Historia privada

Dagornandréd

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Fragmento 15 por Aragorn_II

Mientras, el Duque se ajustaba en el antebrazo izquierdo las correas de cuero del gran escudo hecho de una resistente aleación de acero y mithril, forjado en Sein Cair Andros por los guardianes de los secretos de Arioch. Como todos los demás, el escudo era negro, y en su centro tenía como único emblema la Estrella Blanca de Ocho Puntas, la Estrella del Norte. Una vez se hubo colocado firmemente el escudo, Haeré recogió la pica que había clavado en el suelo minutos antes para hablar con Ancalagon, y echó una rápida mirada hacia atrás. Allí vio cómo los soldados de la segunda línea de defensa, la tropa de Hîrkhelek, habían clavado las picas en el suelo, dando sólo la impresión de sujetarlas, quedando de esta forma libre su brazo derecho. Así, llegado el momento de la embestida de los Udûn-Hai, los sorprenderían con una mortífera lluvia de saetas que dispararían con sus pequeñas ballestas. “Por cierto que nos serán muy útiles, Tar- Eärondur” pensó el Duque. En esos instantes, la hueste de Ancalagon hervía de actividad, pues los orcos y trasgos habían sido llamados para el ataque, y estaban formando. No tardaron mucho en estar listos, pues Ancalagon siempre los hacía marchar al frente, en los flancos y en la retaguardia, pues así siempre serían los primeros en caer. Cuando el grupo estuvo formado, Ancalagon volvió a hablar y a reír:

-¡Siervos de Udûn, demostrad una vez más vuestra lealtad a la Sombra, y arrasad a esas insignificantes criaturas que tenéis ante vosotros! ¡Venced hoy, y os saciaréis con la mejor carne del Reino Unificado! – en ese momento, todos los orcos y trasgos estallaron en risas. Ancalagon continuó hablando- ¡Pero no matéis al ridículo Duque! ¡Lo quiero vivo! Habrá una recompensa para aquellos que me lo traigan. ¡Atacad ahora, cargad, cargad por Udûn!-

Apenas terminó el cruel y oscuro Elfo Noldo de pronunciar estas palabras cuando toda la hueste, unos mil efectivos, se lanzó a la carrera contra la Guardia Blanca. El Duque, y con él toda la primera línea de defensa, alzó su pica al frente, y esperó la embestida. No tardaron en alcanzar la laguna, y los que tropezaron o trastabillaron, murieron pisoteados por sus compañeros, pues tal era el ímpetu de su ataque. Cuando se alejaron de la laguna, el Duque exclamó con una voz clara y grave:

-¡Arqueros! ¡Disparad! ¡Disparad y no os detengáis hasta que se os acaben las flechas, se rompan las cuerdas de vuestros arcos o acabéis con todos los enemigos del valle!-

Como respuesta a las palabras del Duque, el aire arrastró fuertes silbidos, y desde el cielo, una intensa lluvia de flechas cayó sobre el enemigo, y muy pocas erraron el tiro. Aunque sólo eran cincuenta los arqueros, eran diestros y muy habilidosos, y disparaban con gran celeridad, para asombro y pavor de los cabecillas orcos que dirigían el ataque, pues a sus ojos les parecía que por lo menos eran cinco veces más los arqueros que les disparaban. A pesar de las flechas, los orcos y trasgos continuaron avanzando, siempre con sumo cuidado de no acercarse a los linderos de la floresta que se abría a su derecha, y ya se hallaban a poco más de doscientos metros de la Guardia Blanca. Cuando estuvieron a menos de cien metros, el Duque volvió a exclamar:

-¡Eörlin, que tus hombres estén preparados! – y cuando estaban a menos de cincuenta metros, volvió a hablar - ¡Eörlin, que tus hombres arrojen sus lanzas!- Y para desgracia de los orcos y trasgos, a la mortífera lluvia de flechas que seguía cayendo sobre sus cabezas y causando estragos en sus primeras filas, se sumó un torrente de lanzas, que sobrevolaban a los soldados de la Guardia Blanca, elevándose unos metros del suelo, para impactar con gran furia sobre los enemigos. A algunos les invadió el miedo, y presas del pánico, detenían su avance… sólo para ser arrollados por los que los seguían. No fueron pocas las ocasiones en que se formaron tumultos en el avance del enemigo, en que los cuerpos aplastados se amontonaban de tal forma que ralentizaban el paso de los que venían detrás. Poco a poco, el frente de la carga perdió su unidad, y mientras el centro y el flanco izquierdo conservaban su fuerza, el flanco derecho fue perdiendo ímpetu, en parte motivado por el terror que les causaba la arboleda.

Fragmento 16 por Aragorn_II

El Duque sonrió, pero a pesar de las bajas que causaban las flechas y las lanzas, sabía que el asalto sería terrible. Ya los Udûn-Hai estaban a menos de cincuenta metros, y entonces habló de nuevo, y su voz se elevó sobre los ruidos de la guerra:

-¡Soldados de la Guardia Blanca de Sein Cair Andros, aquí vienen las viles criaturas de la Oscuridad! ¡Démosles el recibimiento que merecen! ¡Manteneos firmes! – y en un tono más bajo, se dirigió a Hîrkhelek – Cuando estén a diez metros, que tus hombres disparen sus ballestas- El noble Elfo asintió, y el Duque sujetó con firmeza su pica, aunque sabía que el primer encontronazo lo sufrirían las picas clavadas en el suelo, pues estaban clavadas a un metro de su línea de defensa.

Los orcos y trasgos estaban prácticamente encima de los defensores, y cuando estuvieron a diez metros, Hîrkhelek ordenó a sus hombres que disparan sus ballestas. Todos aquellos soldados habían tenido tiempo de practicar en los últimos días, y muchos habían demostrado una gran habilidad con el pequeño ingenio de Tar-Eärondur. Las pequeñas pero letales saetas cogieron por sorpresa a los orcos y trasgos que marchaban en la primera fila del ataque, pues lo único que ocupaba sus pequeñas mentes era intentar esquivar las picas que anunciaban una mortal bienvenida sin ser arrollados por los que los seguían y de alguna forma acercarse a los soldados de Sein Cair Andros. Todos ellos cayeron sin comprender lo que había pasado, y muchos de los que les seguían tropezaron con los cuerpos sin vida de sus compañeros, y acabaron estrellándose contra el afilado muro que formaban las picas. No obstante, el avance no se detuvo, y de forma penosa, los trasgos y orcos consiguieron pasar entre los cadáveres, aunque muchos eran los que caían por las saetas, las lanzas o las flechas que seguían lloviendo sobre sus cabezas de forma incesante.

Con cada nueva acometida, los orcos y los trasgos se acercaban más a las posiciones de la primera línea de defensa, y ya algunos cabecillas orcos habían ordenado que se despejara el terreno de cadáveres para facilitar el avance, y también ya muchas de las picas que la Guardia Blanca había enterrado habían sido partidas por la mitad o habían caído al suelo por el peso de los cuerpos ensartados en ellas. Ya los primeros orcos y trasgos cargaron realmente contra las defensas, y los soldados de la Guardia Blanca, diestros en el manejo de cualquier arma, demostraron su habilidad con las picas de doble filo. El Duque blandía su pica a diestro y siniestro, decapitando allí a un cabecilla orco, allá aplastando la cabeza de un trasgo. En pocos instantes, las picas, escudos y armaduras de la Guardia Blanca estaban cubiertos de la negra y repugnante sangre de las criaturas de Udûn.

No sin grandes esfuerzos, la primera línea de defensa resistía las acometidas del enemigo, a quienes el Duque y sus hombres repelían con certeros mandobles de las picas, mientras que los sólidos escudos frenaban la furia de los orcos y trasgos que conseguían pasar. Algunos llegaban a asestar golpes a los defensores antes de caer muertos por las saetas de la tropa de Hîrkhelek. Sin embargo, las fuerzas de los defensores menguaban, y en cada asalto eran más los Udûn-Hai que conseguían eludir las picas y enfrentarse cuerpo a cuerpo con ellos. Y cada vez más eran los que caían muertos o heridos, y aunque su lugar era ocupado con rapidez por algún soldado de la segunda línea, la defensa iba tornándose más desesperada por momentos. El Duque comenzaba a sentir el cansancio en sus brazos, pues no estaba acostumbrado a luchar con una pica de ese tamaño, ni a soportar el peso del escudo en el brazo izquierdo. Pero su espíritu era fuerte y continuaba asestando letales mandobles, y pocos eran los trasgos u orcos que se atrevían a acercarse a él, pues les aterrorizaba su figura y su mirada de furia, y más aún, la réplica de la corona ducal que llevaba en su yelmo. Haeré seguía combatiendo, cuando un gran orco se le acercó por la izquierda, pues el compañero que estaba junto al Duque por ese lado acababa de caer. El Duque ya estaba preparado para defenderse de la acometida de la vil criatura con su escudo, cuando de repente cayó muerto. Una saeta había volado veloz y se había clavado en uno de sus ojos. Haeré miró atrás, y vio a Hîrkhelek sonriendo mientras cargaba su pequeña ballesta: -Gracias amigo- dijo el Duque, y una leve sonrisa se dibujó en su rostro. Sonrisa que no tardaría en desaparecer, pues la situación era terrible para los defensores.

Fragmento 17 por Aragorn_II

Mientras, Aduelen y Tindomë observaban impotentes cómo sus compañeros y hermanos iban cediendo terreno poco a poco, pues la primera línea de defensa ya había ascendido la pequeña loma que tenían a su espalda y continuaban replegándose. A medida que los hombres caían, la línea de defensa se iba estrechando, y parecía que de un momento a otro sus flancos serían desbordados por la acometida enemiga. El flanco izquierdo de la Guardia Blanca resistía con ferocidad, en parte porque eran pocos los orcos y trasgos que se atrevían a acercarse tanto a los lindes de la floresta, y en más de una ocasión la dama Tindomë se vio tentada en salir en auxilio de sus compañeros. Pero en el último momento frenaba su ardor guerrero, recordando las palabras del Duque. Sin embargo, el flanco derecho corría peor suerte, y no tardaría en ser desbordado. Viendo lo crítico de la situación, Eörlin fue al flanco con parte de sus hombres y tomó el mando de la defensa. Allí hacía mucho que se habían abandonado las picas y se combatía con las espadas. Cuando los orcos se tomaron un pequeño descanso en su acometida para reorganizarse, Eörlin hizo lo mismo. Ordenó que los heridos fueran conducidos a los carros de las sanadoras, quienes ya no daban abasto, y envió un paje con un mensaje para el Duque.

Habían pasado ya varias horas desde que comenzara la batalla, y los orcos y trasgos se replegaron para preparar una nueva y más poderosa ofensiva. Se alejaron lo suficiente para evitar ser alcanzados por las saetas de las ballestas y las lanzas, mientras que se protegían de las flechas con los escudos. Ya habían caído más de la mitad de los orcos y trasgos que iniciaron el ataque, aunque los de Sein Cair Andros no estaban en una situación mucho más favorable. De los setecientos hombres con los que había comenzado el combate la Guardia Blanca, habían muerto al menos un centenar de ellos, y otros doscientos yacían con heridas de muy diversa índole. El breve descanso no pudo ser mejor recibido por los extenuados soldados de la Guardia Blanca. Agotados, cubiertos de sudor y de sangre, tanto de las viles criaturas de Udûn como de sus propios camaradas, aprovechaban para reorganizarse y recuperar algunas fuerzas. Las sanadoras habían pedido a los pajes que, si la batalla daba un momento de respiro, repartieran entre los soldados unas jarras de Mirúvor en las que habían mezclado algunas hierbas medicinales. Quien daba un trago de esta bebida se sentía reconfortado de inmediato, al menos en parte.

El Duque intentaba reorganizar la defensa y repartir nuevas picas entre sus hombres, cuando llegó a su lado un paje con el mensaje de Eörlin:

-Mi Duque, mi señor Eörlin me ha pedido que os informe que el flanco derecho está muy débil, y que no podría resistir mucho tiempo una nueva acometida de los Udûn-Hai-

El Duque quedó pensativo unos momentos, y se dio cuenta que la batalla estaba perdida, y que continuar la resistencia a ultranza era un disparate. Recordó lo que les dijo la mañana anterior a sus Capitanes, y habló al muchacho:

-Llévale el siguiente mensaje a Eörlin. Dile que recuerde mis palabras en la mañana de ayer, y que esté preparado para obedecer las órdenes que le di. Ve rápido muchacho-

El joven paje se alejó raudo, y Hîrkhelek, quien había escuchado toda la conversación, se acercó a Haeré y le habló en un susurro, pues nadie más debía escuchar sus palabras:

-Veo que has perdido toda esperanza-

-Al contrario. Aunque sé que esta batalla está perdida conservo la esperanza, sólo que mi esperanza ahora reside en que Eörlin pueda llegar con sus hombres y los heridos hasta el bosque de Aldiamanion mientras nosotros retrasamos al Enemigo. Y tengo esperanza en que tanto la presencia de Aduelen como la Tindomë pase desapercibida a ojos de los Udûn-Hai, y tarde o temprano, puedan reencontrarse con Eörlin y regresar al Reino-

La conversación entre los dos amigos se vio interrumpida de pronto por un sonido terrible que resonó en todo el valle. Los orcos y trasgos se habían reagrupado y llamaban de nuevo al combate. Haeré y Hîrkhelek se despidieron, y cada cual fue a su puesto. El Duque ya se había deshecho de la pica y del escudo y desenvainado a Eärmacil, que brillaba con todo su fulgor, pues aún no había participado en batalla. Yendo a su puesto, el Duque recogió del suelo uno de los estandartes de Sein Cair Andros y lo tomó con la mano izquierda mientras con la diestra blandía a Eärmacil. Los defensores habían regresado a sus posiciones iniciales justo delante de la pequeña loma, y allí aguardaron la embestida de los enemigos. Eörlin había recibido el mensaje del Duque y ya se estaba retirando discretamente cuando oyó el sonido del cuerno orco, y se estremeció pensando en el final que aguardaba al Duque y a todos sus hermanos que allí quedaban.

Los orcos y trasgos cargaron con energías renovadas, y ya ni la intensa lluvia de flechas que caía sobre sus cabezas hacía mella en su ímpetu. Sabían que al fin la victoria estaba al alcance de su mano. Lo mismo pensaba Ancalagon, que desde la distancia había observado toda la contienda con una sonrisa en los labios. “Cercana está la victoria, y ni si quiera he tenido que enviar a mis mejores soldados. Por fin acabaremos con la insolencia del Reino Unificado”, pensó el Elfo oscuro. Y se regocijó al verse a sí mismo volviendo a Udûn con ese Duque de pacotilla, encarcelado para que sufriera los peores tormentos que las sádicas criaturas de la Oscuridad pudieran idear. Y mientras se deleitaba con estos pensamientos, algo cambió, algo que borró la sonrisa de la faz de Ancalagon. Algo que hizo que los orcos y trasgos detuvieran su avance, pues el miedo los había paralizado.

Fragmento 18 por Aragorn_II

Una intensa luz verde caía sobre el valle, sobre los Udûn-Hai. Y muchos apartaban la vista o se tiraban al suelo, pues no podían soportar semejante visión. Aun el propio Ancalagon sintió miedo en su interior y hubo de apartar la mirada. El Duque Haeré y sus soldados se sorprendieron, y alzaron sus rostros hacia el cielo. Y allí vieron dos puntos de luz verde que refulgían con gran fiereza, como si se tratara de dos ojos verdes, de mirada profunda y terrible, que relampagueaban llenos de furia. Y mientras esta visión helaba los corazones de los Udûn-Hai, los soldados de la Guardia Blanca se sintieron reanimados, y sin entender cómo, sintieron cómo el cansancio desaparecía y sus miembros recuperaban el vigor y la fuerza que habían perdido tras el arduo combate. Y entonces Haeré lo comprendió todo, y se dio cuenta que la visión de la madrugada anterior no la había imaginado, sino que era real. Entonces, una risa grave y profunda inundó el valle, aunque nadie parecía saber cuál era su origen. Aun Aduelen y Tindomë estaban asombrados y maravillados por lo que veían y oían. Porque al igual que todos sus compañeros de armas, reconocían esa carcajada. Era la de Arioch. Adelantándose otra vez, el Duque Haeré habló de nuevo, dirigiéndose a sus soldados:

-¡Alegraos, valientes soldados de Sein Cair Andros! – exclamó, riendo – ¿Acaso es que no reconocéis esa risa orgullosa y terrible? ¡Antaño la escuchásteis muchas veces en el campo de batalla! ¡Y siempre presagiaba el triunfo de la Guardia Blanca y la aniquilación de sus enemigos! El espíritu de Arioch ha venido a guiarnos en nuestra hora más sombría. ¡Nos guía hacia la victoria! – y la hueste rugió, enardecida – No hemos de defraudar la confianza que depositó en nosotros, ni hemos de humillarle con la ignominia de la derrota. Todos, en alguna ocasión, visteis la furia asesina en sus ojos; en algún momento, todos visteis cómo contuvo su brazo en el último momento cuando Tormentosa parecía que iba a beber vuestra sangre, pues así era su naturaleza. ¿Acaso querréis que os esté esperando cuando llaméis a las Casas de Mandos, o que cuando vuestro espíritu vague por la eternidad os lo encontréis, y os exija que rindáis cuentas por la ignominia de la derrota de hoy?- tras estas palabras, la Guardia Blanca estalló en risas, risas alegres y profundas.

El Duque clavó en el suelo el estandarte de Sein Cair Andros, que ondeó al viento orgulloso y altivo. Entonces, volviéndose a sus hombres, y elevando a Eärmacil por encima de su cabeza, volvió a hablar:

-Entonces, ¿a qué esperamos? ¡Adelante, adelante Guardia Blanca! ¡Por Arioch! ¡Por Sein Cair Andros! ¡Por la Estrella del Norte! ¡Y por el Reino Unificado! ¡Cargad!-

Y el Duque Haeré se lanzó contra la hueste enemiga, que aún seguía paralizada por el miedo. Y todos sus hombres lo siguieron, con Hïrkhelek y Eörlin muy cerca, pues éste había regresado con sus soldados al oír la risa de Arioch. Y aunque eran mucho mayores en número, los orcos y trasgos sintieron miedo ante la embestida del Duque y sus soldados, y los que pudieron, huyeron hacia el Sur. Los que aún permanecían inmóviles cayeron rápido bajo la furia de la Guardia Blanca. Los orcos y trasgos corrían velozmente, escapando como podían de la furia de los de Sein Cair Andros. Ya muchos de ellos se concentraban en la laguna, pues un cabecilla orco estaba reuniendo allí a su tropa para organizar una defensa. En ese momento, el cielo silbó, y el Duque alzó la mirada para ver cómo cincuenta brillantes e incandescentes puntos de luz volaban sobre sus cabezas y caían sobre la laguna.

La llamarada resultante fue terriblemente majestuosa. Parecía que toda la furia de la Guardia Blanca se hubiera canalizado hacia las llamas, que crepitaban violentamente. Al menos trescientos orcos se hallaban reunidos en la laguna cuando ésta estalló, y todos ellos, sin excepción, murieron casi instantáneamente. El crepitar de las llamaradas que brotaban por doquier ahogó los espeluznantes gritos y chillidos de las inmundas criaturas que perecían o agonizaban. Muchos otros, envueltos en llamas, aullaban mientras corrían de aquí para allá buscando quien los socorriera, pero no tardaban en caer al suelo y allí morían, consumidos por el fuego. Los pocos que se frenaron a tiempo de caer en las brasas se giraron sólo para ver la carga de la Guardia Blanca. Paralizados nuevamente por el miedo, la mayoría fueron empujados a los restos de los fuegos, que crepitaron alegremente, como crepita el pequeño fuego que arde en una chimenea al arrojar sobre él otro madero. Los pocos que ofrecieron resistencia, cayeron rápidamente bajo la furia de los aceros de Sein Cair Andros. Y cuando todos los orcos y trasgos fueron abatidos, el Duque rio profundamente, henchido de orgullo y satisfacción. Y su rostro reflejaba una gran furia, y sus ojos centelleaban con el reflejo del fuego. Y ocultos, Aduelen y Tindomë sonreían también, esperando con ansia el momento de unirse a la batalla.

Al otro lado de la laguna, Ancalagon ardía de rabia. Cuando ya se creía victorioso, había sufrido una grave y muy dolorosa humillación que demandaba venganza. Una venganza espantosa, pues en su mente ya sólo había un pensamiento: aniquilar a la Guardia Blanca por completo, y después, exterminar a todo ser viviente del Reino Unificado. Y cegado totalmente por la cólera, lanzó un grito agudo y penetrante, un aullido que se oyó más allá del pequeño valle. El Elfo oscuro golpeaba a todos los que tenía alrededor, y clamaba en la oscura lengua de Udûn atrocidades que helarían la sangre del más templado. Y aun los más sanguinarios de entre los Udûn-Hai sintieron temor al ver así a su comandante. Y entonces Haeré supo que su plan había dado sus frutos, y volviéndose a sus soldados, les ordenó que regresaran sin perder tiempo a sus posiciones iniciales. Y corrieron, pues sabían que pronto se desencadenaría la furia de Ancalagon. No tardaron mucho tiempo en reorganizarse, esta vez en dos líneas de defensa de unos doscientos hombres cada una, y tras ellas, la reserva al mando de Eörlin y los arqueros.

Totalmente ciego por la venganza, Ancalagon ordenó cargar, y cuando vio que varios de sus lugartenientes titubeaban, alzando su negra espada, los cortó de un tajo la garganta. Fue tal la violencia del golpe que la sangre salió despedida a borbotones y golpeó el rostro del Elfo, quien se regocijó al sentirla en su cara. Inhaló profundamente su aroma y disfrutó de su sabor. Entonces, cubierto por la sangre que no cesaba de manar de los cuerpos sin vida de sus lugartenientes, volvió a ordenar el ataque, y su voz fue más terrible esta vez, y nadie se atrevió a desobedecerla. Sin embargo, si hubiera sido cualquier otro y no Ancalagon, muchos de sus lugartenientes ya le habrían dado muerte o lo hubieran atado, dejándolo en manos de la Guardia Blanca, mientras ellos emprendían la huida, pues aún sentían miedo por la visión de Arioch y la furia de los de Sein Cair Andros. Y muchos de los Udûn-Hai se lanzaron al ataque presas del pánico que les causaba el Noldo oscuro, pues el terror que infundía era mayor que el que pudieran sentir hacia la Guardia Blanca. Atacaban, sí, pero lo hacían sin convicción, profunda y doblemente atemorizados, lo cual los hacía soldados poco útiles. Las primeras filas de los Udûn-Hai ya habían sobrepasado el lecho de la laguna cuando el propio Ancalagon corrió a la batalla, en el centro de la formación. Los rezagados aminoraban el paso cuando veían a su líder alejarse, y no tardaron en formarse dos grupos de Udûn-Hai.

Fragmento 19 por Aragorn_II

Los arqueros se prepararon de nuevo y los arcos volvieron a chasquear, y las mortíferas flechas de Sein Cair Andros volvieron a surcar el cielo para caer sobre los Udûn-Hai. Pero esta vez, no fueron sólo los arqueros que permanecían junto al Duque los que dispararon. Los arqueros de Aduelen, apostados ya en los bordes de las repisas y cuevas en las que habían permanecido ocultos, comenzaron a disparar a discreción, al igual que los arqueros de Tindomë. Y como Ancalagon había iniciado el ataque ciegamente, no había protegido sus flancos. Ni tan siquiera había dejado a lugartenientes capaces en ellos, y los Udûn-Hai caían, y los que seguían avanzando se preguntaban qué nueva magia era ésa, que hacía que las flechas cayeran de las colinas o brotaran de entre los árboles. Nada de esto le llegó a Ancalagon, que seguía avanzando mientras la cólera nublaba su visión y astucia. Seguían cayendo las flechas, cuando Tindomë, hermosa y terrible, empuñando su espada curva forjada en Gondolin, se lanzó sobre el costado derecho de los Udûn-Hai. Y tras ella, de la pequeña arboleda salieron clamando sus ciento cincuenta hombres. Antes de que pudieran reaccionar o tan siquiera comprender lo que estaba pasando, la hoja de Tindomë ya había comenzado su sangriento baile, cercenando miembros y cortando cabezas de Hombres oscuros, pues eran Hombres los que en su mayoría ocupaban ese flanco de los Udûn-Hai. Y muchos cayeron sin llegar a saber qué los había matado. Y si grande fue la conmoción que causó la carga de Tindomë, mayor aún fue la provocada por el ataque de Aduelen, que junto a sus ciento cincuenta soldados, cayó sobre el costado izquierdo de los Udûn-Hai, sembrando la muerte entre los Uruks, Hombres, Enanos y algún Elfo oscuro que formaban el flanco.

Mientras, los arqueros de Tindomë habían dejado de disparar, y sin que nadie se percatara de sus movimientos, dirigieron sus pasos hacia el Sur, más allá del lecho de la laguna, y se ocultaron tras un gran árbol caído en el valle, esperando a los Udûn-Hai que trataran de huir. Y no fueron pocos de los rezagados que, atemorizados como ya estaban, al ver los ataques por los flancos de las tropas unificadas cayeron completamente presa del pánico, arrojaron sus armas al suelo, y dando media vuelta, corrieron hacia la salida del valle. Y allí los esperaban los arqueros de Tindomë, que no dejaron que ni una sola de las viles criaturas abandonara aquel valle. Al mismo tiempo que Tindomë iniciaba su ataque, el Duque volvió su cabeza y buscó con los ojos a Eörlin, a quien con una señal le hizo saber que había llegado el momento en que su arqueros se unieran a los de Aduelen. Con gran celeridad y sigilo, éstos treparon por las escarpadas laderas de las colinas hasta alcanzar un saliente que ofrecía una visión inmejorable del valle. Una posición perfecta para seguir castigando a los Udûn-Hai en medio de la batalla, pues su certera puntería era legendaria.

Pero mientras esto sucedía, el Duque empuñaba firmemente a Eärmacil, cuya hoja, a pesar de estar bañada en sangre, aún refulgía con un brillo enceguecedor para los ojos de sus enemigos. Haeré aguardaba la brutal acometida de los Udûn-Hai al tiempo que observaba a la tropa de Aduelen y a la de Tindomë abrirse paso entre los enemigos. Tal era su furia, que ambos Elfos estaban ya muy próximos, y casi habían separado en dos grandes bloques a la Compañía de Ancalagon. En ese momento, algo impulsó a Haeré, y alzando su espada por encima de la cabeza, gritó con voz firme y clara, llamando a sus hombres a la carga.

-¡Hijos de Sein Cair Andros! ¡Por el Reino Unificado! ¡Cargad!-

El Duque se lanzó corriendo hacia las hordas enemigas, que estaban ya a pocos metros de la Guardia Blanca. Haeré pudo ver la sorpresa, el miedo y la incredulidad en los ojos del sureño que tenía delante cuando de un solo y violento tajo le rebanó la cabeza. Hîrkhelek lo siguió de inmediato y junto con él, el resto de los soldados, enardecidos y blandiendo las hojas de Sein Cair Andros. Sus ojos brillaban de rabia, y muchos de los enemigos temblaban al verlos y oponían poca resistencia. Otros, frenaban e intentaban huir, pero siempre se daban de bruces con alguna hoja oscura de Udûn empuñada por algún lugarteniente de Ancalagon. Haeré y Hîrkhelek avanzaban codo con codo, abriéndose paso hacia el corazón de la horda enemiga a base de estocadas y mandobles. En sus rostros se reflejaba todo el ardor de sus espíritus guerreros, y no había hoja, hacha o lanza que resistiera los golpes de sus espadas. Aún hasta los Elfos oscuros de Udûn se atemorizaban al verlos acercarse, y muy pocos eran los que se atrevían a atacarlos.

Y mientras esto ocurría, la dama Silme Tindomë, cuya melena pelirroja ondeaba al viento, y Aduelen se encontraban en la mitad del valle, y con una gran carcajada celebraron tan feliz reencuentro. Sus tropas se reagrupaban, y habían conseguido que la Compañía de los Udûn-Hai quedara dividida en dos grupos. El mayor de ellos, formado por unos seiscientos efectivos, había quedado en el Norte, y en ese grupo era en el que se encontraba Ancalagon, cuyas tropas ya hacían frente a los soldados del Duque y Hîrkhelek, quienes los estaban rodeando. Y era sobre este grupo sobre el que los arqueros situados en las colinas hacían caer su mortífera lluvia de flechas. El segundo grupo, de unos trescientos soldados, era el que había quedado al Sur, y poco a poco, estaba siendo empujado hacia sus posiciones iniciales por la hueste conjunta de Aduelen y Tindomë. La resistencia de este grupo fue feroz al principio, pero viendo cercana la derrota y la muerte, muchos huían hacia el Sur, pues ya no quedaba con vida ninguno de los lugartenientes de Ancalagon. Sabiendo que se dirigían hacia la posición de sus arqueros, Tindomë habló con Aduelen.

-Hermano, estas criaturas de la Sombra ya están condenadas, pues mis arqueros los esperan y no permitirán que ninguno escape de este valle. Yo los perseguiré para asegurarme de ello, pero tú y tus tropas uníos a nuestros hermanos y atacad la retaguardia de Ancalagon, cuya hora también está cercana-

-Muy bien mi señora, así lo haré, y esta noche festejaremos la victoria-

Ambos se despidieron con un abrazo, y llamando a sus hombres, Tindomë corrió hacia el Sur en persecución de los Udûn-Hai que huían, mientras que Aduelen y los suyos volvían al Norte, cargando contra la retaguardia de Ancalagon, cogiendo por sorpresa a las criaturas de Udûn. La fortuna sonreía a los de Sein Cair Andros, y todo parecía indicar que la victoria caería finalmente de su lado. Pero el Duque sabía que no se podía cantar victoria hasta acabar con Ancalagon, y por ello lo buscaba. Se adentró en el corazón de la hueste de Udûn, acabando con aquellos que le salían al paso, hasta que finalmente, a unos escasos veinte metros a su izquierda, divisó al Noldo oscuro, que descargaba su odio contra todo el que estuviera cerca, fuera de Sein Cair Andros o de Udûn. El Duque fue a su encuentro, y Ancalagon lo vio llegar, y su negro corazón se alegró, pues sabía que si mataba al Duque la humillación que había soportado tendría una reparación. El Elfo oscuro, alto y terrible, y el Hombre, descendiente de Númenor, quedaron frente a frente mirándose con suma atención.

Fragmento 20 por Aragorn_II

Los ojos de Haeré centelleaban, pues sabía que la hora de la justicia estaba cercana, mientras que los de Ancalagon aun ardían de ira, aunque la idea de matar al Duque le había devuelto su precaución y calmado su cólera. Nadie se atrevía a acercarse a ellos y mucho menos enfrentarlos. Al fin, Haeré habló.

-Ancalagon, tu hora ha llegado. ¡Por fin habrás de pagar por los crímenes y atrocidades que has cometido en esta bendita tierra! Los Valar te reclaman, y yo he jurado que, de un modo u otro, no descansaría hasta hacerte comparecer ante ellos. ¡Mira a tu alrededor! Los ecos de la derrota y la muerte llegarán esta noche a Udûn, y en todos los rincones de la Tierra Olvidada las gentes de bien celebrarán tu caída. Y será esta hoja, como ya te dije, ante la que habrás de rendir cuentas- Haeré alzó a Eärmacil y la sostuvo frente a él en posición defensiva, pues sabía que la furia de Ancalagon no tardaría mucho en desatarse.

-¡Insignificante mortal! ¿Cómo te atreves a desafiarme? ¡A mi, que fui uno de los Primeros Nacidos de esta tierra! Te haré pagar tu descaro – Las palabras del Duque inflamaron el corazón de Ancalagon, y lanzando un grito profundo y terrible que resonó en todo el valle, el poderoso Noldo se abalanzó sobre el Duque, dando un mandoble lateral con su espada, tan negra como su corazón o como las tinieblas de la noche. Haeré repelió su ataque con Eärmacil, y comenzó así un épico enfrentamiento. Ancalagon avanzaba, asestando fuertes mandobles y estocadas contra el Duque, que siempre las conseguía repeler o esquivar. El chirrido de las hojas cuando se cruzaban era terrible, al igual que lo eran la violencia de los golpes. Sólo una hoja como Eärmacil, templada en el mayor momento de gloria y esplendor de Gondolin y bendecida por las artes de un Maia como Arioch podía resistir los envites de la hoja de Ancalagon, espada sin nombre de la que se decía que había sido forjada por Eöl con los mismos materiales con los que forjó Anglachel. Haeré sabía muy bien que no podía ser herido por esa espada, cuyo filo era venenoso, pues hasta el más insignificante de los rasguños que provocaba esa hoja era casi una sentencia de muerte. La desesperación iba ganando al Elfo, y poco a poco el ansia por ver muerto al Duque y llevar su cabeza como trofeo a Udûn pudo más que su precaución, y sus ataques se volvieron más feroces pero también más descuidados.

Haeré se percató de ello, y cada vez que rechazaba o esquivaba uno de los ataques de Ancalagon, rápidamente asestaba un mandoble con Eärmacil, y en más de una ocasión Ancalagon desvió a la Espada del Mar en el último momento. El combate entre ambos continuaba, aunque el Duque era ahora quien llevaba la iniciativa, y a su alrededor se arremolinaban los hombres de Sein Cair Andros, pues los pocos Udûn-Hai que aún quedaban con vida se habían refugiado en una pequeña gruta de las colinas, al abrigo de las flechas de los arqueros, y ofrecían una tenaz resistencia. Aduelen y Eörlin lideraban el ataque contra ellos, y poco después se unió a la ofensiva la dama Tindomë, pues regresaba con sus soldados después de haber dado caza a los que huían hacia el Sur. Al saber de la lucha que el Duque mantenía con Ancalagon, Hîrkhelek fue corriendo hacia él, y en su pecho su corazón latía con fuerza, pues esperaba desde hacía muchos años el momento de la caída de Ancalagon. Cuando llego, vio ante sus ojos un combate terrible: las dos hojas bailaban por el aire y chocaban con violencia causando un gran estruendo, tan terrible que muchos de los hombres se tenían que tapar los oídos, pues no lo podían soportar. El Elfo sintió que debía ayudar a su Duque y a su amigo, pero algo le detuvo. Sabía que ése no era su combate, y que sólo lo sería si, Eru no lo quisiera, cayera Haeré.

Un Haeré que cada vez se sentía más fatigado y cansado, pues ya habían pasado varias horas desde que comenzara la batalla. Sin embargo, la fortaleza de su espíritu era grande, y continuaba luchando con valor y coraje. Repelía las embestidas de Ancalagon y le devolvía los golpes raudo como el rayo, hiriendo en más de una ocasión al Elfo oscuro. Esto no hacía sino enfurecer más aún a Ancalagon, quien a pesar de su naturaleza élfica, también comenzaba a sentir la fatiga en sus miembros. Haeré vio a Hîrkhelek, y mirándolo a los ojos adivinó sus intenciones. No hizo falta que el Duque pronunciara palabra alguna para que su amigo comprendiera que no quería que interviniera, no al menos mientras él se mantuviera en pie. Pero durante el segundo que duró esa mirada, el Duque descuidó su guardia, y Ancalagon aprovechó el descuido, lanzando un fuerte mandoble lateral que pilló ligeramente desprevenido a Haeré. Aunque pudo rechazarlo en el último momento, al no estar preparado, la violencia del golpe lo derribó, y cayó al suelo, a unos metros. Hîrkhelek se maldijo, y Ancalagon vio entonces la oportunidad de acabar con el Duque. Mientras éste se incorporaba, y con la rodilla derecha aún en el suelo recogió a Eärmacil, justo a tiempo para ver cómo Ancalagaon se abalanzaba sobre él, blandiendo su espada negra por encima de su cabeza, dispuesto a asestar un golpe que lo partiera en dos. Sin embargo, la ira había cegado al Elfo oscuro, que atacaba con la guardia bajada, y el Duque, en un movimiento veloz, hundió con todas sus fuerzas a Eärmacil en el pecho del Udûnita. La sorpresa y la incredulidad de Ancalagon se reflejaban en su rostro, pues no podía creer que un simple e insignificante mortal lo hubiera vencido. De sus manos temblorosas cayó su espada, y por debajo de la cota de malla comenzaba a manar en abundancia la sangre, negra, caliente y espesa. El Duque se levantó completamente, y viendo el miedo, la duda y la sorpresa en los ojos del Elfo, hundió a la Espada del Mar hasta la empuñadura en el pecho de Ancalagon, quien se retorció. De su boca también comenzaba a manar sangre, y Haeré, con un veloz movimiento, retiró a Eärmacil, y por la inercia, Ancalagon cayó al suelo con gran estrépito; y de su pecho ahora manaba más abundantemente la sangre. Hîrkhelek no pudo reprimir un grito de alegría, grito que fue secundado por todos los que presenciaron la caída de Ancalagon. El Duque se inclinó sobre el moribundo, y le habló:

-Ancalagon, tú que has sido uno de los Primeros Nacidos, tú que fuiste seducido por el Mal y la Oscuridad de tal modo que has llegado a olvidar tu propio y hermoso nombre, y que has cometido tantos actos oscuros, ahora has de enfrentar el Juicio de los Valar y responder por tus crímenes. Esta tierra no volverá a ser mancillada con la sangre de los inocentes, ni las gentes de bien volverán a ser víctimas de tus atrocidades, ni por más tiempo los tuyos habrán de avergonzarse por tu causa o maldecir tu nombre. ¡Que tu espíritu llegue a las Estancias de Mandos, donde habrás de acatar la decisión de los Valar!-

Cuando el Duque hubo terminado de hablar, Ancalagon cerró los ojos y murió, y su espíritu llegó a las Estancias de Mandos, mas del destino que corrió nunca se supo nada en la Tierra Olvidada. Haeré se incorporó lentamente, pues ahora caía sobre él toda la fatiga del día, y a duras penas se mantenía en pie pues, pues el combate con Ancalagon había sido terrible y agotador. Hîrkhelek se acercó rápidamente a él, y juntos fueron hacia la arboleda. Allí no tardaron en encontrar un rincón fresco en el que Haeré pudiera descansar. Se sentó en una gran roca, y Hîrkhelek mandó a uno de los soldados a que fuera a por algo de Mirúvor y algo de comer. Las nuevas de la caída de Ancalagon se extendieron rápidamente, y no tardaron en llegarles a Tindomë y Aduelen, que ya habían acabado con los últimos de entre los Udûn-Hai y estaban llamando a sus soldados para reorganizarse y atender a los heridos. Ambos estaban ensombrecidos cuando les llegó la noticia, pues aunque habían obtenido la victoria, en el combate había caído Eörlin, a quien un Elfo, el mismo que había acabado el día antes con Erundil, le había atravesado la garganta con su hoja. Quiso Ilúvatar que fuera Meneldor, que estaba en la reserva al mando de Eörlin, el que vengara la muerte de sus dos amigos.

Fragmento 21 por Aragorn_II

Cuando Tindomë y Aduelen llegaron a donde descansaba el Duque, éste ya se encontraba mejor, pues el pedazo de lembas que había comido y el trago de Mirúvor le repusieron las fuerzas, y ya estaba en pie hablando con Hîrkhelek de lo que debían hacer a continuación. Al ver a Haeré, Tindomë y Aduelen se alegraron enormemente, y Silmë no pudo evitar correr a abrazarlo, pues después de Hîrkhelek era quien conocía a Haeré desde hacía más tiempo y le tenía un gran afecto y cariño. Recuperando la compostura, Tindomë se apartó, y habló:

-Mi Duque, perdonadme, pero la victoria y la caída de Ancalagon son nuevas que me han causado una alegría casi indescriptible, y que mitigan en parte mi pena por la muerte de Eôrlin-

Al escuchar sobre la muerte de Eörlin, Haeré se entristeció y lloró, aunque sabía que como Duque, su deber estaba ahora para con los vivos, y que los muertos deberían esperar. Se enjugó las lágrimas, y volvió a hablar:

-Triste noticia es para nosotros y todo el Reino Unificado la pérdida de Eörlin y la de tantos leales y valientes amigos y hermanos –al decir estas palabras, miró de soslayo hacia el valle, cubierto por la sangre y los cuerpos mutilados- Sin embargo debemos actuar, y rápido si queremos salvar a muchos de los que yacen heridos. Los tres poséis grandes poderes curativos, id con las sanadoras y ayudadlas en lo que podáis. Yo y el resto de hombres sanos ayudaremos en lo que sea necesario, trasladando a los heridos, luego rescatando los cuerpos de nuestros hermanos caídos, y por último quemando los restos de las criaturas de Udûn. Pero nuestras provisiones ya son escasas y nuestros heridos necesitarán de una gran atención, por lo que creo que hemos de enviar mensajeros al bosque de Aldiamanion a pedir ayuda a Las Damas Oscuras. ¿Estáis de acuerdo?-

Tindomë, Hîrkhelek y Aduelen se limitaron a asentir, y entonces se despidieron. Haeré hizo sonar un cuerno para reunir a los hombres sanos y que registraran todo el campo de batalla por parejas en busca de heridos y los trasladaran a la loma donde antes habían resistido y en la que ahora se amontonaban los heridos. El hedor de la muerte flotaba en el ambiente y era nauseabundo, y muchos de los soldados hubieron de taparse la nariz con pañuelos y telas. Haeré fue entonces en busca de los batidores, y rápidamente encontró a Meneldor, a quien le habló de su misión:

-Meneldor, quiero que reúnas a un pequeño grupo y montéis en mi caballo y en el de mis Capitanes. Llevad con vosotros los estandartes de Sein Cair Andros y el Reino Unificado y galopad hacia el bosque de Aldiamanion. Allí debéis llevar las nuevas de nuestra victoria y de la caída de Ancalagon y explicar nuestra situación a las Damas y reclamar su ayuda. ¡Que Ilúvatar os guíe!-

-No temáis, mi Duque, así lo hará. Pronto estaremos de vuelta con la ayuda. ¡Hasta pronto!-