Historia privada

Dagornandréd

Finalizada 23 fragmentos Página 1 de 4
Fragmento 1 por Aragorn_II

En primer lugar, quiero decir que esta historia está inspirada en la primera edición de La Guerra de los Clanes de EAU, pero escrita a finales de 2009-2010. Hay situaciones y personajes cambiados con respecto a lo que de verdad fueron. Espero que os guste.

¡Un saludo!

Fragmento 2 por Aragorn_II

Los Valar habían hablado. Su Voz había sido escuchada en el Reino Unificado, y sus nobles y gentiles miembros actuaron en consecuencia. Los Valar les habían comunicado, a través del Oráculo de Nimril, que Ancalagon, miembro prominente del Clan de Udûn había cometido un grave delito, y por ello, el Reino Unificado, paladín de la Justicia, el Honor y la Verdad en la Tierra Olvidada, le haría pagar por todos sus crímenes. Aunque la Tierra Olvidada había vivido en una relativa paz durante muchos años, las escaramuzas entre los distintos Clanes habían aumentado en los últimos tiempos, y la tensa calma que se respiraba parecía ser sólo la calma que precede a la tempestad. La guerra parecía inevitable. Lo único que había impedido la guerra tanto tiempo era que ningún Clan era lo suficientemente poderoso, o audaz, como para enfrentarse a sus enemigos.

Siempre habían existido tensiones entre el Reino Unificado y el oscuro Clan de Udûn, situado al Oeste del Reino, clan formado por los siervos del mal más degenerado y vil. Algunos eran seres que, del temor que infundían al mismísimo Señor Oscuro Sauron, fueron expulsados de Mordor. Otros eran criaturas de la Edad Antigua que habían conseguido pervivir en la oscuridad, alimentados por su propia maldad. Tampoco eran buenas las relaciones con el Clan de Las Damas Oscuras, situado al Suroeste, clan dominado por un grupo de hermosas, valientes pero traicioneras y mortíferas mujeres o Elfas oscuras que sentían una mayor afinidad hacia las tinieblas de Udûn que hacia los nobles ideales representados por el Reino Unificado. Al Sureste del Reino se encontraba el pacífico Clan Hobbiton, fundado a mediados de la Tercera Edad por un grupo de aventureros Medianos, deseosos de conocer las inexploradas tierras que se extendían al Este de Rhûn. Aunque con el paso de los siglos vividos en la Tierra Olvidada se habían vuelto más aventureros, estos Hobbits no se diferenciaban en muchas cosas de los habitantes de la Comarca. Al no poseer grandes ejércitos, el Clan Hobbiton había forjado una alianza con el Reino Unificado, clan que se hacía cargo de su protección e independencia frente a las injerencias extranjeras. Al sur del territorio dominado por Las Damas Oscuras se hallaba el Clan JEO, aliado natural del Reino Unificado, y que era habitado por nobles y valerosos caballeros procedentes sobre todo de los territorios del sur de Gondor, antes de las invasiones de los corsarios de Umbar, a los que habían jurado hacer frente siempre que se presentara una ocasión propicia. El último Clan de la Tierra Olvidada era el Clan de Los Cisnes Caídos, aliado de Udûn. En su territorio, un inhóspito yermo situado al Este de las Montañas Rojas, se habían reunido muchas criaturas de oscuro corazón, seres impulsados por su propia maldad a combatir a todo aquello que fuera bueno y hermoso, siendo el blanco principal de su ira el vecino Clan JEO, al que recientemente había atacado por traición, dando inicio a una cruel guerra.

El Reino Unificado no podía permanecer impasible ante el sufrimiento de sus amigos y hermanos, y envió a dos Compañías de la Guardia de Meluvenorë, la capital del Reino, a socorrer a los caballeros de JEO. Debido a estos hechos, orquestados sin duda desde la profundidad del territorio de Udûn, los ejércitos del Reino Unificado habían quedado sensiblemente mermados, muy especialmente los de la provincia de Sein Cair Andros, que sólo un año antes había sufrido un violento e inesperado ataque de un grupo de corsarios procedentes del otro extremo del Formeneärion, los Mares del Norte. A pesar de tan delicada situación, el Consejo del Reino escuchó la Voz de los Valar y respondió a su llamada.

Fragmento 3 por Aragorn_II

Tras larga deliberación, los nobles líderes del Reino con los nobles Vilendil Atanvardo y Tar Eärondur a la cabeza, decidieron enviar a la Guardia Blanca de Sein Cair Andros a enfrentar el desafío de Ancalagon, pues aunque sus ejércitos habían sido mermados en el ataque de los corsarios, Sein Cair Andros también había sido la única provincia del Reino que se había salvado, gracias a la barrera natural de las Ered Meneltobas, de la furia del reciente huracán que había azotado toda la Tierra Olvidada. La Guardia Blanca estaba comandada por el Duque Haeré Lintesereg, tercer Duque de Sein Cair Andros, que sucedió al noble Arándil, una víctima más del terrible huracán, pues fue muerto cuando intentaba encontrar un paso entre las montañas para evacuar la ciudad de Enyelost, tarea que completó Haeré. Arándil a su vez había sucedido al legendario Arioch, Maia de oscuro pasado pero amado por todos y cada uno de sus súbditos. Junto al Duque marcharían sus valientes Capitanes, Eörlin, la hermosa dama Elfa Silme Tindomë y los también Elfos Aduelen y Hîrkhelek, antiguo miembro del Clan J.EO. y gran amigo de Haeré. A pesar de haber sufrido unas bajas considerables durante el sitio a la Ciudadela de Sein Cair Andros, la Guardia Blanca contaba entre sus filas con unos mil hombres, soldados experimentados y llenos de coraje. La mayoría de ellos eran caballeros adiestrados desde muy jóvenes en el noble arte de la espada, aunque en la hueste también había una escuadra de cerca de un centenar de arqueros, los más certeros y letales de toda la Tierra Olvidada. La Guardia Blanca se encontraba por aquél entonces cerca de Sein Cair Andros, conocida por muchos como la Estrella del Norte, noble y hermosa ciudad bañada por las aguas del Formeneärion, los Mares del Norte. La Guardia Blanca se hallaba de camino a la frontera occidental para una patrulla rutinaria, cuando apareció al galope un mensajero de Meluvenorë, capital del Reino Unificado. El jinete se acercó a la compañía, que había detenido su avance, y antes de que pudiera acercarse al Duque, el noble Hîrkhelek salió a su paso.

-¿Quién sois y qué queréis?, dijo Hîrkhelek con mirada desconfiada. La experiencia le había enseñado a ser más precavido con los ardides del Enemigo.

-Mi señor, mi nombre es Alyamar, pertenezco a la guarnición de Meluvenorë, y porto un mensaje del caballero Vilendil para el Duque Haeré, mensaje que debo entregar en mano-. El Duque, con semblante preocupado, hizo un gesto a Hîrkhelek para que permitiera acercarse al joven jinete.

-Mi Duque, os entrego este mensaje de Meluvenorë- y el muchacho entregó la carta lacrada, que el Duque leyó inmediatamente. En ella, Vilendil le explicaba el mensaje de los Valar, cómo les había llegado a través del Oráculo de Nimril, y por qué la Guardia Blanca había sido la compañía elegida para llevar a cabo su voluntad. "Mi querido Duque, somos conscientes de las bajas que sufristeis durante el ataque de esos corsarios del Norte y que la Ciudad aún se está recuperando de su incursión. Pero también debéis saber que el resto del Reino no se encuentra en una situación mejor. El terrible huracán que se desató hace pocas semanas sólo ha dejado a su paso muerte y destrucción. Además de las cientos de vidas que se han perdido, muchas aldeas han quedado completamente devastadas, la mayoría de caminos han quedado impracticables y se han perdido innumerables cosechas. Damos gracias a Eru de tener suficientes provisiones almacenadas en Meluvenorë para abastecer a todo el Reino este próximo invierno, pero nuestros ejércitos han sufrido serias bajas. Todos los hombres que no se hallaban destinados a la salvaguarda y protección de nuestras fronteras se hallan ahora mismo esparcidos por todo el Reino, salvando a todos y todo lo que se pueda salvar, despejando caminos o reconstruyendo puentes o aldeas. Partid hacia Meluvenorë en cuanto recibáis esta carta, llevad únicamente las provisiones necesarias para este camino. Una vez en la ciudad, discutiremos las tácticas a seguir y os aprovisionaremos para el resto del camino en todo lo que necesitéis. Un favor os quería pedir, amigo mío. Al llegar a Olostion, acampad al abrigo de las montañas, a un par de millas al Noreste de la ciudad. Tras el huracán y los rumores de una posible guerra en la Tierra Olvidada, la desesperación y el pesimismo se han adueñado de buena parte de la población, por lo que no sería muy recomendable que vieran a una hueste de Sein Cair Andros acampada a las puertas de la ciudad. Sin más, os deseo un viaje sin incidentes hasta aquí".

El Duque se quedó pensativo unos instantes, sosteniendo aún la carta de Vilendil. No sabía que la situación en el resto del Reino fuera tan alarmante. Estaba de acuerdo con Vilendil en que en las actuales circunstancias, la llegada de la Guardia Blanca a Meluvenorë desataría el pánico entre la población, y que lo mejor sería una travesía rápida y discreta. Se volvió entonces al joven Alyamar, y le habló.

-Muchas gracias por tus servicios, joven Alyamar. Si no te han ordenado otra cosa, puedes encaminarte a Sein Cair Andros, donde tanto tú como tu caballo podréis descansar y recuperar fuerzas de tan largo viaje. Pero antes de iros, quería preguntaros algo, y espero que seáis dignos de la confianza que voy a depositar en vos-

-Por supuesto mi señor. ¿Qué deséais saber?-

-¿Cómo se encuentra el Paso de Cilross y el camino hacia Meluvenorë? ¿Es aún practicable para una hueste como la que tenéis ante vuestros ojos? ¿Cuántas jornadas nos llevaría hacer toda la travesía?

El joven Alyamar se quedó pensando unos instantes, intentando averiguar el motivo de la pregunta y si ésta tenía algo que ver con la carta que acababa de entregar. –El Paso es aún practicable, mi Duque, aunque hay tramos del paso que, debido a los derrumbamientos, han quedado tan estrechados que sólo puede pasar un hombre a la vez, y un jinete a caballo debe desmontar para poder pasar con seguridad. El resto de la ruta hacia Olostion, aunque aún son visibles los efectos del huracán al haber muchos árboles caídos en el camino, está bastante despejada. Si en condiciones normales, el viaje de Sein Cair Andros a Meluvenorë llevaría cuatro jornadas, en las condiciones en las que se halla la senda, tardaríais al menos siete jornadas-

-De nuevo te agradezco tus servicios Alyamar, y agradezco tu discreción. No debes hablar de esto con nadie en la ciudad. Ahora, parte raudo-

Fragmento 4 por Aragorn_II

Mientras observaba cómo el joven mensajero se encaminaba a Sein Cair Andros, el Duque explicó la situación a sus Capitanes, quiénes a su vez se lo contaron a los soldados. Una vez se aseguraron de que los víveres que llevaban eran suficientes para llegar a Meluvenorë, la Guardia Blanca se encaminó hacia el Sur. Vadearon las aguas azules del río Ulbanien, y se dirigieron hacia el Paso de Cilross, el Paso de la Lluvia, que debía su nombre a una curiosa peculiaridad, y es que en cualquier época del año, una lluvia constante caía sobre él. Dice la leyenda que una Elfa Avari vivió allí con su familia en los Días Antiguos, y que su dicha era grande. Sin embargo, unas criaturas nacidas de la Oscuridad atacaron su casa y mataron a su familia, dejando a la Elfa moribunda y profundamente apenada. Antes de morir, lloró amargamente a la montaña y le habló de su desgracia. Y el espíritu que moraba en la montaña se apiadó de ella, y le prometió que su pena y su llanto serían eternos en ese lugar. Y es así que una fina y fría lluvia cae siempre sobre el paso, como si miles de lágrimas limpiaran la sangre derramada allí de forma injusta.

Cruzar el paso fue una tarea lenta y muy fatigosa, pues el camino que lo atravesaba era una senda tortuosa que se asentaba sobre un terreno húmedo y resbaladizo sobre el que había una espesa y abundante vegetación. Por lo que había oído de Alyamar, el Duque se temió una travesía más peligrosa de lo que en realidad fue, pues esperaba sufrir algún que otro derrumbamiento en el paso. Por fin, tras dos días, la Guardia Blanca consiguió atravesar el Paso en su totalidad, y se encaminaron en línea recta hacia Meluvenorë, Olostion, la más bella ciudad de toda la Tierra Olvidada. Al atardecer del sexto día después de haber partido de Sein Cair Andros, los batidores de la Guardia Blanca divisaron los muros de Meluvenorë, y el Duque decidió acampar al abrigo de las Ered Meneltobas y encaminarse hacia la ciudad acompañado únicamente de Hîrkhelek, pues la llegada a la ciudad de todos los Capitanes de Sein Cair Andros también habría despertado muchas preguntas y desatado insidiosos rumores.

Poco podían ver en la oscuridad, pero el atronador rugido de Herimistë, La Señora de la Fina Lluvia, la gran cascada de agua que a su vez se dividía en tres cascadas, cuyas aguas caían a la espalda de Meluvenorë podía escucharse en la lejanía. No sin motivo, en los días de su fundación, Olostion recibió el sobrenombre de Nendhelost, La Ciudad de las Tres Aguas. También fue llamada Mithramin, La de los Muros de Plata. El propio nombre de Olostion, La que Apareció en Sueños, hacía referencia al origen y fundación de la ciudad, pues Vilendil vio la ciudad edificada en una visión cuando aún no se habían comenzado sus trabajos. Más tarde, la ciudad fue rebautizada como Meluvenorë, La Tierra Amada de Eru. El bello y profundo sonido de las aguas de Herimistë precipitándose desde lo alto de las montañas alegró y reconfortó los oprimidos corazones de Haeré y Hîrkhelek, pues traía a ambos muy buenos recuerdos de tiempos pasados, de tiempos más felices. Aunque habían sido testigos de la devastación causada por el huracán en las tierras que acababan de atravesar, tanto el Duque como Hîrkhelek contuvieron la respiración al ver más de cerca los efectos del huracán sobre Meluvenorë. Aunque la ciudad aún conservaba su belleza, y las tareas de reconstrucción debían estar muy avanzadas, los jardines de Faingwaloth, los más bellos de la Tierra Olvidada, habían sido completamente arrasados y las fuentes de la ciudad se habían desbordado, inundando las calles y los bajos de las casas cercanas. Aunque las murallas habían contenido la mayor parte de la fuerza destructora del huracán, muchos de los altos y hermosos edificios de la ciudad se encontraban poco menos que en ruinas, al menos en sus pisos superiores. Afortunadamente, la Torre de Altari Mindon, incomparable a cualquiera por su altura y gran hermosura, había permanecido intacta, ajena a la furia del huracán. Sin embargo, las calles y las grandes avenidas estaban llenas de cascotes y escombros que otrora habían sido hermosas estatuas, cúpulas o finas obras de mampostería. No obstante, por doquier, junto a cada hermoso edificio dañado o junto a cada estatua o fuente derribada se veían muchos andamios, y aunque sentían dolor en sus corazones por la visión tan lúgubre de Olostion, el Duque y Hîrkhelek cabalgaron hacia el Consejo de la ciudad, donde se reunieron con los nobles caballeros Vilendil y Tar Eärondûr, que los recibieron y agasajaron como a hermanos.

-Amigos, nos alegramos de que hayáis podido llegar aquí sin más problemas que una ligera demora. Sentaos y os hablaremos de la situación actual fuera de nuestras fronteras- dijo afablemente Tar-Eärondûr.

-La situación no es buena, como siempre, el Mal se aprovecha de nuestra debilidad para tomar ventaja. El Clan de Los Cisnes Caídos, como sabéis, atacó a nuestros amigos de JEO –en ese momento, un gesto de pena y tristeza invadió el rostro de Hîrkhelek, pues pensaba en los amigos y camaradas de JEO que había dejado atrás al unirse al Reino Unificado-, y aunque su ofensiva inicial les brindó una victoria aplastante, la llegada de nuestras compañías equilibró las cosas, y de hecho han conseguido forzar la retirada de Los Cisnes Caídos hasta sus posiciones iniciales, aunque aún controlan algunos de los territorios más orientales de JEO. Pero la noticia más sorprendente ha sido el ataque de Udûn a las Damas Oscuras- continuó hablando Vilendil. La noticia del ataque de Udûn sorprendió al Duque y a Hîrkhelek, que quedaron atónitos.

-Pero... ¿cómo? Si eran aliados de las Damas Oscuras... - balbuceó Hîrkhelek.

-Parece ser que esa alianza sólo era un espejismo, -intervino Tar-Eärondûr- una forma de ganar tiempo e impedir que las Damas se pudieran unir a nosotros y a JEO en una ofensiva combinada. Udûn era bien consciente de la afinidad natural que Las Damas Oscuras podían sentir hacia ellos, y se aprovecharon de esta circunstancia hasta conseguir que dejaran prácticamente desguarnecidas sus fronteras del Noroeste. Por ahí, precisamente, es por donde atacó Udûn. Y lo hizo en el momento más oportuno para sus intereses, pues el Clan de Las Damas Oscuras es el que sufrió la mayor violencia del huracán. La compañía de Ancalagon penetró hasta el corazón del territorio de las Damas Oscuras sembrando la muerte a su paso. Para cuando las Damas Oscuras consiguieron reaccionar, el daño ya estaba hecho. Aunque Ancalagon fue rechazado en su intento de penetrar en el Bosque de Aldiamanion, donde se refugian todos los supervivientes del clan de las Damas Oscuras, su compañía se ha dedicado en las últimas semanas a recorrer el resto del territorio del clan, exterminando a todas las criaturas que encuentran a su paso y quemando todo rastro de civilización. Con Ancalagon rondando por su territorio exterior, las Damas Oscuras se han hecho fuertes en el Bosque de Aldiamanion, aunque según nuestra información, sus víveres son escasos, y no podrán soportar un largo asedio-

El silencio se adueñó de la sala del Consejo durante algunos segundos. El Duque entendió de inmediato la gravedad de la situación, y que de no detener a Ancalagon a tiempo, el destino de toda la Tierra Olvidada podría haber sido dictado. Por su parte, Hîrkhelek, se sentía a la vez apesadumbrado y furioso, pues si era grande su odio por la Oscuridad y el Clan de Udûn, aún mayor era el odio que sentía por Ancalagon, el Noldo oscuro, partícipe de la Matanza Entre Parientes de Alqualondë, y que se marchó al lejano Este al término de la Primera Edad, donde entregó su corazón a la maldad y cambió su nombre de nacimiento, Fingold, por el de Ancalagon, en honor al negro y poderoso dragón de Morgoth. Hîrkhelek, Noldo de origen aunque nacido ya en Beleriand, lo conoció brevemente en Nargothrond, cuando aún usaba su verdadero nombre, donde ambos estaban al servicio de Finrod Felagund. Hîrkhelek, al igual que la bella Silme Tindomë, de origen Vanyar, Aduelen, de origen Sindar, y el resto de los Elfos de Alto Linaje que vivían en la Tierra Olvidada no podían comprender por qué uno de los suyos había sucumbido al mal de esa forma tan atroz.

-¿Y por qué preocuparnos tanto? - exclamó de repente Hîrkhelek - Las Damas Oscuras siempre se han mostrado hostiles hacia nosotros, y por más triste que pueda resultar su situación, en el fondo tienen lo que se merecen por aliarse con esas criaturas de Udûn-

-Hîrkhelek, lo que acabas de decir no es sólo sino expresar lo que todos podríamos sentir en un primer momento, pero hay que ser conscientes de las repercusiones de una victoria de Udûn sobre las Damas Oscuras -replicó el Duque -. Yo he conocido a muchas de las líderes de las Damas Oscuras, y sí, hay muchas que sólo albergan maldad en sus corazones, pero no todas son iguales. Las hay que se encuentran engañadas, seducidas ante las falsas promesas de poder realizadas por los poderes oscuros, que realmente no creen en las acciones del Clan, y en cuyos corazones aún son capaces de albergar buenos sentimientos. Y la mayoría del pueblo se encuentra en la misma situación. Pero si Udûn triunfa, se ganará para su causa a todos aquellos que sólo tienen odio en sus corazones, y con cada día que pasen asediados, más serán los miembros del Clan que únicamente sientan odio, rabia y frustración. Un odio que muy bien podría desembocar en luchas internas, y sin duda es fácil imaginar quién vencería en esa batalla y lo que pasaría después... Udûn incorporaría a su ejército a todos aquellos de espíritu malvado dispuestos a someterse a la voluntad de las fuerzas de la Oscuridad, y ejecutaría cruelmente al resto. Si eso llegara a suceder, que Udûn aumentara sus ejércitos, sería realmente catastrófico para todas las criaturas de bien que habitamos en la Tierra Olvidada-

-Muchas gracias amigo. Nosotros también lo esperamos. La verdad es que no sabemos bien donde se encuentra la tercera compañía de Udûn, la de Ancalagon. Se encuentra en algún lugar del Oeste del territorio de Las Damas Oscuras- dijo Tar-Eärondur.

-Sí, se encuentran al Oeste del territorio de las Damas Oscuras, pero no sabemos bien dónde. Deberéis buscarlos sin esperar ninguna ayuda - dijo Vilendil, el Medio Elfo, con gesto de preocupación, pues era consciente de la dificultad de la misión que encomendaba al Duque.

-No os preocupéis, los encontraremos- replicó tajantemente Hîrkhelek.

-No tengas ninguna duda Hîrkhelek, pero será una tarea mucho más compleja de lo que han demostrado tus palabras. En primer lugar, necesitamos abastecernos y equiparnos de forma adecuada para esta misión, pues cuando llegó vuestro mensajero nos encontrábamos fuera de la Ciudadela para realizar una patrulla rutinaria- dijo el Duque.

-No os preocupéis, éramos conscientes de vuestras necesidades, y desde que el mensajero partió, hemos preparado algunos carros con las provisiones necesarias para un mes, carros que ahora mismo están bien pertrechados y de camino al campamento de la Guardia Blanca –explicó Vilendil- Además, hablamos con la Dama Isilieldel, sanadora mayor de las Casas de Curación, y aunque ella no puede partir con la Guardia Blanca, pues su ausencia sería muy llamativa, nos prometió que dos jóvenes pero habilidosas sanadoras partirían con los carros de aprovisionamiento-

-Y en cuanto al equipamiento militar que necesitaréis en vuestra misión, ya imaginamos que llegaríais ligeros, pues de otra forma no habríais podido atravesar el Paso de Cilross. Para hablar de estos asuntos, mejor será que nos acompañéis al Taller de Aulë- dijo Tar-Eärondur poniéndose en pie. Vilendil, el Duque y Hîrkhelek lo siguieron hasta el Taller de Aulë, la mayor herrería de todo el Reino, lugar de trabajo para artesanos y herreros de gran habilidad y reputación. Entre ellos había varios Elfos, aprendices de Telchar y Celebrimbor y de cuyas enseñanzas eran ahora los únicos custodios en toda Arda. Primero atravesaron la zona de la taberna, pues el Taller de Aulë tenía también la mejor taberna de todo Meluvenorë. Mientras avanzaban entre las mesas ahora vacías, dejando a la derecha la popular terraza, el Duque alcanzó a ver cómo por un segundo los ojos de Tar-Eärondur se iluminaban y centelleaban de avidez, pues sobre la barra alguien había dejado una bandeja de las famosas galletas de Radagast. No tardaron en llegar a la armería, donde Tar-Eärondur encendió una lámpara de aceite que iluminaba toda la estancia.

-Os sugiero que os llevéis estos arcos, fabricados por Handon, maestro entre los Elfos del Bosque Negro. Su mayor tamaño les da una mayor potencia y alcance, y además los hace más precisos. Aún no ha fabricado los suficientes como para distribuirlos entre todas las Compañías del Reino, pero sí tenemos un centenar de ellos, suficientes para la Guardia Blanca– dijo Vilendil.

-Muchas gracias mi señor, sin duda mis arqueros os agradecerán el presente- respondió el Duque.

Tar-Eärondur se acercó a una mesa y cogió una pequeña ballesta, de apenas medio metro de largo -También os recomiendo que os llevéis una de estas por cada soldado de la Guardia Blanca. Son armas muy útiles y sencillas de utilizar; no tienen la potencia o el alcance de una ballesta normal, pero al ser más ligeras y su tamaño menor, en las distancias cortas son más fáciles de manejar e igual de certeras y letales- Tanto Hîrkhelek como el Duque quedaron maravillados ante tal ingenio.

-Aparte de un millar de picas de doble filo, similares a las alabardas, otro millar de lanzas arrojadizas y un par de barriles de óleo, no creo que necesitemos nada más después de haber visto vuestros maravillosos ingenios- dijo el Duque, satisfecho.

Fragmento 5 por Aragorn_II

Después de comprobar cómo todo el equipamiento era cargado en un par de carromatos, y cómo al abrigo de la oscuridad de la noche partían hacia el campamento de la Guardia Blanca, el Duque y Hîrkhelek se fueron a los aposentos que para ellos habían preparado Vilendil y Tar-Eärondur. Ambos descansaron mucho, reconfortados por volver a estar en la hermosa ciudad de Meluvenorë, olvidando por unas horas los estragos causados por el huracán y los peligros que entrañaban su nueva misión. El Duque Haeré se despertó antes del alba, pues esperaba partir de la ciudad antes de que salieran las primeras luces de la mañana, evitando así que lo vieran muchos ojos indiscretos. Mientras se vestía, no pudo evitar pensar en Arándil. Sein Cair Andros aún no se había recuperado de la marcha del gran Arioch, pero habían encontrado un digno sucesor en la figura del noble y valiente Arándil, artífice de la heroica defensa de la Ciudadela frente a las hordas corsarias, hombre muy querido entre el pueblo y los soldados, responsable de grandes hazañas. Sin embargo, la trágica y desgraciada pérdida de Arándil había supuesto un duro golpe para todos los habitantes de la provincia, especialmente para Haeré, que además hubo de ceñirse la Corona Ducal. Las dudas acosaban a Haeré, pues aunque había participado en muchas batallas y había liderado en combate a la Flota Blanca en varias ocasiones, nunca había comandado a la Guardia Blanca en batalla, y esa carga lo atormentaba aún más que la responsabilidad que entrañaba la misión.

Cuando se halló listo, y después de un rápido desayuno, el Duque fue al aposento de Hîrkhelek, al que encontró preparado para partir. Bajaron hasta las caballerizas, ensillaron sus caballos y se encaminaron en silencio a las puertas de la ciudad. En su camino sólo se encontraron con algún panadero que se hallaba preparando el horno, y con algunos centinelas. El semblante de ambos, oculto por la capucha de sus capas y la oscuridad que precede al alba, era serio y reflejaba preocupación. Al llegar junto a las puertas, se encontraron con una figura ataviada con una capa oscura. Era Vilendil, que había acudido a despedirse de los caballeros de Sein Cair Andros y a hablar en privado con el Duque, pues era hombre de gran entendimiento y sabiduría, y conocía las dudas que atormentaban a Haeré. Hîrkhelek se despidió del Medio Elfo con un gesto, y cabalgó raudo hacia el campamento, para asegurarse de que todo estuviera dispuesto para la marcha. Haeré se detuvo junto a Vilendil, quien le habló así:

-Haeré, se que te acucian las dudas y te asaltan los temores de no estar a la altura de tus nobles antecesores. Crees que no te mereces ser el Duque de Sein Cair Andros y que desearías con todo tu corazón que al frente de la Guardia Blanca continuaran estando el valiente Arándil o el gran Arioch. Has de saber que Arioch siempre te tuvo en alta estima, aún más que a Arándil, y que él habría deseado que tú lo sucedieras. Él sabía de tu valor y tu coraje, así como de tu nobleza y del alto linaje del que eres un orgulloso descendiente. Debes confiar en ti mismo, en tus habilidades, que son muchas, y en tu gran corazón. Ahora, tú eres el Duque de Sein Cair Andros, uno de los Grandes del Reino Unificado y de toda la Tierra Olvidada. El Enemigo siempre ha palidecido en tu presencia, te temen, por lo que debes despejar todas tus dudas por tu bien y por el bien de la misión. Ahora, parte ya amigo mío, y que los Valar y Eru te guíen en tu búsqueda. ¡Salud, Duque Haeré!-

Vilendil se despidió con una profunda reverencia y desapareció entre las sombras, sin dar tiempo a Haeré de pronunciar una sola palabra. Y así, Haeré permaneció inmóvil por unos instantes frente a las puertas de Meluvenorë, meditando las palabras del sabio Medio Elfo. Por fin, cuando vio el resplandor del primer rayo de luz que acababa de surgir a su espalda, elevándose por entre las cimas de las Ered Meneltobas, Haeré espoleó a su caballo y galopó hacia el Norte, hacia el campamento de la Guardia Blanca. Al llegar, se encontró todo listo para la marcha. Al frente de la Compañía se hallaban Eörlin, Aduelen, Hîrkhelek y la dama Tindomë.

-Mi señor, la Guardia Blanca está preparada para partir- informó el noble Hîrkhelek – Los carros con las provisiones enviadas forman en la retaguardia de la columna, cinco en total, y en cada uno de ellos hay dos pajes y un arquero-

-¿Eso incluye el carro de las sanadoras?- preguntó el Duque, que tras las palabras del noble Vilendil había recuperado la confianza.

-Sí mi señor, tal y como prometieron los nobles Vilendil y Tar-Eärondur, en uno de los carros viajan dos sanadoras con todo lo que necesitarían para atender a los heridos de una batalla- respondió Hîrkhelek.

-Muy bien – dijo el Duque, que elevando su voz para que todos los allí presentes pudieran oírlo, arengó de este modo a sus hombres. – A todos vosotros os hablo ahora, mis hermanos de Sein Cair Andros y del Reino Unificado. Sé que todos habéis sufrido grandes penas y fatigas en los últimos meses. La tragedia ha caído sobre nosotros, pero lo que veo ahora ante mis ojos no es a una tropa cansada o desdichada, no. ¡Lo que veo ante mis ojos es a la Guardia Blanca de Sein Cair Andros! Un grupo de Hombres de bien, orgullosos, valientes, de noble corazón y espíritu elevado. Veo ante mis ojos a un millar de Hombres indomables, decididos y de férrea voluntad. Y es por eso que sé que ninguno descansará hasta hacer justicia en la Tierra Olvidada, ninguno se detendrá hasta acabar con el Mal en la Tierra Olvidada, y por lo que también se que no teméis enfrentaros a las huestes del Enemigo para conseguirlo. Pues sois la Guardia Blanca de Sein Cair Andros, y es el Enemigo el que nos teme. Vamos a emprender una larga marcha, pero sé que vuestro ánimo no decaerá aunque nuestra búsqueda nos llevara toda la vida - las palabras del Duque resonaban con fuerza entre las montañas, y consiguieron enardecer los corazones de todos sus hombres. El Duque se puso al frente de la columna y ordenó que comenzara la marcha.

-¡Adelante, Guardia Blanca de Sein Cair Andros! ¡Por el Reino Unificado!- nada más dar la orden, toda la Compañía estalló de júbilo y en gritos de alborozo y alegría. La Guardia Blanca había comenzado su marcha hacia el sur, hacia el territorio de Las Damas Oscuras.

Fragmento 6 por Aragorn_II

Abandonaron la provincia de Meluvenorë con cuidado de no acercarse a ninguna aldea, y penetraron en el Valle del Sirineldion, el Valle de los Tres Ríos, el territorio más meridional del Reino Unificado, y también el menos poblado de todos. Vadearon el río Sirhelé, y cuando se hallaban al borde de la frontera del Reino Unificado, el Duque ordenó que fueran liberados los estandartes y pendones tanto de Sein Cair Andros como del Reino, pues el Duque estimó que mientras atravesaran el Reino, era más prudente que la Compañía ocultara sus enseñas. Mientras veía cómo se desplegaban las banderas y estandartes de la Guardia Blanca, siendo el más hermoso de todos ellos el de Sein Cair Andros, una gran bandera negra con el emblema de la Estrella del Norte, la Estrella Blanca de Ocho Puntas, en su centro. Una enseña que aterrorizaba a los Udûn-Hai, pues habían conocido la furia de la Guardia Blanca al mando de Arioch. También fue desplegado el estandarte del Reino Unificado, una gran banderola azul marino, un azul intenso y profundo sobre el cual se hallaba el escudo del Reino, un escudo que simbolizaba la unión completa de todos los pueblos y razas libres de Arda. El escudo, cruzado en su parte posterior por un hacha y un arco élfico con tres flechas, tenía en su centro una espada de noble empuñadura. La espada a su vez dividía el interior del escudo en cuatro cuarteles idénticos que representaban a las cuatro razas que convivían en armonía en el Reino Unificado: Elfos, Hombres, Enanos y Maiar. En el primero de ellos, que representaba a los Primeros Nacidos, se veía una hoja dorada de mallorn junto a un tintero y una pluma, y sobre ellos, coronándolos, algunos caracteres fëanorianos. El segundo de los cuarteles, el de los Hombres, hablaba de su valor y nobleza, con un caballo blanco encabritado con un sol brillante al fondo. El tercer cuartel, el de los Enanos, mostraba en primer término un martillo golpeando metal sobre un yunque, y al fondo se podía ver un horno con fuegos ardientes. El último de los cuarteles, el que hacía referencia a los Maiar, tenía un hermoso cristal que con su intensa luz iluminaba todos los puntos cardinales. El Duque también ordenó que tanto las picas como las ballestas pequeñas fueran distribuidas entre la tropa, pues quería a todos equipados antes de abandonar el Reino. Una vez se terminó esta tarea, la Guardia Blanca abandonó el Reino y se adentró en la yerma tierra de nadie que separaba al fértil Valle del Sirineldion, del territorio más septentrional de Las Damas Oscuras, lugar donde comenzarían a buscar a la Compañía de Ancalagon.

El Duque no era ningún necio imprudente, y sabía que para una Compañía como la Guardia Blanca, el adentrarse en territorio desconocido y potencialmente hostil suponía un grave peligro. Por ello, ordenó a sus batidores, Hombres de ojos tan penetrantes como los de los Elfos y capaces de andar por cualquier terreno de forma tan silenciosa como el más sigiloso de los Hobbits, que se adelantaran y exploraran el terreno que se hallaba delante de ellos, informando regularmente al Duque de su posición y de cualquier novedad. Así, no sólo se prevenía que los Udûn-Hai atacaran por sorpresa a la Guardia Blanca, sino que también se ahorraban muchas largas horas de caminata, pues los batidores informaban de las mejores rutas a tomar. Mientras marchaban, el Duque cabalgaba silencioso y pensativo, pues en su mente trataba de dilucidar cuál sería la mejor forma de atacar a Ancalagon y a su compañía, pues estaba seguro de que cuando los hallaran, los superarían ampliamente en número.

No obstante, y pese a los planes del Duque, la Guardia Blanca tardó en encontrar cualquier pista sobre el paradero de Ancalagon. Habían pasado ya cinco días desde que entraran en el territorio de Las Damas Oscuras, y aún no habían dado con nada significativo. Un páramo sombrío se extendía hasta donde alcanzaba la vista, pues aunque era ya primavera, el cielo estaba cubierto permanentemente, consecuencia del terrible huracán que semanas atrás había barrido cruelmente la Tierra Olvidada. Al amanecer de la sexta jornada desde que dejaran atrás el territorio del Reino Unificado, los batidores que habían partido antes de que el alba naciera, regresaron al campamento, pálidos por el miedo y aterrorizados por lo que habían visto unos pocos kilómetros al sur, detrás de unas suaves colinas. A medida que se acercaban, un olor a podredumbre realmente nauseabundo inundó el aire, y aún hasta los soldados más curtidos se sintieron mareados, y muchos de ellos se detenían a vomitar el desayuno que habían tomado apenas una hora antes. A lo lejos, una gran sombra negra y gris cubría los cielos, aunque cuando se acercaron, el Duque, sus Capitanes Aduelen, Eörlin, Hîrkhelek y Tindomë, así como el resto de la tropa, descubrieron con pavor que esas sombras no eran sino grandes bandadas de buitres, cuervos y otras aves carroñeras que sobrevolaban en círculos los restos ennegrecidos de una pequeña aldea. El paisaje era realmente desolador y dantesco. No quedaba piedra sobre piedra, y tampoco había ningún árbol en pie, pues todos ellos, hermosos y altos, habían sido talados y derribados. Hîrkhelek y la dama Tindomë cabalgaban junto al Duque Haeré al frente de la columna, y los tres quedaron conmovidos y horrorizados por el tenebroso espectáculo que acababan de descubrir. Entre los restos de la aldea yacían los cuerpos mutilados, desfigurados y salvajemente descuartizados de cientos de hombres, mujeres y niños inocentes.

La Compañía detuvo su marcha ante semejante horror, y las reacciones fueron diversas. Muchos hombres, curtidos en decenas de crueles batallas, se echaban al suelo a llorar como auténticos niños por las almas de todos aquellos desdichados. Otros clamaban al cielo por justicia, pidiendo a gritos que los Valar hicieran caer sobre los Udûn-Hai el justo castigo a sus atrocidades. De toda la hueste, muy pocos fueron los Hombres capaces de controlar sus sentimientos y permanecer firmes ante un horror tan espantoso. El Duque Haeré, y sus Capitanes, aunque terriblemente afectados por semejante crueldad, recordaban a los soldados que estaban allí en una misión y que tenían un deber que cumplir. No sin dificultad, la columna volvió a formarse, y la Guardia Blanca reemprendió la marcha, ahora con un celo aún mayor, y con el doble de batidores explorando las cercanías en busca de alguna señal que indicara el paradero o la dirección de los Udûn-Hai.

Fragmento 7 por Aragorn_II

Cuando la oscuridad cayó sobre ellos, la Compañía acampó cerca de la ribera septentrional del río Alcarduin. Los soldados habían montado sus tiendas, pues aunque no hacía un frío excesivo en esa época del año, no era recomendable dormir al raso en esas tierras. Después de la cena, pero antes de sucumbir al cansancio, los soldados aprovechaban para afilar tanto las espadas como las picas y limpiar las armaduras y los yelmos, hechos de una resistente aleación de mithril y plata. Y cuando los hombres por fin eran vencidos por el cansancio, muchos eran atormentados en sueños con las terribles maldades que habían presenciado por la mañana, y eso encogía sus corazones. Avanzada la noche, cuando el campamente se hubo sumido en el más absoluto de los silencios, el Duque y sus Capitanes continuaban hablando y discutiendo de la siguiente forma.

-Mi Duque, ¿cómo sabéis que encontraremos a las tropas de Udûn por aquí?- preguntó el noble y valiente Hîrkhelek, quien a pesar de su coraje y bravura, nunca se había enfrentado en batalla a los Udûn-Hai. La verdad, es que a excepción del Duque Haeré, quien los había combatido a las órdenes de Arioch años atrás, ninguno de los Capitanes se había enfrentado a ellos.

-Ya os lo dije cuando partimos de Meluvenorë, mi buen amigo, aunque después de lo que hemos visto en el día de hoy, aquella jornada acampados al abrigo de las Ered Meneltobas parece muy lejana y distante. Sabemos que la compañía de Ancalagon atacó a traición a Las Damas Oscuras hace un par de semanas, obligando a todo el Clan a refugiarse en el Bosque de Aldiamanion. Ancalagon y su compañía siguen en estas tierras, saqueando todo lo que se encuentran a su paso y exterminando a todo ser vivo- respondió el Duque con aire grave en el rostro.

-¿Y por qué Ancalagon, cuyo nombre sea maldito siempre, no ataca el Bosque de Aldiamanion?- preguntó la hermosa y valiente dama Silme Tindomë.

-El Bosque de Aldiamanion es el corazón del territorio de Las Damas Oscuras, allí es donde vive la mayoría del Clan, y por ello está fortificado y muy fuertemente defendido. Haría falta un ejército muy numeroso para tomar al asalto el Bosque y someter completamente a Las Damas Oscuras. No obstante, ahora mismo Las Damas Oscuras sólo pueden defender sus posiciones. No saben exactamente dónde se encuentra Ancalagon, y aunque aún no ha iniciado un cerco al Bosque, seguro que tiene espías alrededor, por lo que no pueden enviar compañías reducidas en busca de auxilio, pues serían cazadas y exterminadas con gran facilidad por las huestes de Udûn, y tampoco pueden enviar al grueso de su ejército a hacer frente a los Udûn-Hai, pues dejarían desprotegido el Bosque, y no dudéis que Ancalagon aprovecharía la ocasión para asaltarlo- volvió a responder el Duque.

-Entonces, no entiendo por qué no incendia el Bosque y acaba con Las Damas Oscuras- terció Eörlin, cuyo comentario sorprendió a Tindomë y a Hîrkhelek.

-Ten por seguro que lo habrá intentado ya muchas veces, mi buen amigo Eörlin- replicó afablemente el Duque Haeré. Pero los bosques de estas tierras están protegidos por muchos encantamientos muy poderosos, realizados por las más sabias hechiceras Elfas de Las Damas Oscuras. Estos encantamientos impiden que los bosques puedan arder de forma intencionada, y aún es muy difícil que se llegue a declarar un incendio en cualquiera de las muchas arboledas que hay en esta parte de la Tierra Olvidada, aunque caigan en ellas una docena de rayos- después de las palabras del Duque, el silencio se adueñó de ellos, y todos fueron asaltados por las atrocidades que habían visto en la mañana. No tardaron en irse a dormir, aunque fue al propio Haeré a quien más le costó conciliar el sueño, pues sabía bien hasta dónde llegaba la crueldad de los Udûn-Hai.