El orco de los recados

El hombre le proporcionó una palmadita amistosa cerca de la nuca.

-La cabeza, jefe.

Garbin decidió de veras quedarse a vivir con aquellas gentes, al menos por un tiempo. Por el día podía refugiarse del sol en la que sería su nueva casa o bajo la espesura del bosque, si así lo prefería, y por la noche cenar y charlar alegremente con los aldeanos.

El día siguiente a su llegada las cosas fueron muy bien. Lo trataban ya como si fuera uno de ellos, con “¿Qué hay, Garbin?” y “¡Hasta luego, Garbin!”, y además con honores. Por una vez en su vida, el orco se sintió bien, y creyó encontrar definitivamente la paz que tanto tiempo andaba buscando. Todo transcurrió con una tranquilidad inusitada para él.

Por el día dio un largo paseo por el bosque con algunos de sus nuevos amigos, que le mostraron los bellos lugares que ocultaba la zona, y por la noche todos se reunieron alrededor de una gran fogata en el centro del pueblo y escucharon atentamente sus historias.

Pero, allá en la montaña, alguien estaba inquieto. El gran jefe Maglerond golpeaba la hoja de su espada contra el pie del Trono mientras esperaba con ansiedad noticias de Garbin. De pronto, el repiqueteo cesó.

-¡Maldición! Sabía que no podía confiar en ese imbécil pacifista de Garbin. ¡Preparad las armas, muchachos! Mañana bajaremos a la aldea.

En la tarde de su tercer día en la aldea, Garbin se había adentrado profundamente en el bosque para sentir la calma que en él se respiraba. A decir verdad, ya se había olvidado de los recados que le habían mandado y de las amenazas del gran jefe Maglerond. Pero algo lo alarmó y le recordó de súbito lo que pasaría si no cumplía debidamente con su misión. Porque no muy lejos avistó a una avanzadilla de orcos que se dirigían hacia la aldea. “Ya están aquí”, se lamentó, “Al final han venido”.

Como conocía los caminos mejor que nadie, echó a correr hacia el poblado con intención de adelantarse a los orcos. Llegó presuroso a la aldea, en donde la gente se dedicaba como cada día tranquilamente a sus labores. El orco los avisó a todos para que no los pillaran por sorpresa, y la muchedumbre se mostró aterrorizada.

-¡¿Orcos?! ¡Oh, no, nos matarán a todos!

-¡No nos dejan vivir en paz!

-¿Y por qué no les hablas? ¡Tú eres un orco, puedes disuadirlos!

-¡No, no puedo! – replicó Garbin – Éstos orcos no son como yo, son crueles y destructivos, y arrasarán con todo lo que encuentren.

-No tendrás tú algo que ver, ¿verdad? – preguntó el jefe del poblado con tono antipático – ¡¿No será una artimaña para ganarte nuestra confianza y luego traicionarnos a todos?!

-¡¡No!! ¡No, maldita sea, yo también los odio!

-¿Y qué podemos hacer?

-Dos cosas: podéis quedaros aquí, esperando vuestra muerte… o podéis luchar.

-¡¿Luchar?!

-Así es. Debéis defender lo que amáis. Si de verdad amáis estas tierras, no podéis rendiros tan fácilmente. ¡Propongo que luchemos, todos juntos!

La multitud quedó confusa, sin saber qué hacer o decir. Rara vez habían luchado, y empezar a hacerlo contra un ejército de orcos no era muy alentador…

-¡Vamos! – exigió Garbin – ¿Quién está conmigo?

Una chispa reprimida brotó inesperadamente en los corazones de los aldeanos, quienes comenzaron a levantar los brazos uno detrás de otro, y pronto los voluntarios empezaron a contarse por decenas.

-¡Muy bien! – aplaudió Garbin – Ahora bien, los que no quieran luchar, pues en su derecho están, que huyan o se escondan. ¡Pero los que estén dispuestos a defender su hogar, que corran a proveerse de todas las armas que puedan y se reúnan aquí conmigo dentro de unos minutos! ¡No tenemos mucho tiempo!

Así lo hicieron, y en breves instantes la multitud se arrejuntó frente a la entrada del bosque, formando una larga hilera en la que se esgrimían viejas espadas durante largo tiempo envainadas además de otras armas provisionales, tales como utensilios domésticos. Pero la gente tenía confianza en sí misma, y también en su nuevo y rocambolesco líder, y ésa era el arma más poderosa.

No transcurrió demasiado. La avanzadilla ya se había reunido con el resto de la partida, y estaban llegando a los lindes del bosque. Se oía el retumbar de cientos de pasos metálicos.

-¡Ahí están! – gritó el jefe de la aldea – ¡Preparad las armas, y que la suerte esté con vosotros! Siempre te recordaremos como aquél que liberó nuestra aldea, Garbin. ¿Garbin? ¡Hey! ¡¿Dónde está Garbin?!

Rato después, desde lo alto de una colina, dos extrañas figuras miraban sentadas cómo la aldea era quemada y saqueada vilmente por los orcos. De vez en cuando alguien conseguía escapar de la aldea corriendo desesperadamente por su vida. Los que no podían terminaban sus días con agudos y escalofriantes gritos de dolor, o de lo contrario eran apresados para ser torturados durante mucho, mucho tiempo, y eso, en manos de un orco, es infinitamente peor que la muerte.

La figura de la izquierda se removió apesadumbrada.

-¿Qué crees que debería haber hecho, Pluck? ¿Debería haber luchado yo también contra ellos?

-No lo creo. Si una cosa he aprendido en esta vida, Garb, es que sólo sobrevive el que es egoísta. Sólo si te preocupas por tu propia seguridad tienes esperanzas de vivir. Es la ley de la supervivencia, de la que tantas veces te he hablado frente a tus tesis. Podías haberte quedado ahí abajo y haber defendido a tus nuevos amigos, pero habrías muerto, porque en ti habría sido en quien antes se habrían fijado. Y lo peor es que habrías muerto inútilmente. Como un héroe, cierto, pero inútilmente, porque es cosa común que los que son llamados héroes pierdan la vida en vano, defendiendo valores imposibles. Creo que, a pesar de todo, Garbin, el instinto de la supervivencia ha resurgido en ti como orco que eres en el momento preciso y te ha sacado sano y salvo de ésta, contra toda esperanza. No, no creo que hubiera sido buena idea luchar, amigo mío.