Historia privada

Dagornandréd

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Fragmento 22 por Aragorn_II

Meneldor no tardó en reunir a un grupo que lo acompañara en su misión. Mientras unos iban a por algo de comida y agua para el camino, pues en el mejor de los casos tardarían una jornada en llegar hasta Aldiamanion, los otros recogían los estandartes caídos. El Duque los observó partir raudos por el Norte hasta la salida del valle, y después los vio torcer a la derecha, hacia el Este. Cuando se alejaron, regresó a ayudar a los suyos. Por su parte, Tindomë, Aduelen y Hîrkhelek aplicaban todos sus conocimientos y poderes de curación con los heridos más graves, pues grandes eran su saber y su poder. Aún así, ni ellos ni las sanadoras daban abasto, pues la batalla había sido cruenta, y muchos heridos morían antes de poder ser tratados, pues no había quien los atendiera. Cuando Haeré y los soldados sanos hubieron terminado de inspeccionar todo el valle en busca de heridos, Anar comenzaba a ocultarse en el lejano Oeste, y Haeré y los demás comenzaron la penosa tarea de atender a los caídos. Se dividieron en dos grupos; el primero recogía a los muertos de Sein Cair Andros y los depositaba en una de las grandes piras funerarias que se habían erigido en el centro del valle. El segundo grupo tenía la desagradable tarea de apilar los cadáveres de los Udûn-Hai en las piras que se habían levantado en la mayor de las cuevas que se encontraba al pie de las colinas. Pues las sucias criaturas de Udûn se consumirían en el fuego junto a las rocas, y después la cueva sería sellada, para que su maldad no pudiera volver a ver la luz del sol.

Esta tarea les llevó casi toda la noche, pues era costumbre que a los soldados de la Guardia Blanca sus compañeros les recogieran la armadura, la capa y la espada para entregárselas a sus familias. Y era difícil a veces saber qué pertenecía a quien, pues muchos cuerpos habían sido mutilados y desfigurados. La quietud de la noche sólo se veía alterada por los gritos de dolor de las decenas de heridos y moribundos. Afortunadamente, Isil brillaba hermosa en lo alto del firmamento, y su luz plateada iluminaba el valle. Cuando terminaron de recoger a sus hermanos caídos, el Duque ordenó que se les bañara con el óleo que aún quedaba, y antes de encender las piras, habló así:

-¡Que vuestro sacrificio y vuestro dolor no sean olvidados nunca! ¡Vuestros nombres serán por siempre recordados en el Reino Unificado, y vuestras hazañas se cantarán hasta que el mundo cambie! ¡Que vuestros espíritus encuentren el descanso y la paz que merecen!-

Cuando terminó de pronunciar estas palabras, arrojó una antorcha a la pira principal, mientras otros hacían lo propio con el resto. El Duque se quedó frente al fuego, inmóvil, pensando en los caídos, en su amigo Eörlin y en el joven Erundil, cuyo cuerpo quedó a merced de las viles criaturas de Udûn. Haeré siguió contemplando el fuego hasta que se extinguió, y luego se volvió hacia donde estaban Hîrkhelek, Tindomë y Aduelen, no queriendo mirar al lugar en el que las llamas devoraban los restos de Ancalagon y los suyos. Ese fuego no se extinguió hasta que llegó el alba, y cuando lo hizo, los soldados derrumbaron el saliente rocoso, quedando la gruta completamente sepultada, y las cenizas de los Udûn-Hai enterradas hasta el fin de los tiempos.

Pasó ese día y el siguiente, y no había noticias de Meneldor y su patrulla. Y poco se celebró en esos días, pues las provisiones se agotaban y el lamento de los heridos se podía escuchar en todo el valle. El Duque llegó a pensar que Meneldor y los suyos habían sido apresados por Las Damas Oscuras, y temió que finalmente los poderes del Enemigo hubieran actuado sobre ellas, seduciéndolas y atrayéndolas al Mal. Hîrkhelek y Tindomë callaban, aunque en su interior les asaltaba el mismo miedo que al Duque. Sólo Aduelen parecía conservar una tenue esperanza. En esos días, algunos de los heridos más graves murieron también, y el Duque habló con sus Capitanes, pues por el dolor aún no habían hecho un recuento de las bajas. De los mil soldados que componían la Guardia Blanca cuando ésta partió de Sein Cair Andros, cerca de cuatrocientos habían muerto, y otros doscientos yacían gravemente heridos y no sobrevivirían mucho más sin ayuda.

Fragmento 23 por Aragorn_II

Al amanecer del tercer día después de la derrota de Ancalagon, cuando el Duque ya casi había perdido por completo la esperanza, un cuerno resonó a pocos kilómetros, en el Este, más allá de la arboleda. La alegría se desbordó en el campamento, pues el sonido del cuerno era claro y alegre, y poco después aparecieron a la entrada del valle Meneldor y su grupo, con las armaduras relucientes y con los estandartes del Reino y Sein Cair Andros ondeando al viento. El Duque corrió a recibirlos, y junto a él iban Tindomë, Hîrkhelek y Aduelen. Cuando se acercaron, Meneldor desmontó del caballo del Duque, y así habló:

-Mi Duque, siento la demora, pero no nos ha sido posible llegar antes, pues las Damas Gleowinenian y Seshat tardaron día y medio en reunir a las más hábiles sanadoras de su Clan y los suministros necesarios. También han traído muchos carros para ayudarnos a trasladar a los heridos al bosque de Aldiamanion o al Reino Unificado, si así es nuestro deseo. Mucho se alegraron al oír la nueva de la derrota y la muerte de Ancalagon, y desde ese momento nos ofrecieron la amistad y la alianza del Clan para luchar contra los poderes oscuros de Udûn-

Las palabras de Meneldor maravillaron al Duque y a sus Capitanes, y cuando el joven batidor terminó de hablar, los estandartes de Las Damas Oscuras aparecieron en el lado Norte del valle, y a la cabeza cabalgaban las hermosas y poderosas Damas Gleowinenian y Seshat, que se acercaron velozmente al Duque. Fue Seshat la que habló primero, bajando de su noble y hermoso corcel:

-¡Salud, Duque Haeré y nobles Capitanes de Sein Cair Andros! Sentimos la demora, pero como ya os habrá dicho vuestro fiel Meneldor, nos ha sido imposible acudir antes. Todo nuestro Clan os está profundamente agradecido a vos, a la Guardia Blanca y a todo el Reino Unificado por tan gloriosa hazaña, y os ofrecemos nuestra eterna amistad y alianza para combatir a las fuerzas del Mal, y sentimos también las desavenencias que hubo entre nuestros Clanes en el pasado. Hemos traído muchas provisiones y suministros medicinales, y con nosotras han venido las más grandes y poderosas sanadoras del Clan que atenderán a vuestros heridos, los cuales pueden venir al bosque de Aldiamanion y descansar allí hasta que se repongan-

-Hermana, di mejor que todos pueden venir a descansar al bosque de Aldiamanion y recuperarse allí del sufrimiento y dolor de la batalla, pues el viaje hasta Meluvenorë es largo y fatigoso. Nuestro ofrecimiento es sincero y nuestra gratitud inmensa- habló la Dama Gleowinenian, bajando también de su montura.

-Nobles palabras, mis señoras. Somos nosotros los que os estamos agradecidos, y no tengo duda alguna de vuestro ofrecimiento, un ofrecimiento que con mucho gusto aceptaremos, pues largo tiempo ha pasado desde que estuve por última vez en el bello y mágico bosque de Aldiamanion. ¡Que nuestra amistad dure hasta que el mundo cambie y el Enemigo tiemble ante nuestra unión y alianza!- dijo el Duque, quien estrechó las manos de las Damas.

Poco después llegaban al valle los efectivos de las Damas, y mientras los soldados de uno y otro Clan cargaban los carros con los enseres de los caídos y ayudaban a los heridos menos graves a subir a ellos, las sanadoras de las Damas descargaban sus hierbas, ungüentos y bebidas medicinales y comenzaban a atender al resto de los heridos. Antes de la caída de la tarde, hasta los más graves descansaban ya en los carros, y la compañía de Las Damas Oscuras y la Guardia Blanca se encaminaba hacia el bosque de Aldiamanion. La Guardia Blanca permaneció en Valaina Ethele, el corazón del bosque de Aldiamaninon y el centro del Clan de Las Damas Oscuras, varias semanas, mientras las heridas cicatrizaban y los espíritus y los corazones de todos encontraban paz y alegría, y no tardaron en olvidar los sufrimientos y las penas, que ahora quedaban muy lejanos. El Duque envió mensajeros a Meluvenorë para informar de las buenas nuevas a Vilendil y Tar-Eärondûr, y la alegría también se desbordó en la ciudad y en todo el Reino.

Al poco tiempo, en toda la Tierra Olvidada se referían a la batalla como Dagornandréd, la Batalla del Valle del Recuerdo, tanto por las apariciones del Maia Arioch, un fantasma del pasado, como por la visión que Haeré tuvo al llegar al valle por primera vez, imaginándolo cómo fue en otro tiempo. Pero también fue conocida por otros muchos nombres. Dagor Naurbregol también fue llamada, la Batalla del Fuego Súbito, o Dagor Dael-Elda-Dür, la Batalla del Fin del Elfo Oscuro, o Dagor Heria-Dael-Turavathael, la Batalla del Principio del Fin del Poder de la Sombra. Después de casi un mes en el bosque de Aldiamanion, el Duque decidió que ya era hora de volver al Reino, pues todos los heridos habían sanado y se sentían lo suficientemente fuertes como para emprender el viaje. Con ellos cabalgarían las Damas Seshat y Gleowinenian, pues querían celebrar un cónclave con los líderes del Reino Unificado para discutir la estrategia a seguir a partir de entonces.

FIN

[Editado por Aragorn_II el 20-01-2010 18:40]