-No sé lo que es, pero está destrozando la aldea. ¡Tienes que detenerlo!
-¿Yo?
-¡Sí, tú sabes luchar! ¿No es así? ¡Por eso te he liberado!
-¿Y quieres que te lo agradezca? Oye, yo no soy un héroe, ¿vale? Sólo soy un orco. No puedo encargarme de eso, sea lo que sea.
-¡Tienes que intentarlo! O lo haces o nos matará a todos. Creo que no estás contento con la vida que llevas, orco. Lo veo en tus ojos. Quizá ésta sea tu oportunidad de redimirte y comenzar una nueva vida, haciendo el bien y no el mal.
-¡¿Hacer el bien?! ¡Ja! Soy un orco. ¿Qué esperas de mí? No importa que haga el bien o no. Ni siquiera importa que quiera o no hacerlo. Siempre seré despreciado, tanto por los míos como por los tuyos. Por todo el mundo. Lo mío es… ya sabes, robar, tirar piedras, asustar a los niños y todo eso.
-¿Asustar a los niños?
-Sí. Buh.
Furioso, el hombre le asestó otro golpe al lado de la oreja.
-¡Maldito seas, monstruo! ¡Sal ahí y encárgate de esa bestia, o…!
-¡¿Te crees que colecciono golpes o qué?! Mira, te cambio uno repe – y al decir esto le dio un puñetazo en la cara al líder de la aldea, quien enfurecido lo agarró de sus vestimentas y lo llevó hasta el lugar del que se oían los gritos.
Garbin tampoco opuso mucha resistencia. Pretendía hacerse el duro, pero lo cierto es que le ponía enfermo ver cómo la gente chillaba de terror. Meditó un momento sobre las palabras del hombre, y decidió que tal vez podría tener razón. Quizá si eliminaba a aquella bestia lo aceptarían, o por lo menos se sentiría bien consigo mismo de haber hecho algo que no fuera despreciable.
El hombre lo soltó con un empujón, y salió al encuentro del monstruo. Era un gigantesco hombre lobo, grande como una casa, y estaba destrozando de forma salvaje todo lo que encontraba en su camino, sin ningún tipo de miramiento. Parecía que buscaba a alguien.
Garbin se sorprendió y reconfortó al mismo tiempo al reconocer en él a un viejo amigo de los buenos tiempos. El lobo se detuvo, y la imagen del orco pareció tener el mismo efecto sobre él.
-¿Garbin? – aventuró.
-¿Pluck?
-¡Garbin!
-¡Pluck!
Ambos corrieron el uno hacia el otro y se abrazaron efusivamente.
-Garbin…
-Pluck…
El lobo le golpeó la cabeza amistosamente.
-Déjame la cabecita, compañero. Últimamente la tengo que no doy abasto. ¿Has venido a rescatarme?
-¡No! Estaba buscando alguien a quien comerme. ¿Qué haces tú aquí?
-Bueno, pues verás… ¡¿Alguien a quien comerte?! ¿Qué hay de las tesis que te expuse sobre comerte a la gente indiscriminadamente?
-Oh, vamos, Garb, no seas aguafiestas. ¡Tus tesis me tenían muerto de hambre! No tengo nada contra estas personas… Sólo tengo apetito. Mira, Garbin, a la hierba se la comen los conejos, a los conejos se los comen los jabalíes, a los jabalíes se los comen los humanos, y a los humanos me los como yo. Es ley de vida, socio. O ganas tú o ellos. Al final sólo queda el más fuerte. Por cierto, ¿comen conejos los jabalíes?
-Supongo.
Tres hombres se asomaron entonces para contemplar la supuesta pelea, pues no oían golpes, uno de ellos el jefe de la aldea.
Garbin pensó rápido y con un grito de guerra se abalanzó sobre su amigo para acto seguido asestarle varios puñetazos en el hocico.
-¡Huid! ¡Salid de aquí, estúpidos humanos! ¡¡Deprisa!!
Los hombres obedecieron. Sorprendido, el hombre lobo se zafó agresivamente del orco.
-¡¡Aaargh…!! ¡¿Pero qué diablos haces, Garbin?!
-Lo siento. Es que esas personas creen que voy a librarlas de ti, y como me estaban mirando…
-¡Me has hecho daño, ¿sabes?!
-Ya te he dicho que lo siento. Escucha, necesito que me hagas un favor. ¿Te importa hacerte el muerto para que parezca que te he matado?
-¿Qué? Garbin, me muero de hambre. Debo encontrar un bocado rápido o voy a desfallecer. Tengo un agujero en el estómago…
-Es un favor de amigo, Pluck. ¿Recuerdas todo eso que te conté sobre una vida mejor? Creo que tengo una oportunidad. Simula que te he matado, por favor…
Extrañados, los hombres volvieron a asomarse a observar la escena.
-¿Va todo bien, orco?
Garbin se lanzó una segunda vez contra el hombre lobo y empezó a darle más golpes.
-¡Malditos humanos entrometidos! ¿Queréis largaros de aquí?
Los hombres desaparecieron.
-¡¡Hey!! – se quejó Pluck – Garbin, nos conocemos desde hace mucho, pero si vuelves a hacerme eso te juro que te arrancaré la cabeza.
-Entonces hazte el muerto. Porfavorporfavorporfavorporfavorporfavor…
-Oh, está bien, cállate. Eres un tipo raro, Garbin. Pero me caes bien. Como te veo tan entusiasmado… Bien, como quieras. Allá voy – el lobo carraspeó y luego cambió su voz por una más teatral, a la vez que subía el volumen para que todos pudieran oírlo – AY, me has MATADO… Estoy MUERTO… Pero que muy MUERTO… Eres un HÉROE, GARBIN… AGH… Me MUERO…
-Vale, tío, que lo estás forzando demasiado…
Pluck se desplomó en el suelo.
La gente llegó a borbotones y contempló el enorme cuerpo del licántropo en el suelo. Luego cogieron al orco en brazos, y comenzaron a aclamarlo.
-¡Viva Garbin, el Orco Bondadoso! ¡Nos ha librado de la bestia! ¡¡Viva!!
Garbin sonrió y se mostró muy satisfecho y reconfortado. Creyó que por fin empezaría una nueva vida…
-¡Rematemos al lobo por si las moscas! – exclamó de pronto un anciano.
-¡Cortémosle la cabeza!
-¡Trasquilémoslo y hagámonos abrigos con sus pieles!
Pluck se mostró disimuladamente alarmado e intentó no menear la cola de los nervios. Pero Garbin resolvió su temor.
-¡No es necesario! – se apresuró a decir – El lobo está muerto, lo he matado yo. ¡Ahora vayamos y celebrémoslo con una buena cena!
-¡Síiiii…!
Con las emociones todo el mundo olvidó al lobo y lo siguió, y así Pluck pudo escurrirse y escapar de la aldea, eso sí, después de robar una vaca y un tonel de vino para pasar la noche.
Mientras tanto, el cabecilla del poblado se acercó a Garbin y le sonrió.
-Como te dije, has demostrado que no estás obligado a ejercer el mal. Puedes quedarte con nosotros tanto tiempo como quieras… Garbin.
Garbin asintió animado.
-Así lo haré – dijo.