Historia pública

Camino Hacia La Luz. Libro II: Días De Contrabando

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Fragmento 8 por aratir

¡Despertad! Que el sol desde el lejano extremo del oriente

ha aparecido poderoso y caluroso sobre el mar arenoso

y al ascender de nuevo sobre el cielo incandescente

la sagrada ánfora calentará con sus brazos ardientes

Aún faltaban algunas horas para que los primeros rayos del sol pintaran sobre la bóveda celeste y para que las estrellas del desierto se durmieran en un baño de luz y calor, cuando Hamad se levantó. Había mucho que supervisar antes de iniciar el viaje.

Durante las horas que precedieron al amanecer anduvo aquí y allá, controlando que todos los cargamentos estuvieran en los carros y en las grandes alforjas de los camellos además de que todos los comerciantes y viajeros tuvieran sus contratos a punto. Su caravana era una de las más importantes de Dassart y realizaba tres o cuatro viajes al año a través del duro desierto de Earnar. La caravana de Hamad era grande y estaba integrada por casi cien camellos o más, todos propiedad de la familia del caravanero. Y también contaba con una decena de carros especialmente adaptados para cruzar el desierto. Además de los comerciantes y mercaderes que contrataban con él el viaje en su caravana, Hamad recibía transacciones por transportar en su caravana distintas mercancías. A cambio, él contrataba a algunos exploradores para reconocer el terreno, a un par de diplomáticos para tratar con las tribus nómadas del desierto, otros tantos escribas y, sobre todo, algunos hombres entrenados que protegían la caravana de los posibles peligros con los que pudiesen encontrarse durante el viaje. Las caravanas del desierto eran, al fin y al cabo, espectaculares ejércitos de viajeros que se desplazaban a través del desierto siguiente las rutas comerciales.

El rostro de Hamad tostado por toda una vida en el desierto atendía a la labor de supervisar los distintos equipajes, barriles y alforjas para asegurarse de que estaban todas. Le habían pagado para que llegasen sanas y salvas a su destino. Fue así como las horas habían ido pasando y el sol empezó a calentar, señal de que debían de emprender no muy tarde el viaje.

De repente, una voz lo distrajo de su tarea y dejó de anotar en su cuaderno para girarse hacia la derecha. Una mujer venía corriendo hacia él.

- ¡Por Abbalah! ¡Mercader, mercader! – gritaba al tiempo que corría una joven de cabellos rojizos, protegida con una túnica de colores pardos.

Hamad dejó escapar un suspiro sordo, la había reconocido al instante, nada más ver su característico cabello rojo y su mirada angelical, no podía olvidar su cara. Era aquella mujer otra vez. Casi diez meses habían pasado desde la última vez que la había visto, cuando había formado parte de su caravana. Había pensado que nunca la volvería a ver.

- ¡Soy afortunada! ¡Las estrellas del desierto me han otorgado gracia en esta mañana! Me quedé dormida y temía que la caravana hubiera partido ya. – La mujer se hallaba ya a pocos pasos de Hamad portando con ella dos alforjas pequeñas.

- Lo siento. Los últimos contratos fueron firmados hace una hora – informó el caravanero.- No se admiten más cargamentos ni viajeros.

Hamad se dio la vuelta con la intención de continuar revisando el cargamento. Pero la mujer fue detrás de él y le hizo girarse de nuevo, al tiempo que le miraba fijamente a sus dos ojos negros.

- Tengo que partir a Adudran hoy sin más remedio y el desierto no es aconsejable para que una dama como yo lo cruce sola.

El caravanero dudó un rato pues sabía que pasaría un tiempo hasta que otra caravana partiera desde Dassart a Adudran y, aunque no le apetecía llevar de nuevo a aquella mujer en su caravana, no le quedaba más remedio que aceptar. No podía dejar que ninguna mujer se jugase la vida sola en el desierto.

- Está bien pero es posible que tengáis que compartir montura. El escriba os tomará los datos para el contrato. Podréis pagarle a él.- Hamad llamó a un muchacho que andaba cerca.- ¡Darher! Atiende a esta dama.

- ¡Gracias! – musitó ella mientras que el caravanero, tras responder al agradecimiento, continuaba sus quehaceres.

[Editado por aratir el 16-02-2010 21:29]

Fragmento 9 por Taurigale

La joven esperó pacientemente a que el escriba viniera a tomarle los datos. Ya podía respirar aliviada tenía el viaje asegurado de regreso a Adudran. Había sido una suerte haber llegado a tiempo y haber convencido al jefe de la caravana para que le dejase ir con ellos.

Darher llegó hasta ella con un pequeño cuaderno y saludó cortésmente. Era apenas un adolescente.

- Señora – dijo el joven. Tenía las mismas facciones que Hamad por lo que ella dedujo que sería su hijo.

- Señorita, por favor – corrigió sonriente ella.- Señorita Taurigale. Aún no he encontrado un buen marido para casarme.

El muchacho se sonrojó.

- Disculpad, señorita. Y decidme, ¿qué tipo de mercancía lleváis en las alforjas? – preguntó señalando las dos alforjas que Taurigale había depositado en el suelo cuando llegó hasta Hamad.

La mujer alzó una de las dos alforjas y la abrió.

- Hierbas y especias. Y de muy buena calidad: canela, azafrán, sésamo, jengibre,…también llevo un poco de alcaravea, pero muy poco porque está muy cara.

Darher no dijo nada y anotó en su cuaderno. Mientras, alrededor, los viajeros terminaban de preparar el viaje. Taurigale aprovechó para curiosear a su alrededor con la mirada. Había mucha gente pero no era extraño pues según sabía la caravana de Hamad solía ser muy numerosa. Una vez había viajado con el mercader, hacía ya muchos meses y había quedado satisfecha de la caravana. Una de las mejores, sin duda. Gracias a la eficacia y hábil gestión de aquel afamado mercader.

Le llamó la atención un hombre de semblante serio, ojos negros y fuerte mirada. Le sonaba su cara. Aquel hombre era Adudran y a su mente le venía el nombre de Nergol. Sí, ése era el nombre. Nergol. Decidió preguntarle a Darher por él.

- Aquel hombre, ¿también va a Adudran?

El muchacho levantó la vista y miró al hombre que decía la mujer.

- Supongo, señorita. Todos aquí viajarán en la caravana hacia Adudran.

- Pero él no es mercader, ¿o sí? – insistió Taurigale.

- No lo sé, señorita. No conozco a toda la gente de la caravana. Es mucha.

Taurigale se rió levemente.

- No importa, era simple curiosidad. Me preguntaba si sería un buen marido - dijo al tiempo que sacaba unas monedas para pagar al muchacho.

Darher, que había terminado de redactar el contrato se lo dio para firmar a la misma vez que recogía las monedas. Tras ello le condujo hasta un camello para depositar sus alforjas. Llegaron hasta cerca de dos muchachos que hablaban entre ellos divertidos. Eran dos muchachos jóvenes, ambos altos y atléticos, de piel algo pálida y cabello negro. Ambos. Taurigale se sorprendió al comprobar que se parecían bastante y dedujo que serían mellizos.

- Stygh. Rom. No quedan camellos libres y esta señorita se une a la caravana. ¿Seríais tan amables de compartir uno de vuestros camellos y que la señorita viaje con uno de vosotros? Su nombre es Taurigale.

Darher confiaba en la amabilidad de ambos. Tenía más relación con Stygh pues era escriba como él, sólo que él se dedicaba a redactar unas crónicas sobre el viaje. Asi que esperaba que no le importarse mucho.

[Editado por Taurigale el 16-02-2010 21:56]

Fragmento 10 por Elfo_Negro

Se levantó antes del alba, se vistió, despidió a la muchacha que aun remoloneaba en la cama y bajó a la sala grande de la posada. La posadera, con cara de sueño, le sirvió un desayuno fuerte.

Sin perder un minuto se ciñó sus dos espadas, se ajustó en la bota su daga corta, cogió sus bártulos, encndió su pipa... y salió a la calle.

En el pequeño almacen le esperaban sus hombres, unos fumando, otros no, unos apoyados en la pared con aire de suficiencia otros con las piernas separadas, como pareciendo esperar un ataque; pero todos tenían miradas duras y desafiantes.

-Chicos, hora de partir-

todos se movieron, unos entraron en el almacén en busca de los carros, otros fueron al establo a buscar los caballos.

Al poco se pusieron en marcha: dos carros cargados de 20 barriles y cuatro jinetes escoltándolos, Nergol era una de los 4 jinetes y, por su apariencia ruda y su mirada dura en poco o nada se diferenciaba de sus “empleados”.

Cuando se acercaron a la caravana se dieron cuenta de lo numerosa que era, gentes de todo tipo, carros, caballos, camellos, voces, gritos, ruidos animales, polvo, olores intensos (la mayoría desagradables): una gran caravana a punto de ponerse en marcha.

Nergol y los suyos penetraron en el gentío bullicioso, intentando pasar desapercibidos.

Nergol bajó del caballo y deambuló entre la gente, intentando hacerse una idea, lo más precisa posible, del tipo de gente con la que viajaría, intentando prevenir cualquier peligro, intentando descubrir quien sería el más propenso a dar problemas.

Fragmento 11 por Elessurendil

Transcurría la primer noche. Habría sido de esperarse, que dadas las circunstancias, los mellizos hubieran negociado compartir a Taurigale un rato cada uno, pero eso hubiese sido irrespetuoso. Así que Stygh era quien la llevaba ya que montaba un camello con gibas más grandes.

Al muchacho, por lo general, le gustaba predicar su doctrina, pero, en tanto que recibía la ensoñecida atención de la chica, se complacía relatando todo con lo que, en su memoria, creyera que podía regocijarla.

- Y los hijos de Veon Andreath ya no conocieron ninguno. – Stygh terminaba un relato imprimiéndole un tono melodrámatico.

- Oh… Pero… envejecieron o simplemente… tal vez… se escondieron? – Preguntaba desde detrás Taurigale tiernamente acongojada.

- La misma existencia de los atquernar se ha vuelto una leyenda, aunque sólo tienes que conversar un rato con Padre Andreath para que te cuente como vio que muchos de ellos gozaban nuevamente de caridad por parte de las estrellas. El destino, cual sea, que hayan dispuesto para ellos, habrá sido una bendición. –

El tema empezaba a rondar lo religioso, y Taurigale, según Stygh no necesitaba sermones. Así que intentó cambiar de tema.

A la par, no muy lejos ni muy cerca, montaba Rom, con la mirada perdida en la oscuridad del extremo desierto. Aún allí había cosas interesantes para ver, pequeños destellos en el cielo, breves neblinas y manchas en la oscuridad producidas por el viento, algún animal hacía de las suyas de vez en cuando, intentando no ser visto por las personas que atravesaban sus arenas, y los astros de por sí, cuando no se nublaban, daban tamaño espectáculo. El joven inquieto ya había recorrido más temprano toda la caravana de punta a punta saludando al paso a quienes conocía, y a algunos a quienes no, suficiente exploración para los primeros ratos del viaje. Su hermano iba hablando y hablando, nada nuevo, aunque claro, era con la chica de cabellos rojizos.

- … Styghnaika por nacimiento, fue el nombre de la espada que usó en sus andanzas Veon Andreath…- Stygh hablaba y Taurigale, asombrosamente, aún parecía mirarlo encantada, o semidormida. – es una palabra en el dialecto de la tribu helluinyelar… Mañana me cuentas sobre tu nombre, no? – detuvo un momento su excitación para echar una mirada a la situación, ya era suficiente.- Descansa, en cualquier momento comienzo a aburrirte, y no quisiera, es que también sé oir si quisieras contarme cosas de las que sabes,… o también… quedarme callado de una vez.- El chico ya tenía algo de sueño.

- Eres una compañía agradable, Styghnaika. No te angusties.- dijo ella riéndose.

Ambos rieron. El sueño se había apoderado ya de muchos en la caravana. Se detendrían pronto a dormir unas horas.

[Editado por elessurendil el 18-02-2010 01:34]

Fragmento 12 por peregrinoscuro

Volvía a correr en las calles de la vieja Gondor.

A sus espaldas, un guardia montado sobre una bestia de guerra trataba de darle alcance. Sólo le faltaban unos metros para estar a salvo, pero ese adoquín apareció, y comenzó a caer, caer, caer...

- ¡Joder! -gritó al ver acercarse el suelo y las raíces del árbol dónde había estado durmiendo.

El golpe lo asustó tanto como el ver que cerca del cruce habían varios animales de carga y personas tratando de establecer un campamento. Palpó su hombro -sobre el cual había frenado la caída- y sonrió levemente mientras trataba de sacudir sus ropas: No se había roto nada.

Su caballo piafó molestó ante los olores extraños, y Garlan acarició su cuello tratando de tranquilizarlo.

- Hou, hou... -agregó entre caricias.

Una caravana, pudo comprobar, y a tenor de los carros, portaban mercancías a algún lugar. Tomó su laud y mientras trotaba lentamente hacia los posibles compañeros de viaje, tocó. La melodía de una vieja canción de amores y aventuras, en las cuales un joven héroe robaba una gema a un dragón para regalársela a una joven princesa. A poca distancia de los primeros animales de carga se detuvo, alzando la voz.

- Saludos, viajeros -comenzó mientras se hacía escuchar- Ante vosotros tenéis un joven potrillo que trata de cabalgar hacia lejanas tierras. Pero no os dejéis engañar por la apariencia. ¡Los seres más pequeños e inexpertos son capaces de las mayores gestas! ¿Permitiríais unirse a este selecto grupo a un peregrino más?

Garlan mantuvo aún al caballo alejado del grueso de la caravana, era demasiado irrespetuoso unirse sin permiso...

Fragmento 13 por Elfo_Negro

La primera jornada había concluido. Los carros habían aguantado bien, el traqueteo constante y sedante había cesado, por fin podrían descansar. El viaje que les esperaba era muy duro, esa primera jornada no era sino un paseo comparado con lo que les esperaba (peor cuanto más se internaran en el desierto).

Fué entonces cuando apareció un alocado tunante diciendo cosas absurdas y rascando un laud "Ante vosotros tenéis un joven potrillo que trata de cabalgar hacia lejanas tierras. Pero no os dejéis engañar por la apariencia..."

-Joven potrillo- cuchicheó uno de los muchachos -... joven pardillo, más bien, diría yo.-

Todos rieron entre dientes. Uno de los chicos de Nergol, uno que tenía una fea cicatriz que le deformaba la cara, añadió -con ese podremos divertirnos-

-Ya basta- sentenció Nergol -no os pago para que os "divirtais", os pago para que estos estupendos higos secos llegen a Adûdran.

Todos refunfuñaron y continuaron la tarea que habían comenzado cuando aparecío el joven bardo. Continuaron desenjaezando los caballos y tendiendo una lona entre los carros que les serviría de tienda para pasar la noche.

Nergol se quedó apoyado en una de la carretas y encendió su pequeña pipa, aspiró, degustó el abrasador y aspero humo y lo exhaló lentamente, estaba cansado: Ya no era un joven bullanguero, como sus cinco "ayudantes", ahora ya tenía los 40, había vivido mucho y, aunque aun le gustaba la vida y sus placeres, ya no tenía tanta prisa como antaño, cuando todo se había de conseguir al momento, ahora era capaz de pensar con cordura, era capaz de planear mucho mejor y así, era mucho más eficaz y letal que nunca.

-Voy a dar una vuelta antes de dormir,... no llameis la atención-

Se apartó de los carros y andó entre la gente que, como ellos, preparaban su descanso.

Tantas cosas descuidadas, tanto cosas fáciles de robar,... -va a ser un viaje provechoso, éste- pensó -Lo primero es la mercancía del visir, pero no hay porqué desaprovechar las oportunidades que la vida nos va dando- rio silenciosamente. -pero no esta noche, la gente está aun descansada y prevenida, dentro de unos días será más facil, además... antes debo buscar una buena presa-

Lentamente volvió hacia sus carros, pero antes de poder llegar a ellos un hombre, Hamad el caravanero, se cruzó con él, lo miró fijamente a los ojos y le preguntó -¿todo bien, señor?-

-Sí, por supuesto, una buena jornada y una buena noche- se golpeó la suela de la bota con la pipa, para vaciarla una vez apagada.

Pero Hamad siguió mirándole unos segundos de más, escrutador, como si fuera capaz de leer su mente.

-¿Señor... tengo algo en la cara que merezca su atención?-

-O, no, no, disculpe, disculpe, es el cansancio-

Nergol entrecerró los ojos en una especie de mueca amenazante y con una voz ronca dijo -Bien- y pasó de largo, camino a un descanso que ya no sería tan plácido como hubiera deseado.

Fragmento 14 por Elessurendil

… Rom se despertó perturbado. La noche comenzaba a terminar en el horizonte. El jóven notó que se estaba arrebujado en la concavidad que dejaba el camello. Levantó el torso del suelo y ojeó alrededor, Stygh murmuraba dormido recostado cabeza arriba sobre la parte de una las charnelas que se extendía sobre el suelo; a un paso Taurigale dormía hecha un rizo. Se veía alguna gente que no dormía, unos pocos andaban de aquí para allá, y otros se amontonaban. Pensó en ir hasta allí, pero, sin meditarlo mucho, desconfió de andar caminando a estas horas. Procuró divisar al muchacho del laúd, sabía que Hamad le había ofrecido pasar la noche con la caravana. Ya mañana vería quién era.

Se sentó y se acomodó. El sonido del viento se le mezcló con el recuerdo de los vozarrones de algunos borrachos que iban en este viaje, debería poner más atención en ellos mañana. Pensó en varias cosas al mismo tiempo y se aseguró de tener su espada. No era mucha la experiencia que los mellizos axelairidas tenían en combate. En Thulefail las armas se usaban para la caza y la protección, pero hacía décadas que no había enfrentamientos importantes. De todas formas los jóvenes se formaban en los principios de la esgrima y lo practicaban a veces como entretenimiento. La mística de los aceros seguía atravesando generaciones, la mayoría no vería una verdadera batalla en su vida pero se empachaban con las gestas de antaño como si fueran niños comiendo dulces. Rom, que había aprendido y practicado un poco más en su rondar por el mundo más allá de Thulefail, era bastante hábil para quien no era un guerrero, más que Stygh, que había elaborado un símpatico estilo basándose en algunas lecturas que describían enfrentamientos.

[Editado por elessurendil el 19-02-2010 04:07]