol”.

    Lo mesmo que un girasol

    se dio gí¼elta pa’ mirarlo.

    “Mirá vó, ’cá ’tá el patshón”,

    se decí­a solo el flaco.

    Gruñia como verraco

    y echado sobre la panza

    se enrollaba e’ desconfianza

    como quirquincho mataco.

    Pero el otro le insistió:

    “Vamos, conmigo venite.”

    Al fin le quiso el envite,

    pero ahí­ la soldadesca

    salió toda e’ su escondite

    y se armó tremenda gresca.

    “¡Mucho tiento con la cosa,

    que hay que agarrarla viva!”

    Como gato panza arriba

    se defendí­a la fiera,

    pero acabó en la arpillera

    como grano pa’ la estiba.

    Lo llevaron entre varios

    enfrente del Faramir.

    “Ahura nos vas a decir

    qué andabas buscando, maula”,

    y lo metió en una jaula

    pa’ que no pudiera juir.

    Les dijo endijpué a los hobbits:

    “Este bicho no es muy claro.

    Me repite algo muy raro

    todo el rato como loro.

    ¿Qué es esa cosa e’ un tesoro

    que dice que le robaron?”

    Y justo pa’ contestarle

    tuvo que salirle el pión.

    “Ya pare e’ insistirnos, don,

    no quiera que le digamos

    que pa’ jundirla llevamos

    la sortija del Saurón.”

    El otro se puso blanco

    y al fin gritó: “¡Amalaya!

    ¡La sortija del canalla

    que se creí­a estraviada!

    ¡Ésa sí­ es carga pesada

    y fiera donde las haya!”

    Se la imaginó en el dedo

    de su tata el Denetor.

    ¡Qué gran poder pa’ Gondor

    tenerla en la capital!

    Pero aquello a la final

    diba a ser mucho más pior.

    “Se me hacen humo cuantiantes

    con su sortija y su bicho,

    que yo viá dejarles dicho

    a los soldaos que los dejen.

    ¡Salganmé con los manejes

    de este coso y sus gualichos!”

    Y se jueron los dos hobbits

    antes que saliera el sol

    llevándose al Esmeagol

    ligerito a la carrera

    pa’ cruzar la cordillera

    por el paso e’ Ciriungol.

    Capí­tulo 11

    ¡Naides diga que no hay ent

    que al peligro lo confronte!

    Viendo ya en el horizonte

    tremendo merenjenal,

    la asamblea forestal

    se juntó en el medio ’el monte.

    A los dos gurises hobbits

    los llevó el palo borracho

    con los timbos y lapachos

    que se habí­an juntao allí­,

    algarrobos y quebrachos

    y hasta algún petiribí­.

    De a poquito iban viniendo

    chancleteando las raí­ces,

    unos verdes, otros grises

    y hasta algunos coloraos;

    parecí­a que habí­an llegao

    hasta dende otros paí­ses.

    Dentró una botella e’ caña

    a recorrer el consejo,

    y como él era el más viejo

    dentró el Barba a hablar primero:

    “Mojensé antes el garguero,

    más los que vienen de lejos.”

    “Les viá contar una historia

    que las barbas desarraiga.

    Ninguno se me distraiga

    y escuchen mi relación,

    que ésta es una situación

    de las más fuleras que haiga.”

    “Nos la está haciendo julera

    el vecino Sarumán.

    Siguro no negarán

    que les cae tan gauchito,

    como le cae al pollito

    la sombra del gavilán.”

    “Por acá de vez en cuando

    sabe andar de vagabundo,

    viendo a los orcos inmundos

    que a todo el monte lo asedian.

    Dice que la Pampa Media

    va a ser el granero ’el mundo.”

    “Andan sus fieros compinches

    a hacha limpia todo el dí­a.

    Vieran con qué alevosí­a

    tiran árboles abajo

    pa’ hacer poste e’ telebrajo

    y durmientes pa’ las ví­as.”

    “Ni a su madre respetaba

    si la tuviera el matón,

    y le contesta zumbón

    a todo el que le contrarie

    que él trae civilización

    pa’ acabar con la barbarie.”

    “¡Me lo va a decir a mí­,

    que los chañares me espanta!”,

    se metió uno que de plantas

    tení­a varias tropillas.

    “Ni plantines ni semillas

    deja en paz. ¡Ya no se aguanta!”

    “Don Palo”, dijo el Pipino,

    “¿hace falta estar tres horas?

    Porque con tanta demora

    vamo’ a llegar atrasaos.”

    Dijo el Palo: “¡Qué apuraos

    son los jóvenes de ahora!”

    “Ricuerde, amigo, que naides

    el sol en el cielo apura,

    ni espera fruta madura

    antes que sea la estación.

    También estas cosas son

    de las que duran y duran.”

    “Mejor se sientan, que va

    pa’ largo esta conferencia.

    Ansí­ que tengan pacencia,

    que pa’ ponernos de acuerdo

    no es que los ents seamos lerdos,

    es que pensamo’ a concencia.”

    Y se armó la discusión:

    que si el precio e’ la madera,

    que si adentro, que si ajuera

    y que si la mar en coche.

    Cuatro dí­as con sus noches

    charlaron de esa manera.

    Los pobres hobbits miraban

    aburridos todo el drama.

    Como no tení­an cama

    el chúcaro Ramaviva

    les emprestaba sus ramas

    pa’ que durmieran arriba.

    Y al final jue a pasar

    que al clarear una mañana,

    los despertó una jarana

    de gritos y pisotones:

    marchaban los gigantones

    cantando alegres con ganas.

    Les prieguntaron los hobbits:

    “¿Qué pasó? ¿Pa’ dónde van?”

    Les contestó un arrayán

    poniendo una voz tremenda:

    “¡Vamo’ a lo del Sarumán

    pa’ que de una vez aprienda!”

    Se diban haciendo eses

    por el camino marcao,

    yendoselés para un lao

    y para el otro los troncos

    y entonando un canto ronco,

    bastante envalentonaos.

    Y es que en tiempos de entrevero

    el ánimo nunca suebra:

    pa’ dir a buscarle la hebra

    a aquel brujo tan lagaña

    se bajaron varias cañas

    y unos frascos de giñebra.

    Usando iban de tambores

    a sus propios troncos huecos,

    y resonaban los ecos

    marchando rumbo a Isengar;

    ya se le iban a acabar

    al mago sus embelecos.

    Capí­tulo 12

    El camino a Cuernavilla

    corrí­a por muchas leguas,

    y en pingos, burros y yeguas

    la compañí­a marchaba

    rumbo al combate, que daba

    muy poca o ninguna tregua.

    Diba al frente don Teodén,

    en el Crinblanca montao.

    Andaba apesadumbrao,

    porque jue por esas tierras

    ande se llevó la guerra

    a Teodredo, su hijo amao.

    “¡Tamo’ llegando!”, el Eumer

    señaló dende la silla.

    Como asomao a la orilla

    de un barranco e’ mucha hondura

    colgaba arriba en la altura

    el juerte de Cuernavilla.

    Jue al encuentro un veterano,

    el sargento Gamelí­n,

    y los saludó: “¡Por fin

    llegan algunos rejuerzos!

    ’Tá el asunto muy alverso

    hace rato en el fortí­n.”

    “¡Y qué gí¼eno que tenemos

    a tan bravo capitán!

    El nuestro, don Erquenbrán,

    vaya a saber puánde se anda,

    y se están viniendo en banda

    los orcos del Sarumán.”

    “Asigún cuentan los chasques,

    ya vadiaron el Isén.

    Apuresé, don Teodén

    que si contamos con suerte

    vamo’ a defender el juerte

    y a nuestra patria también.”

    “¡Este comendante suyo

    en gí¼en momento nos deja!”,

    la soltó el Gandalf la queja.

    “Viá buscarlo a este don Erque.

    Le conviene que se acerque

    o lo traigo e’ las orejas.”

    Taconiandoló al equino

    salió como esalación.

    El resto del pelotón

    metió pata pa’ dentrarse

    en el juerte y prepararse

    pa’ recebir al malón.

    Juntaron todas las armas,

    a la puerta echaron tranca,

    y dentraron la barranca

    de tanto en tanto a mirar,

    que por áhi diba a llegar

    la tropa e’ la mano blanca.

    Y llegó un rato endijpué

    de que se acabara el dí­a.

    Debajo e’ una lluvia frí­a,

    por encima de los palos

    vieron a todos los malos

    que al humo se les vení­an.

    La lú de muchas antorchas

    anunciaba su presencia,

    y sin hallar resistencia

    avanzaban los hostiles.

    Parecí­a aquello un desfile

    del dí­a e’ la independencia.

    El elfo en la oscuridá

    pa’ verlos se daba maña:

    “Si la vista no me engaña,

    entre los que vienen hay

    salvajes de la montaña

    y unos cuantos urujay.”

    Los orcos, cara pintada

    y en la cabeza unas plumas,

    se vení­an echando espuma

    como e’ rabia del hocico.

    Les pareció a los milicos

    que gritaban como pumas.

    Y a brutos, los montañeses

    tampoco le iban a menos.

    Pisaban juerte el terreno

    todas las bestias feroces,

    y se mezclaban las voces

    con el rugido e’ los truenos.

    A los cosos redepente

    los alumbró un rejucilo,

    y alguno dijo intranquilo

    disimulando el espanto:

    “¿De diánde saca aquél tantos?

    ¡Los debe comprar por kilo!”

    Jorobada se vení­a,

    aquella noche e’ tormenta,

    porque se habí­an dao cuenta

    que tení­an pocos jusiles

    pa’ sofrenar tantos miles

    de bestias ansí­ e’ violentas.

    “Habí­a que hacer como el Gandalf”,

    otro comentó con pena.

    “¡La pucha que la hizo gí¼ena

    ese viejo e’ la gran siete!

    Nomás lo espolió al flete

    y juyó de esta condena.”

    No se abatató el enano

    de ver llegar al infiel.

    Con la bravura en la piel

    a su aparcero el Legolas

    le jugó algunas chirolas

    a que voltiaba más que él.

    También se animó el Eumer

    y dentró a solar la arenga:

    “¡Mis paisanos, no me vengan

    con que están enjabonaos,

    que si no a estos endiablaos

    no hay naides que los detenga!”

    “Ningún alversario pudo

    en este juerte dentrar.

    Ansina que ahura, ¡a luchar

    pa’ mantener el invito!”

    Y jue señal ese grito

    pa’l combate comenzar.

    #299291

    Belennor
    Participant

    La yunta e’ torres

    Capí­tulo 5

    El Sam y el Frodo con rumbo

    de la frontera seguí­an,

    y el Golum, con su baquí­a

    de la pampa y el desierto

    les diba haciendo de guí­a

    por la ciénaga e’ los muertos.

    No era muy lindo el camino

    que el bicho les enseñaba:

    con esjuerzo se arrastraban

    por esteros y bañaos

    ande caras de finaos

    dende abajo los miraban.

    No se ví­an pajaritos

    que sacudieran las alas,

    bichos ni hacienda baguala:

    nomás silencio y quietú.

    Andaban con lentitú,

    siguiendolós la luz mala.

    En ese barro jediento

    hasta el upite enchastraos,

    bajo un cielo encapotao

    y con ganas de chubasco,

    aguantaban miedo y asco

    los dos hobbits asariaos.

    Se pusieron los petisos

    alegres cuando al final

    salieron del fachinal,

    y el contento jue más hondo

    cuando salió el sol redondo

    más luminoso que un rial.

    Pero al bicho flaco y fiero

    no le gustaba la lú:

    le hací­a mal a la salú

    y por eso pegó un grito,

    y a echarse jue derechito

    a la sombra de un ombú.

    “¡Tán locos pa’ que les guste

    esa cosa tan quemante!

    Va a valé má que se aguanten,

    porque demientsha’ haya sol

    ni el Golum ni el Esmeagol

    pensamo’ seguí­ adelante.”

    “¡Encima e’ fiero, haragán!”,

    andaba insistiendo el pión.

    “¡Echeló e’ una vez, patrón,

    y que se pierda en la selva!

    ¡Tirelé con un toscón

    pa’ que entienda que no gí¼elva!”

    “No, Sam”, lo paró el Frodo,

    “tiene razón la cosa ésta.

    Si andamo’ con sol a cuestas

    puede verno’ algún sotreta.

    Comamo’ un poco e’ galleta

    y durmamonó’ una siesta.”

    Mientras dormí­an los hobbits

    con el canto e’ las chicharras,

    comiendosé una mojarra

    cruda y sin destripar

    dentró el Golum a payar

    él solito y sin guitarra.

    “E’ gí¼enito el Esmeagol,

    él les hizo una pshomesa

    a lu’ hobbi’, y eso pesa

    pa’ seguí­ con el asunto”,

    y él se hací­a el contrapunto

    con voz un poco más gruesa:

    “Dí­game usté, compañeyo,

    y conteste con pshudencia,

    si aguanta’le la insolencia

    a estu’ hobbi’ no es al cuete.

    Dejesé de sé alcahuete

    y agaye su peshtenencia.”

    “No pudemo’, mi compadshe,

    entiendaló, no sea malo:

    ¿Me pide que mate a palo

    al Fshodo, mi patshoncito?

    ¿O que vaya despacito

    y me ponga a acogota’lo?”

    “No invente lo que no dije

    ni me tuerza la intención:

    yo no digo que al patshón

    tengamo’ que hace’le nada.

    Otsha cosa es el panzón

    del mondongo y la papada.”

    “Con el hobbi’ goshdo y feo

    hay que sé gí¼eno’ también,

    po’ más que como yecién

    nos diga que nos vayamo’.

    ¿No se acueshda que juyamo’

    que vamo’ a poshta’no’ bien?”

    “Que tenemo’ que sé’ gí¼eno’

    acá no está en discusión,

    peyo piense, cabezón:

    ¿Le payece e’ gí¼en crioyo

    anda’ llevando el tesoyo

    pa’ que lo tenga el Sauyón?”

    “Tiene yazón, esa cosa

    de gí¼ena no tiene ná.

    Por eso vamo’ a pasá

    por ande vive la doña,

    pa’ que ella con su ponzoña

    les enseñe a no embshomá.”

    “¡Sí­ señó, a lo de la doña!

    Y quién no le dice a usté

    que el tesoyito nos dé

    endijpué e’ manda’lo’ al buche.

    ¡Y ya naides más nos ve,

    po’ más que sí­ nos escuche!”

    “Hay que vé cuando a lo’ dó

    se lo’ coman como yosca

    cuando caigan como mosca

    en la tela de la ayaña.

    La veshdá que a mí­ me estshaña

    que mejó no nos conozcan.”

    Y cuando a un entendimiento

    con él mismo hubo llegao,

    se durmió todo enroscao

    y soñó con la sortija

    aquel bicho sabandija,

    maula, feo y disgraciao.

    Capí­tulo 6

    Andaban Pipino y Merry

    perdidos en la espesura,

    temerosas las criaturas

    de alguna ví­bora hallar

    que les pudiera dejar

    una flor de mordedura.

    “¡Otra gí¼elta acá en el monte!”,

    soltó el Pipino con ira.

    “¡Si hasta se me hace mentira,

    con esta ya van dos veces!

    Y pa’ colmo, me parece

    que los árboles nos miran.”

    “¡Qué tal si cierran el pico!”,

    les gritó un palo borracho.

    “¡Dejenmé dormir, caracho!

    ¿No puede uno descansar

    sin que vengan unos guachos

    a ponerse a jorobar?”

    “¡Amalaya, estos son orcos!

    ¡Menos mal que estoy dispierto!

    Si no, ya estarí­a muerto

    en vez de parao y firme.

    No crean que van a engrupirme.

    Me quieren talar, ¿no es cierto?”

    “¡A gí¼en mate van por yerba!

    Aunque me dure la mama,

    con este ent de larga fama

    canoas naides va a hacer”,

    y dentró a agitar las ramas

    queriendosé defender.

    “¡Ta gí¼eno!”, dijo el Pipino,

    “¡Don palo, sosieguesé!

    No parecemos, vea usté,

    infieles ni por asomo.

    Nosotros dos hobbits somos

    acá donde usté nos ve.”

    “Venimos de la Comarca.

    Pipino Tuk yo me llamo,

    y éste es Merry Brandigamo,

    que es mi aparcero y mi primo.

    De los orcos escapamos

    y en el monte nos perdimos.”

    Achicó el palo los ojos

    porque andaba viendo doble.

    “¿Que no son esas innobles

    criaturas? Me alegro mucho.

    Hace largo que no lucho

    y ya no soy ningún roble.”

    “Disculpen”, dijo la planta

    sacandosé un nido e’ hornero

    que llevaba de sombrero,

    “pensé que eran bichos malos.

    Me dicen el Barba e’ Palo

    y soy de árboles arriero.”

    “¿Ansina que los mocitos

    se perdieron en mi pago?

    No teman ningún estrago

    de la gente de mi raza.

    Acompañenmé a mi casa

    y nos tomamo’ unos tragos.”

    En los hombros los sentó

    y trató de andar derecho,

    y después de hacer un trecho

    llegaron a una cañada

    con una parra de techo

    y en el fondo una cascada.

    De una botella e’ ginebra

    en unos vasos sirvió,

    de un taco el suyo vació

    y todos volvió a enllenar.

    “Yo tomo para olvidar

    la ingrata que me dejó.”

    Se le ví­a que al nuembrarla

    le temblaban las espinas.

    “¡Vieran qué linda mi china!

    ¡Otra como ella no hay!

    ¡Perfumaba la colina

    con jazmí­n del Paraguay!”

    “¡Pero si nomás de verla

    me daba felicidá!

    Andaba de acá pa’llá

    con la gracia de una dama,

    clavel del aire en las ramas

    y flor de jacarandá.”

    “Figurensé que habrá sido

    grande mi desolación

    cuando en aquella ocasión

    se me jue con los retoños.

    Dende entonces es otoño

    pa’ siempre en mi corazón.”

    “Una gí¼elta, al regresar

    de un arreo de araucarias,

    buscando la hospitalaria

    fragancia de su madera,

    tan sólo hallé la tapera

    muda, triste y solitaria.”

    “Acaso halló quien le dé

    las cosas que yo no pude.

    La soledad me sacude:

    ya no hay en mis dí­as grises

    quien a podarme me ayude

    o me riegue las raí­ces.”

    “Supe que no iba a hallar nunca

    otra que juera tan bella

    y me prendí­ a la botella

    pa’ curarme de este daño.

    Hace como tres mil años

    que no sé más nada de ella.”

    “No queda en la Pampa Media

    quien como yo la recuerde.

    Iba siempre de hojas verdes,

    juera setiembre o abril.

    ¡Tu recuerdo, Fimbretil,

    como carcoma me muerde!”

    Al fin se quedó dormido,

    casi como de improviso.

    Se agenciaron los petisos

    con hojitas una alfombra

    y se echaron a su sombra

    a hacer la siesta en el piso.

    Capí­tulo 7

    Revolví­an los rastreadores

    cerca e’ la selva maciza

    entre el montón de cenizas

    que quedaron del jogón

    y hallaron sólo un botón,

    quién sabe de qué camisa.

    No habí­a de los petisos

    ningún rastro, y pa’ pior

    la madrugada anterior

    antes que cantara el gallo

    les espantó los caballos

    uno con un arriador.

    Dijo el enano: “Pa’ mí­

    que era el mago Sarumán,

    viejo con cola e’ alacrán

    que si llego a verle el gorro,

    a hachazo limpio lo corro

    lo mesmo hasta el Tucumán.”

    “Gí¼enas tengan”, dijo un viejo

    que apareció redepente.

    “Si andan buscando a una gente

    chiquita que anda perdida,

    yo sé de muy gí¼ena juente

    que están a salvo y con vida.”

    “¡Ahura vas a ver, sotreta!”,

    lo amenazó el Guimlidiano.

    “¡Te va a enseñar este enano

    a espantar pingos, matrero!”,

    y ahí­ al humo se le jueron

    con las armas en las manos.

    Pero ni una le acertaron

    de los saltos que pegaba.

    “¿Qué modo es éste”, gritaba,

    “de recebir a un amigo?

    ¡Nomás esto me faltaba!

    ¿No distinguen paja e’ trigo?”

    “¡A la pucha, éste es el Gandalf!”

    soltó el Legolas feliz.

    “Decí­, ¿de dónde vení­s?

    ¿Qué fue a la final en Moria?

    Contanos toda la historia.

    ¿Por qué ya no andás de gris?”

    “¡No me hablen de aquel lugar

    ni me hagan que rememore!

    Que me van a hacer que llore

    ricordando el pozo oscuro.

    ¡Con lo que pasó, siguro

    va a hacerse mucho folclore!”

    “Endijpué e’ mucho caer

    llegamo’ hasta el fondo del pozo

    con aquel bicho asqueroso

    que me tiró el chicotazo.

    ¡No quieran ver qué porrazo!

    ¡Qué ricuerdo doloroso!”

    “Apagó ahí­ nomás el fuego

    y se me jue el muy lagaña,

    pero yo, que me doy maña,

    lo corrí­ por los aujeros

    y en la punta e’ la montaña

    lo alcancé al bicho rastrero.”

    “Y allá arriba, entre las nubes

    y bien cerquita del cielo,

    se largó nomás el duelo

    que jue de juerza un derroche.

    Cuatro dí­as con sus noches

    peleamo’ en el medio ’el yelo.”

    “Al fin, al coso agotao

    y medio dijunto ’el hambre

    le dio en la pata un calambre

    y lo mandé a mejor vida.

    Pero la ligué tupida

    y también terminé fiambre.”

    “Rumbiando pa’l Paraí­so

    con San Pedro me encontré,

    y unos mates me tomé

    pero no pude estar largo,

    porque yo tengo un encargo

    que entuaví­a no terminé.”

    “Lindo cuento”, dijo el Trancos.

    “¡Y llega a tiempo también!

    Si están los gurises bien

    como nos andás contando,

    es hora e’ dir enfilando

    pa’ la casa e’ don Teodén.”

    “Va a haber que dentrar a andar,

    que las monturas han juido.”

    Dijo el mago divertido:

    “¿En serio me lo decí­s?”,

    y pegó endijpué un chiflido

    que se oyó en medio paí­s.

    Contestaron tres relinchos

    a la llamada del viejo,

    y se vinieron de lejos

    en gallarda cabalgata

    el bayo y el azulejo

    y uno más con pelo e’ plata.

    “Aquél es el Sombragrí­s,

    entuaví­a medio bagual,

    un caballo sin igual

    como no se ha visto otro.

    ¡Miren qué pedazo e’ potro!

    ¡Vean qué bestia, qué animal!”

    “Ninguno se da como éste

    en galopear tanto afán.

    Al moro y al alazán

    les gana cualquier domingo

    este patrón de los pingos

    de los pagos de Rohán.”

    “Ninguno pudo domarlo

    hasta que lo agarré yo.

    Don Teo me lo regaló

    pero le gustó bien poco,

    y ahura se anda haciendo el loco

    y me porfí­a que no.”

    Montaron a la final

    las bestias galopeadoras,

    y sin almitir demora

    salieron los compañeros

    más rápido que ligero

    poniendo rumbo pa’ Edoras.

    Capí­tulo 8

    Armó a la hora e’ comer

    el Golum un reñidero:

    al Sam lo peliaba fiero

    y gritaba que era un brujo

    porque preparó un puchero

    con las liebres que le trujo.

    El otro le retrucó:

    “¡No digás más disparates!

    El hocico ése callate

    y ponele alguna tapa,

    y andá a buscarme unas papas,

    batata, choclo y tomate.”

    “¡Andá a buscátelas vó,

    panzudo cabeza e’ buyo!”,

    y se alejó entre murmullos,

    no juera a pedirle ayuda.

    “¡Con lo gí¼enas que son cshudas,

    las quieye quemá con yuyos!”

    Cuando estaban ya los hobbits

    tragando que daba gusto,

    de entre medio e’ unos arbustos

    salieron unos soldaos.

    Casi se mueren del susto,

    y además, atragantaos.

    “¡Vea usté a estos dos petisos!”,

    habló en llegando el primero.

    “¿No le dije yo, aparcero,

    que por acá habí­a gente?

    ¡A veinte leguas se siente

    el olor de este puchero!”

    “Por mucho que se comente

    del que come y no convida,

    si andan buscando comida

    les cuento que no hay pa’ todos”,

    los anotició el Frodo,

    “ansí­ que mejor se olvidan.”

    “¡Qué me va a importar a mí­

    si tiene mucha o poquita!

    Hasta la última ramita

    me apaga, ¿comprende, amigo?

    ¡Haga ya lo que le digo,

    no quiera que le repita!”

    Los llevaron a esconderse

    en el medio e’ un matorral.

    “La van a pasar muy mal”,

    dijeron, “si no se callan.”

    Contestó el Sam: “¡Amalaya!

    ¡Mire qué cacho e’ animal!”

    Un bicho ’el tamaño e’ un rancho

    vení­a aplastando los yuyos

    y haciendo mucho barullo

    con una trompa muy larga.

    Llevaba a manera e’ carga

    encima ’el lomo un mangrullo.

    La pampa toda temblaba

    debajo e’ las patas gruesas,

    y atrás de la bestia ésa

    caminaban unos pardos

    que andaban llevando fardos

    encima de la cabeza.

    Con la quijada en el suelo

    y los ojitos fugaos,

    dijo el Sam entusiasmao

    viendo pasar al gigante:

    “¡Mire usté, es un olifante!

    ¡Se viene un circo al poblao!”

    Lo hizo callar el milico:

    “¡Qué circo ni qué ocho cuartos!

    Éstos son unos lagartos

    que vienen a conchabarse

    con el Saurón, pa’ engancharse

    cuando haga e’ tierras reparto.”

    Cuando menos lo esperaban

    se vino la acometida:

    se apareció una partida,

    ninguno vido de diánde,

    que espantó al bicho tan grande

    y a naides dejó con vida.

    “Van a venir con nosotros

    ya que acabó el amasijo”,

    uno e’ los soldaos dijo,

    y como quien chivos lleva

    los jue arriando hasta una cueva

    que usaban como cobijo.

    “Yo me llamo Faramir”,

    dijo el jefe ’el contingente.

    “Me cuenta acá el suteniente

    que andaban por Itilién.

    ¡Les conviene que me cuenten

    qué buscaban, por su bien!”

    “Le cuento lo que haga falta,

    capitán, no se me agite”,

    y contestanto el envite

    con toda tranquilidá

    le habló e’ la comunidá

    que se armó con gente e’ elite.

    El rubio se conmovió,

    se le conoció en la pose.

    “¿Ansina que lo conocen

    a mi hermano el Boromir?

    ¿Y qué esperan pa’ decir

    puánde se anda? ¿Que los trocen?”

    “Vaya a saber”, contestó.

    “Nos separamos por juerza.

    Jue en una ocasión alversa

    yendo pa’ Minas Tirí­.

    Si lo busca por ahí­,

    en una de ésas conversan.”

    Pero no dijo ni mú

    de que le quiso robar.

    De aquello, mejor no hablar,

    que podí­a darle vergí¼enza,

    o tomarlo como ofensa

    y mandarlos estaquiar.

    El otro respondió al fin:

    “Ya vamo’ a ver si eso es cierto.

    Endemientras, les alvierto

    que no salgan del cuartel.

    Bastante con el infiel

    tenemos ya en el desierto.”

    #299290

    Belennor
    Participant

    A continuación comenzaré a postar la segunda obra de nuestro querido autor Andrés Diplotti. Se trata de la adaptación del libro "Las dos Torres", de nombre La yunta e’ torres.

    La yunta e’ torres

    Capí­tulo 1

    Cuánto ha no se ve flamear

    este gauchesco estandarte,

    porque no es un fácil arte

    juntar de un verso las rimas;

    pero al fin ya se aproxima

    la ansiada segunda parte.

    Quedamos la última vez

    que el Sam y el Frodo, los dos,

    sin decirle a nadie adiós

    pa’ Mordor pusieron rumbo,

    y los otros a los tumbos

    andaban llamandolós.

    Un rastro buscaba el Trancos

    que se pudiera seguir.

    Una loma entró a subir

    y cuando arriba llegó,

    la trompa e’ lí­nea escuchó

    que tocaba el Boromir.

    Ahí­ nomás apretó el paso,

    el alma miñangos hecha,

    apurao por la sospecha

    de lo que habí­a pasao;

    pronto lo encontró tirao

    y medio adornao con flechas.

    “Se vinieron unos orcos”,

    pudo sacar del garguero,

    “y los maulas les pusieron

    a los gurises maneas.

    Yo les quise dar pelea

    y me aujerearon el cuero.”

    “¡Y todo por culpa mí­a!

    ¡La embarré hasta la berija!

    Lo mesmo que lagartija

    sin cola pegó un espiante

    el Frodo, porque quise antes

    manotiarle la sortija.”

    “¡Andá a defender la patria

    y no te me echés pa’trás!

    ¡Gí¼ena suerte, montaraz!”

    Y en el medio e’ los rastrojos,

    cerró el Boromir los ojos

    pa’ no abrirlos nunca más.

    El Trancos se quedó un rato

    al lado ’el fiambre entuaví­a,

    rezó unos avemarí­as

    por el alma del finao

    y lo soltó al entripao

    que aguantar ya no podí­a:

    “¡Caracho! ¿Por qué se tiene

    que morir la gí¼ena gente?

    ¡Era un criollo tan valiente

    que si se golvió ladrón,

    jue nomás por tentación

    de la sortija indecente!”

    Endijpué de un rato el elfo

    y el enanito llegaron,

    y turulatos quedaron

    con el Boromir tan quieto.

    Ahí­ nomás se persinaron

    pa’ enseñarle su respeto.

    Y como vieron los tres

    que pa’ darle sepultura

    la tierra estaba muy dura

    y tapada de cascotes,

    lo mandaron en un bote

    al rí­o con amargura.

    A lo mejor más abajo

    un gí¼en gaucho lo encontraba

    y una fosa le cavaba

    pa’ acostarlo a descansar.

    Mucho después se contaba

    que el bote llegó hasta el mar.

    Un tape e’ los del malón

    hallaron entre unos yuyos,

    que el Boromir con orgullo

    sin ponerse colorao

    al hoyo habí­a mandao

    antes de encontrar el suyo.

    Tení­a puesto un poncho negro

    con aujeros en la tela;

    como picada e’ viruela

    era la cara deforme.

    Pa’ ser un orco era enorme,

    y más fiero que su abuela.

    “La pucha que era julero

    el bicho”, dijo el enano,

    “que al más bravo e’ los paisanos

    del miedo lo despeluza.

    ¡Si hasta parece una cruza

    de un orco con un crestiano!”

    Dijo el baquiano: “No vide

    cosa igual ni estando en tranca.

    ¡Y miren! Tiene en el anca

    marcada el pelafustán

    a fuego la mano blanca

    del malandra Sarumán.”

    “Los petisos a la fija

    se los llevan a Isengar.

    De dirlos allá a buscar

    hay que tirarnos el lance,

    porque del Frodo cuidar

    ya está juera e’ nuestro alcance.”

    “No nos quedemos sentaos”,

    dijo y dentró a dirigirlos.

    “Se va a hacer robo seguirlos,

    porque cuando anda en tropel

    sabe dejar el infiel

    un rastro pa’ repartirlo.”

    Y cuando por un casual

    topaban con un escollo,

    una charca o un arroyo

    ande la huella estraviaban,

    pronto el Trancos la encontraba

    y continuaban los criollos.

    No se paraban por nada

    pa’ los chiquitos salvar,

    y casi sin descansar

    iban corre que te corre

    con rumbo a la oscura torre

    que quedaba en Isengar.

    Capí­tulo 2

    Endemientras los demás

    corrí­an levantando tierra,

    andaban de suerte perra

    los hobbits, el Sam y el Frodo,

    porque no hallaban el modo

    de bajarse de unas sierras.

    “Me parece”, dijo el Sam,

    “que por acá ya pasamos.

    ¿No se le hace el desparramo

    ése e’ piedras conocido?

    Me malicio que perdidos

    por estas sierras andamos.”

    El Frodo le contestó:

    “Tenés más razón que un santo.

    ¡La pucha! Endijpué e’ tanto

    hacer de juerza derroche,

    se nos va a venir la noche

    sin haber hecho adelanto.”

    A una paré se arrimaron

    y con yuyos y palitos

    se agenciaron un bendito

    pa’ no dormir al sereno.

    Cuando lo esperaban menos,

    escucharon un ruidito.

    Alvirtieron que uno andaba

    aguaitando dende arriba:

    bajando las piedras iba

    esa cosa nunca vista

    que porfiaba en seguir viva

    dende el tiempo e’ la conquista.

    El viejo dueño ’el anillo,

    el Golum, de horrible facha,

    que hací­a vida e’ vizcacha

    y nomás salí­a a lo oscuro,

    andaba pegao al muro

    lo mesmo que cucaracha.

    Bajo la luna se ví­a

    esa cosa repelente;

    ya ni parecí­a gente

    de los años que cargaba,

    y medio torcido hablaba

    porque le faltaban dientes.

    “¿Ande se habshán estu’ hobbi’

    metido que no lo’ vemo’?

    En cuantito lu’ encontshemo’

    lu’ vamo’ a mandá p’al hoyo.

    Pacencita, mi tesoyo;

    pshontito no’ yeuniremo’.”

    Apenitas llegó al suelo

    se jueron encima ’el flaco

    y le dieron pa’ tabaco

    por izquierdo y por derecho,

    hasta dejarlo maltrecho

    como poncho calamaco.

    “¡Hasta acá llegaste, maula!”,

    el Samsagaz le chantó,

    y de costao lo voltió

    pa’ maniarlo con la soga.

    El otro casi se ahoga

    con el dolor que le dio.

    “¡Amalaya! ¡Esta cosa

    nos quema como cashbón!

    ¡Vení­ acá, hobbi’ panzón,

    disgraciáu y catingudo!

    ¡Sacano’ este coshdón,

    que es cosa e’ lo’ oyejudo’!”

    “¡Callate!”, le dijo el Frodo.

    “Te vamo’ a sacar los tientos,

    pero si hacés el intento

    de fugarte, y no es de broma,

    te estaquiamo’ a que te coma

    cualquier bicho que ande hambriento.”

    “¡Decí­ que vas a portarte!”,

    le pegó enojao el grito,

    y el otro se hizo chiquito.

    “Por el tesoyo juyamo’

    que acá en adelante vamo’

    a sé gí¼enos, patshoncito.”

    Estaba el Sam como loco:

    “¡No le haga caso, patrón!

    En cuantito una ocasión

    encuentre este sabandija,

    va a llevarse la sortija

    y a dejarnos de mojón.”

    Dijo el Frodo: “Yo tampoco

    quiero andar e’ cuidador,

    pero este bicho traidor

    que conoce la frontera

    va a enseñarnos la tranquera

    por ande se entra a Mordor.”

    “¡Patshoncito ’tá mamáu!

    ¡No lo pensamo’ llevá!

    Vigilando por allá

    andan tuito’ lo’ capanga’

    que le van a cai’ en manga

    si se les llega a asomá.”

    “Si querés o no querés”,

    dijo el Frodo, “me da igual.

    No te retobés, bozal,

    y enseñanos el camino.”

    Y al Golum, que era ladino,

    se le ocurrió algo bestial.

    “Le insistimo’, patshoncito,

    que eso es una chifladuya,

    peyo si a la tieya oscuya

    sigue empeyao en dentshale,

    podemo’ yecomendale

    una yuta más seguya.”

    “Hay como unas escaleyas

    po’ ande hay que di’ primeyo,

    y endijpué hay un aujeyo

    que atshaviesa la montaña.

    No vive ninguna ayaña,

    en esto somo’ sinceyo’.”

    “Tá gí¼eno”, le dijo el Frodo.

    “Mostranos por diánde es.

    Endijpué, si no querés,

    ya no nos seguí­s pa’dentro.”

    Y partieron al encuentro

    del malo e’ una gí¼ena vez.

    Capí­tulo 3

    El Meriadoc y el Pipino

    pa’ disgustos no ganaban:

    al lomo se los cargaban

    como bolsas de arpillera

    los orcos, que a la carrera

    de guapo se los llevaban.

    Los cosos fieros andaban

    rumbo a lo del Sarumán.

    Le metí­an mucho afán

    porque detrás, en sus fletes,

    vení­an unos jinetes

    de los pagos de Rohán.

    Cuando vieron la partida

    pronto apretaron el paso

    y les tiraban flechazos

    a los milicos montaos,

    y los petisos, maneaos,

    temblaban del jabonazo.

    Pararon a descansar

    cuando el blanco quedó lejos,

    y ahí­ los capitanejos

    en el medio ’el descampao

    se juntaron en consejo

    a puro grito pelao.

    Opinó uno: “Vamos lerdo,

    huinca nos anda siguiendo,

    y priegunto, yo no entiendo

    por qué no cueriar cautivos.”

    Le dijo otro: “Llevar vivos

    igual que patrón diciendo.”

    El primero dentró a rairse:

    “¡Mirenló al cara e’ bizcocho

    siguiendoló al viejo chocho!”

    Y se largó una reyerta

    ande con la panza abierta

    terminaron más de ocho.

    Le ganó el cara e’ bizcocho

    al que se burló insolente,

    y le mandó a la otra gente:

    “¿Alguien más con gana e’ risa?

    Yo pa’ dar otra paliza

    no teniendo inconveniente.”

    “Sabiendo tuitos ustedes

    yo cumplo cuando amenazo.

    Haciendomé tuitos caso

    y al que se retobe, ¡guay!

    que nosotro’ lo’ urujay

    no dudamo’ pa’l lanzazo.”

    Con miedo y en voz bajita

    discutió la multitú

    y seguir al jefe Uglú

    decidió la orcada en pleno,

    porque vieron que era gí¼eno

    pa’ quitarles la salú.

    “¡Ya no seguimo’ juyendo!

    Al huinca esperarlo acá

    y hasta fleco e’ chiripá

    cortandolé cuando venga.”

    Contestaron a la arenga

    al grito: “¡Ioká-ioká!”

    Y a la vez todos los orcos

    empezaron una danza

    con mucho batir de lanzas

    y alaridos de alegrí­a.

    ¡Pucha, qué miedo metí­a

    toda aquella mezcolanza!

    Endemientras el Pipino,

    que chiflaba distraí­do,

    con un cuchillo perdido

    en el medio ’el entrevero

    se puso a cortar el cuero

    que lo tení­a oprimido.

    “Tamos fritos”, dijo el Merry

    en los soldados pensando.

    “Cuando vienen degollando

    pa’ cargarse algún malón,

    no prieguntan cuántos son

    sinó que vayan pasando.”

    “Pa’ cuando vean qué somos

    vamo’ a estar sin chinchulí­n.”

    Cuando llegaron al fin

    y se largó el mar de gritos,

    un orco a los dos chiquitos

    los agarró de la crin.

    “Llevandomelós conmigo”,

    iba diciendo muy fresco.

    “Cuando vea qué le ofrezco,

    patrón ponerse contento.

    ¡Yo al Gran Ojo lo obedezco,

    no a ningún brujo mugriento!”

    Y muy tarde se dio cuenta,

    arrastrando a los petisos

    y riendosé del mestizo,

    que le salió mal el truco,

    cuando un tiro de trabuco

    lo desparramó en el piso.

    Ansina echao el Pipino,

    aplastao junto al despojo,

    se sacó los tientos flojos

    y lo desmanió al pariente,

    y se jueron, muy prudentes,

    gatiando entre los abrojos.

    “Fijate vos”, dijo el Merry,

    “si es tenerla regalada

    que sin haber hecho nada

    zafamo’ ’el embrollo aquél”,

    señalando ande al infiel

    sobaba la milicada.

    “La verdá”, contestó el otro,

    “que salvamos el rosquete,

    pero va a ser tuito al cuete

    si nos llegan a encontrar.

    Pa’ aquel monte hay que enfilar

    aunque nos falte machete.”

    Ansina, bien despacito,

    arrastrandosé en los yuyos,

    se alejaron del barullo

    que se ví­a bien fulero,

    y en el monte se escondieron

    que les hablaba en murmullos.

    Capí­tulo 4

    Buscando a los dos chiquitos

    los compañeros seguí­an.

    Diban por el cuarto dí­a

    de darle duro y parejo,

    cuando vieron a lo lejos

    que encima se les vení­an.

    “Son jinetes”, dijo el elfo

    que tení­a vista e’ lince.

    “Son como unos ciento quince

    con uniforme entrazaos,

    dos caballos desmontaos,

    y hay uno con un esguince.”

    Ahí­ llegaron los milicos

    no mucho rato después,

    y encerraron a los tres

    ordenaos como en desfile,

    con los sables y jusiles

    brillando con altivez.

    “¡Tenga mano, tallador!”,

    los encaró el capitán.

    “En los pagos de Rohán

    no dentra cualquier pelao.

    Van a esplicarme qué están

    buscando por estos laos.”

    “Le andamo’ atrás a unos orcos

    pa’ limpiarles la caracha”,

    dijo el Guimli e’ mala facha.

    “Digamé quién lo priegunta

    si usté no quiere hacer punta

    debajo el filo e’ mi hacha.”

    “Señor enano insolente,

    soy el comendante Eumer,

    y yo quisiera saber,

    si prieguntarles se puede,

    quién caracho son ustedes

    pa’ acá venirse a meter.”

    “Tá gí¼eño”, se metió el Trancos,

    “no peliemos que es al ñudo.

    Acá el amigo orejudo

    es Legolas, y el enano

    que se ve tan yesquerudo

    se llama don Guimlidiano.”

    “¡Y yo me llamo Aragorn,

    heredero de Elendil!”

    y la peló a la Anduril

    pa’ enseñarla al comendante.

    El sable estaba brillante

    como si juera un candil.

    Le pintó rápido el cuento

    al que montaba el corcel:

    la salida e’ Rivendel,

    lo del Boromir y el mago,

    y que llegaron al pago

    persiguiendoló al infiel.

    “De no crer”, decí­a el otro

    y se rascaba la porra.

    Golvió a calzarse la gorra

    y prieguntó respetuoso:

    “¿Qué pasó con esos cosos

    pa’ que sin pingos los corran?”

    “Agarraron”, dijo el Trancos,

    “a dos compañeros nuestros

    llevandolós con cabestros,

    por estos rumbos juyendo.

    La huella vamos siguiendo,

    que pa’ esas cosas soy diestro.”

    Le contestó el comendante:

    “Esos orcos, sepalón,

    los quemamo’ en un jogón

    endijpué de la pelea.

    Por allá entuaví­a humean

    como achuras al carbón.”

    “Por un casual”, dijo el Trancos,

    “en el medio de ese guiso,

    ¿no habrán visto unos petisos

    que de altor poquito miden?”

    “A ésos sí­ que no los vide;

    nomás orcos y mestizos.”

    “Si es cierto lo que decí­s,

    ésa sí­ que es cosa rara”,

    comentó estrañao don Ara.

    “No me los huelo dijuntos.

    A ver si todo este asunto

    de una gí¼ena vez se aclara.”

    Les esplicó el comendante

    que se estaba haciendo oscuro

    y que andaba con apuro

    por dirse con sus jinetes,

    y les prestó un par de fletes

    para el camino tan duro.

    “Anden con tiento en el monte,

    ahí­ se aparece la viuda.

    Pasensé a prestar ayuda

    cuando ya de gí¼elta estén,

    que mi tí­o don Teodén

    se la está viendo peluda.”

    “Entran y salen los orcos

    como si juera su casa,

    además nos amenaza

    don Sarumán, el vecino,

    y encima el patrón se pasa

    escuchandoló a un ladino.”

    El Aragorn contestó:

    “Lo viá ir a ver a don Teo.

    El asunto está más feo

    de lo que vos me contás.

    Ya no va a durar la paz:

    se viene flor de aporreo.”

    El Trancos de un solo salto

    montó el pingo más grandote;

    diba en pelo y del cogote

    el Legolas agarrao,

    y el enanito, enancao,

    diba como perro en bote.

    Y allá salieron montaos

    al azulejo y el bayo,

    galopando como rayo

    y asustando a las perdices

    en busca e’ los dos gurises

    por el pago e’ los caballos.

    #299289

    Belennor
    Participant

    La comunidá del anillo

    Capí­tulo 14

    Varios dí­as se quedaron

    en el Monte de Oro aquél,

    y demientras del pichel

    estaban prendidos todos,

    a visitarlo jue el Frodo

    al espejo e’ Galadriel.

    Vení­a diciendo el Sam:

    “No me gusta hablar macanas,

    no es mucho lo que se gana

    mirandoló dende lejos,

    pero pa’ mí­ más que espejo

    parece una palangana.”

    “Pues no vengás a querer

    acá lavarte las greñas”,

    con severidá la dueña

    jue a ponerlo en su lugar,

    “que acá se viene a mirar

    lo que el reflejo te enseña.”

    “A lo que está siendo o ya jue

    puede ser una ventana,

    lo que va a pasar mañana

    otras gí¼eltas se aparece;

    pero las más de las veces

    muestra lo que tiene ganas.”

    Se asomó primero el Sam

    nomás de curioso que era,

    y vio como una escalera

    que él mesmo subiendo estaba,

    y se lo ví­a que andaba

    apurado dendeveras.

    Y en la mesma oscuridá

    de ese paisaje baldido,

    al Frodo lo vio metido

    entre piedras y pastitos,

    y parecí­a dormido

    casi como un angelito.

    “A este coso de mandinga

    entenderlo yo no puedo”,

    habló con un poco e’ miedo,

    “pero una cosa comprendo:

    cuando el patrón se esté yendo,

    yo de mojón no me quedo.”

    Y cuando se asomó el Frodo

    pa’ ver lo que le enseñaba,

    se encontró una cosa brava

    que le asustó hasta los piojos:

    en el agua habí­a un ojo

    que muy fijo lo miraba.

    Y puesto ahí­, frente a frente

    con la tremenda visión,

    le jue dentrando un jabón

    que lo dejó chiquitito,

    porque conoció al grito

    que estaba viendo al Saurón.

    Se quedó medio abombao

    con el ojo tan grandote,

    colorao como camote

    en medio ’el fuego amarillo;

    y le pesaba el anillo

    como tosca del cogote.

    “Lo que viste”, habló la doña,

    “es el ojo sin pestaña,

    que busca con tanta maña

    eso que llevás a cuestas

    que nunca tiene lagañas

    por echarse alguna siesta.”

    “Entuaví­a”, dijo el Frodo,

    “que uno no gana pa’ sustos,

    este coso viene justo

    a hacermelá más amarga.

    Usté que la sabe larga,

    ¿cómo me salvo ’el disgusto?”

    Respondió ’ña Galadriel:

    “Ah, chiquito, yo no sé,

    a mí­ no me pregunté’

    que no soy de dar consejo;

    lo que te enseña el espejo,

    él solo sabe por qué.”

    “Vas a tener que seguir

    con tus miedos y tus dudas,

    con poca y ninguna ayuda.

    Y no vayás a fallar,

    que si eso llega a pasar

    no nos salva ni la ruda.”

    Miró el Frodo a la patrona

    y le dijo sobre el pucho:

    “Pa’ estas cosas no estoy ducho

    y viá chingarla a la fija;

    quiero darle la sortija

    porque pa’ mí­ pesa mucho.”

    “¡Me la querés dar a mí­!”,

    se cayó la elfa de traste.

    “¡Pa’ qué caranchos hablaste,

    venirme ansina a tentar!

    Va a ser nomás empezar

    que al Saurón ése lo aplaste.”

    “¡Qué patrona que viá ser!

    ¡Van a ver cómo encandilo!

    ¡Feroz como rejucilo!

    ¡Más brava que sudestada!

    ¡Más linda que la alborada

    y cosas por el estilo!”

    “¡Tuitos me van a querer

    si saben qué les conviene!

    ¡Se va a hacer lo que yo ordene

    y si alguno se retoba,

    yo le bajo de una soba

    los humos con que me viene!”

    Parecí­a que se llevaba

    todo el mundo por delante;

    una cosa imprisionante

    que de verdá asombro daba,

    con su sortija e’ brillante

    que en el dedo le chispeaba.

    “La pucha que me dio juerte”,

    a la final se calmó.

    “Pero ya se me pasó

    el antojo e’ ser más grande,

    y aunque nunca a naides mande

    voy a seguir siendo yo.”

    Capí­tulo 15

    Muy atentos los patrones,

    no podí­an permetirse

    dejar los viajeros dirse

    a buscarle la hebra al malo

    ansí­ nomás, y regalos

    trujeron pa’ despedirse.

    Cinchas, sogas y otras cosas

    del mejor cuero de vaca,

    piedras pa’ afilar las facas,

    y pa’ cuando el hambre aprieta

    les llenaron de galleta

    los bolsillos y guayacas.

    Unos ponchos que les dieron

    tení­an del campo el color.

    “Son frescos si hace calor

    y abrigaos cuando refresca,

    y sin magia al portador

    lo hacen que desaparezca.”

    Le dio al Aragorn la doña

    una funda pa’ la espada

    con oro y plata bordada,

    y engualichada además

    pa’ que el sable nunca más

    se juera a romper con nada.

    Una rastra que era un lujo

    le regaló al gondorino;

    dos al Merry y al Pipino

    como pa’ gurises hechas.

    Pa’l Legolas, arco y flechas

    que se ví­a que eran finos.

    No le hizo gracia a don Cele,

    y medio que se chivó,

    cuando el Guimli le pidió

    colorao de la vergí¼enza

    a su mujer una trenza

    y ella alegre se la dio.

    Al Sam le dio una cajita

    de abono pa’ que las flores

    jueran como las mejores,

    y con el de la sortija

    terminó la repartija

    de regalos y favores.

    “A vos, que llevás el peso

    más grande en esta epopeya,

    te regalo esta botella

    que aunque parezca de grapa,

    no le va’ a sacar la tapa

    que adentro hay lú de una estrella.”

    “No la perdás la limeta,

    de noche es más luminosa.

    Si se hace fiera la cosa

    nunca tengás nada e’ chucho,

    que esta lú es muy milagrosa

    y a vos te va a cuidar mucho.”

    Y dejaron Lolorién

    en bote por el rí­o Grande.

    ¡Y no hay naides que no se ande

    triste en una despedida!

    Aunque tenga piel curtida,

    no es raro que uno se ablande.

    “¡Qué dolor”, dijo el enano,

    “irse e’ tan lindo lugar!

    No viá dejar de estrañar

    ni una tardecita sola”,

    y con su amigo el Legolas

    como un gurí­ echó a llorar.

    El Sam, medio desconfiao,

    al Boromir lo miraba,

    que demientras que remaba

    por el rí­o redomón

    lo relojiaba al Bolsón

    y se le caiba la baba.

    Iba el pión muy asomao

    y viendo pa’ atrás, pensando:

    “A éste que le anda pasando

    que tiene esa cara e’ loco”,

    cuando ’el julepe por poco

    tiene que seguir nadando.

    “Capaz que esto que le cuento

    mentira a usté le parece

    o se le hacen idioteces,

    pero vide un camalote

    que anda siguiendo a los botes

    y tiene manos y pieses.”

    “Es el Golum”, dijo el Trancos.

    “Ese bicho e’ mala entraña

    con sus tretas y cucañas

    no nos deja de aguaitar.

    Yo ya lo quise agarrar,

    pero se da mucha maña.”

    Con eso ya era bastante,

    pero habí­a más razones

    pa’ andarse con precauciones,

    porque el rí­o color tierra

    era una región de guerra

    entre gauchos y malones.

    El viaje jue mayormente,

    aunque habí­a poco descanso,

    sereno por el rí­o manso.

    Los miraban las garcetas,

    los doraos y palometas,

    los biguás, patos y gansos.

    Pero a veces se poní­a

    lo que se dice un espanto;

    pa’ no dir al camposanto

    iban cuerpiando flechazos

    que les tiraban al paso

    los orcos de tanto en tanto.

    Y al fin vieron dos colosos

    que marcaban la frontera,

    que era como si dijeran

    enseñandolés las palmas:

    “Si no se viene con calma,

    quedesé del lao de ajuera”.

    Dijo el Trancos señalando:

    “¡Los mojones de Argoná!

    La tierra a partir de acá

    a heredar tengo derecho”.

    Y ahí­ nomás se le infló el pecho

    con un aire e’ majestá.

    Capí­tulo 16

    Al fin dejaron los botes

    en la orilla descampada

    y ya a la tierra embrujada

    la podí­an distinguir,

    pero aquello al Boromir

    no le habí­a gustao pa’ nada.

    “Vamos pa’ Minas Tirí­Ã¢Â€Â,

    le propuso a la partida.

    “Que llegamos enseguida

    hasta si vamos a pata,

    y siguro que mi tata

    nos da flor de bienvenida.”

    “El que insista en la frontera

    pa’ mí­ que lo empina al codo,

    que si p’allá vamos todos

    a la fija caemos presos.”

    Le contestó el Trancos: “Eso

    tiene que decirlo el Frodo.”

    No le gustó eso al petiso,

    porque no es asunto e’ broma

    cuando la sombra se asoma

    decir uno lo que es gí¼eno,

    y subió solo a una loma

    pa’ pensarlo más sereno.

    La decisión era suya

    porque él era el portador.

    ¿Habí­a que dir pa’ Gondor

    y cubijarse en el juerte?

    ¿O mejor tantiar la suerte

    a lo oscuro de Mordor?

    Ahí­ le cayó el Boromir

    después nomás de un ratito.

    “¡Si es mi amigo el chiquitito!

    ¡Pero qué casualidá

    venir a encontrarte acá!”,

    lo pegó de verlo al grito.

    “Ya que estoy, ¿no precisás

    ayuda, por un casual?

    Yo soy un gaucho cabal

    y no viá hacerme el dormido

    con un amigo metido

    en este merenjenal.”

    “No como otros”, cabeció

    p’ande estaban los demás.

    “Más que nada el montaraz,

    que quiere que un angelito

    vaya a meterse él solito

    diande no va a salir más.”

    El petiso respondió:

    “Ya sé que no va a ser robo

    meterse en la boca ’el lobo

    con este coso y tirarlo,

    teniendo yo que llevarlo

    y aguantarle los corcovos.”

    “Pero más pior puede ser

    si nosotros lo guardamos

    y viene a buscarlo el amo.

    Y yo solo no viá estar,

    que el Trancos me va a cuidar

    cuando a lo oscuro vayamos.”

    “¡No me hagas rair!”, dijo el otro.

    “Ese baquiano mugroso

    siguro que anda e’ vicioso

    pegandolé un beso al tinto.

    ¡Pero mirá qué distinto

    este gaucho tan lustroso!”

    Ahí­ vio el Frodo que el paisano

    estaba como chupao:

    con los ojos coloraos

    lo mesmo que dos ladrillos

    buscaba espiarle el anillo

    y hablaba medio achispao.

    “Vamos, no pensés más,

    hacé como yo te digo:

    venite a Gondor conmigo

    y dejate de embromar,

    que el anillo vamo’ a usar

    pa’ ganarle al enemigo.”

    Le contestó: “Yo no creo

    que eso vaya a resultar”,

    y le dentró a recular

    maliciándolo al amaño,

    “que este coso circular

    nomás sirve pa’ hacer daño.”

    “¡Pero petiso endiablao!”

    al otro le dio un ataque.

    “¡No sabés con ese empaque

    lo cansao que me tenés!

    ¡Dameló si no querés

    que a la juerza te lo saque!”

    Y ahí­ nomás dentró a correrlo

    revoleandoló al cuchillo.

    El chiquito se hizo ovillo,

    pero pa’ a salvo ponerse

    no tuvo otra que humo hacerse

    calzandoseló al anillo.

    El grandote, hecho una juria,

    se hizo más loco entuaví­a

    viendo que ya no lo ví­a.

    “¡Esto es cosa de no crer!

    ¡No, si yo ya sabí­a

    que nos ibas a vender!”

    “¡Habí­as estao esperando

    que miremos pa’ otro lao

    pa’ correr del disgraciao

    y el anillo darle e’ nuevo!

    ¡Andá a saber cuánto sebo

    en la mano te habrá untao!”

    Corrí­a de acá p’allá

    montado entuaví­a al picazo,

    se trompezó al dar un paso

    y al suelo se jue de boca;

    de semejante porrazo

    se le jue toda la loca.

    “¡Me agarró un ataque e’ rabia,

    pero ya se me pasó!”,

    de todo se arrepintió

    tirao en el pasto blando

    y lo llamaba llorando,

    pero el Frodo no golvió.

    Capí­tulo 17

    Endemientras lo esperaban

    a que viniera el Bolsón,

    alrededor del fogón

    mateaba la compañí­a;

    en las caras se les ví­a

    tuita la priocupación.

    En medio e’ la discusión

    que tení­a la tropa criolla

    sobre el destino e’ la joya,

    bajó el Boromir del cerro

    trayendo una cara e’ perro

    que acaba e’ tumbar la olla.

    Pasó e’ largo y jue a sentarse

    sin haber dicho ni mu

    a la sombra de un ombú,

    y dentró a chiflar bajito

    queriendo hacerse el pollito

    enfrente e’ la multitú.

    “¿Pasó algo?”, preguntó el Trancos

    mirandoló medio fiero.

    El otro, camandulero,

    como alvirtiendo a la gente,

    contestó muy inocente:

    “¿A mí­ me hablaba, aparcero?”

    “Casi na’, lo vi al petiso

    y lo quise hacer que vea

    que no iba a ser gí¼ena idea

    rumbiar pa’ lo del malvao;

    que es un pago endemoniao

    y está lleno e’ cosas feas.”

    “Todo eso yo le dije

    y lo invité muy cordial

    pa’ dir a la capital.

    No me doy cuenta por qué

    se hizo invisible y se jue,

    como tomandoló a mal.”

    Saltó el Trancos de una forma

    que ni mordiendo un ají­.

    “¡Y ansina nos lo decí­Ã¢Â€Â™!

    Andá a saber qué macana

    se mandó este tarambana

    que asustó al pobre gurí­.”

    “Ya endijpué vamo’ a charlar

    qué le hiciste a la criatura.

    Portate con derechura

    y ayudanos a buscarlo,

    que tenemos que encontrarlo

    antes que haga una locura.”

    Ninguno puso en la busca

    más ganas que los gurises,

    que diban muy infelices

    llamandoló por ahí­,

    mientras Sam, lo que se dice,

    andaba hecho un ay de mí­.

    “¡A saber por diánde se anda!”,

    se desesperaba el pión.

    “Conociendo a mi patrón,

    hasta puede ser capaz

    de dirse él solo nomás

    a los pagos del Saurón.”

    “Calmate un poco”, se dijo,

    “vos ya no estás pa’ estos trotes.

    A ver, usalo al marote:

    si el rí­o quiere cruzar,

    ¡se va a tener que llegar

    ande dejamos los botes!”

    Le metió pata y llegó

    cuando una barca en las olas

    se soltaba de la piola

    y se diba en la corriente;

    y se remaba ella sola

    buscando la orilla e’ enfrente.

    “¡No se me vaya, don Frodo!

    ¡Yo me quiero ir con usté!

    ¡No me deje, llevemé,

    que si no, no sé si aguanto!”

    Y pensó el Frodo: “¡Dios santo!

    ¡Me encuentra aunque no me ve!”

    “¿Qué querés, atarantao?

    ¡Siempre me estás jorobando!

    ¿No sabés que no me mando

    con estas cosas la parte?

    ¿Y que no puedo llevarte

    ni que sea de contrabando?”

    “¡No me diga eso, patrón!

    ¿Por qué me trata tan mal?

    ¡Yo lo viá seguir igual!”

    Y viendo esa tozudez,

    dijo el Frodo: “¿Que no ves

    pa’ diánde voy, animal?”

    Pero el Sam, muy decidido,

    le chantó: “¡Me importa un cuerno!

    Aunque vaya al mesmo infierno

    me va a tener a su lao”.

    Y el Frodo quedó encantao

    con el discurso tan tierno.

    “¡Ta’ gí¼eno, te llevo!”, dijo

    cayendosé a carcajadas.

    “Dejate e’ mariconadas

    y ya de una vez subite”,

    y el otro acetó el convite

    con la sonrisa colgada.

    “¡Espere un cacho!”, le habló

    al patrón muy animao,

    y se preparó un atao

    ande puso lo que pudo

    de lo que les habí­an dao

    pa’l viaje los orejudos.

    “Listo el pollo, patrón”, dijo

    golviendo con el paquete.

    “Llevar esto no es al cuete,

    que ande tenemos que dir

    siguro nos va a servir

    para salvar el rosquete.”

    Y ansí­, con el Sam y el Frodo

    que lo cruzan al Anduí­n

    y con rumbo al Orodruí­n

    se pierden en el polvillo,

    La comunidá ’el anillo

    acá ya llega a su fin.

    #299288

    Belennor
    Participant

    Bueno…finalmente no pude encontrar al autor, sino que el autor me encontro a mi…y debido a esto pude obtener todos los capitulos publicados hasta el momento. El nombre del autor es Andrés Diplotti. Dejo el link de su blog, ya que ahi estan todos los capitulos que publico hasta el momento: http://pez-diablo.blogspot.com

    Igualmente voy a postear los demas capitulos.

    La comunidá del anillo

    Capí­tulo 11

    Los de la comunidá

    se pusieron en campaña

    para cruzar las montañas;

    pero dir al otro lao

    de aquellos picos nevaos

    iba a ser tremenda hazaña.

    Lo mejor era cruzar

    por el paso ’el Monte ’el Cuerno,

    pero ahura que el invierno

    les habí­a cortao esa ruta,

    tení­an que dir por las grutas

    por más que juera un infierno.

    Marchando duro y parejo

    se llegó la compañí­a

    hasta una puerta que habí­a

    a la orilla e’ una laguna

    que nada más se veí­a

    si la alumbraba la luna.

    Ahí­ se soltó don Guimli:

    “¡Acá está la puerta e’ Moria!

    Asigún cuenta la historia,

    acá en un tiempo lejano

    viví­an muchos enanos

    en medio ’el lujo y la gloria.”

    Pero ahura hací­a mucho

    que la habí­an abandonao:

    los enanitos cebaos

    por darse la gran vidurria

    cavaron con mucha angurria

    y algo malino fue hallao.

    Entonces les dijo el Gandalf:

    “Hay que encontrar la palabra

    para que esta puerta se abra.

    No la sé, pero no dudo

    que en el lenguaje orejudo

    va a ser el abracadabra.”

    “¿Cómo que no la sabés?”,

    se encocoró el Boromir.

    “¡Lo que tenemos que oí­r!

    ¡Si es pa’ golverse loco!

    ¡Justo a este brujo bichoco

    lo tení­amos que seguir!”

    “¿Y cómo la vas a abrir?”,

    el Pipino preguntó.

    El mago le contestó

    con un grito de enojao:

    “¡Con tu melón, abombao!”,

    y ahí­ la puerta se abrió.

    “¡Cha que dar con la respuesta

    con promesas de castigo!

    Es verdá lo que les digo,

    compañeros, creanlón:

    pa’ los elfos el melón

    más que fruta es un amigo.”

    A andar por esos aujeros

    se largó la compañí­a,

    ande nunca se metí­a

    ni un pedacito de sol,

    y el Gandalf iba de guí­a

    con el bastón de farol.

    “Hay que andar con discreción”,

    el mago ya habí­a alvertido,

    pero el Pipino aburrido,

    nomás de puro curioso,

    tiró una piedra en un pozo

    haciendo un montón de ruido.

    “¿Qué hacés, petiso abombao?

    ¡Te dije que no alborotes!

    ¡Adentro de ese marote

    yo no sé lo que tenés!

    Tirate vos otra vez

    en vez de tirar cascotes.”

    Pero llegó más barullo

    y salieron rejucilos

    por los cantos y los filos

    de la Dardo y Glandrí­n;

    se vení­a el orco ruin

    y no era pa’ estar tranquilos

    Los viajeros alarmaos

    con el alboroto aquél,

    se hicieron tuitos cuartel

    en el fondo de la gruta

    ande por la juerza bruta

    querí­a meterse el infiel.

    Por la puerta se asomaron

    las cosas verdes y feas.

    “Al huinca el orco cuerea”

    dijo en dentrando el cacique;

    ahí­ se vinieron a pique

    y se largó la pelea.

    Y empezó la compañí­a

    a pelear echando espuma

    como se defiende el puma

    cuando se ve acorralao,

    y a los de escracho pintao

    les dieron hasta las plumas.

    ¡Y hasta los hobbits pelearon,

    viera usté de qué manera!

    Aunque altura no tuvieran,

    no jue de pura chiripa

    que al que muy cerca anduviera

    se le cayeran las tripas.

    Pero vino a suceder

    que en medio e’ la mescolanza,

    un orco con una lanza

    al Frodo pudo llegar

    y justo lo jue ensartar

    en el medio de la panza.

    Ahí­ el Sam lo pegó al grito:

    “¡Amalaya, orco sotreta!

    ¡Con mi patrón no te metas!”,

    y con la juria ’el bagual

    se le vino el peón tan leal

    y le hizo estirar la jeta.

    Y por más que jueran muchos

    los que a achurarlos llegaban,

    la defensa jue tan brava

    que endijpué nomás de un rato

    el orco que no espiantaba

    estaba en la quinta ’el ñato.

    Capí­tulo 12

    Después que los aventaron

    a los orcos agresivos,

    se ocuparon del derribo

    que le habí­an hecho al Frodo,

    y ahí­ se dieron cuenta todos

    que el petiso estaba vivo.

    “!Ya pensábamos nosotros

    que ’tábamos por perderte!

    ¡Esto sí­ que es tener suerte,

    no te falta ni un pedazo!

    De semejante lanzazo

    no vide quien se despierte.”

    Les dijo el Frodo por qué

    estaba entero entuaví­a:

    “No es magia ni brujerí­a;

    por darme el tí­o una mano,

    esta camisa de enano

    me regaló el otro dí­a.”

    “¡Una camisa e’ mitril!”,

    dijo el Guimli impresionao.

    “En todo el tiempo que he andao

    nunca vide nada igual.

    Debe costar un platal,

    y jue un regalo bien dao.”

    Dijo el Trancos: “Aunque sea

    como patada e’ bagual,

    el dolor adominal

    es poco por ese ataque;

    mejor que no te la saques

    si no querés funeral.”

    “¡Tan gauchito como siempre

    este don Bilbo nomás!”,

    dijo alegre el Samsagaz

    de ver su patrón con vida.

    “Viendo el modo que lo cuida,

    lo quiero entuaví­a más.”

    “Gí¼eno está, ya basta e’ charla

    que tenemo’ que seguir”,

    los apuró el Boromir

    y siguieron el paseo,

    buscando casi al tanteo

    la manera de salir.

    “¡Vamos!”, alentó el Gris.

    “¡Un poquito más de aguante!

    El puente de allá adelante

    ya nos lleva a la salida

    de esta caverna podrida

    que nos ha embromao bastante.”

    Después de andar por las cuevas

    a paso de caracol,

    de pensar en ver el sol

    muy contentos se pusieron;

    pero ahí­ a los orcos vieron

    con la tropilla de trol.

    “¡Qué lo tiró a estos orcos,

    la verdá, quién los pudiera!

    ¡Ya casi estábamo’ ajuera!”

    Pero a matar no llegaban:

    disparando de algo estaban

    achuchaos a la carrera.

    Detrás de ellos se vení­a

    un coso de mucho altor

    con un tremendo alfajor

    que verlo miedo metí­a,

    y en la otra mano tení­a

    flor de látigo arriador.

    Al reconocerlo el Gandalf

    a aquel bicho de temer,

    vio que no iban a poder

    a ésa sacarla barata,

    y dijo: “¡Qué mala pata!

    Un Balrog tení­a que ser”.

    “¡Acá no hay facón que valga,

    no se me hagan los valientes!

    Metanlé a cruzar el puente

    a toda velocidá,

    que al coso oscuro y ardiente

    yo lo viá parar acá.”

    Parao en el medio ’el puente,

    paisano de brava estampa,

    se refaló el poncho pampa

    y al bellaco entró a tantiar,

    preparao pa’ abarajar

    al toro por las dos guampas.

    Y el otro, que era una sombra

    enllena de luces malas,

    abrió dos tremendas alas

    como queriendo alzar vuelo,

    y cruzó toda la sala

    pa’ que empezara ya el duelo.

    Lo esperaba listo el Gris

    y chocaron los aceros.

    Era duro el entrevero

    pero no se echaba atrás,

    y gritaba: “¡Bicho fiero!

    ¡Vos por acá no pasás!”.

    “¡No puede solo!”, gritaron

    los dos hombres a la par.

    “¡No lo podemos dejar

    esta vez en la estacada!”,

    y pelando las espadas

    se largaron pa’ ayudar.

    Pero entonces en el suelo

    pegó el mago un bastonazo.

    El puente se hizo pedazos

    bajo las patas del coso;

    pero cuando se iba al pozo

    llegó a dar un chicotazo.

    Más rápida que una ví­bora

    buscó la guasca de cuero

    la canilla ’el hechicero;

    como un rayo lo pialó

    y con juerza lo arrastró

    hasta el borde del aujero.

    Ahí­ se quedó mal prendido,

    sin poder ni sostenerse;

    vio que nada podí­a hacerse

    y gritó con muchas ganas:

    “¡Escapensé, tarambanas!”

    justito a tiempo e’ caerse.

    Capí­tulo 13

    En llegar no demoraron

    a la salida e’ la cueva;

    pero andar a la lú nueva

    no jue cosa de alegrí­a,

    porque uno e’ la compañí­a

    no pudo pasar la prueba.

    “Lo que pasó con el Gandalf

    da tristeza de verdá.

    Pero no se acaba acá

    la ruta”, dijo el baquiano,

    “porque ahura este crestiano

    va a guiar la comunidá.”

    “Hay que dir a Lolorién,

    que ahí­ la gente es macanuda:

    pa’ no tenerla peluda

    en nuestro camino negro,

    nos va a venir bien la ayuda

    de los suegros de mi suegro.”

    Decí­a el Merry: “Siguro

    que con locro nos invitan,

    o con empanada e’ humita,

    de vernos ansí­ delgaos.”

    Vieron el Monte Dorao

    cayendo la tardecita.

    “¡Pavada e’ monte!”, dijeron

    los cuatro hobbits a coro.

    “Pa’ que digan que es de oro,

    pucha que hay gí¼enas razones.

    ¡Los árboles dan melones!

    ¡Este pago es un tesoro!”

    “¡Tenga a mano!”, gritó un elfo

    dende arriba de un lapacho.

    “Acá con el populacho

    no nos hacemos los gí¼enos.

    No dentra naides, y menos

    estos enanos borrachos.”

    “¡Borracho!”, la peló al hacha

    muy ofendido el pequeño.

    “¡Bajá, fifí­, que te enseño

    si es de tinto o es de blanco!”

    “¡Ya basta!”, se metió el Trancos.

    “Queremos ver a los dueños.”

    “Andá a avisarles que vino

    el Aragorn, que se acuerden,

    con Legolas Hojaverde,

    don Boromir, los medianos

    y el amigo Guimlidiano,

    que ladra pero no muerde.”

    Y los llevaron a ver

    a esos elfos de gran fama:

    tomando mate en las ramas

    de un barrigudo higuerón

    estaban don Celebrón

    y ’ña Galadriel, la dama.

    “¡Ansina que al fin llegó

    la dichosa compañí­a!

    Ya los chasques que vení­an

    de la estancia e’ nuestro yerno

    nos dijeron que estos dí­as

    iban a pasar a vernos.”

    “¿Diánde está Gandalf el Gris?

    ¿No vení­an todos juntos?”

    “Ése es un fulero asunto”,

    les respondió el montaraz.

    “Por salvarnos quedó atrás

    y acabó siendo dijunto.”

    Les contaron cómo el mago

    cayó en lo projundo e’ Moria.

    “Ésa es una triste historia”,

    dijo al final la señora.

    “El Monte de Oro lo llora

    y lo lleva en la memoria.”

    “Ahura nomás quedan ocho

    pa’ cumplir con la misión”,

    habló después el patrón.

    “Pero con nuestra sabencia

    les vamo’ a dar la asistencia

    pa’ destruncarlo al Saurón.”

    “Este supo ser lugar”,

    se puso a contar don Cele,

    “de girasoles y mieles,

    una tierra de leyenda.

    Que ahura la sombra se estienda,

    ¡caracho!, sí­ que nos duele.”

    “A este alversario indino

    que es más malo que la peste,

    nos cueste lo que nos cueste

    lo tenemos que destruir,

    ansí­ nos podemos dir

    ya de una vez pa’l oeste.”

    “Pero es gí¼eno ricordar

    que en esta ocasión tan grave,

    pa’ que de una vez se acabe

    no alcanza con dar consejos;

    que el elfo por elfo sabe,

    pero más sabe por viejo.”

    “Que no me entere que naides”,

    les dijo ’ña Galadriel,

    “en este viaje sin yel

    se mande alguna embarrada,

    y cada cual siga fiel

    a la palabra empeñada.”

    Se puso derecho el Trancos

    y le retrucó: “¡Valiente!

    ¡Las manos por esta gente

    en el fuego pongo yo!”

    “Cuidao”, Boromir pensó.

    “Puede ser que esté caliente.”

    No se convenció la doña

    y medio frunció la jeta;

    nunca falta un gí¼ey corneta,

    podí­a retobarse alguno,

    y los miró uno por uno

    pa’ ver si hallaba un sotreta.

    “Ta’ gí¼eno”, dijo por fin.

    “Parecen gí¼enas personas.”

    Y mandó echar una lonas

    pa’ que después del asao

    se sacaran lo cansao

    o se durmieran la mona.

    #299287

    Belennor
    Participant
    Cita:
    auriga escribió (el 09-12-2005 a las 06:17):

    trata de averiguar quien lo escribio ¿sipis?

    para darle una ovasión

    je je je

    gracias por compartirlo

    En verdad pase tiempo buscando el autor…pero, al igual que el que me entrego esta obra a mi…desconocemos totalmente quien es…

    Disculpen…

    #299286

    Belennor
    Participant

    Bueno…yo de vuelta…con dos capitulos mas…disfrutenlos, al igual que yo :-]

    El Gaucho de los anillos

    LA COMUNIDí DEL ANILLO

    Capí­tulo 9

    Bien tempranito empezó

    el consejo estraordinario

    con tuitos los dinatarios

    que andaban por Rivendel;

    un asunto como aquél

    habí­a que hablarlo entre varios.

    Con una mesa e’ salame,

    aceitunas y melón,

    demientras el cimarrón

    de mano en mano pasaba,

    en silencio lo escuchaban

    a don Elrondo, el patrón.

    “A la historia e’ los anillos

    tuitos la han de conocer,

    y se van a sorprender

    cuando sepan enseguida

    que la sortija perdida

    ahura ha gí¼elto a aparecer.”

    “Por suerte”, se metió Gandalf,

    “la tení­a gente amiga.

    No hace falta que les diga

    que con cuidao hay que andar;

    lo pior que puede pasar

    es que Saurón la consiga.”

    “Y de hablarlo al Sarumán,

    mejor que se olviden de eso;

    de la angurria quedó preso

    cuando se vino a enterar,

    y ahura se puso a amolar

    con esa cosa ’el progreso.”

    “Con la escusa de tener

    los rodeos separaos,

    quiere poner alambraos

    entre heredá y heredá

    pa’ quitarnos libertá

    y tenernos dominaos.”

    “Y otra cosa más que quiere

    y le anda metiendo injerto

    es la conquista ’el desierto;

    y estaciones con andenes

    ande paren largos trenes

    que lleven el grano al puerto.”

    “Pero hay un modo e’ cuerpiarlo

    a ese futuro indino:

    al pago mesmo ’el malino

    vamo’ a tener que llegar

    y la sortija tirar

    adentro ’el Monte ’el Destino.”

    “Eso a mí­ no me parece

    que vaya a ser lo mejor”,

    dijo el que vino e’ Gondor.

    “En vez de disperdiciarla,

    yo digo que hay que llevarla

    a mi tata el Denetor.”

    “Con el Saurón de vecino

    ya no queremos vivir”

    insistí­a el Boromir.

    “No hay fortines ni zanjones

    que paren a los malones

    de orcos que saben venir.”

    “Pero usandoló al anillo

    eso se arregla enseguida,

    y ya pa’ tuita la vida

    lo resolvemo’ al problema.”

    Dijo Gandalf: “¡A ese tema

    mejor ni darle cabida!”

    “¡En contra de esa locura

    este mago les alvierte!

    El anillo te hace juerte

    pa’ enfrentarteló al Oscuro,

    pero después es siguro

    que en malandra te convierte.”

    “¡Otra ruta no tenemos,

    por favor no se conjundan!

    Pa’ que a la sortija imunda

    no le eche mano el canalla,

    hace falta que alguien vaya

    y la tire a que se junda.”

    “¡Se dice fácil!”, gritaba

    tuita la gente miedosa.

    “¡Con guitarra es otra cosa!”

    Y ahí­ el Frodo se paró:

    “Si no va naides, voy yo”,

    dijo con voz temblorosa.

    Dijo Gandalf riendosé:

    “¡Qué petiso temerario!

    Que naides se haga el otario,

    que por mucho que se amañe

    hacen falta voluntarios

    que en el viaje lo acompañen.”

    Habló el Trancos Aragorn,

    que era yerno ’el dueño e’ casa:

    “Pa’ enfrentar a la amenaza

    yo digo que es importante

    que vaya un ripresentante

    e’ cada una e’ las razas.”

    Y se prendió el Boromir,

    con el sable y con las bolas;

    por los elfos, el Legolas,

    y por parte e’ los enanos

    iba a dir el Guimlidiano

    pa’ hacer mucha batahola.

    Merry, Pipino y el Sam,

    mostrando mucho coraje,

    dijeron que seguí­an viaje

    con su amigo tan valiente;

    y se formó un contingente

    de diferentes pelajes.

    Y al ver ansí­ decididos

    a paisanos tan redondos

    a llegar hasta los fondos

    e’ los pagos del Saurón,

    enlleno de almiración

    esto dijo don Elrondo:

    “¡Nunca vide una partida

    de tal bravura a porrillo!

    Mientras el sol tenga brillo

    siempre habrá de ricordarse

    la ocasión que vino a armarse

    LA COMUNIDí Ã¢Â€Â™EL ANILLO.”

    La comunidá del anillo

    Capí­tulo 10

    Endijpué que en Rivendel

    se celebró el parlamento

    ande jue el reclutamiento

    pa’ dir al Monte ’el Destino,

    se llevó Bilbo al sobrino

    pa’ darle unos elementos.

    “Te viá emprestar unas cosas

    que hace mucho que las guardo:

    acá está la espada Dardo,

    que es más que una simple lata;

    a los orcos los delata

    si se escuenden en los cardos.”

    “Y esta camisa e’ mitril

    que es más juerte que el acero

    pa’ que te proteja el cuero;

    si la llevás bajo el poncho

    no te va a hacer más rechoncho

    y naides te hace otro aujero.”

    Le agradeció el Frodo al tí­o

    por la espada y la camisa

    que de ser motivo e’ misa

    lo iban siguro a salvar,

    porque el anillo llevar

    no era pa’ tomarlo a risa.

    Demientras don Aragorn

    se despidió de su prienda,

    tan linda que era leyenda:

    “Tengo que dirme, mi dama,

    que la patria me reclama

    para que yo la defienda.”

    “¡Elberita te acompañe,

    que sabe lo que te quiero!”,

    contestó la del lucero,

    la mentada doña Argí¼én.

    “Ojala gí¼elvas con bien;

    si te pasa algo me muero.”

    Los herreros orejudos

    a la espada de Elendil,

    la vieja y rota Narsil,

    en la fragua la arreglaron

    y ya tuitos la llamaron

    dende entonces Anduril.

    Y temprano a la mañana

    con mucha solemnidá,

    a enfrentar la alversidá

    contra el enemigo cruel,

    despacito e’ Rivendel

    se jue la comunidá.

    Con cuidao habí­a que andarse

    si querí­an parar la guerra,

    y por un camino e’ tierra

    enfilaron rumbo al sur;

    porque el ojo e’ Baradur

    es uno que no se cierra.

    Una banda e’ teruteru

    pasó con mucho barullo,

    y el mago se olió un chanchullo.

    “Esos pájaros que ahí­ van,

    conociendo al Sarumán,

    son tuitos bomberos suyos.”

    “Va a haber que viajar de noche

    sin levantar la perdiz”,

    les aconsejó el gris.

    “En silencio hay que moverse

    y cuando es de dí­a esconderse

    en el medio del maí­z.”

    Y a la hora en que la luna

    nace en el cielo y se agranda,

    en pleno tuita la banda

    se plantó en un descampao

    por andar medio delgaos

    y le entraron a la vianda.

    Demientras junto al fogón

    descansaban y comí­an,

    a lo oscuro una jaurí­a

    jue a juntarse redepente,

    y les aullaba y gruñí­a

    enseñandolés los dientes.

    Se tragó el Gandalf del susto

    el carozo e’ la aceituna.

    “¡Ahijuna con la lobuna,

    ahura la tenemos gí¼ena!

    ¿No apercibieron lo llena

    que está esta noche la luna?”

    Ahí­ se largó la pelea

    en contra e’ los lobizones

    que tiraban tarascones,

    y uno dijo e’ sopetón:

    “¿De diánde saca el Saurón

    tantos sétimos varones?”

    ¡Y viera lo que jue aquello!

    Con el elfo a los flechazos,

    el enano a los hachazos

    y los crestianos con fierros,

    no podí­a arrimarse un perro

    sin quedar hecho pedazos.

    “A ver si con este truco

    tenemos algo e’ sosiego”,

    avisó el Gandalf y luego

    movió en el aire un palito,

    y tuitos los eucalitos

    dentraron a agarrar fuego.

    Y los lobos que quedaban,

    con semejante fogata

    que ya hasta las garrapatas

    les estaba chamuscando,

    salieron tuitos llorando

    con la cola entre las patas.

    “¡Se jueron!”, decí­an los hobbits

    y saltaban de alegrí­a;

    pero cuando se hizo e’ dí­a

    enjabonaos tuitos vieron

    que ande los lobos cayeron

    ni los pelos se veí­an.

    “¡Yo sabí­a”, dijo el Gandalf

    “que no eran bichos cualquiera!

    A andar a toda carrera

    vamo’ a tener que empezar

    y apurarnos en cruzar

    cuantiantes la cordillera.”

    #299283

    Belennor
    Participant

    Aca van los capitulos 7 y 8…disfruten

    El Gaucho de los anillos

    LA COMUNIDí DEL ANILLO

    Capí­tulo 7

    Estaba tirao el Frodo

    en el suelo y dolorido,

    con el hombro malherido

    por el filo de un puñal,

    después de encararlos mal

    a los cinco aparecidos.

    Ahí­ corrieron los demás

    pa´ ayudarlo a levantarse.

    "Quién lo manda a entreverarse",

    lo levantó en peso el Trancos.

    "Qué digo, cuando uno es manco

    lo mejor es no peliarse."

    Muy diligente el baquiano,

    que algo tení­a e´ dotor,

    le puso yuyos de olor

    sobre la lastimadura

    pa´ que no haya embichadura

    y se le juera el dolor.

    Al pasar por una posta

    se agenciaron un manchao

    para llevarlo montao

    lo que quedaba ´el camino

    y que llegara a destino

    antes que juera finao.

    Y ansina anduvieron dí­as

    por el monte y el desierto;

    dormí­an a campo abierto

    cuando la noche caí­a

    y a la mañana seguí­an

    con el Frodo medio muerto.

    "Ya falta poco, amigazos",

    dijo un gí¼en dí­a el baquiano,

    y señaló con la mano:

    "En vadiando el rí­o aquél

    ya llegamo´ a Rivendel

    tuitos felices y sanos."

    Pero no eran todas rosas

    como el Trancos lo pintaba,

    que esto no se terminaba

    ansina e´ fácil nomás;

    ahí­ oyeron que de atrás

    unos cascos se acercaban.

    Haciendo una nube e´ polvo

    que quitaba la esperanza,

    trayendo listas las lanzas

    tuitos los encapuchaos

    se vení­an preparaos

    para hacer flor de matanza.

    "¡La pucha!", soltó el baquiano.

    "¡Acá vienen los jinetes!

    ¡Corré, hij´una gran siete!"

    y al potro de manchas blancas

    le dio un guascazo en las ancas

    que disparó como un cuete.

    Y allá iba el Frodo escapando

    en el lomo ´el animal

    de la caterva infernal

    de los piones de Saurón,

    que vení­an en malón

    tratando de echarle el pial.

    Iba a galope tendido

    rebotando en el asiento,

    pero sentí­a el aliento

    de los Nueve y sus caballos

    que corrí­an como rayo,

    los ponchos volando al viento.

    Con los malos por detrás

    en tremendo griterí­o,

    se tiró a cruzar el rí­o

    con el agua a las canillas

    y salió por la otra orilla

    temblando de miedo y frí­o.

    "¡No amolen más!", les gritó.

    "¡Gí¼elvansé pa´ la frontera!"

    "¡Con tu cuero en la encimera!

    ¡Vení­, no te hagás rogar!"

    "¡Ni mamado que estuviera!",

    les retrucó sin dudar.

    Pero no diba a ser fácil

    disparar por la llanura,

    porque la cabalgadura

    del cansancio se quejaba

    y los Nueve ya cruzaban

    pa´ sacarle las achuras.

    Ya vení­an por el medio

    del riachuelo de agua quieta.

    "¡Entregate ya, sotreta!

    ¡Degolvenos el anillo!"

    vení­a gritando el caudillo,

    casi llegando a la meta.

    Pero ahí­ el rí­o mesmo

    le vino a salvar la vida:

    se apareció una crecida

    de las aguas redepente

    y a la temible partida

    se la llevó la corriente.

    Las olas iban pasando

    como si juera un arreo;

    un imparable rodeo

    de vacas blancas y azules

    arrastraba a los nazgules,

    que largaban cacareos.

    El Frodo supo enseguida

    que el torrente macanudo

    venirse solo no pudo:

    toda la pinta tení­a

    e´ ser una brujerí­a

    e´ parte e´ los orejudos.

    Pero lo que hubiera sido

    le habí­a venido al pelo;

    le dio las gracias al cielo

    porque el pellejo salvó,

    endijpué ya no aguantó

    y se jue derecho al suelo.

    (Fin del Primer Libro)

    La comunidá del anillo

    Capí­tulo 8

    Con un barullo e’ gallinas,

    perros, pingos y batracios,

    jue despertando despacio

    y al levantar la cabeza,

    se vio el Frodo en una pieza

    que parecí­a un palacio.

    En vez de arriba de un catre

    estaba tirado manso

    en colchón e’ pluma e’ ganso,

    que la verdá que era un lujo.

    ¡Y ahí­ al lao estaba el brujo,

    cuidandoló en el descanso!

    “¡Te despertaste, gurí­!

    ¡Ya me estaba priocupando!

    Pasarse tanto roncando

    no hace bien a la salú,

    y más si hasta el caracú

    te agujerió el otro bando.”

    “¡Sos vos, Gandalf!”, se alegró

    de verlo al mago el petiso.

    “¿De los malos qué se hizo?”

    “No les des más importancia;

    estás a salvo en la estancia

    de don Elrondo el mestizo.”

    “¡Nos cansamos de esperarte!

    ¿Qué te vino a demorar?”

    “Eso es largo e’ relatar,

    otro dí­a te lo cuento;

    lo que me pone contento

    es que hayas gí¼elto a sanar.”

    “Porque usaron los nazgules

    un cuchillo de un metal

    que te queda en el ojal

    y si naides lo sofrena,

    te convierte en alma en pena

    de trasparencia espetral.”

    “Pero ya bien te curaron

    los dotores orejudos.

    Ni siquiera un estornudo

    te dejaron pa’ quejarse,

    ansina que ¡a levantarse!

    Seguir echado es al ñudo.”

    Siguió el consejo del mago

    cuando un poco se compuso.

    De ya no verlo cachuzo

    lo saludaba el gentí­o.

    ¡No viera cómo se puso

    cuando lo encontró al tí­o!

    Jueron a matiar un rato

    pa’ conversar de sus cosas.

    Frodo vio el agua espumosa

    cuando Bilbo le cebaba,

    porque tení­a la pava

    con las manos temblorosas.

    Él, que vendí­a salú,

    ahura estaba hecho un bichoco.

    Parecí­a cosa e’ locos

    que estuviera tan vencido,

    como si hubiera cumplido

    cien años más en tan poco.

    Y como el Bilbo a la idea

    la tení­a siempre fija

    sin aflojarle manija,

    no se demoró en decir:

    “M’hijito, te viá pedir

    que me enseñés la sortija.”

    Al Frodo esa petición

    lo puso pior entuaví­a.

    Al principio no sabí­a

    si le hací­a caso o no;

    a la final aflojó

    de tanto que le insistí­a.

    Y al verla Bilbo a esa joya

    que le dejó una honda huella,

    esclamó: “¡Qué cosa bella,

    si hasta parece mentira!”

    mirandolá como mira

    el borracho a la botella.

    Guardó el Frodo la sortija

    y le habló desconsolao:

    “Asigún me lo han contao,

    esto hace malo al más gí¼eno,

    y la verdá que me apeno

    e’ verte ansina enviciao.”

    Al escucharlo don Bilbo

    le agarró una pena inmensa.

    Quiso hacer una defensa

    pero no le salió nada,

    y le agachó la mirada

    muriendosé de vergí¼enza.

    “Lo que decí­s es verdá”

    comentó apenao el viejo.

    “Mañana se hace un consejo

    ande ojalá se resuelva

    que se la lleven bien lejos

    y por acá nunca gí¼elva.”

    Y el Frodo le vio en los ojos

    que le estaba hablando en serio;

    aunque no juera un misterio

    lo mucho que le dolí­a,

    solamente ansí­ podí­a

    zafarse del cautiverio.

    Al rato se decidió

    por seguir con el paseo.

    Con los mejores deseos

    lo dejó al tí­o en su pieza,

    y lo siguió en su tristeza

    el canto del bichofeo.

    Estuvo pa’ entretenerse

    conversando con los piones

    y viendo los carretones

    que pasiaban por la estancia

    desparramando fragancia

    e’ la cosecha e’ melones.

    Pero no pudo olvidarse

    por más que le puso ganas;

    que no era asunto e’ jarana

    esa situación penosa

    de no saber qué otra cosa

    podí­a pasar mañana.

    #299281

    Belennor
    Participant

    Bueno…aca estoy nuevamente…dos capitulos mas…espero que los disfruten…saludos!

    El Gaucho de los anillos

    LA COMUNIDí DEL ANILLO

    Capí­tulo 5

    Los dí­as jueron pasando

    y era hora e´ que se vayan;

    y haciendo gala e´ su laya

    jue a despedirlos gentil

    el paisano Bombadil

    con su guaina doña Baya.

    La misia les dio una cesta

    pa´l viaje con empanadas.

    "Gracias", dijeron. "No es nada"

    respondieron a la par.

    "Gí¼elvannós a visitar,

    si nos hacen la gauchada."

    Por el camino de tierra

    tuito el dí­a le pegaron.

    Al pueblo de Bri llegaron

    cuando la luna salí­a,

    y al ver una pulperí­a

    derechito le enfilaron.

    Al boliche lleno de humo

    llegó a repostar la tropa;

    se sacudieron la ropa

    de tuito el polvo del viaje,

    y pidieron unas copas

    como pa´ juntar coraje.

    Un payador animao

    las seis cuerdas aporriaba;

    unos al truco jugaban,

    y por la parte de atrás

    un baquiano montaraz

    solo en lo oscuro pucheaba.

    El Frodo acabó achispao

    con tanta grapa y cerveza;

    se le subió a la cabeza

    el alcohol y el guitarriar,

    y se puso a malambiar

    arriba mesmo e´ la mesa.

    En un rato, en el boliche

    no quedaba nada e´ calma.

    La gente le hací­a palmas

    pa´ acompañar cada paso;

    pero jue a pisar un vaso,

    cayó y se rompió el alma.

    La tropilla de mamaos

    dentraron a carcajearse,

    y empezaron a acercarse

    pa´ ver mejor al petiso.

    Pero nada habí­a en el piso:

    era como pa´ asustarse.

    El Frodo, despatarrao,

    se dio cuenta del enriedo;

    la gente estaba con miedo,

    algunos se persinaban,

    y vio que el anillo estaba

    muerto de risa en el dedo.

    Buscando un lugar oscuro

    jue esquivando parroquianos,

    hasta acercarse al baquiano

    que fumaba un cigarrillo;

    y al pí­caro del anillo

    se lo sacó de la mano.

    Les gritó dende el rincón

    haciendosé el chancho rengo.

    "Por qué tanto bullarengo",

    disimuló con audacia.

    "Siempre me mando una gracia

    como ésta cuando vengo."

    "Usté malambea muy bien",

    le respondieron corteses.

    "No se ve todas las veces

    alguien que ansí­ se distinga."

    Pero era cosa e´ Mandinga,

    aunque naides lo dijese.

    Bajito le habló el baquiano

    cuando se calmó el lugar:

    "¿Quién lo manda jorobar

    ansina con la sortija?

    ¡Pero qué gana e´ enterrar

    la pata hasta la verija!"

    La verdá que lo asustó

    que aquel otro lo supiera;

    lo miraba como fiera

    cantandolé las cuarenta,

    y allí­ vino a darse cuenta

    que la habí­a embarrao fulera.

    Le retrucó sin mirarlo,

    tratando de hacerse el pollo:

    "Mire, yo no quiero embrollo,

    que yo ni siquiera sé

    quién caranchos es usté

    y ya me larga sus rollos."

    A ningún otro crestiano

    el gaucho se parecí­a,

    pues hablaba y se moví­a

    con un aire e´ majestá,

    y un pedazo e´ oscuridá

    la cara le ensombrecí­a.

    "Siguiendo rastros yo vivo

    con ojo, oreja y nariz,

    sea vaca o sea perdiz,

    sean comadrejas o cuises.

    El Trancos a mí­ me dicen,

    y soy amigo del Gris."

    Al enterarse de eso

    grandes los ojos abrió.

    "¿Dendeveras", preguntó

    "que usté lo conoce al mago?

    ¿Él anda por estos pagos?"

    Y la respuesta jue: "No".

    "Al gí¼en Gandalf no lo veo

    dende hace un rato largo,

    pero me dejó el encargo

    la última vez que nos vimos

    de ayudarlo a usté y sus primos

    en este camino amargo."

    "Pero no puedo si ustedes

    me asustan la paisanada.

    Ya basta con la pavada,

    se van tuitos a dormir

    porque vamos a salir

    temprano en la madrugada."

    Capí­tulo 6

    Seguí­a Gandalf cautivo

    arriba e´ la torre Ortán,

    pero ya tení­a un plan

    pa´ escaparse de la jaula

    ande jue a meterlo el maula

    del barbudo Sarumán.

    Cuando llegó la ocasión

    tení­a pensao el cómo;

    le dijo con mucho aplomo:

    "cada cual se va a su rancho".

    Bajó tremendo carancho

    y se lo llevó en el lomo.

    Demientras el Gris juí­a

    de los dominios del Blanco,

    por colinas y barrancos

    los cuatro hobbits andaban,

    y adelante los guiaba

    el que le decí­an Trancos.

    "Paremo´ un rato", Sam dijo

    muerto con la caminata.

    "Unos usan alpargatas

    o andan con bota e´ potro,

    y se olvidan que nosotros

    sabemos andar en pata."

    "Imposible", dijo el Trancos.

    "No hay que parar un momento;

    tengansén en movimiento

    y no se dejen de andar,

    que hoy tenemos que llegar

    a la Sierra de los Vientos."

    Llegaron cuando los grillos

    ya cantaban su canción;

    encendieron un fogón

    con ramitas que allí­ estaban

    para calentar la pava

    y dentrarle al cimarrón.

    Estaba el hombre avivando

    el fuego con charamusca,

    cuando una priegunta brusca

    jue a agarrarlo atravesao:

    "¿Quiénes son los embozaos

    que usté dice que nos buscan?"

    El baquiano puso cara

    de severidá tremenda,

    y a la final largó prienda:

    "Tienen que ver esos cosos

    con los anillos famosos

    y su terrible leyenda."

    "Los elfos tení­an tres,

    los enanos otros siete,

    y estos oscuros jinetes

    con nueve jueron prendidos:

    ahura son aparecidos

    y de Saurón alcahuetes."

    "Aquél que ustedes ya vieron

    saliendo de la Comarca

    clarita tiene la marca

    del malvado en el orillo.

    Le andan atrás al anillo

    y son piores que la parca."

    "¡Pero que no se entreveren

    con este criollo notable!

    ¡Mientras yo camine y hable

    voy a ver que el mal no cunda!",

    y del cuero de la funda

    peló soberano sable.

    Jue Sam el que se animó:

    "Capaz que al final no es nada;

    yo no quiero hablar pavadas

    ni andar metiendo bolazos,

    pero como que a su espada

    le está faltando un pedazo."

    Dijo el Trancos: "Lo que es

    no saber nada, aparcero.

    Esta noble hoja de acero

    es la mentada Narsil,

    la mesma que al patrón vil

    ya le hizo sonar el cuero."

    Y en la noche un alarido

    les puso de punta el pelo,

    y golvió la sangre yelo

    de tan grande que jue el chucho:

    era un grito de aguilucho

    cruzado con pingo en celo.

    "Eso no es bicho del monte"

    peló Trancos el facón.

    "Estos son los de Saurón

    con alguna trapisonda;

    pongansé tuitos en ronda

    alrededor del fogón."

    Cinco sombras se agitaban,

    como e´ ramas que se mueven

    en una noche que llueve;

    los rodearon redepente

    y se notaba patente

    que eran cinco de los Nueve.

    Pero el Frodo no temblaba

    con la temible presencia,

    y aunque tení­a concencia

    que se diba a arrepentir,

    no se pudo resistir

    a la malina influencia.

    Sin saber muy bien por qué,

    jue a colocarse el anillo

    y los vio con mucho brillo:

    el que vení­a adelante

    tení­a una espada llameante

    y en la otra mano un cuchillo.

    En contra de los nazgules

    se tiró envalentonao

    sacudiendo el envenao.

    Tarde supo que era un yerro,

    después que el helado fierro

    lo cruzó de lao a lao.

    Cayó el Frodo del dolor

    que le agarrotaba el brazo,

    y sin hacerle más caso,

    después de anotarse el punto

    se jueron los cinco al mazo

    dejandoló por dijunto.

    #299279

    Belennor
    Participant

    En verdad me agrada porder brindaos esta maravilla…lo que no me agrada es no poder encontrar los capitulos que faltan! :-Y

    #284361

    Belennor
    Participant

    Aunque un poco raro…la escena que mas me pego fue ver caer a Boromir…muy buena esa parte…

    #299277

    Belennor
    Participant

    Con gusto os ayudo, mi buen Seregruin…aunque por el momento sigo buscando los archivos…tengo muy desorganizado todo…soy un desastre :-[

    #299275

    Belennor
    Participant

    Bueno…finalemente los pude pude encontrar…a el capitulo 3 y 4. Pero antes que nada ^_^

    Vuelvo a aclarar..NO SOY YO EL AUTOR. No quiero malinterpretaciones ….solo publico esta maravilla porque me gustaria que mucha gente tenga acceso a ella.

    Disfruten.

    El Gaucho de los anillos

    LA COMUNIDí DEL ANILLO

    Capí­tulo 3

    A Isengar jue el mago Gandalf

    espoleando el alazán,

    pa pedirle al Sarumán

    el consejo que hací­a falta,

    y llegó a la torre alta

    que le decí­an Ortán.

    Le contó de aquel anillo

    que era el daño de Isildur;

    si el patrón de Baradur

    de la sortija sabí­a,

    al humo se les vení­a

    galopeando dende el sur.

    Dijo el otro: "Tarde piaste,

    el Oscuro se ha enterao.

    A ese Gollum desgraciao

    los orcos ya le cayeron,

    y una paliza le dieron

    hasta que tuito ha cantao."

    "¡Amalaya!", dijo el Gris.

    El Gollum lo habí­a portao

    a aquel anillo encantao

    hasta que Bilbo llegó;

    muy contento no quedó

    pues lo tení­a enviciao.

    "Tus amigos los medianos

    lo van a tener fulero,

    que los nazgul ya salieron

    tuitos juntos en malón

    pa´ encontrarlo a este Bolsón

    y que cante pa´l carnero."

    "¡Ahijuna!", respondió el otro.

    "¡Pero qué suerte tan ruin!

    Pa´ llevar esto a su fin

    y del malino escapar,

    el anillo habrá que echar

    en el fuego ´el Orodruí­n."

    Le respondió Sarumán:

    "¡Qué lo va´ queré fundí­!

    Andá, traemeló a mí­

    que yo le viá dar gí¼en uso;

    nunca naides se lo puso

    como éste que está aquí­."

    Al Gandalf no le gustó

    que lo tome por idiota;

    le vio la pata a la sota,

    malició que se dio gí¼elta,

    y con atitú resuelta

    jue a enfrentarlo al cararrota.

    "¡Ah maula! ¡Te descubrí­!

    ¡No tenés ningún derecho!"

    El otro lo tomó a pecho:

    ni lerdo ni perezoso

    lo metió en un calabozo

    que tení­a listo en el techo.

    Demientras, en la Comarca

    el tiempo no se quedaba.

    Sin sosiego Frodo andaba

    como bola sin manija;

    le quemaba la sortija

    y Gandalf que no llegaba.

    "Hace mucho que se jue"

    le dijo a Sam un gí¼en dí­a.

    "Nos dijo que iba y golví­a,

    pero esto va pa´ largo;

    tenemos que hacernos cargo

    mientras se pueda entuaví­a."

    Se colgó el anillo ´el cuello

    y encarandoló al destino,

    enfiló por el camino

    que pa´l este lo llevaba;

    dos primos lo acompañaban,

    que eran Merry y el Pipino.

    "Linda noche pa´ viajar"

    dijo Sam con alegrí­a.

    "No es calurosa ni frí­a."

    Y al parar de hablar al cuete

    oyeron el paso e´ un flete

    que dende atrás los seguí­a.

    Vieron venir al jinete

    ocultos en la maleza,

    que montaba con destreza

    en un oscuro tapao,

    de negro todo empilchao

    de los pies a la cabeza

    Capucha tapando el mate,

    botas de cuero en las patas,

    un facón con cabo e´ plata

    bajo el poncho le asomaba,

    y el aire el coso vichaba

    con mucho barullo e´ ñata.

    Y siguió por el camino

    hasta que se perdió e´ vista.

    "Éste nos sigue la pista",

    vino Frodo a maliciar,

    y propuso pa´ escapar

    dejar la ruta prevista.

    El paisano Meriadoc

    quiso darles un consejo:

    "Si queremo´ llegar lejos

    un camino más existe:

    si la tropa lo resiste,

    agarremo´ el Monte Viejo."

    Jue a responderle el Pipino:

    "¿Qué te pasa? ¿Ta´s mamao?

    Ese monte está embrujao,

    maldito hasta lo projundo;

    ni por tuito el oro ´el mundo

    le paso ni por al lao."

    Al fin decidió el Frodo:

    "Otra eleción no tenemos,

    atrapaos acabaremos

    si seguimo´ este camino;

    endijpué del Brandivino

    por el Monte tomaremos."

    Y siguieron caminando

    los compañeros pa´l este,

    bajo una esfera celeste

    más oscura ahura que antes;

    derecho, siempre adelante

    iban, cueste lo que cueste.

    Capí­tulo 4

    Llegaron al Monte Viejo

    justo cuando amanecí­a,

    y a la lú del nuevo dí­a

    se les cerró la garganta

    con esa paré de plantas

    que dende el suelo crecí­a.

    El Merry los jue llevando

    entre los troncos ladeaos.

    Parecí­a muy confiao

    hasta que al fin se paró.

    "Compañeros, creo yo

    que nos hemos estraviao."

    Estaba oscuro y el guí­a,

    con la lengua tartamuda,

    entre el quebracho y la ruda

    dijo con voz temblorosa:

    "Me parece que la cosa

    se está poniendo peluda".

    "Fiero monte ande no cantan

    calandria, zorzal ni mirlo.

    Bien ligero habrá que juirlo

    ¡y guay con el Tornasauce!"

    Y en terminar de decirlo

    se toparon con un cauce.

    Tapando el ruido del agua,

    el Merry pegó un grito.

    "¡Tornasauce, el rí­o maldito!

    ¡Ahura ya sé diánde estamos!

    Pa´ salir, el rí­o sigamos.

    ¡Hasta si hay un caminito!"

    Los otros le hicieron caso

    y siguieron el riachuelo.

    Pero no duró el consuelo:

    mientras iban caminando

    un sueño les jue dentrando

    que los dejó por el suelo.

    "¡Qué modorra me está dando!"

    dijo uno remolón.

    "Que me digan dormilón

    la verdá no me molesta;

    yo me viá echar una siesta

    abajo ´el sauce llorón."

    Al rato Merry y Pipino

    roncaban a pata suelta.

    Frodo y Sam se dieron gí¼elta

    cuando escucharon un ruido:

    habí­an desaparecido

    de las raí­ces regí¼eltas.

    De adentro mesmo e´ la planta

    salí­an gritos apagaos.

    El tronco se habí­a cerrao

    como si juera un estuche:

    ¡Ese árbol desgraciao

    los habí­a mandao al buche!

    Dentraron a dar patadas

    en el hermético aujero.

    "¡Mis primos no son puchero!

    ¡Dejalos salir de áhi!"

    Y pararon porque oyeron

    un tremendo sapucay.

    Un paisano redepente

    salió del bosque machazo;

    daba larguí­simos pasos

    cruzando charcos y zanjas

    con una cesta e´ naranjas

    que le colgaba del brazo.

    Parecí­a muy contento,

    saltando de un pie a otro pie,

    una pluma e´ caburé

    en el chambergo sencillo,

    los zapatos amarillos,

    y cantaba un chamamé.

    Medio el Frodo se asustó

    con el coso inesperao;

    pensó que estaba mamao,

    pero se olvidó e´ la duda

    y corrió a pedirle ayuda

    a puro grito pelao.

    "Quién es éste que se viene

    gritando tanto, ¡qué digo!

    ni que viera al enemigo

    iba a ser menos sutil.

    Yo me llamo Bombadil.

    ¿Qué se le ofrece, chamigo?"

    "¡Ayuda, don Bombadil!"

    lo apuró Sam al reclamo.

    "A descansar nos tiramo´

    pero aquel árbol cretino

    se nos comió a don Pipino

    y a don Merry Brandigamo."

    "¡No me digan que el bellaco

    se me ha gí¼elto a retobá!

    ¡Lo viá tené que domá

    al vegetal insolente!

    ¡Le viá enseñá a comé gente

    como si jueran chipá!"

    Dandolé con el rebenque

    se puso a gritarle ansí­:

    "¡Tenés que echarte a dormí­!

    ¡Largá a los pobres gurises!

    ¡Hacé lo que se te dice!

    ¡Largalos, añá membuí­!"

    El árbol se hací­a el duro

    y por un rato aguantó.

    A la final se cansó

    de los golpes del rebenque;

    se aquietó como un palenque

    y a los hobbits escupió.

    "No hace falta que agradezcan"

    dijo el gaucho bondadoso.

    "El monte es muy peligroso

    pa´ unos hombres tan chiquitos;

    a mi rancho los invito

    pa´ que tengan su reposo."

    Ansí­ que a la casa jueron,

    y a la noche se armó farra:

    Sam le daba a la guitarra,

    volaban prima y bordona,

    Bombadil a la acordiona,

    y entre tuitos a la jarra.

    Y pasaron varios dí­as

    descansando en ese rancho

    perdido en el monte ancho,

    y entre asado y tereré,

    entre polca y chamamé,

    terminaron como chanchos.

    #299271

    Belennor
    Participant

    Jejeje…la verdad que por esas pocas frases, me doy cuenta que tenes vocacion ;-)

    Van a tener que esperar un poco para que publique el resto de los capitulos…porque los baje en partes y no encuentro los archivos…

    Desde ya, disculpen…

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