Historia privada
Dagornandréd
Cuando las primeras luces del día despuntaron por el lejano Este, los soldados despertaron y, tras un desayuno frugal, la Guardia Blanca reemprendió la marcha. Antes del mediodía, la Compañía cruzó el caudaloso río Alcarduin por el vado que había en su recodo Sur, y continuó avanzando hacia el Suroeste. Pasaron varios días, y aún no había ningún rastro o indicio de los Udûn-Hai. El Duque marchaba al frente de la Compañía a lomos de su hermoso corcel negro, y aunque su semblante no lo reflejaba, comenzaba a preocuparle el no tener indicios sobre el paradero de la Compañía de Ancalagon. El Duque se hallaba meditando sobre estos asuntos, cuando uno de los más expertos batidores se acercó raudo hacia él.
-Mi Duque, he encontrado el rastro de una gran hueste de Udûn, sin duda ha de ser la del vil Ancalagon- exclamó casi sin aliento Erundil, pues así se llamaba el batidor.
-¿Dónde hallaste el rastro?- preguntó el Duque, cuyo corazón se había enardecido con las nuevas.
-Un par de millas hacia el Suroeste de nuestra posición, mi señor. El rastro proviene del Oeste y toma rumbo hacia el Sur. No pueden hallarse muy lejos, es un rastro fresco que no tendrá más de día y medio. Calculo que se trata de una hueste de al menos dos mil efectivos… puede que tres mil- replicó Erundil, y esto último lo dijo en un tono de voz más bajo, para que sólo lo pudieran oír el Duque y sus Capitanes.
-Muchas gracias por tus servicios, y alabada sea tu vista y tu habilidad, gentil Erundil, pues nos has traído buenas noticias cuando más las necesitábamos –En verdad, al Duque ahora no le preocupaba que la Compañía de Ancalagon les doblase en número, algo que temía desde que partieron de Meluvenorë, sino que se sentía profundamente aliviado de haber encontrado por fin lo que con tanto ahínco buscaban- Ahora guíanos hasta donde hallaste el rastro-
-Al fin, después de tantas jornadas de búsqueda infructuosa, el día en que la justicia caerá sobre Ancalagon y los suyos está cercano- clamó Aduelen, y muchos de los hombres que se encontraban junto a él clamaron también, pues las nuevas les habían renovado las fuerzas.
-Desde luego que sí mi querido Aduelen, pero no obstante mejor es dejar las celebraciones hasta después de la batalla. En las próximas jornadas, más nos valdrá marchar veloces y en completo silencio, para no alertar a Ancalagon y que nos tienda una emboscada- habló el Duque, frenando el desbordado optimismo de la tropa y devolviéndola a la realidad- Por fortuna, la nauseabunda podredumbre que domina esta región enmascarará también nuestro olor, evitando así que los Udûn-Hai se percaten de nuestra presencia-
A todos les parecieron sabias y prudentes las palabras del Duque Haeré, y desde entonces la Guardia Blanca marchó en el más absoluto silencio. El Duque ordenó al resto de batidores que siguieran también el rastro descubierto por Erundil, y los más expertos de todos, con el propio Erundil a la cabeza, se adelantaron para localizar la ubicación de Ancalagon. Antes de la caída de la noche, la Guardia Blanca llegó a un pequeño aunque abrupto valle que se abría hacia el Sur. A su derecha se amontonaban un grupo de colinas, no muy elevadas en altura pero con pendientes abruptas y muchas cuevas, y tras ellas, hacia el Oeste, se abría un profundo acantilado por el que corría ruidoso un pequeño arroyo, uno de los afluentes menores del Alcarduin. Mientras, a la izquierda se extendía varios kilómetros hacia el Sur una densa y frondosa arboleda.
-Un lugar perfecto para una emboscada, si se planea bien- se dijo a sí mismo el Duque, y en su mente comenzó a cavilar un plan. Sabía que un ataque frontal a un enemigo superior en número era poco menos que un suicidio, y también sabía que aunque las criaturas de Udûn no eran muy hábiles ni astutas, Ancalagon sí lo era en extremo, y nunca se dejaría atacar por sorpresa en medio de una marcha. Por ello el Duque comenzó a pensar en que la única forma de enfrentarse a Ancalagon con alguna posibilidad de salir victorioso era tenderle una emboscada a su Compañía en ese valle. Atraerle hasta ellos de alguna forma desde el Sur, quizás permitiendo que sus exploradores descubrieran la posición de la Guardia Blanca y, fingiendo una retirada, atraerle hasta el valle. Mientras la Compañía se preparaba para pasar la noche en el valle, al abrigo de la arboleda, el Duque aprovechó las últimas luces del día para inspeccionar mejor el terreno. En el centro del valle halló una pequeña loma, y varios cientos de metros más adelante, se encontró con el lecho seco de un riachuelo que en tiempos inmemoriales bajaba desde las colinas hasta la arboleda. También descubrió que antes de llegar a los lindes de la foresta, el cauce se detenía y arremolinaba en una leve hondonada, formando una pequeña laguna. Haeré se imaginó aquel lugar cuando el agua aún corría desde las colinas, cuando estas apacibles y hermosas tierras aún no conocían el horror de la guerra ni habían sucumbido a la presencia oscura del Mal.
Pero el Duque no podía vacilar en su misión, y con tristeza desechó esos pensamientos, y cuando volvió para reunirse con sus Capitanes ya tenía el plan bien trazado en su mente. Al abrigo de la oscuridad, pues desde que abandonaron el territorio del Reino el Duque había prohibido que se encendiera ninguna hoguera, Haeré habló así a sus Capitanes, los nobles Hîrkhelek, Eörlin, Aduelen y Tindomë.
-Todos nos imaginábamos que ésta sería una misión ardua, y que si la búsqueda supondría toda una hazaña, la batalla que se libraría con las infames criaturas de Udûn sería digna de los cantos de los Días Antiguos- así habló Haeré, y todos estuvieron de acuerdo.
-La Compañía de Ancalagon nos supera ampliamente en número, nos duplica y puede hasta triplicarnos, por los informes de Erundil. Un ataque frontal sólo nos depararía una más que humillante derrota y una muerte penosa. Y Ancalagon es lo suficientemente astuto como para no dejar desguarnecidos sus flancos en territorio enemigo, aún cuando éste parece enteramente conquistado, como es el caso. Por lo que nunca lo encontraríamos totalmente desprevenido- prosiguió el Duque.
-Cierto es mi señor. Pero entonces, ¿qué haremos? Ninguna de las opciones que se han planteado es buena, y creo que la retirada no está en la mente ni en el corazón de nadie en esta Compañía- replicó Hîrkhelek, que desde que conoció el ataque a sus hermanos de J.E.O. ardía en deseos de entrar en batalla contra el Enemigo.
-La Guardia Blanca nunca aceptaría una retirada deshonrosa y cobarde, antes preferirían la gloria que otorga el caer en una batalla perdida de antemano- replicó Aduelen.
-Por supuesto, y ¡qué más lejos de mi intención era el sugerir semejante cosa! No mis queridos amigos. Al llegar a este valle mi mente comenzó a urdir un plan, audaz y sin duda terriblemente arriesgado y en el que muchas cosas podrían salir mal y llevarnos a todos a la ruina. Más sin embargo es un plan que nos ofrece una posibilidad de victoria. Hemos de conseguir atraer aquí a Ancalagon, donde le estaremos esperando y le habremos tendido una emboscada- habló el Duque ante el asombro de sus Capitanes.
-Ancalagon es astuto y muy hábil, pero también ha de haberse vuelto confiado por las victorias que ha conseguido prácticamente sin oposición en estas tierras. Sin duda, al amanecer nuestros batidores habrán hallado la posición de su hueste, y así comenzará nuestra pequeña representación. Ya no enviaremos a los batidores de uno en uno, sino que marcharán en un pequeño grupo, y no serán tan cuidadosos en cubrir sus huellas. Más al contrario, dejarán un pequeño rastro para que lo hallen y lo sigan los exploradores de los Udûn-Hai. Éstos no tardarán en darse de bruces con nuestros batidores, a los que creerán desprevenidos, y los atacarán. Evidentemente no estarán desprevenidos, aunque sí han de parecerlo, y seguramente rechazarán con facilidad a los Udûn-Hai, dejando al menos a uno vivo para que informe de su paradero a Ancalagon. Una vez todos nuestros batidores hayan regresado a la Compañía, emprenderemos la retirada, pues buscaríamos otro lugar más apropiado para combatir que el campo abierto, llevando así a Ancalagon hasta este valle. Calculo que si somos rápidos, mañana a mediodía, los exploradores de los Udûn-Hai den con nuestros batidores, y que a estas horas estaríamos de nuevo en el valle, preparados para la batalla con las primeras luces del alba-
Los Capitanes de Sein Cair Andros no terminaban de salir del asombro causado por las palabras del Duque, aunque a todos ellos se les inflamó el corazón, y hubieran jurado que sintieron entre ellos el espíritu del noble Arioch.
-Es un plan audaz mi Duque- dijo la hermosa dama Tindomë-, pero aunque consigamos atraer a los Udûn-Hai a este valle, impidiendo así que nos pudieran rodear con facilidad, seguiríamos estando en una gran desventaja-
-Cierto es también lo que decís mi señora, y con ello también contaba. Por ello esta noche hemos de dividir nuestros efectivos. Vos partiréis con ciento cincuenta soldados y un grupo de veinticinco arqueros hacia la arboleda, donde permaneceréis emboscados hasta que nos veáis aparecer con Ancalagon siguiendo nuestra estela. Los Udûn-Hai temen a los bosques de estas tierras, y no se atreven a entrar en ellos, ni aún el mismísimo Ancalagon ni los Elfos oscuros que lo acompañan. No obstante, los peligros del bosque no os afectarán ni a vos, una noble y poderosa doncella Elfo, ni a los hombres o Elfos que os acompañen. Y vos, mi buen amigo Aduelen, haréis lo propio, pero ocultándoos en las cuevas de las cimas que se extienden hacia el Oeste. Allí podréis esperar sin ser vistos, ocultando el resplandor de vuestros yelmos y armaduras con las capas- así habló el Duque, quien parecía hablar con la voz del guerrero Arioch, que siempre tuvo en muy alta estima a Haeré.
-Mi señor, en ese caso sólo quedaremos setecientos soldados y cincuenta arqueros para contener la embestida de los Udûn-Hai, que en el mejor de los casos nos triplicarían en número. Aún cuando Tindomë y Aduelen cayeran sobre sus flancos y su retaguardia, y como bien habéis dicho antes es muy difícil que Ancalagon deje totalmente desprotegidos, la lucha será imposible de ganar- replicó Eörlin.
-Así es mi buen amigo, y sin duda el plan que he expuesto hasta ahora no es muy alentador. Pero permitidme que concluya de esbozar mi estrategia. Desde luego que veo harto difícil conseguir coger desprevenidos los flancos y la retaguardia de la Compañía de Ancalagon, más no creo que sea una empresa complicada. A diferencia de la nuestra, la suya es una hueste muy poco uniforme, en la que hay muchos Hombres, Enanos y Elfos oscuros, y muchas criaturas innombrables creadas por la maldad del Enemigo en tiempos remotos, pero en ella también hay muchos orcos y trasgos descerebrados, que sólo son útiles si son bien guiados en la batalla. Sin duda Ancalagon temerá una emboscada cuando descubra que la Guardia Blanca le espera en un lugar tan propicio para una trampa como es este valle. Y querrá asegurarse de ello, y viéndose tan superior en número, no creo que ataque con todos sus efectivos, sino que primero enviará a aquellos a los que considera prescindibles, a los orcos y trasgos, no queriendo arriesgar a sus mejores soldados en lo que podría ser una rápida victoria conquistada por los menores entre sus orcos y trasgos. Pero ante esa primera acometida, ni vos Tindomë, ni vos Aduelen, debéis mostraros, a menos que la suerte se nos haya vuelto adversa y la derrota y el fin estén cercanos. Nos organizaremos en dos líneas de defensa, de trescientos hombres cada una, cubriendo así casi todo el ancho del valle. La primera línea, a cuyo frente me hallaré yo, nos situaremos justo delante de la pequeña loma de más adelante, y la segunda línea justo sobre ella. Enterraremos muchas picas y nosotros empuñaremos las picas de doble filo, mientras que sujetos bien firmes en nuestros brazos se hallarán los fuertes escudos forjados con los secretos de Arioch, con los que contendremos el furor de las primeras embestidas. Mientras, los hombres de la segunda fila, que estarán bajo tu sabio mando Hîrkhelek, ayudaréis a rechazar a las inmundas criaturas con vuestras picas y vuestras ballestas, que no habréis de disparar hasta que la primera horda se halle a menos de cinco metros de la primera línea. Espero que su primera carga sea un fracaso, y que tras un comienzo tan desalentador, retrocedan por unos instantes, lo cual nos dará tiempo para reagruparnos, si fuera necesario. Evidentemente, nuestros arqueros harán caer sobre sus cabezas una constante lluvia de flechas, y de su precisión y buen tino también depende en buena medida el éxito de la batalla- habló el Duque.
-Muy bien mi Duque, aunque me gustaría más estar junto a vos en la primera línea de defensa. Pero, por favor, aclaradme una duda, ¿dónde se hallarán los otros cien hombres de la Compañía?- preguntó Hîrkhelek.
-Se hallarán detrás de la segunda línea de defensa, como unidad de apoyo, para reemplazar a los caídos tanto de la primera como de la segunda línea de defensa. Su participación en la batalla será vital, y por ello has de estar al mando de ellos, mi buen Eörlin. Y mientras tanto, arrojando sobre las cabezas de los enemigos todas las lanzas de que dispongamos, pues tanto las picas como las lanzas quedarán dispuestas cerca del frente, y los pajes que nos siguieron desde Meluvenorë serán los encargados de proporcionarlas allí donde sean necesarias- el Duque hizo una pequeña pausa para beber un trago de agua y dar un bocado a la fruta que le servía de cena- Sin embargo, no podremos contener de forma indefinida las cargas de los Udûn-Hai, porque tarde o temprano el propio Ancalagon arderá lleno de irá y ordenará a toda su hueste cargar, y esa embestida sí que no podremos aguantarla. Por lo que debemos ser nosotros los que tomemos la iniciativa, atacar aprovechando algún momento en que los orcos y trasgos retrocedan y se dispersen, pues cuantas más veces carguen y sean rechazados, más les costará a los cabecillas guiarlos hacia nuestras afiladas lanzas y picas. Tomándolos por sorpresa y empujándolos a su perdición, pues unos cientos de metros más adelante se halla el lecho seco de una pequeña laguna, y allí hemos de empujarlos. Pero el cauce no estará seco, os lo aseguro- el Duque hizo una nueva pausa- Mientras fortificamos nuestras defensas, al cobijo de la oscuridad de la próxima noche, llenaremos con agua el lecho de la laguna, y sobre el agua verteremos todo el óleo que trajimos desde Olostion, colocando leños en sus extremos para que no se desborde. Pero volviendo a la batalla, en el momento en que tomemos ventaja de su indecisión y titubeo, cargaremos contra los orcos y los trasgos, a los que sin duda la visión de la Guardia Blanca cargando contra ellos, y al frente el estandarte de la Estrella Blanca de Ocho Puntas de Sein Cair Andros, les hará caer en el pánico, y desoyendo a sus cabecillas, huirán hacia el resto de su Compañía, hacia la laguna. Y en ese momento, los arqueros lanzarán sobre la laguna sus flechas incendiarias, y la llamarada resultante abrasará vivos a todos los que se encuentren en ella y correrán en muchas direcciones, propagando el fuego entre sus viles semejantes. Y a los que no estén en la laguna en el momento de la llamarada les invadirá un temor aún mayor, y quedarán paralizados y no sabrán qué hacer, y será fácil empujarlos a los rescoldos del fuego o abatirlos con nuestras picas y espadas. Cuando esa primera oleada de enemigos haya sido diezmada, nos reagruparemos a nuestras posiciones iniciales, y aguardaremos la furia de Ancalagon, que será inimaginable. Cuando cargue contra nosotros, lo hará completamente cegado por la ira y el odio, y en su mente no pensará sino en nuestra total aniquilación, sin preocuparse de proteger sus flancos o su retaguardia. Y será ése el momento, antes de que alcance nuestras posiciones, para que vos, Tindomë, y vos Aduelen, y los soldados bajo vuestro mando, entréis en combate. Vuestros arqueros comenzarán a disparar a discreción, y sin dar tiempo a que reaccionen, cargaréis contra sus flancos y su retaguardia, y muchas de las inmundas criaturas de Udûn caerán antes de saber siquiera qué ocurre. Nuestros arqueros se unirán a los tuyos Aduelen, pues desde las cuevas en las colinas podrán seguir disparando contra los Udûn-Hai en medio de la batalla sin temor a que sus flechas nos alcancen. En cambio, tus arqueros –habló mirando a Tindomë en ese momento- deberán seguir ocultos en el bosque pero avanzando hacia el Sur, esperando para cortar la retirada del Enemigo. Éste es el plan completo, y como os dije, es audaz, pero muy arriesgado, y de hecho es más probable que todas nuestras fatigas acaben en un triste final, pues para que salgamos victoriosos nada ha de torcerse y hemos de contar con la gracia de los Valar de nuestro lado-
Cuando el Duque terminó de hablar, el silencio se adueñó de los Capitanes, que habían escuchado atentamente a Haeré, en la penumbra de la oscuridad. Y aunque sólo un loco sería el que cuestionara su valor, coraje o lealtad, no pudieron evitar sentir angustia en sus corazones, pues los negros pensamientos de la derrota pasaron por sus mentes, ideas que en la negrura de la noche se hacen más poderosas y difíciles de apartar. Sin embargo, pasados unos minutos, el espíritu indomable de los Capitanes venció en esa terrible lucha que tenía lugar en su alma, y fue Hîrkhelek el primero en hablar, pues ya nada deseaba más que el enfrentamiento con las huestes de Ancalagon.
-¡Que así sea, mi Duque! ¡La gracia de los Valar y aún la de Ilúvatar nos iluminará y guiará a nuestros espíritus, y más importante aún, a nuestras espadas! ¡Gloria al Reino Unificado! ¡Y gloria al Duque de Sein Cair Andros, que nunca cayó en batalla alguna!
-¡Gloria al Reino Unificado y al Duque de Sein Cair Andros- gritaron al unísono Eörlin, Aduelen y Tindomë. Afortunadamente, se habían alejado bastante del campamento, y sus soldados, que ya eran presa del sueño, no pudieron oírles.
-Ahora debemos descansar, mañana nos espera una dura jornada, quizás la más dura de nuestras vidas. Actuad con normalidad, nada de lo que se ha hablado aquí debe saberse hasta llegada la hora adecuada. Antes del amanecer, le explicaré a Erundil lo que debe hacer. Ahora, mis buenos Capitanes, bravos y leales amigos, ¡id a descansar!- después de las palabras del Duque, regresaron con él al campamento, y allí pasaron la noche, entre sueños de gloriosas hazañas en el campo de batalla que serían convertidas en grandes leyendas con el paso de los años, hazañas que serían cantadas en las Edades venideras hasta el fin del mundo. Pero el Duque no compartía esos sueños, pues era atormentado por negras visiones que hablaban de la amarga derrota y la ignominiosa muerte que los aguardaban si no actuaban con diligencia. Y aún tuvo sueños más oscuros, sobre la ruina que caería sobre el Reino Unificado y toda la Tierra Olvidada si no alcanzaban el éxito. Y al despertar, antes de que los primeros rayos de luz despuntaran por el Este, Haeré estaba intranquilo por el recuerdo de sus sueños que, si bien eran producto único de su alma o enviados a su ser por algún hechizo del Mal, nunca lo supo. Pero el Duque no tardó en recuperar el aplomo y la serenidad, pues al fondo del valle vio una figura borrosa. Parecía un hombre que lo miraba fijamente, y alzando una espada negra rió sonoramente. Era una risa grave y sonora, pero no era una risotada desafiante ni en ella se apreciaba signos de maldad. Más bien parecía una risa jovial, llena de alegría y orgullo. Una risa que le era muy conocida a Haeré, pues la había escuchado en innumerables ocasiones en el campo de batalla o en Minien Mindon, la Torre de Sein Cair Andros. Pero era imposible, pues Haeré hubiera jurado que la figura que creyó ver era la de Arioch, que lo miraba con sus penetrantes ojos verdes, y que alzaba a Tormentosa para desearle suerte en la batalla.
Fuera sólo un producto de la mente de alguien que se acababa de despertar súbitamente de un sueño oscuro, o fuera una visión real de Arioch, el pesar y la duda que oprimían el corazón de Haeré desaparecieron como por arte de magia, y ya no tuvo de nuevo otros pensamientos de esa índole en todo el día. Tras un breve desayuno, el Duque fue a ver a Erundil y le contó su plan, pues confiaba en el joven batidor.
-¡Un gran plan mi Duque! No dudéis que encontraremos el paradero de los Udûn-Hai con rapidez, pues el rastro que seguía ayer tomaba rumbo Suroeste y las huellas hacían indicar que habían comenzado a aminorar la marcha, seguramente para detenerse en algún lugar para acampar. Partiré enseguida con otros cuatro hombres, y cuando demos con esas criaturas innombrables, sabremos captar la atención de sus exploradores y atraerlos hacia nuestra posición fácilmente. Y aunque a su vista parezca que nos han sorprendido, ¡no será así!- respondió Erundil.
-No lo dudo, pero recordad, debéis dejar al menos a uno vivo. O por lo menos, que viva lo suficiente para que pueda informar a Ancalagon- dijo el Duque con una sonrisa en sus labios. Erundil asintió, y partió raudo con sus hombres. Mientras veía cómo Erundil y su grupo se alejaban, el Duque fue a hablar con sus Capitanes, quienes ya se habían despertado y estaban tomando un frugal desayuno junto al lindero de la pequeña arboleda. Los rayos de Anar se filtraban por entre las copas de los árboles, creando un maravilloso paisaje de sombras en el suelo. Una vez estuvo con ellos, el Duque habló:
-Extraños sueños y visiones he tenido esta noche, y aun después de haberme despertado. No se si serán algún tipo de presagio, pero creo que en mi se ha despertado la cautela, y por ello quería hablaros. Tindomë, Aduelen, antes de que partáis con vuestros hombres hay algo que quería deciros. No hay nada de honor en combatir en una batalla cuando no queda esperanza alguna de victoria o tan siquiera la remota posibilidad de una retirada honrosa. Por ello, si en su primer asalto, los Udûn-Hai consiguieran atravesar nuestras defensas, os pido, y así querría que también se lo comunicarais a vuestros soldados, que permanezcáis ocultos, en el bosque y en las cuevas, sin dar ningún indicio de vuestra presencia en el campo de batalla – y antes de que pudieran protestar, el Duque alzó la mano, acallándolos- Os lo ruego, es una orden, y en esto no quiero discusión alguna. Si llegara a darse el peor escenario de todos, y Eru no lo quiera, Hïrkhelek y yo nos reagruparíamos para establecer una nueva defensa impidiendo el avance del enemigo, dando así una oportunidad a que los demás pudieran retirarse a salvo. Llegado el momento tú, mi buen Eörlin, al mando de la reserva, deberías partir inmediatamente con tus soldados, las sanadoras y los heridos hacia el bosque de Aldiamanion. Está apenas a media jornada de distancia a paso normal, pero nos aseguraríamos de que los Udûn-Hai no pudieran alcanzaros antes de llegar a él. Allí podríais parlamentar con Las Damas Oscuras, informarles de la batalla y de la posición de Ancalagon, y reunir un ejército para hacerle frente – ante la mirada de desconfianza de Eörlin, el Duque agregó- Sí, lo sé, si otras fueran las circunstancias yo tampoco confiaría en ellas, pero no creo que haya más opciones. Aunque no se atrevieran a reunir un ejército, Las Damas Oscuras sí os darán cobijo y alimentos, -y mirando a Tindomë y a Aduelen-, tarde o temprano, en un par de días a lo sumo, los Udûn-Hai abandonarían el valle, por lo que vos, Tindomë, y vos, Aduelen, podríais ir al encuentro de Eörlin y regresar juntos al Reino. No habéis de sacrificaros de una forma inútil cuando podéis evitarlo, cuando tenéis una posibilidad de volver al Reino y continuar luchando-
Aunque las palabras del Duque hicieron mella en sus corazones, la voluntad de Hïrkhelek, Tindomë, Aduelen y Eörlin seguía siendo inquebrantable, y ninguno de ellos fue asaltado por los negros pensamientos de la derrota. Eran líderes natos, guerreros de gran renombre en toda Arda que habían participado en innumerables batallas, y sabían que las palabras del Duque eran justas y prudentes, y que en ellas había gran sabiduría. Por ello, rápidamente dejaron atrás toda pesadumbre, sus corazones se revitalizaron, y fueron inundados por una extraña sensación de confianza y seguridad. Terminaron su breve desayuno, repasaron con el Duque los planes de batalla, y Tindomë y Aduelen fueron a buscar a sus soldados. Menos de una hora les llevó reunirlos y guiarlos hasta las posiciones donde debían aguardar hasta la mañana siguiente. Tindomë fue la primera en entrar en la pequeña arboleda, y bajo su protección, ninguno de sus soldados habría de temer a los árboles ni a ninguna de las criaturas que allí moraban. Desplegó a sus hombres en una larga hilera que corría paralela a los límites de la floresta, dejando a los arqueros en primer lugar, lo suficientemente cerca del lindero como para ver todo lo que sucedía en el valle, pero lo bastante alejados como para no ser vistos por ojos extraños. Por su parte, Aduelen no tardó en hallar cuevas, repisas y senderos suficientes en las colinas como para ocultar a sus tropas sin que éstas pudieran ser vistas desde el valle. Igual que hiciera Tindomë, Aduelen también ordenó a sus hombres que cubrieran los brillantes yelmos y las relucientes armaduras con las capas de montaraces de la Compañía, evitando así que cualquier inoportuno reflejo pudiera delatar su posición.
Mientras Tindomë y Aduelen preparaban a sus soldados, Hîrkhelek y Eörlin hablaban con sus lugartenientes, para informar al resto de la Compañía del plan del Duque. Poco después, la Guardia Blanca ya estaba en marcha, siguiendo el rastro que los conducía hacia el Suroeste. Como el día anterior, fue una marcha silenciosa, aunque las miradas del Duque y las de Eörlin, y muy especialmente la de su gran amigo Hîrkhelek, se cruzaban con frecuencia. Mientras tanto, Erundil y sus compañeros encontraron a la hueste de Ancalagon, resguardada en los cerros de Amon Fëaron, apenas un par de kilómetros al Suroeste de donde marchaba la Guardia Blanca. Sin problema alguno, fueron capaces de averiguar el número y tipo de efectivos con los que contaba la Compañía de Udûn-Hai.
-Recordad todos esta información, pues es vital que llegue al Duque, y si yo cayera, nadie más podría proporcionársela. Ancalagon cuenta con unos dos mil doscientos efectivos, y entre sus filas apenas se cuentan arqueros- dijo Erundil.
-Qué extraño, partir a la guerra y no llevar casi arqueros- replicó Meneldor, uno de los compañeros de Erundil.
-Gracias a Ilúvatar sólo eres un batidor, como yo, y tú no eres el que dicta el destino de la Compañía o elabora el plan de batalla. Para atacar los territorios de Las Damas Oscuras que se extienden alrededor del bosque de Aldiamanion no precisaban de arqueros, pues su plan no era combatir a campo abierto con sus ejércitos, pues tarde o temprano serían derrotados sin refuerzos. Su estrategia era simple, pero por lo que hemos podido ver en nuestro camino, eficaz: atacar a traición y en sigilo cada aldea, villa y puesto fortificado que hallaran en su camino, sin dejar supervivientes. Nadie pudo avisar a las líderes del Clan del ataque, y cuando se enteraron, ya era demasiado tarde, no podían enviar a sus ejércitos pues se arriesgaban a dejar indefenso el bosque de Aldiamanion, para que Ancalagon lo atacara y saqueara a placer. Pero dejémonos de historias, que nuestra misión no consiste en hablar, sino en actuar con presteza. ¡Localicemos a sus exploradores y atraigámosles hacia nuestra posición-
Tras las palabras de Erundil, los cinco valientes batidores comenzaron a explorar el terreno a su alrededor en busca de los exploradores de los Udûn-Hai. No tardaron en dar con ellos, y no les fue difícil crear un rastro que, aun habiendo ocultando sus huellas, pudieran hallar los Udûnitas. Y así fue como ocurrió. El grupo de Udûn-Hai formado por tres orcos, dos hombres que parecían sureños y un Elfo oscuro, que comandaba la unidad, encontraron el rastro dejado por Erundil en un saliente de la roca, y sospecharon que podía tratarse de un grupo de espías enviados por Las Damas Oscuras, para conocer su ubicación y su número. Siguieron con cautela el rastro por entre los tortuosos senderos del cerro, y en una pequeña hondonada fue donde hallaron a Erundil y sus compañeros, y los maldijeron. Y creyéndolos desprevenidos, se abalanzaron sobre ellos. ¡Pero qué grande fue su sorpresa al ver que bajo las capas de montaraces, esos espías llevaban la reluciente armadura de la Guardia Blanca de Sein Cair Andros! Y la visión de la Estrella del Norte, la Estrella Blanca de Ocho Puntas les aterrorizó, y frenaron el ímpetu de su ataque, lo justo para que Erundil y sus compañeros desenvainaran sus espadas y tomaran por sorpresa a los Udûn-Hai. Antes de que pudieran defenderse de los golpes que los valientes hombres de Erundil les asestaban, los dos orcos habían caído muertos. Erundil se lanzó a luchar contra el Elfo oscuro, mientras que sus dos compañeros hacían frente a los sureños que intentaban escapar, y los dos que dieron muerte a los orcos ya se habían colocado de tal forma que impedía su huida. El Elfo ofrecía un heroico combate a Erundil, quien atacaba con gran fiereza, pues era un diestro maestro con la espada. Sin embargo, la suerte le era esquiva al joven y valiente batidor de Sein Cair Andros, pues el Elfo siempre conseguía repeler sus estocadas en el último momento. Y sin que él lo advirtiera, mientras se defendía con la diestra, el Elfo sacó una pequeña daga con la siniestra, dio una patada al suelo, y muchos guijarros fueron a caer sobre el rostro y ojos de Erundil, haciéndole perder ligeramente el equilibrio y provocando que bajara la guardia apenas un segundo, segundo que aprovechó el Elfo para abalanzarse sobre él, hundiéndole la oscura daga en su costado, a la altura del pulmón. Los cuatro compañeros ya habían acabado con los sureños, y observaron con gran tristeza cómo su líder caía de forma tan vil. Ya estaban dispuestos a caer sobre el Udûn-Hai para vengar la muerte de su amigo, cuando el Elfo dio un salto hacia la senda por la que había venido llamando a gritos a sus compañeros. Iban a perseguirle cuando Erundil, moribundo, habló:
-¡No seáis insensatos amigos míos! Aunque le deis caza, ya ha alertado a todos los demás de nuestra posición, que era nuestro objetivo. Tenéis poco tiempo que perder, pues estos cerros estarán plagados de Udûn-Hai en pocos minutos. Coged mi ballesta, pues no deben encontrarla esas horribles criaturas, y llevaos también mi espada, pues no quiero que estas inmundas criaturas la toquen. Entregádsela a las sanadoras de Meluvenorë y que ellas se la lleven a mi familia en el Norte. ¡Adiós amigos!- Los compañeros de Erundil lloraron amargamente la pérdida de su amigo, pero haciendo caso de sus prudentes palabras, recogieron la pequeña ballesta y la noble espada, así como un colgante que llevaba en su cuello, y partieron raudos hacia donde marchaba la Guardia Blanca.
Poco erró el Duque Haeré en sus cálculos, pues fue apenas una hora después del mediodía cuando vio aparecer detrás de una pequeña loma a los cuatro batidores que corrían veloces como el viento. Uno de ellos se acercó al Duque, mientras los otros caminaban hacia la retaguardia, donde marchaban los carros de las sanadoras. El Duque se entristeció al no ver a Erundil entre los que regresaban, y supo entonces que había muerto. En ese momento, el joven soldado que se acercó a él, le habló así:
-¡Salve mi Duque! Mi nombre es Meneldor, y formaba parte del grupo de Erundil que debía hallar el paradero de la hueste de Ancalagon. Hace apenas dos horas que escapamos del campamento de los Udûn-Hai, que se encuentra al abrigo de los cerros de Amon Fëaron, que están a unos pocos kilómetros al Suroeste de aquí- dijo el soldado, señalando a un grupo de pendientes a lo lejos- Mi señor, la Compañía cuenta con unos dos mil doscientos efectivos, en su gran mayoría orcos y trasgos, pero también hay un número considerable de otras criaturas, como Enanos, Hombres -sureños hoscos en su mayoría-, y Elfos oscuros. No cuentan casi con arqueros, y según Erundil, se trata de un ejército no muy dispuesto a combatir en campo abierto contra otra Compañía numerosa-
-Muchas gracias Meneldor, vuestros servicios han sido de gran valor a esta empresa y no serán olvidados con facilidad, pero por favor, contadme, ¿qué le ocurrió a Erundil? Pues no le he visto entre los tuyos cuando regresabais, y temo que haya caído- replicó el Duque.
-Mucho me temo que así es, mi noble Duque, y faltó poco para que tanto la pena como la rabia provocadas por su muerte nos cegaran y la misión fracasara. Conseguimos atraer a un grupo de exploradores de Udûn-Hai hacia nuestra posición, y los enfrentamos. Fácilmente abatimos a cuatro de ellos, pero Erundil combatía solo con un Elfo oscuro, y valerosa fue su lucha, y parecía que la victoria estaba al alcance de su mano, pero una maniobra traicionera del Elfo decantó la suerte a su favor. Ya estábamos corriendo tras él para vengar la muerte de Erundil, cuando, agonizante, nos ordenó que nos detuviéramos y recordáramos la misión que teníamos que cumplir. Nos pidió también que recogiéramos su ballesta y su espada para llevárselas a las sanadoras con la promesa de que fuera entregada a su familia en Sein Cair Andros-
-Así se hará, yo mismo me ocuparé de ello, pues el sacrificio de Erundil nunca caerá en el olvido ¡mientras en mi mano esté el impedirlo! Desgraciadamente no tenemos tiempo para llorar adecuadamente a este valeroso joven, y me entristece que su cuerpo haya quedado a merced de esas inmundas criaturas. Pero no debéis afligiros por ello Meneldor, pues nada podíais hacer, y estoy seguro de que el mismo Erundil habría estado de acuerdo. ¿Cuándo creéis que nos alcanzarán las hordas de Ancalagon?
-A estas alturas ya habrán llegado a la pequeña hondonada en la que cayó Erundil, pero aún no habrán adivinado en qué dirección nos escabullimos, pues cubrimos muy bien nuestros pasos, y aunque sospechen que vinimos del Norte, como así ha sido, tardarán varias horas en atreverse a emprender la marcha, y sin duda que su marcha será lenta. ¡Ni aún con todos los exploradores de Udûn hallarían fácilmente nuestras huellas auténticas! No les dará tiempo a alcanzar este lugar antes de que caiga la noche, y si a la luz del día es muy difícil que sigan nuestros pasos, ¡en la oscuridad de la noche es imposible! No darán con el rastro de la Guardia Blanca hasta el amanecer-
-Muy bien Meneldor, una vez más te agradezco tus servicios. Ve ahora con tus compañeros y amigos y descansad un poco. ¡Es una orden del Duque!-
Meneldor asintió, y se marchó apesadumbrado hacia donde se hallaban sus amigos, y juntos subieron a uno de los carros de pertrechos y en él se quedaron largas horas. Mientras tanto, el Duque habló con Hîrkhelek y Eörlin, quienes ordenaron dar media vuelta y dirigirse de nuevo hacia el valle. Desde ese momento, todos siguieron marchando con alegría en sus corazones, pues la batalla estaba por fin cercana.
La Guardia Blanca llegó de nuevo al valle unas horas antes del ocaso, y aprovechando los últimos rayos de Anar, que se ponía allá en el lejano Oeste, la Compañía comenzó a fortificar sus defensas. Los soldados trabajaron con ahínco, cavando agujeros, enterrando las picas, y llevando el agua al antiguo lecho de la laguna. Cuando éste estuvo lleno de nuevo, y después de haber colocado varios troncos secos a modo de dique en sus extremos, los soldados vertieron todo el óleo que habían traído de Meluvenorë, y sobre él esparcieron además algunas hojas y ramas secas, para facilitar la combustión. Mientras se realizaban estos trabajos, el Duque iba de aquí para allá, animando a las tropas y arrimando el hombro allá donde hiciera falta. Mientras, Aduelen y Tindomë aguardaban pacientemente en sus posiciones, pues sabían que podían estar siendo espiados, y no querían delatarse. Anar se ocultó, y los trabajos de fortificación estaban ya casi preparados. Hîrkhelek ordenó que los centinelas se dispusieran a la entrada del valle y en intervalos de unos cien metros, pues no quería sorpresas inesperadas y desagradables. Por primera vez desde que abandonaran el territorio del Reino Unificado, encendieron numerosas fogatas con la leña que habían traído de Meluvenorë, pues todos sabían que no era muy prudente talar los árboles de aquellas tierras.
Aquella noche se vivió una calma tensa en el valle, y fueron pocos los que verdaderamente descansaron en esas horas de vigilia. El Duque no podía dormir, y como hiciera en las horas anteriores al crepúsculo, fue recorriendo todo el campamento y hablando con todos los que permanecían despiertos. Cuando estuvo cerca de la retaguardia, miró los carros donde dormían plácidamente las sanadoras, y no se acercó, pues no quería perturbar su descanso. Una larga, penosa y fatigosa jornada tenían por delante también. Cuando hubo terminado de recorrer el campamento por segunda vez, regresó junto a su amigo Hîrkhelek, que se calentaba sentado junto a una fogata. Había desenvainado su espada y la contemplaba a la pálida luz de la hoguera mientras se aseguraba de que estuviera completamente afilada.
-Mi buen Hîrkhelek, ya veo que no soy el único de por aquí que no puede conciliar el sueño- dijo el Duque, mientras esbozaba una leve sonrisa y se sentaba junto a su amigo.
-No mi señor, si de algo podéis estar seguro esta noche, es de eso- respondió el elfo, con una sonrisa burlona en el rostro. Haeré desenvainó también a Eärmacil, y comprobó lo afilada que estaba.
La noche transcurrió sin incidentes, y en algún momento a altas horas de la madrugada, el Duque y Hîrkhelek cayeron rendidos por el sueño, y pudieron dormir unas pocas horas. Al amanecer, con los primeros rayos de Anar filtrándose por entre la arboleda, el Duque fue a recorrer una última vez el campamento. Todos los soldados estaban ya en pie, y muchos de ellos estaban ya preparados para el combate. Sin embargo, antes de que el Duque hubiera terminado esa última revista, la calma desapareció de pronto cuando llegó corriendo uno de los centinelas, gritando a pleno pulmón:
-¡Los Udûn-Hai ya están aquí! ¡Los hemos divisado en el horizonte!-
En ese momento, el corazón de todos los soldados de la Guardia Blanca dio un vuelco, y los que aún no se hallaban listos dejaron lo que estaban haciendo y fueron a por las armas. Mientras Hïrkhelek y Eörlin ordenaban a todos los soldados y los colocaban en posición, el Duque habló con el centinela.
-Mi Duque, los acabamos de divisar en la llanura, vienen directos hacia aquí. En apenas una hora ya habrán llegado-
-Muy bien, estaremos preparados para recibirlos. Ahora, ve a por tus compañeros, y ocupad vuestras posiciones de batalla-
El centinela partió de nuevo hacia el otro extremo del valle, mientras el Duque se volvía a sus soldados, e inspeccionaba su orden y el estado de las defensas. Un gran muro de picas, enterradas parcialmente en la loma, sería el primer contacto que los Udûn-Hai tendrían con la Guardia Blanca. A excepción por supuesto de las flechas que lloverían sobre ellos nada más iniciaran la carga. El Duque se paseó rápidamente por la primera línea de defensa, y no vio miedo o incertidumbre en los ojos de sus soldados, sino que detectó una determinación férrea, que sólo podría ser doblegada por la muerte. Vio lo mismo en los hombres de la segunda línea de defensa, al mando de Hîrkhelek, al igual que en los hombres de la reserva que mandaba Eörlin y en los arqueros. Comprobó que los hombres de Eörlin disponían de suficientes lanzas arrojadizas, y que junto a cada uno de los cincuenta arqueros había un gran barril lleno de mortíferas flechas. Y junto a cada barril, había otro más pequeño en el que sólo había depositadas una o dos flechas, pero éstas aún más letales, pues estas saetas estaban recubiertas de paja untada en óleo, listas para ser prendidas y volar veloces hasta la laguna de óleo.
Pero antes de volver a la vanguardia, el Duque se acercó al lugar en el que habían atado los caballos, junto a los carros de las sanadoras y el de los víveres, y cogió una gran bolsa de cuero que colgaba de la silla de su corcel. La abrió con sumo cuidado, y sacó el hermoso yelmo ducal, hecho de plata y mithril, que refulgía con una esplendorosa intensidad al reflejarse en él la pura luz de los primeros rayos de Anar. El yelmo en sí era muy similar al resto de yelmos de la Guardia Blanca, siendo las únicas y notables diferencias que sobre la altura de la frente llevaba una réplica de la corona ducal de Sein Cair Andros, y, a ambos lados del rostro tenía dos grabados en oro: en el lado izquierdo, la Estrella Blanca de Ocho Puntas, y en el lado derecho, el escudo del Reino Unificado. No sin antes titubear algunos instantes, Haeré se ciñó el mismo yelmo que forjara Arioch cuando erigió la Torre de Minien Mindon y la ciudad de Sein Cair Andros, el mismo yelmo que fuera usado por el poderoso maia y por Arándil siempre que partían a la guerra. Haeré se alisó la hermosa capa, hecha con el más fino terciopelo blanco, y volvió veloz a la vanguardia, a ocupar su puesto al frente de la Guardia Blanca, en el centro de la primera línea de defensa.
Cuando el Duque regresó a su posición, las primeras filas de los Udûn-Hai penetraron en el valle. El contraste entre las nobles y finas vestimentas y las relucientes armaduras de la Guardia Blanca y los negros atavíos y la suciedad de las tropas de Ancalagon era aún más evidente, pues los primeros representaban la pureza de la Tierra Olvidada, y los segundos representaban a la Oscuridad y el Mal. No pasó mucho tiempo antes de que toda la horda de Udûn-Hai inundara el valle, avanzando hacia la Guardia Blanca con paso seguro. Aunque no tenían reparo alguno en acercarse a la pequeña cordillera de colinas que se elevaba a su izquierda, sí que evitaban acercarse al lindero de la arboleda que se abría a su derecha, pues los bosques de las tierras de Las Damas Oscuras les inspiraban un pavor horroroso. Aun el propio Ancalagon, aunque no sentía ningún miedo, sí sentía respeto hacia los bosques, pues conocía de sobra la magia de las Damas Elfas de Alto Linaje que dominaban el Clan. Los Udûn-Hai ya habían dejado muy atrás la entrada del valle cuando se detuvieron, más o menos a unos setecientos u ochocientos metros de la posición de la Guardia Blanca, quedando la laguna justo en el medio de las dos Compañías. Entonces, Ancalagon se adelantó, y miró primero a la arboleda y luego a las colinas. Y aunque su vista era penetrante y aguda, no vio nada. Aun así, su instinto le hacía sospechar de una trampa, y mirando fijamente a la Guardia Blanca, esbozó una malévola sonrisa y soltó una carcajada que resonó en todo el valle, una risotada profunda y gutural capaz de helar la sangre de cualquiera que la escuchase. Pero los corazones de los soldados de la Guardia Blanca estaban templados con muchos años de experiencia, y la risa de Ancalagon apenas les afectó momentáneamente. Entonces, habló:
-¿Es ésta la gran Guardia Blanca de Sein Cair Andros? ¿El ejército imbatido de la Tierra Olvidada que ha vencido a grandes oponentes? ¿Un atajo de inmundos y presumidos seres que acuden a la batalla como si se tratara de un desfile?- cuando acabó de hablar, todos los Udûn-Hai comenzaron a reír, y a medida que aumentaban sus risas, aumentaba la rabia en los corazones de la tropa del Reino Unificado. Con mirada serena y una sonrisa en sus labios, el Duque se adelantó también, y respondió a las palabras de Ancalagon.
-¡Haces mal en reírte de aquellos que van a llevarte a la ruina, Ancalagon! ¡Tú y todas las míseras y abominables criaturas de la Oscuridad que te acompañan vais a pagar por toda la maldad y vileza de vuestros actos! ¡Ésta es la Guardia Blanca de Sein Cair Andros, orgullo del Reino Unificado! Que no te inquiete nuestro número, pues somos generosos, y por ello vinimos tan pocos, ¡pues no nos gustan las batallas desiguales! – tras las palabras del Duque todos sus hombres estallaron en risas, y una gran carcajada, alegre y clara, se elevó por todo el valle. Mucho les costó a Tindomë y a Aduelen que sus hombres permanecieran en silencio. Recuperando su gesto duro y la voz grave, Haeré volvió a hablar:
-¡Escucha, escucha el sonido de voces justas clamando contra ti y los tuyos! Tu hora está más cercana de lo que crees, y necio de ti, ni siquiera te das cuenta. Pronto habrás de pagar por toda tu crueldad, -y desenvainando la espada y empuñándola por encima de la cabeza- ¡y no será otra que Eärmacil, la Espada del Mar, forjada en Gondolin, custodiada después en Númenor, y bendecida por Arioch, la hoja ante la que habrás de rendir cuentas! Pues yo soy Haeré Lintesereg, tercer Duque de Sein Cair Andros. ¡Y nunca antes el Duque cayó en batalla alguna! ¡Avisado quedas! – y diciendo estas palabras, regresó a su puesto, entre los enardecidos vítores de sus soldados. En esta ocasión, hasta a Tindomë y a Aduelen no les resultó fácil dejar unirse a los gritos de júbilo del resto de la Compañía, aunque por fortuna consiguieron sobreponerse a tiempo.
Ancalagon permaneció incrédulo ante las palabras de desafío del Duque, y entonces sintió miedo de haber caído en una elaborada trampa. Ante sus ojos apenas se contaban setecientos u ochocientos soldados a lo sumo, mientras que su hueste triplicaba con holgura su número de efectivos. Se preguntó si acaso era un necio que había perdido completamente el juicio, o si se trataba de un estratega que sabe con certeza que ha cazado a su presa. Escudriñó de nuevo la arboleda y las colinas, y no volvió a hallar nada. Unos instantes después, recuperó toda su confianza, y se mofó, riéndose de la locura del Duque.
-¡Pobre iluso! ¡Tus orgullosas palabras ya se las ha llevado el viento! ¡Ningún discurso es capaz de empuñar una espada o de multiplicar tus efectivos! Has dicho que la hora está cercana, y tienes razón. ¡Pero será la hora de la aniquilación de la Guardia Blanca! Aún no he decidido qué hacer contigo, Duque de pacotilla. No sé si darte muerte aquí mismo, o hacerte prisionero, para que puedas ver tu amada Sein Cair Andros reducida a escombros y ser testigo de cómo Udûn arrasa el Reino Unificado y la Sombra se extiende por toda la Tierra Olvidada. ¡Necio! ¡La hora de vuestra condenación ha llegado! – y diciendo estas palabras, Ancalagon volvió junto a los suyos, y meditó cuál sería su siguiente movimiento. Estaba tentado de atacar con toda su hueste y acabar pronto con la batalla, pero algo en su interior le hacía recelar y seguía temiendo una emboscada. Por ello, se decidió a atacar en oleadas. Primero enviaría a los orcos y trasgos, pues no les tenía mucho aprecio y podía prescindir de ellos si fuera preciso. “Por lo menos desgastarán las defensas de la Guardia Blanca, y quizás hasta puedan atravesarlas. Si no, al menos descubriré si el Duque nos ha tendido una emboscada o no” pensó Ancalagon.