Historia pública

Camino Hacia La Luz. Libro II: Días De Contrabando

Finalizada 127 fragmentos Página 4 de 19
Fragmento 22 por aratir

Hamad no se sintió intimidado por las palabras de Nergol, sino todo lo contrario. Pidió a sus hombres que se detuvieran y miró fijamente a aquel hombre.

- Soy yo quién exige la explicación. Tus hombres han producido un alboroto. Sabes bien que una de las condiciones del viaje es el comportamiento y la responsabilidad de cada viajero con sus hombres y cargamento. Y tus hombres se estaban divirtiendo a costa de este joven inocente - dijo señalando a Rom, que aún seguía al lado de los hombres de Nergol.

Fragmento 23 por Taurigale

Entre tanto, Taurigale, aprovechando el ajetreo, seguía mirando con curiosidad el cargamento de Nergol. Decidió contar cuántos barriles había con el letrero de "higos secos de Dassart" aunque no estaba ajena a la disputa entre el caravanero y el hombre de Adudran. Conocía algo sobre la historia de Nergol, si era aquel Nergol el que ella conocía, y le extrañaba que se encargara ahora de llevar cargamentos de higos secos a Adudran...

Fragmento 24 por Elfo_Negro

-¿Inocente?- preguntó Nergol con una mirada torcida -¿Y quien dice eso, ha habido ya un juicio? Sí, quizá mis chicos se han sobrepasado, ¿Pero qué hacía este muchacho tan cerca de nuestras mercancías? Conozco la fama de Dassart, no todo es trigo limpio ahí, si mis chicos se han equivocado se disculparán, sin duda, pero... y este ladronzuelo qué, acaso no se lo merecía?-

-Bien- pensó Nergol -ya he dicho suficientes disparates, espero que todo esté lo suficientemente liado para que la cosa no vaya mucho más allá... en cuanto a estos bastardos hijos de perra, yo mismo les enseñaré cuando se debe divertir uno y cuando debe saber estarse en su sitio-

Fragmento 25 por aratir

Hamad asintió entonces.

- Está bien. Una vez que todos han bajado las armas, dejemos que se expliquen tanto el joven sureño como tus hombres - consideró el caravanero mientras desviaba la mirada hacia Rom esperando que se explicase.

[Editado por aratir el 22-02-2010 22:51]

Fragmento 26 por Elessurendil

Rom se acercó a Garlan, se paró a su lado y ya no pudo mantenerse en pie. Se desplomó, sentado, como un niño dando sus primeros pasos. Stygh, que no dejaba de murmurar maldiciones, lo sostuvo. El hermano herido giró la cabeza, extraviadamente, hacia su mellizo y hacia el bardo. - ¿… por qué se han detenido? ¿Amigos? Puedo seguir saltando… - Cerró los ojos y su respiración sonó como una especie de ronquido.

- Jefe…- susurró a Nergol el que había sostenido el látigo.- solo quisimos darle su merecido por fisgón.- El oriental se limitó a darle una mirada de hartazgo.

- ¿Ven? – exclamó públicamente uno de los rufianes que no había participado activamente en la última escena. – El muchacho bebió unos tragos con nosotros, y luego… se nota que no está acostumbrado a beber… ehm, es… que él propuso el juego, y… que, bueno, parece que un poco se desmadró digamos…-

Mientras oía aquellas barrabasadas Stygh pensaba en como podría siquiera intentar incluir a estos tipos en sus planes de redención. Una de las máximas principales de la “empsenia” decía que ‘toda mala existencia, sin excepción, debía ser vuelta a su estado anterior’, y otra que ‘la impureza de un objeto no supone la necesidad de su eliminación, sino de la limpieza de aquella’.

Stygh pensaba una y otra vez en como hacer sufrir a esos tipos no resolvía la cuestión “superior”. Pero, de todas formas, había sido criado en una cultura en la que el que pedía perdón era menos débil que aquel que no se daba cuenta de que erraba el camino. Trajo a su mente la idea de cuán débiles eran aquellos granujas, cúan débiles, cuán débiles…

- Viajaremos con ustedes, cerca vuestro... Esta situación se resolverá una vez que hayamos entrado en vuestras esencias y purguemos todo rastro de perdición. – profirió como si sus palabras fueran una amenaza.

El cargamento había pasado a segundo plano, pero, a partir de lo sucedido, cuándo las cosas se calmaran, los hombres de Nergol serían observados a sol y a sombra, con lo cual la decisión era: si hacer que los bárbaros caminaran aparte, alejando la atención de los barriles, o seguir manteniendo éstos protegidos… con todas las miradas a su alrededor.

Tal vez una tercer opción fuera viable, pero exigía mucho esfuerzo por parte del cabecilla, acercarse a los afectados, hacer buena letra, y redirigir su interés hacia algo que los relajara, algo que no le trajera más problemas. El viaje era largo y Nergol no podía arriesgarse a mantener aquellos niveles de tensión.

- ¿Jarlan… que tal si tocas una bonita? – prorrumpió Rom, borracho, acariciando el laúd de Garlan, y miró difusamente a los presentes.

Stygh, Garlan y Hamad ayudaron a Rom a trasladarse hasta un lugar donde acomodarse. Nergol los observó a media distancia. Los dos primeros se quedaron junto a él mientras el dueño de la caravana se devolvía a su política tras la promesa de volver pronto y de la expresión afanosa de que lo mantuvieran al tanto sobre cómo se recomponía el muchacho. Taurigale observó el pie cortado de Rom y procedió a acomodarse para hacer la curación apropiada.

– Stygh, - anunció ella mientras obraba – luego quisiera hablarte sobre algo.-

[Editado por elessurendil el 23-02-2010 04:05]

Fragmento 27 por peregrinoscuro

“Me ha dado una patada.” fue su primer pensamiento cuando el cabalo pasó a su lado. El arco se había desviado, pero algo en su interior lo calmó. Era una persona nacida para canciones y letras, no para las luchas contra hombres curtidos que parecían bárbaros del Este. Así que cuando llegaron los hombres de Hamad, decidió pasar a un segundo plano, la revuelta había acabado por el momento, y no tenía necesidad de interponerse entre hombres armados para dar pie a la posibilidad de ser atravesado por unos o por otros.

Ayudó al hermano que parecía ser un sacerdote y sorió al oír de nuevo la petición del que había defendido. Y cuando Taurigale comenzó a curar al ebrio muchacho, afinó las cuerdas de su laud y tras carraspear un poco empezó:



Nació en las lejanas tierras del mar.

Entre algas y sal.

Una doncella de pelo rojizo y ojos turquesa

hermosa como una justa promesa.

Él nació en el interior

entre las rocas y el seco sol

Hombre de espadas y honor

de gallarda pose, y demostrado valor.

Viento lo llamaban unos.

Hada llamaban a la otra.

Mas jamás llegarían sus pasos a cruzar.

Pues en la guerra sus patrias dieron a dar.

Una revuelta en la que el cayó.

Una dama que junto a su lecho llegó.

“¿Quién sois, noble princesa?”, el preguntó.

“Tu cura y salvadora”, Hada respondió

“Y vos, ¿extraño señor?”

“Solo un soldado al que nadie oyó.

De lejanas tierras vine, para mantener mi honor.

Y mi casa jamás volvería a ver,

si con ello me olvidara mi señor...”

Pasaron días,

y en cicatrices se convirtieron las heridas.

El pueblo en fuego ardió,

pero la pareja de él escapó.

...

Garlan dejó de cantar llegado a ese punto, y tras negar con su rostro con una sombra en sus ojos guardó el laud entre sus ropas.

- ¿Por qué dejas de cantar, Jarlan? -le preguntó el que aún estaba siendo curado entre bostezos con la lengua algo trabada.

- No es una canción con final feliz... Y me recuerda demasiadas cosas.

Le recordaba al hogar perdido, a su juventud en las calles de Gondor bajo la tutela de un anciano, a los abrazos que jamás recordaría, a los besos de la primera chica que se cruzó en su camino. Le inspiraba tanto dolor que no había conseguido jamás cantar esa canción entera, deteniéndose siempre en la parte en la que ellos habían escapado del fuego. Deteniéndose en el único momento que la pareja había creído poder ser feliz.

Fragmento 28 por Elfo_Negro

Por fortuna el chico estaba demasiado bebido como para dar una explicación coherente de lo que había pasado y, en su justicia primitiva y rígida, Hamad no tuvo apenas libertad. Así que todo quedó en un revuelo sin resolver.

Sin embargo lo que sí quedo herido fue la imagen de la pequeña caravana de Nergol, sus dos carretas y sus 5 "empleados" quedaron en entredicho, siguieron formando parte de la gran caravana, pero desde ese momento fueron mirados con cierto recelo porque, aunque no se hubieran aclarado las circunstancias de la agresión, el rostro inocente de Rom al final venció en la batalla de la credibilidad frente a los rostros duros y despiadados, a las miradas torcidas y las risitas burlonas, de “la caravana de los higos”.

Nergol puso su mejor postura y sus mejores palabras en calmar los ánimos y desviar la atención de sus hombres y su cargamento, pero el mal ya estaba hecho y, su físico, sus ropas, sus armas, en nada ayudaban a crear confianza.