El Señor de los Ladrillos

Finalmente cuando la multitud se levantaba enfurecida y muchas de las sillas volaban en dirección a Bingo, este exclamó “.. y esto es el fin. Me voy. Los dejo ahora. Adios, hijos de ..!” y dejó que el Ladrillo se deslizara en su mano, dispuesto a arrojarlo contra el primer rabbit que se acercara demasiado. Y cuando hizo esto, un relámpago iluminó las mesas. Hubo una detonación y todo se llenó de humo y efectos especiales baratos. Cuando el humo se disipó, los rabbits pudieron observar un gran agujero en el sitio donde había estado Bingo, y los restos desperdigados de 28 rabbits que habían estado demasiado cerca del sitio de la explosión.

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Aprovechando la confusión, Bilbo retornó al interior de la casa y comenzó a preparar las maletas. En eso estaba cuando Gandulfo, el Mago, entró.

– ¡ Gandulfo ! Pensé que ya no vendrías.
– ¡ Bah ! ¡ Milagro que estés vivo !
– ¿ Esa explosión la hicistes tu, Gandulfo ? Arruinaste mi huída…
– Si, pero te salvé el pellejo de todas formas – respondió Gandulfo mientras escondía la espoleta de una granada de mano que parecía haber sido empleada recientemente.
– Bien, me voy. Cuida a Flojo de mi parte. Es un buen muchacho, aun cuando no salga de la cama muy a menudo.
– ¿ No olvidas algo, Bingo ? -inquirió Gandulfo, señalando a la bolsa de cuero rectangular y pesada que Bingo llevaba al cuello y en la cual solía guardar el Ladrillo.
– Ah, por cierto… No pienso dejar el Ladrillo… lo llevaré conmigo.
– ¡ Pero Bingo ! Es una carga muy pesada si piensas ir hasta Rivenhell.. Tu cuello no lo soportará !
– Uh, tal vez. Bueno, quizás el hábito de llevar el ladrillo al cuello explique porque me he ido encorvando tanto con los años… Y me da esa extraña sensación de ser un trocito de mantequilla de maní esparcido sobre demasiada brócoli… o de ser un pedazo de puré esparcido sobre demasiada longaniza…
– Oh, yo también me he sentido así * a veces *. Entrega el Ladrillo, Bingo.
– Atrévete a quitármelo – argumentó Bingo mientras lo sopesaba cuidadosamente con la mano derecha.
– Entrega el Ladrillo, Bingo – repitió Gandulfo mientras extraía un Colt del .42 de entre sus ropas.

Bingo dudo un momento.

– Arroja ese ladrillo de una vez y coloca las manos contra la pared !!! – ¡ Como quieras ! – exclamó Bingo mientras arrojaba el Ladrillo hacia la cara de Gandulfo.

Gandulfo intentó esquivar el Ladrillo.

No lo consiguió.

Gandulfo descargó su .42 sobre Bingo.

Bingo intentó esquivar las balas.

No lo consiguió.

– ¿ que fue ese ruido ? – ¿ y porqué te sangra la nariz, Gandulfo ? – preguntó Flojo Bolsón quien se había despertado con todo el barullo, y aún arrastraba tras de sí varias frazadas.
– Oh, no fue nada, mi querido Rabbit, ve a descansar tranquilo – argumentó Gandulfo, mientras disimuladamente ocultaba el cadáver de Bingo empujándolo con el pie bajo la cama.
– Fue … ehm, Bingo… quien partió hacia Rivenhell. Te… uhm… te dejó muchos saludos..uhmm… y…. uh… y esto ! – afirmó Gandulfo mientras le mostraba a Flojo un cuadrado, pesado y rojo Ladrillo, el cual tenía la cara de Gandulfo impresa en uno de sus costados.

Capítulo II

Sombras del pesado

Después de la extraña desaparición de Bingo Bolsero, y de la extraña forma en que la herencia llegó a manos de Flojo, su sobrino, el pelambre cundió en la pequeña aldea de Lomitón. Muchos aseguraban que Bingo finalmente se había vuelto loco de remate, y que se había marchado hacia tierras desconocidas. Allí, sin duda, habría caído a un estanque o a un río, encontrando un fin trágico, aunque nada prematuro.

Otros tantos decían que, aburrido de su fama y su fortuna, se había hecho la cirugía plástica, había depositado su dinero en Suiza, y se había ido a vivir a las Bahamas. Por cierto, se nombraba la cocaína como la fuente de sus ingresos.

Otros, en cambio, elucubraban teorías mas alucinantes, y hablaban de una posible abducción por extraterrestres provenientes del Area 51, quienes enfurecidos por haber sido dejados totalmente fuera de la historia, deseaban poner sus manos sobre tan obtuso protagonista.

Lo cierto era, que Bingo actualmente reposaba sus cansados huesos en el interior de un agujero que Gandulfo había cavado amablemente para él. Por cierto, no me refiero a un cómodo agujero Rabbitt, sinó a un agujero a dos metros bajo tierra y sin ventilación.

Entretanto, Flojo, su sobrino, se había dedicado alegremente a despilfarrar todos los ahorros de Bingo. Vivia solo, tal como Bingo, pero muy frecuentemente era visitado por jovenes Rabbits quienes “le hacían compañía”. No pienso ni nombrar las habladurías que esto originó (pero de buena fuente me he enterado de que un tal Sam, reconocido travesti -apodado Samantha- rondaba a Flojo con el propósito de… ah, bueno, nos estamos saliendo del tema).

El punto es que Flojo pasó varios años sin hacer nada útil para la sociedad hasta que cumplió cincuenta años. (El plan original era llegar a los 65 y jubilarse). Recién entonces se dió cuenta de que este modo de vida le echaba a perder rápidamente las coronarias, y sintió deseos de viajar.

Sin embargo, rumores de cosas extrañas llegaban a la Sin Marca, y como Gandulfo había desaparecido desde hace varios años para ocultarse de la policía, no había noticias del mundo exterior. Los Elvis, a quien rara vez se veía en la comarca, cruzaban los bosques hacia el Oeste, al atardecer, pasaban y no volvían; meneaban tristemente las caderas y se iban tarareando antiguas melodías de Rock and Roll.

Otras noticias llegaban por el correo electrónico, y comentaban extraños hechos: el poder parecía estar resurgiendo nuevamente en Gordor, y se decía que la torre de la CTC había sido reedificada. Los Trolls recorrían nuevamente los bosques; los orcos se reproducían en las montañas; los abogados salían de sus bufetes; y otras criaturas abominables reaparecían a la luz del día.