Historia pública
Camino Hacia La Luz. Libro II: Días De Contrabando
El tiempo no pasaba nada rápido.
Unos cirros adornaban el sol agobiante del mediodía. En la caravana pasaban de mano en mano los odres con agua fresca. Hamad tenía algunas provisiones de arroz con langostas secas remojadas en miel amarga y especias, una especialidad en aquellos viajes. Unos hombres salaban un cabrito salvaje recién cazado, para la cena. Rom pensaba, andando por fuera del camino, a la par de unos barriles muy bien custodiados, que si por algún motivo se quedaran sin alimento, seguramente llevaban cientos de comida, que no había de qué preocuparse al respecto. El pensamiento lo encontró con la mirada de uno de los tipos de aquel carro, sonrió y miró para otra parte.
Stygh se humedecía la garganta mientras oía a Taurigale y pensaba en su propia virginidad.
- ¡…y mira que no éramos muchos…! – Exclamaba la chica simpáticamente exasperada por el recuerdo. Y sonreía. Y él sonreía consintiendo.
El jovencito le pasó el pellejo de agua. Se acomodó y, antes de beber, expresó: - ¿Entonces? ¿Me contarás sobre eso que comentaste, de los medio hermanos?-
Era claro el gesto de Stygh cuando se disponía a relatar algo que le gustaba. – Es una historia bonita. Comienza con una persona que todos lamentamos no haber podido conocer: Nieluné.- Taurigale se aferró y se recostó sobre la espalda de Stygh representando la gran atención que pondría.
- Bien: Ella fue la primer hija de Ashlar…- dijo él, jactándose de la situación.- Nació, puede decirse, que a toda costa. Su madre, Irimé, una elfa, la concibió de Ashlar, embriagándolo, casi forzándolo. Ella diría que sabía que debía tener su primer hijo. Y era verdad, una gesta que salvó estas tierras de una oscuridad y un tormento más allá de nuestra imaginación, tuvo como protagonista al bebé. Nuestra existencia se la debemos por sus hechos adultos, pero aún antes de aprender a hablar o a andar ya nos había auxiliado a todos.
Más tarde llegaría el hijo de Ashlar y Elenwenath, una avari condenada, su nombre sería Andreath (nosotros lo conocemos como Padre Andreath para diferenciarlo del hijo, que se llama igual). Su madre lo había llevado en su vientre, pero no lo atendería, tenía muchas batallas… en gran parte batallas internas que pelear. En cuanto consiguieron una nodriza, a Elenwen se la dejó de ver por mucho mucho tiempo en Minas Thulefail.
Cada uno fue criado por una criada distinta. La mujer en cuyas manos estuvo Andreath fue más tarde la tercer mujer de Ashlar, una humana (o una atquernar han dicho); el viejo ha dicho poco de ella, pero se nota que fue importante para él. Al tiempo se embarazó.
Fue por entonces que Andreath se obsesionó con entender las decisiones y la vida de su madre verdadera. Recurrió a su hermana mayor, Nielune, por quien sentía un inmenso afecto. Ella, con su espíritu impetuoso y diligente, organizó un viaje. Un viaje por el cual indagarían en el pasado y en el futuro… -
El relato fue interrumpido por un rápido jinete. Stygh y Taurigale lo miraron sorprendidos.
¡Stygh, hey, tu hermano te necesita! ¡Ya, ven! –
La primera jornada de viaje había resultado tranquila aunque el calor, a pesar de estar en las primeras semanas de la estación otoñal, había hecho mella, a pesar de que los caravaneros estaban acostumbrados a ello.
El paisaje a la salida de la ciudad de Dassart estaba formado en su mayoría por campos de dunas desprovistos de vegetación, algunos arbustos y árboles bajos de ramas raquíticas y hojas muy finas. Pero a Hamad no le preocupaba aquello, los camellos estaban bien alimentados y sus patas eran fuertes y, además, llevaban muchas provisiones. Un viaje durante cerca de dos meses por el desierto no se preparaba a la ligera.
Habían tenido un pequeño incidente o más bien algo que nunca era inusual, un joven que se había cruzado en la caravana portando un laúd y pidiendo asilo. Como ello había sucedido en las últimas horas de jornada, Hamad había aceptado que pasaran la noche con ellos.
Al día siguiente, la jornada se presentó más calurosa que el día anterior. En aquella inmensa llanura parda, donde no se veía otra cosa que arena y dunas, es escuchaban los pasos de los camellos y el rodar de los carros. Una densa polvareda quedaba tras de ellos como señal de que habían pasado por allí. No se detuvieron en ningún momento hasta que el sol les indicó que era el mediodía. Entonces se resguardaron en la sombra que producía una pequeña duna a comer y a hacer una pequeña siesta. Los exploradores encontraron un pozo bastante bien conservado, cerca de una pequeña laguna al sur, pues era parte de aquella ruta, y llegaron los odres de agua fresca, que aliviaron el calor y el cansancio de los viajeros. Otros hombres habían encontrado alguna caza, pues aún en el desierto era posible encontrar alguna fauna, unas cuántas cebras.
Hamad encontró al muchacho del laúd un poco más apartado, bebiendo de un pequeño pellejo con agua.
- Salud, muchacho. Con la llegada de la noche y el viaje de esta mañana, no hemos tenido oportunidad de hablar – le dijo el caravanero.- Necesito saber de ti si quieres viajar con nosotros en nuestra caravana. Además has de saber que este viaje tiene un precio.
- No tengo de dinero, señor – informó el muchacho.
El caravanero lo sospechaba antes de hablar con él, así que pensó en qué trabajo podría desempeñar aquel joven en la caravana.
- Podrás pagarme entonces trabajando en mi caravana. ¿Cuál es tu nombre?
- Garlan, señor. – El muchacho tenía unos pequeños ojos negros, y un mentón afilado. De cuerpo delgado, parecía ser todavía muy joven.
- Bien Garlan. Por tu indumentaria y el arco que llevas, preveo que eres un buen explorador. Trabajarás con los exploradores de la caravana, oteando el camino y sus peligros. Así podrás ganarte el derecho a viajar en esta caravana. Ahora dime, ¿de donde sois?
El muchacho iba a responder cuando entonces un revuelo se produjo a no mucha distancia. Hamad se giró buscando el origen del revuelo.
[Editado por aratir el 20-02-2010 12:20]
Los ojos de Rom se abrían lentamente, y se volvían a cerrar lentamente. La mitad del esfuerzo la hacía para mantener la cabeza en equilibrio y despierta. La otra mitad era para sostenerse los pantalones a medio caer… y saltar.
Unos de los tipos del grupo que presidía ese tal Nergol, apoyado sobre una rodilla, le enseñaba un alfanje de pala llamativamente ancha, lo blandía en el aire, lo pasaba de mano en mano, y luego lanzaba un golpe a la altura de los tobillos, que el muchacho apenas alcanzaba a esquivar. En cuanto superaba la prueba, el chasquido de un latigo le sobresaltaba y le devolvía al juego. Otro más sostenía su cimitarra, esperando con los ojos aguzados en un gesto de perversidad, lanzaba una sacudida cada vez que Rom, drogado, se descuidaba de él. Decir que al segar el aire esta arma hacía un silbido particular, o que la suerte le tocaba hoy, porque el chico la había evitado todas las veces, excepto una… que le hizo un tajo en la bota. Esto sucedía fuera del camino, detrás del carro que tenía a cargo el malhechor oriental, los pocos otros pasajeros que advirtieron el hecho en su mayoría se habían alejado.
Lo que había ocurrido fue que: uno de los forajidos había advertido de la presencia de un sospechoso en los alrededores del cargamento, otro y otro se lo fueron comentando, hasta que algunos amistosamente se le acercaron, y le dieron conversación; luego le invitaron a beber de un jarro… No sospechó, “las apariencias engañan” gustaba de creer el joven. Lo demás habría sido de esperarse, aunque no hasta tal extremo.
Pronto Stygh y otros estuvieron ahí. Rom… transpiraba.
[Editado por elessurendil el 22-02-2010 04:21]
Todo había ocurrido muy deprisa. Los carros se habían retrasado un poco debido a que las ruedas se clavaban en la blanda arena. Nergol no quería forzar los ejes ni arriesgarse a que una rotura importante le complicara el viaje. Los carros iban cargados de una valiosísima mercancía cuyo transporte le solucionaría la vida por un largo tiempo. Le habían ofrecido mucho dinero por ello, junto a unas cuantas amenazas de muerte (como eficaz estímulo a su "profesionalidad"). La última de esas amenazas vino de mano de un soldado de Dassart, iba vestido con el uniforme impoluto, era un importante oficial, cuando Nergol lo vió creyó que debería matarlo de inmediato, o que ya estaban definitivamente perdidos.
Fue unos días antes de la partida, había anochecido, el oficial de Dassart se acercó tranquilamente al almacén donde se guardaba todo, Nergol empuñó su daga y se puso al abrigo de las sombras más negras, dispuesto a sorprenderlo y a rebanarle el pescuezo, pero algo en la forma de andar, demasiad segura, le hizo detener su arma, ese soldado estaba demasiado tranquilo para estar andando de noche en un barrio poco recomendable de una ciudad poco recomendable, así que, el lugar de matarlo de primeras, se conformó con saltar sobre él y apoyar su daga afilada sobre el cuello mal afeitado del soldado.
-psit, psit, yo no haría eso, al menos si no quieres acabar en las mazmorras de Dassart-
-¿Qué buscas aquí, muchacho? Has elegido un mal día para pasear a la luz de la luna-
-No, no, nunca me ha gustado la luz blanquecina de la luna, siempre he preferido el brillo dorado de algunos metales-
-No te hagas el gracioso conmigo, la daga que estoy apoyando en tu cuello está realmente afilada y podría cortar un poquito… o mucho, si me pongo nervioso-
-Será mejor, Nergol de Adûdran, que apartes ese cuchillito de una vez, o el que voy a perder la paciencia soy yo-
Nergol, al oir su nombre, entendió que ese oficial no había ido ahí por casualidad.
-Estoy aquí para tu seguridad, para protegerte de curiosos molestos-
-¿Para quien trabajas?-
-¿Acaso te he preguntado yo para quien trabajas tú?, dejémoslo así, trabajo para alguien muy poderoso, alguien que puede hacernos muy ricos o matarnos con la misma facilidad y la misma indiferencia, así que contentate con saber que de momento la fortuna te acompaña. Pero no olvides Nergol, que sabemos quien eres y donde vives, y que… si en algún momento tu existencia nos molesta aunque sea sólo un poquito… dejarás de existir.-
Así, el premio de una gran bolsa de oro junto a variadas y pintorescas amenazas de muerte, rodeaban todo este asunto de las armas “secretas”, un peligroso negocio y, esperaba que productivo.
Y ahora, ahora todo se estaba liando.
Se había adelantado trotando sobre su caballo, internándose en el corazón de la caravana, confiando en que sus muchachos sabrían conducir con cuidado las dos carretas (no era suponer demasiado, pensaba), pero un revuelo a sus espaldas le hizo temer lo peor, imaginó que en una imprudencia habían roto un eje o descoyuntado una rueda, se giró y vió que algunos viajeros dirigían la mirada hacia donde suponía estaban los suyos, un leve rumor de desaprobación se levantaba a su alrededor.
Dió la vuelta al caballo y enfiló al galope hacia las carretas.
Los suyos se habían estado divirtiendo con un jovenzuelo, aun tenían sus armas desenvainadas y una sonrisa burlona y desdeñosa les torcía el gesto. Pero la cosa no acabaría tan "divertidamente" como había comenzado, el muchacho tenía amigos, y estaba a punto de desatarse un pequeño conflicto. ¡Sólo le faltaba esto!
Garlan había acudido con el dueño de la caravana para acabar presenciando cómo "jugaban" a intentar cortarle la pierna a un muchacho. Apenas reparó en las palabras de Hamad: Él ya se había hecho a un bando, y no era el de mayor número.
La flecha pasó de sus dedos a la cuerda del arco, y de este a pocos pies del hombre que sostenía la cimitarra entre sus manos aún. Como había oído en viejas canciones, sólo unos pocos héroes eran arqueros mejores que espadas. Pero eso a él no le importaba, por unos segundos se sintió como el gran Bardo. Señor del río en una lejana y antigua historia.
- Apartaos de él -dijo con una voz aniñada, pero no carente de seriedad, para después agregar:- Espero que no seáis tan idiota como para creer que he fallado el disparo. O la siguiente saeta irá más arriba y cerca de vuestras ingles.
Si la amenaza caló no llegó a saberlo, porque el hombre apenas se apartó, esbozando el inicio de una mueca burlona. "Son tan estúpidos que sólo ven al niño... no la flecha". Ese pensamiento lo hizo comenzar a enfadarse. El muchacho ya tenía otra flecha en su mano, y mientras tenía el arco apuntando al torso del "caravanero" que consideraba cruel, oteó rápidamente a su alrededor. No sería la primera vez que le atacaban por la espalda.
Observó al muchacho que había sido entretenimiento y con un tono de voz que simulaba una orden conciliadora le dijo:
"Danzante del viento, ven a mi lado"
[Editado por peregrinoscuro el 22-02-2010 13:38]
El revuelo provenía de una de las carretas de la caravana. Había un grupo de gente congregada cerca de ella por lo que Hamad se dirigió hacia allí lo más rápido que pudo. Confiaba en que no hubiera problemas en ese viaje y, nada más salir de Dassart, ya había el primero de los problemas.
Mientras corría hacia el tumulto, llamó a gritos a sus hombres. Entonces llegó rápidamente al lugar. Un muchacho se hallaba rodeado de otros tantos hombres, de especto bastante rudo, que castigaban o se divertían con él, no sabría decirlo muy bien. Uno de ellos sostenía una cimitarra que arrojaba con fiereza al joven de aspecto sureño, otro reía a carcajadas mientras blandía un látigo.
- ¡Parad esto, por Abbalah! – ordenó el caravanero aunque sus palabras se perdieron entre el calor del desierto.
Entonces fue cuando se percató que el joven bardo al que había nombrado explorador, dejaba escapar una flecha de un arco que había sacado no sabía cómo. La flecha cayó a los pies del hombre que portaba la cimitarra al tiempo que se disponía de lanzar otra flecha. Iba a reprender al joven cuando entonces vio llegar a los soldados de la caravana contratados por Hamad que se enfrentaron con los agitadores. El caravanero respiró aliviado pues confiaba en que sus hombres terminaran con aquello aunque no sabía que aquellos alborotadores no querrían terminar con su diversión.
Mientras tanto, Taurigale, miró desconcertada a su alrededor, aunque aprovechó la situación para acercarse distraídamente hacia el cargamento que había iniciado el revuelo. Había dos carretas cercanas con unos cuántos barriles en su interior. Miró disimuladamente y leyó en una etiqueta: “Higos secos de Dassart”.
Nergol estaba indignado, sobre todo indignado con sus hombres, tanto le daba lo que hubieran hecho al chico, le hubiera importado bien poco si lo hubieran matado, pero no entendía cómo esos inútiles habían decidido divertirse a pleno día, provocando un revuelo monumental y poniendo en peligro todo el negocio.
El músico tendía su arco y los guardias de la caravana habían tomado partido, sus chicos estaban en minoría: los dos conductores de sendas carretas habían sacado sus ballestas y los otros 3, dese el suelo, arremolinados alrededor de la víctima, tenían sus armas desenvainadas. Aquello había dejado de ser un juego para convertirse en algo muy peligroso.
No podrían resolver la situación usando la violencia, sino que debería detenerla y crear un poco de confusión.
Venía cabalgando en un galope corto, dio una suave patada al joven arquero para desequilibrarlo y enseguida bajó de caballo.
-¿Qué ocurre aquí?- gritó con las espadas envainadas, y con la cara más inocente que supo fingir -creí que esto era una caravana segura, ¡deteneos todos, bajad las armas!-
Se dirigió, furioso, a Hamad -¿Qué clase de caravana es esta en que se ataca a los comerciantes que viajan en ella?-
Miró a los suyos con una ira que sólo ellos vieron –Y vosotros, bajad las armas he dicho, sin duda somos las víctimas de esta situación- se volvió a Hamad y le espetó
-¡Exijo una explicación!-