El orco de los recados

Empezaba a hacer fresco cuando penetró sigilosamente en la aldea. Comenzó entonces su curiosa cacería…

El pan y el queso los consiguió sin dificultades, metiendo un brazo por una ventana cerca de la cual había una mesa con la cena a punto, en un momento en que la habitación había quedado vacía. La harina, el trigo y la cebada los encontró en un viejo almacén al que entró por una ventana, al igual que el vino. Para conseguir la leche rondó por las afueras de aldea hasta que avistó una pequeña granja. Curiosamente, y por fortuna, al lado de unas vacas había unas cuentas botellas metálicas. Aprovechando, se hizo también con algunas gallinas, que se vio obligado a llevar bajo su brazo derecho porque por lo visto el saco que había cogido era demasiado pequeño. Las gallinas le dieron bastantes quebraderos de cabeza: armaban mucho escándalo, y al intentar callarlas, sin éxito, se llevó unos cuantos picotazos. Había que darse prisa.

Estaba pensando en el problema de los mejillones cuando al doblar una esquina se topó con una hermosa joven, llena de vida y vitalidad. Al parecer era la hija del granjero, a quien había alertado el alboroto de las gallinas. A Garbin se le nubló la mente, pues empezó a cavilar si debía o no hacer algo con aquella joven ahora que nadie los veía. Por su parte, ella quedó mirándolo fijamente, a aquel personaje que se erguía perplejo delante suya, con la boca torcida, los ojos azules como platos, un saco a su espalda y unas gallinas exasperadas bajo el brazo.

-Hola – dijo Garbin.

-Hola – respondió ella – ¡AAAAAAAAAAAAAHHH…!

Y echó a correr. Garbin farfulló alguna maldición en su lengua, pero en el fondo se alegraba de no haber tenido que hacer ninguna atrocidad. También él echó a correr, pero en dirección contraria. Decidió volver a la montaña con lo que tenía antes de que el resto de aldeanos advirtiera su presencia.

Demasiado tarde. Todo el mundo estaba alertado ya, y unos hombres le cerraron el paso. Dio la vuelta. También detrás había gente. Intentó escabullirse como una rata, pero le fue imposible, porque pronto una muchedumbre se congregó peligrosamente a su alrededor. Garbin soltó a las gallinas.

Un hombre, quizá el líder de los aldeanos, se adelantó y así habló:

-¿Vas a alguna parte, monstruo?

-Pues sí – dijo Garbin – A la montaña.

-¡Silencio! Cállate. ¿Qué haces aquí?

Garbin no contestó.

-¡Te digo que a qué demonios vienes a nuestra aldea, miserable!

Pero Garbin hacía caso omiso de sus palabras.

-¡Eh, tú! ¡Te estoy hablando! ¡Oye…!

-Me has dicho que me calle – gruñó Garbin.

-¡Pero serás…! Bueno, pues ahora te ordeno que hables sólo para responder a mis preguntas. Bien, ¿cuál es tu nombre, orco?

-Mmmm… Mi nombre es demasiado oscuro y complicado como para pronunciarlo en vuestra lengua…

-No te enrolles. ¿Cómo te llamas?

-Garbin.

-Vale, Garbin. Tú solo no pareces muy peligroso, pero aun así eres un orco, y quiero saber qué hace un orco en nuestro hogar – miró hacia el saco que colgaba de su espalda. Rió – ¿Qué eres, el Hombre del Saco?

-El Orco del Saco – lo corrigió Garbin.

-Ya basta. Ya has hablado bastante. Veamos qué tienes ahí…

Seguidamente le arrebataron el saco y examinaron su interior. Los dueños reclamaron sus alimentos.

-Ahora veo que no eres más que un ladrón de pacotilla – dijo el jefe – ¿Y sabes lo que se les hace a los ladrones por aquí? Se les ahorca.

Aunque Garbin no deseaba hacer el mal, el sarcasmo lo dominaba, y su sangre orca lo obligaba de alguna manera a ser desagradable con aquellas gentes que lo despreciaban.

-Hey, no sé cómo ha llegado ahí toda esa comida – dijo – Yo metí cabezas de niños.

-¡Que te calles! – le ordenaron, y le dieron un golpe en el cogote, dejándolo inconsciente…

Cuando Garbin despertó, la noche ya estaba bien entrada. Lo primero que advirtió fue que una soga se enredaba molestamente alrededor de su feo cuello. Miró hacia arriba y vio la horca. Miró hacia delante y vio a una multitud que esperaba verlo morir. Miró hacia abajo y vio que sus pies se sostenían sobre un alto taburete. Y por último miró a su izquierda, y vio al hombre que estaba a punto de darle una patada al taburete.

-Al diablo – murmuró – Acabemos de una vez con esta puñetera vida.

El hombre le propinó la previsible patada al taburete, con lo que Garbin se vio colgando agonizantemente de la cuerda, cuya fuerza le apretaba la nuez y le cortaba la respiración. Cualquier otro se hubiera alarmado. Pero Garbin cerró los ojos. Luego perdió la consciencia. Pronto acabaría todo.

Justo en ese momento todo el mundo oyó un espeluznante aullido que les heló la sangre, y venía de muy, muy cerca. Un hombre llegó corriendo a paso desesperado y cayó al suelo.

-Una bestia… – susurró – Hay una… bestia en el pueblo…

Otro aullido si cabe peor que el anterior se dejó oír, y luego un gran destrozo, como de casas derrumbándose. Cundió el pánico.

-¡Una bestia! – gritaron – ¡¿Qué haremos ahora?!

-¡Que alguien nos libre de la amenaza, ninguno sabemos luchar!

-¡El orco! ¡Que la mate el orco!

El cabecilla se volvió hacia el orco, que parecía estar muerto ya. Corrió hacia él y cortó la soga de un tajo. Cuando la cabeza de Garbin se dio contra el suelo, recuperó el conocimiento instantáneamente. Comenzó a toser.

-Maldita sea… – farfulló – Ahora me matáis. No he pasado por este mal trago para seguir viviendo. O me dejáis vivir o me matáis, pero no me ahorquéis a medias. Quiero terminar con este sufrimiento – dicho esto aferró la soga cortada y tiró de ella con todas sus fuerzas para ahorcarse él mismo.

El líder de la aldea se lo impidió con un nuevo golpe en la cabeza, que ya estaba empezando a padecer secuelas después de tanta torta.

-¿Te ha costado encontrar un hueco en el que aún no hubiera ningún chichón? – se quejó Garbin.

-Tarde o temprano conseguiré que te calles, maldito…

Un tercer aullido, tan o más estridente que los otros dos.

-¿Qué es eso? – preguntó Garbin – ¿Se os ha escapado un perro?