Historia pública
Camino Hacia la Luz. Libro III: La Torre Olvidada
Descripción
Camino Hacia la Luz. Libro III: La Torre Olvidada
El sol brilla tras los cristales cuando Ronagan entra la biblioteca y avanza lentamente hacia su escritorio situado al final del pasillo. Se dirige hacia un escritorio con algunos libros amontonados, limpios y ordenados, que acompañan su descanso junto a varias velas bien útiles y necesarias en las altas horas de la madrugada que a veces llegan a alcanzarle. Tomando asiento, aparta el tomo finalizado la noche pasada y toma uno nuevo. Es un tomo relativamente nuevo comparado con el resto que cita como título "Camino hacia la luz" en unas paradójicas letras negras, grabadas en el forro de piel de color marrón rojizo. Ronagan mira por un momento el cielo despejado que inunda el cielo, y toma a su vez una profunda y calmada bocanada de aire, antes de adentrarse en su lectura. Tras abrir el tomo y dedicar un tiempo a mirar el mapa grabado en las primeras páginas, comienza su lectura.
CAMINO HACIA LA LUZ
Corría el año 179 de la Cuarta Edad del Sol y el próximo este de la Tierra Media soportaba una larga sequía, especialmente desde los últimos años del primer siglo de la nueva edad, cuando había sido víctima de veranos muy extremos, numerosas plagas y enfermedades y la invasión del pueblo de los haddaryai. Apenas ya se recordaba el nombre por el que fuera conocido en la tercera edad, la Tierra Olvidada, pues también su nombre había sido ya olvidado. Ahora formaba parte de una vasta extensión de tierra, Ambaron, que se extendía hasta más allá del mar del norte, el cual ahora era una depresión desértica y salina y que la conectaba con otras tierras para formar el mayor continente de Arda en aquella época.
LIBRO 3. LA TORRE OLVIDADA
El Visir de Adudran gobernaba de forma casi autoritaria la ciudad. La viuda del antiguo Sultán le había otorgado la regencia de la ciudad tras la muerte de su esposo ya que su primogénito era menor de edad. Con ese poder, el Visir era casi un dictador y todo el que osaba oponerse a sus órdenes y a su gobierno, acababa en las mazmorras. Éstas, que se encontraban en el subsuelo de la ciudad, eran un entramado laberíntico donde iban a parar todos aquellos desertores, delincuentes y opositores a los designios del Visir, y donde esperaban su casi segura ejecución.
Pero no todos en la ciudad agachaban la cabeza cuando el Visir hablaba pues, ocultos entre los habitantes de la ciudad y protegidos por las sombras de las callejuelas, un reducto grupo de rebeldes planeaba desde hacía tiempo como acabar con los delitos del Visir.
Y, mientras Adudran bullía entre negocios sucios y cuchillos en la oscuridad, el mundo a su alrededor empezaba a salir de su letargo. Los ecos del pasado replicaban cada vez con más fuerza; ecos de otras edades del sol, cuando numerosos pueblos luchaban por hacerse un hueco en el mundo.
Y esos ecos empezarían a escucharse desde lo más profundo de una torre olvidada, en el corazón fallecido de un reino que alguna fue esplendor y hoy es abandono.
[Editado por narrador el 22-01-2011 00:07]
La atmósfera aquella tarde era opresiva y el plomizo cielo no auguraba una mejoría, sin duda se acercaba el fin de la calma que precede toda tempestad; ya podían percibirse vagamente el retumbar de los truenos y el aire comenzaba a traer los olores de una terrible tormenta en ciernes.
La luz del día murió más rápido de lo normal y la oscuridad y el silencio se apoderaron de la Ciudad Protegida; ni siquiera las voces de los animales nocturnos recorrían las calles, tan sólo el lejano retumbar como de tambores acompañados del rítmico ulular del viento alteraba la tranquilidad del lugar.
Entonces, sin previo aviso, un cegador destello rasgó la negrura que amortajaba el firmamento, y allí, a mitad de camino entre el bosque y la ciudad, puedo verse, erguida y desafiante, la blanca Torre perdida entre las montañas. Y sobre el dintel de su puerta, intentando resguardarse de la cercana tormenta, una extraña ave esperaba silenciosa.
Capítulo 1. Las mazmorras de Adudran
[Editado por narrador el 22-01-2011 00:09]
Hubo un tiempo en que el Hombre Silencioso se paseaba por las más oscuras y olvidadas calles de Adudran. De sombra en sombra, aquel personaje iba de aquí para allá. No hablaba con nadie y su sola presencia hacía temblar a todo aquél que se cruzara con él. Se decía que el hombre silencioso era uno de los más peligrosos espías del Visir y que había todo lo que ocurría en la ciudad llegaba al Visir a través de su boca. Los más ancianos del lugar contaban que el hombre silencioso ya visitaba la ciudad aún cuando ellos eran sólo unos niños y, en aquella época, traía oro y tesoros maravillosos al Sultán cuando éste estaba vivo. Más tarde, cuando el Visir consiguió el poder absoluto, el hombre silencioso continuó trayendo bellas posesiones traídas de lugares remotos y secretos.
Sin embargo, para otros, el hombre silencioso no era más que un pobre diablo utilizado por el Visir para realizar sus trabajos sucios mientras él seguía en su palacio, controlando y gobernando. Además, no era ni el mejor de los espías ni el más capaz de los hombres de confianza de Saffadar, sino que era uno más entre tantos.
Pocos recuerdan la última vez en que el hombre silencioso se dejó ver en la ciudad, aunque algunos juran que lo vieron entrar y salir del palacio del Visir un año atrás. Por ello, la excitación fue máxima cuando algunos lo reconocieron entre los tres prisioneros que la guardia traía del norte. Aunque los soldados del Visir se esmeraron para traer a los prisioneros en el más completo secretismo, la noticia se extendió pronto. Debido a ello, Saffadar se enfureció.
A los otros dos prisioneros, uno de los cuales era un enano, fueron llevados inmediatamente a las mazmorras de la ciudad, unas profundas catacumbas divididas en varios niveles donde la oscuridad era una de las protagonistas. En cada nivel había unas cuantas celdas, cada cual más oscura que la contigua.
Mientras tanto, al hombre silencioso, que no era más que un elfo, proveniente del noroeste, fue conducido para entrevistarse con el mismo Visir. Pocos supieron qué ocurrió en las cuatro paredes en las que el elfo se encontró con Saffadar, y que se dijeron, sólo que, un largo rato después, fue llevado también a una de las celdas de las mazmorras de Adudran.
Cuando Eärondûr ya conseguía distinguir los edificios de Adudran en la lejanía, sus captores detuvieron el avance.
-No queremos que conozcáis el camino de entrada a las mazmorras, así que vamos a añadir unos bonitos antifaces a vuestra indumentaria –comentó uno de ellos mientras vendaban los ojos a los extranjeros.
El resto del viaje se hizo confuso, sus captores zigzagueaba por la ciudad y los sonidos que llegaban a los oídos del muchacho eran, en su mayoría, extraños, al igual que los olores que recorrían las calles de Adudran, Eärondûr era incapaz de reconocerlos.
Finalmente llegaron a su destino, un edificio frío y húmedo donde sus pasos resonaban entre las paredes desnudas, bajaron unos tramos de escalera y dejaron a Eärondûr en una celda cercana, el resto de sus acompañantes continuaron descendiendo.
Pasado un tiempo, cuando el joven ya había conseguido desembarazarse del pañuelo que le cubría la cara, le pareció ver cómo sus captores volvían a descender a los niveles más profundos de las catacumbas, iban acompañados por Narudud, hecho que confundió a Eärondûr, pues él creía que había bajado junto con Mazan después de que él fuera metido en aquella celda.
Despertó con la frente perlada de un sudor frío y pegajoso, un sudor febril, un sudor digno de estar vivo. Sus ojos buscaban un recipiente, una bota de vino, cualquier objeto que pudiera contener algo de el delicioso jugo de vida que en el desierto era el agua. Trató de incorporárse, pero su cabeza empezó a dar vueltas, como si le hubieran golpeado con demasiada fuerza en una pelea. Entonces, trató de recordar, y a su memoria acudió lo último visto: "La amarillenta sonrisa de la muerte".
A pesar de que se encontraba hambriento y desorientado, agradeció estar vivo. "¡Vivo!" ¿Cuántas personas podían asegurar la belleza y alegría que inspira el ser consciente de ello? Vivo para tocar más veces su laúd. Vivo para poder conocer a una mujer que acabara siendo el amor de su vida. Vivo para sufrir traiciones y alianzas. Vivo para poder sonreír ante la certeza de que la muerte lo había obviado en el último momento.
La tienda donde descansaba estaba vacía, sin nadie que estuviera apoyando un paño sobre su frente ni ninguna persona que velara sus sueños, así que se dispuso a solicitar ayuda para ponerse en pie.
Ahí llegó el primer dolor. Su garganta se negó por segundos a emitir sonido alguno. Casi inconscientemente reparó en el vendaje que atenazaba su cuello. Inspiró hondo y expulsó de nuevo el aliento, tratando de desgajar una palabra, pero lo único que surgió de sus labios fue un lastimero gañido, nacido de su garganta rota. El miedo comenzaba a envolverlo. Arrancando la felicidad que hacía unos momentos le había embargado. ¿Qué le había pasado a su voz? ¿Por qué había perdido ese don que daba a sus labios el canto de un ruiseñor? Y lo que más le desagradaba, si había combatido fieramente por los demás, ¿por qué nadie acudía a visitarle para comprobar si mejoraba de su dolencia? Introdujo dos dedos entre sus dientes y sopló, dejando escapar de sus fauces un agudo silbido.
Pasados unos latidos de su alocado corazón, un muchacho entró en la tienda, con una sonrisa tranquilizadora. Stygh, el mellizo de quien había solicitado su ayuda para componer una canción de amor, parecía ser quien había aceptado hacerse cargo de su salud.
- ¿Cómo estáis, Potrillo? -preguntó observándole desde una de las paredes de tela. Quedaba claro que tras su presentación y la cortesía de haberle enseñado a palpar las cuerdas de un intrumento musical, el apodo había gustado, y también, creyó reconocer, había caído bien al erudito que frente a él se encontraba observándolo con unos ojos que mostraban unas ojeras cuyo orígen estaría en el desvelo de noches precedentes.
Garlan señaló su vendaje y entrecerró los ojos, esperando una respuesta que le confirmara una sospecha, aunque Stygh sólo lo miró con una mueca que podría ser interpretada como tristeza.
- Si... Puede que tarde un poco en cerrar... ¿Podéis hablar?
El -hacía no mucho- bardo abrió sus labios y trató de recordar cómo se hacía. Le costaba tanto trabajo ejercitar sus cuerdas que se sentía como un recién nacido. Respiró todo lo hondo que le permitieron sus pulmones y un gruñido áspero atravesó su garganta, a sus labios, una masa sanguinolenta comenzó a subir, pero la terquedad podía al miedo, así que lo repitió.
- Sssssss... Ssssssssstyyyygggh -empezó, sintiendo como su voz había pasado de ser el melodioso aullido de un lobo en la noche a asemejarse al graznido de un cuervo, apretándo su nuez, se forzó a continuar- Aaaaa... Aaaaa... -su cuidador lo observaba, tratando de interpretar a dónde quería llegar- Aaaaaaaaaguuuaaaaaa.
- Por supuesto, mi pequeño amigo. ¡Tened! -dijo tendiéndole una bota- Bebed con cuidado... lleváis unos días inconsciente... podría sentaros mal.
A Garlan le daba igual cómo pudiera sentarle el agua. Sólo deseaba poder disfrutar, explayándose en ese maravilloso sabor, en esa gran cura que esperaba que fuera ese cristalino líquido que manaba de un pellejo curtido de piel, como si de alguna manera, pudiera cicatrizar el dolor que manaba de sus cuerdas vocales para incrustarse en su joven corazón. Quizás, años después, consideraría que había errado como nadie en ningún momento pudo hacerlo. Pero, mientras el agua se derramaba levemente por la comisura de sus labios, en ese momento sólo podía pensar que había pagado con su voz la mayor dádiva que podría tratar de obtener cualquier humano:
"Su propia vida."
[Editado por peregrinoscuro el 27-01-2011 22:42]
- Styghnaika, tengo que abandonarte. -
- ¿Qué? -
- No logro deshacerme de la idea de Cararë. Lo he estado pensando. Se ha originado una deuda en alguna parte, de alguna forma… Voy a encargarme…-
- Ay hermano, después que tantas penurias le han acontecido a este viaje ese es tu plan; en Adudran gobierna ese hombre, podría ser que yo haya por fin encontrado en esta gente una relación con el objeto de nuestra búsqueda; llegar a ese lugar podría sernos altamente provechoso, o aún todo podría empeorar, y no hay espacio en tu pensamiento para estas cuestiones.-
- Tal vez debería suponer que estoy hechizado, Styghnaik’, no es que no quiera estar contigo, a tu lado, y apoyándote. Pero hoy ya no sirvo para ello, se me ha borrado toda otra motivación, y quedaría atado a las circunstancias si no lo resolviera. Quisiera pedirte que esperaras a mi regreso para seguir metiéndonos en líos.-
- No… Lo que puedo hacer es ir contigo y luego encontraremos la forma de volver a Adudran.-
- Ja, no, esto es bastante personal, chico…-
- Necesitas guía.-
- …¡¿Mmm?! No, no estoy descarriado. Y tomaré los riesgos que me correspondan, no quiero involucrarte.-
-¡Vamos! ¡Encontremos una forma que pueda participar en tu empresa!-
- Lo siento, hermano, no hay forma alguna. Esto es algo de lo que tenemos por separado, no dejará de haber cosas que nos unan, pero es parte de un camino que lleva mis pasos y sólo mis pasos. Quisiera pedirte que me esperes, aunque…-
-Aunque sabes que no lo haré. Rom, no voy a estar ocioso, si no puedo participar en tu cacería, no puedo dejar de ocuparme de la misión que recibimos.-
- Es mi misión también, pero deberé posponerla, un gran mar se me ha cruzado en frente, y debo llegar hasta su fondo para poder ver la otra orilla.-
- Bien. No dejaré de pensar en esto. Por lo pronto respeto tu decisión.-
-Tendré mi corazón en tu bienestar.-
- Lo sé, chico. Y yo en el tuyo. Cuídate.-
- Cuídate tú más. Hasta la vuelta.-
- Hasta la vuelta.-
Mientras Stygh atendía la vida de ese muchachito Garlan, no podía dejar de pensar en los tormentos de ese talante que podía llegar a sufrir su hermano en aquel trayecto. Rom pocas veces se había concentrado en algo, y justo tenía que ser en ese momento y de esa manera sobrenaturalmente estrepitosa. No tenía ningún sentido, pero si había alguien que confiaba en Rom, y lo respetaba, ese era él, su hermano gemelo.
No dejaría de pensar en él y de preocuparse, pero las cartas estaban a punto de ser echadas, y perderse la partida sería un insulto al porqué de su haber nacido y de su existir.