El Señor de los Ladrillos

– ¿ Estás seguro de que esto es lo que te dijo Flojo que hicieras ? – inquirió Fofo Boffin, un pequeño rabbit a quien Flojo le había encargado su casa, quien aún no se convencía con los argumentos de Gandulfo.
– Pues si, claro… debemos aparentar que hay gente en la casa, de manera que nadie se entere de que Flojo ha partido en una peligrosa misión para destruir el Ladrillo Único.
– ¿ Y debemos bebernos toda su cerveza y gastar su dinero ?
– Pues, por supuesto… si no dejamos basura todos los días en la entrada, se pensará que no hay nadie, y el Enemigo es muy astuto…
– Pero entonces, si no quieres que nadie se entere…. ¿ Porqué invitamos a todo el pueblo de Lomitón a una fiesta en la casa de Flojo ?
– Eh… ar… oh… pequeño rabitt… – empezó Gandulfo con voz melosa – tu entendimiento es realmente escaso…

Fofo Boffin miró con cara de querer entenderlo con todas sus ganas, pero a pesar de ello, no pudo.

– …. lo que pasa es que tu no conoces como pensamos los Magos, nosotros tenemos nuestra mente puesta en cosas mucho mas importantes que el vulgar dinero y los bienes materiales… y al gastar el dinero de Flojo, bueno, pues, estamos regresando a la naturaleza, es decir, completando un ciclo de la energía, reutilizando las fuerzas místicas que se mueven dentro de la plata… ehr… no lo entenderías, pero en realidad es muy importante el que yo, ehr, me concentre, rodeado de espiritus jovenes y virginales, para atraer fuerzas positivas… y…

Fofo lo seguía mirando. Creía en lo de los espíritus jovenes, pero desconfiaba francamente de lo virginales que estos pudieran ser.

… y … y bueno, ¡ ya está bien ! ¡ no tengo porque andar dandole explicaciones a un rabbit gordo como tú !

– Oh, está bien, como quieras – respondió Fofo. En realidad no le interesaba mayormente lo que Gandulfo pudiera decirle. Mientras hubiera comida gratis, el resto no importaba. Tal vez debió haberle hecho caso a su tío, pensó. El le había dicho: “Nunca te metas en asuntos de Magos. Ellos son patudos y rápidos para estafarte”. Y muy probablemente, tenía razón.

——————————————————————————–

Si uno hubiera sido lo suficientemente estúpido como para permanecer visible en medio de la campiña de Rabbitelnien, considerando los peligros atmosféricos como el frío, la lluvia, la bruma, y los peligros antropomórficos que aparecían en forma de asaltantes y bandoleros de diversa calaña, habría sido capaz de percibir dos cosas :

La primera, que en realidad, no había mucho que percibir. La mayor parte de la campiña de Rabbitelnien consistía en un prado interminablemente largo, que se extendía por al menos unos novescientos kilómetros, con uno que otro árbol mas o menos seco dispuesto al azar, como para dar mas alegría a la cosa.

La segunda, que a través de la campiña se aproximaba un grupo de Jinetes.

Tal vez sería útil un pequeño ejercicio cinematográfico como para crear una buena idea de como eran estos jinetes.

La primera toma mostraría una vista elevada de la campiña de Rabitelnien, y a lo lejos el grupo de jinetes, galopando a gran velocidad.

La segunda toma, sería un primer plano de los cascos de los caballos corriendo, con el sonido aumentado al máximo de su intensidad. Algo así como

tocotom-tocotom-tocotom-tocotom

lo cual de por sí es bastante impresionante.

La tercera toma mostraría a los jinetes de cuerpo entero: vestidos completamente de negro, con oscuras capas al viento, y blandiendo en enguantadas manos, oscuras espadas de brillo acerado. Tal vez la introducción de Carmina Burana a todo volumen serviría de buena música de fondo.

La cuarta toma, habría sido un close up al rostro del líder de los Jinetes, mostrando sólo los rojizos ojos brillando como dos brasas bajo la capucha.

La quinta toma habría sido mas complicada, ya que requeriría de dos helicópteros volando de manera paralela como para realizar una toma aérea rotativa de 360º que incluya el vientre del caballo, prosiga en una panendoscopía digestiva alta del primer jinete, para que luego finalice al llegar al bulbo pilórico, mostrando que este no había comido nada en las últimas horas. Muy probablemente, la toma habría sido impresionante, pero de seguro habría sido editada.

El primer jinete frenó su caballo sin decir una palabra y luego desmontó.

Se acercó al suelo, se agachó, recogió algunas briznas de pasto y se las llevó a la nariz (o lo que fuese que tuviése en su lugar), y después de incorporarse, dijo en voz baja:

– Rabbits.

Y luego, con una voz que sonaba muy similar a la del Pato Donald, exclamó:

– ¡ Deben de andar por aquí cerca ! ¡ Siganme !
– ¡ Siiii ! – exclamaron los demas jinetes, con voces muy parecidas a las del Ratón Mickey, Woody Woodpecker y Tribilín.

Capítulo IV

“El Burro Pisador”

En muchos libros, historias y películas siempre existe una posada donde el protagonista puede ir a refugiarse, descansar, beber un trago y de paso, enterarse de las últimas noticias.

También en muchas de esas ocasiones, o mas bien digamos, casi inevitablemente, el protagonista termina agarrándose a mangazos con un gigantón barbudo que no le deja beber su trago debido a que no le pareció adecuada la distribución de sus rasgos fisonómicos y decidió modificarla de manera artesanal.

Por lo general esto lleva a una gresca de proporciones magníficas, en la cual el protagonista no sufre ningún rasguño, pero el bar o posada termina hecho añicos.

Si yo fuera una empresa de seguros, no ofrecería jamás una póliza a un bar.

Bueno, pero este no era el caso. La posada del “Burro Pisador” se caracterizaba especialmente porque ninguno de sus parroquianos jamás levantaba una mano contra otro. Esto, porque la mayoría de los clientes solían encontrarse tan ebrios que dificilmente podrían haber levantado alguna parte de su cuerpo contra alguien mas.

El lugar en sí era propiedad de un hombre llamado Trigalillo Hipercolesterolémico, un hombre gordo y muy activo, cuya principal labor era barrer restos de contenido gástrico depositados de manera mas o menos artística por sus clientes en el piso del local.