El orco de los recados

Esto no es un cuento. Y por lo tanto no va a empezar por un tópico como “Érase una vez”. Y Garbin no es un apuesto príncipe, ni tampoco un valiente caballero. Es un orco.

Su piel es de un desagradable color oscuro y verdoso; sus ropajes son sombríos y harapientos; en sus rasgos se observan crueles malformaciones, e infinidad de arrugas repugnantes; su tez es horrible. Nada hay en Garbin que no haga pensar que el mal fluye por sus venas… excepto sus ojos. De un azul claro y hermoso, sus brillantes ojos bien podrían haber pertenecido a la estirpe élfica, y no a la suya. Mucho se podría adivinar mirando a Garbin fijamente a los ojos.

Vive en las profundidades de la montaña, con su gente. No le gusta la vida que lleva. Odia a los suyos, y los suyos le odian a él. Pues entre los orcos no hay confianza, y los sentimientos más comunes a menudo confluyen entre la ira, el rencor y la venganza. Como orco, el único arte innato que tiene es el de matar; pero él mismo sabe que no es un talento éste digno de orgullo. No le gusta matar. Debido a su excéntrica personalidad para ser un orco, se ha ganado el título de “orco de los recados”, pues a él se le encomiendan las tareas menos… orcas, por así decir. Y se queja. Porque vive como un esclavo, y él cree en la libertad. Pero un día, espera poder empezar a vivir…

Ésta es la amarga historia de cómo un orco intentó desviarse de la senda marcada para convertirse en algo mejor. Algo admirable para ser un orco.

El gran jefe Maglerond se acercó a Garbin con paso firme. Éste se hallaba bruñendo unas cimitarras mientras gruñía.

-¡Eh, chico! – ladró el jefe – Tengo un trabajo para ti.

-¡Ja! Qué novedad… – murmuró Garbin.

-Verás. Como supongo sabrás, dentro de dos días vamos a dar un festín por nuestras recientes conquistas. Hemos sacado mucho últimamente y vamos a celebrarlo. Hacen falta ciertos alimentos de los que ahora mismo no disponemos y que no pueden faltar en un festín, y quiero que bajes a esa aldea que conoces a por ellos. Un trabajo sencillo, teniendo en cuenta tus estúpidos ideales…

-¿Y por qué yo, eh? Todo se le manda a Garbin. Garbin, haz esto, Garbin, haz lo otro… ¡Estoy harto de ser el orco de los recados!

-¿De verdad? ¡Bien! Entonces deja esas espadas, no hay más que hablar. A la próxima vez que saqueemos un poblado, robemos los animales, quememos las casas, matemos a los hombres, violemos a las mujeres y nos llevemos a los niños te vendrás con nosotros, ¿de acuerdo? ¿Qué dices?

Garbin quedó turbado.

-No… – dijo al fin – Ni hablar. Sois una panda de salvajes carentes de racionalidad. Malditos idiotas…

-¡Eso pensaba! – gruñó el gran jefe Maglerond – Eres una vergüenza para nuestra especie, Garbin. Nunca nadie oyó hablar de un orco pacifista. A menudo te niegas a matar, e incluso das problemas cuando se te ordena torturar a los prisioneros. Así que, por la cuenta que te trae, vigila tu arrogante lengua y cumple sin rechistar con las “obligaciones” que se te encomiendan.

Garbin no dijo nada.

-Coge un saco. Toma esto – el jefe le tendió un papel.

-¡¿Qué es esto, una lista?!

-Sí. ¿Algún problema?

-Pues…

-Bien. Roba todo lo que he apuntado, y si alguien te lo intenta impedir, lo matas. ¿Me oyes? ¡Lo matas! Como mucho mañana te quiero aquí con todo eso.

Garbin leyó la nota en voz alta.

-Er… Vaya. Pan. Queso. Seis botellas de leche (aproximadamente). Agua, por supuesto. Vino. Dos sacos de harina. Trigo. Cebada. Chocolate. ¿Chocolate? Je, je… Tabaco (para el viejo). ¿? Carne de ternera. Algo de pescado. Caramelos. Ay… Mejillones en escabeche. Pfff, Madre del Amor Hermoso… H… Hue… ¿Has tachado los huevos? Ah, okey. Tres gallinas (vivas). ¿Vivas? ¡¿Cómo que vivas?!

-Así es.

-Oh, cielos… Un niño (pequeño). ¡¿Qué?!

-Para el pastel.

-¿Y qué es esto? Una mujer (voluptuosa). ¡¿Qué demonios significa esto, Maglerond?!

-Lo que lees. Quiero a una mujer, y la quiero viva. Nos divertiremos con ella un rato. Y luego… La encerraremos o nos la comeremos, no sé, ya se verá. Si es bella y tiene algún hijo te los traes a los dos, así matas dos pájaros de un tiro.

-¡¡Ni pensarlo!! – Garbin arrojó la lista al suelo – ¿Qué te has creído tú, gran jefazo, que soy una mula de carga? No voy a traer a ningún humano. ¡A ninguno!

-¡Me pones furioso con tus necedades! ¡Quiero todo eso, y rápido! Si no puedes con el saco, robas una carreta. Pero mañana te quiero de vuelta con todo. Y si crees que no puedes raptar a un par de humanos, yo mismo bajaré acompañado de unos cuantos a por ellos. Y no te gustará nada lo que haremos, créeme… Tú decides.

Garbin se sintió verdaderamente mal después de aquello. Sabía que si no traía él a una mujer y un niño, bajarían los demás a la aldea y se llevarían a muchos más. Pero se sentía incapaz de hacerlo. Ay, qué decisión tan funesta y desgraciada…

En cualquier caso pensó que no era conveniente perder más tiempo. Nadie sabía lo que le podía aguardar el destino. Tan pronto como Maglerond se hubo marchado dejó las espadas a un lado, se armó con su propia cimitarra y su casco de hierro forjado, cogió un saco grande y la lista de alimentos, y partió.

Dejó atrás la montaña, y se internó en el camino del bosque. Procuró no pensar en lo que haría hasta que no llegara a la aldea. Entretanto, se dedicó a mirar los árboles, arbustos y animales. Allí se encontraba a gusto, pues por lo menos el espeso ramaje apenas permitía la entrada de los rayos del sol.

Transcurrieron un par de horas, y el bosque llegó a su fin. Garbin descubrió que fuera de sus lindes un hermoso crepúsculo rosado se cernía sobre el mundo. Miró un instante hacia el sol, y se arrepintió de haberlo hecho; no obstante, pronto se ocultaría entre las montañas, y esto lo animó un poco.