El orco de los recados

-Vaya… Yo en cambio estoy empezando a sentirme arrepentido por no haberlo hecho, ¿sabes? Pero todo lo que dices parece tan cierto… Además, me tortura la idea de que, si hubiera raptado a un par de personas y se las hubiera llevado a Maglerond, nada de esto habría sucedido, y muchas vidas se habrían salvado. A menudo hay que sacrificar a algunos inocentes para que muchos otros puedan salvarse, y eso me turba. Pero aun así, si volviera un par de días al pasado, no creo que hubiera modificado en absoluto mi comportamiento. No puedo hacerlo, Pluck.

-No pienses más en ello, hermano. Lo que está hecho está hecho. Al fin y al cabo, nada tenías tú que ver con esas gentes. Tarde o temprano todo habría vuelto a su cauce. Los seres como nosotros no podemos aspirar a una vida mejor, ni a una aceptación por parte de la sociedad. Por una parte estamos nosotros y por otra ellos. Somos incompatibles. Tiene que haber de todo en este mundo, ¿no crees? Y… Lo creas o no, es muy difícil renunciar a tu propia naturaleza, Garbin. No le des más vueltas.

-Pero a mí no me gusta este asco de vida, Pluck…

-Ni a mí tampoco, compañero. Ni a mí tampoco. ¿Crees que me gusta vagar solo de un lado para otro, sin nadie con quien hablar? ¿Crees que me gusta tener que esconderme porque sé que soy despreciado por todo el mundo? ¿Crees que me gusta saber que tengo que arrebatar una vida y provocar el llanto de montones de familias cada vez que tengo hambre? Pero soy un hombre lobo, me guste o no, y me limito a obedecer a mis instintos. Si piensas en lo que está bien y lo que está mal te volverás loco. Claro que es un asco de vida, hermano, pero ¿qué vamos a hacer? ¿Ponernos a llorar? Por lo menos nos tenemos el uno al otro. Procuremos animarnos y hablar de cosas más alegres.

-En eso tienes toda la razón, Pluck. Y te digo una cosa: no pienso volver a la montaña. Voy a empezar una nueva etapa de mi vida. Mañana mismo echaré a caminar hacia el horizonte, en busca de algo que motive a vivir a este orco tan cavilador. Me gustaría tener compañía, así que, si quieres… Siempre que no quieras continuar solo, claro.

El lobo sonrió.

-Será un honor viajar contigo, Garbin.

Le dio una bofetada cariñosa mientras reía.

-Deja en paz la puñetera cabeza, Pluck.

-Okey, tranquilo.

Fue entonces cuando el orco se percató de algo que su amigo guardaba con recelo a su derecha y que por lo visto estaba royendo mientras hablaban.

-¿Qué es eso que estabas comiendo, Pluck?

-Oh, ¿esto? Emmm… Nada. No es nada.

-Para no ser nada te debe resultar muy sabroso.

-Sí. O sea, no. Déjalo, Garbin, no tiene importancia…

-¿Qué es?

Garbin alargó un brazo y agarró aquello que estaba comiendo el lobo.

-No me lo puedo creer… ¡Son piernas! ¡Las piernas de una humana!

-Bastante celulíticas, por cierto…

Garbin miró a su compañero con gesto duro.

-¿Qué? – dijo el lobo – No, Garbin. No voy a pedir perdón. No estoy arrepentido. Deja esas piernas en su sitio, grrrrr… Ya estaba muerta, socio. A ella no le va a importar mucho. Si no me la como yo se la comen los gusanos, ¿o no?

-Pues no sé, visto así…

-Iré contigo, Garbin, pero debes tener en cuenta que soy un hombre lobo. Y, como ya te he dicho… Es muy difícil renunciar a tu propia naturaleza…

-Muy difícil… – repitió para sí el orco con voz lastimera mientras dejaba escapar una lágrima de sus hermosos ojos azules. Luego se los enjugó y quedó callado un instante – Pásame un trozo de carne, ¿quieres?