Historia privada
Crónicas de Farbala
Hacía tiempo las noches eran más cortas, y los días claros y brillantes, la primavera estaba en sus primeros compases, y Earin se afanaba en comprender las terribles discusiones de las gaviotas, que rara vez quedaban en consenso. Había aprendido muchas cosas nuevas en ese tiempo, gracias a las noticias de estas parlanchinas aves.
Sentada en la hierba, al pie de una de las dunas doradas limpiaba unas uvas de playa cuando un sonido lejano llamó la atención de Earin, se acercaba un hermoso animal de largas crines, con correajes y bridas plateadas, que refulgían haciéndole parecer aun mas hermoso, lo observó con deleite y curiosidad, como hechizada, hasta que lo tuvo encima, fue entonces cuando la elfa, dio cuenta de que no había maldad en él, y entonces no sintió miedo.
Jinete y caballo se detuvieron a unos metros de ella, y el elfo el descendió despacio de su montura, era joven, muy joven aún, se acercó andando lentamente sobre la arena, y sin dejar de mirarla llegó frente a ella.
Sus ropajes ensalzaban su extraordinaria figura, mas alto que cualquier otro de su raza, de manos grandes y espalda ancha, su pecho era robusto cual puerta impenetrable.
Ni la brisa del mar silbó, durante el tiempo que permanecieron los dos de pie, inmóviles, hasta que él habló;
- ¿Quien eres tú, hermosa doncella, que habitas en la soledad y al abrigo de este mar en calma? Acaso mi viaje bajo el sol aturde mis sentidos, y es una visión lo que tengo delante, más oh! Bella entre las bellas, por la gracia de Yavanna que eres sin duda uno de los mas hermosos entre nuestra raza!-
La voz del elfo sonó grave y majestuosa, tan fuerte y cálida, ... ella se sorprendió de oír una voz tan distinta a la suya, su memoria trató de revivir algún recuerdo pasado sin éxito, pero ella se estremeció secretamente, y se maravilló al contemplar la magnificencia y el esplendor del elfo. Su cara parecía esculpida en la más noble madera, de tez dorada por el sol, y ojos pardos tan grandes que ella podría asomarse hasta el fondo de su alma.
Los cabellos ensortijados le cubrían una frente digna de reyes, y su porte y prestancia eran en realidad fascinantes. Y pudo ella ver en su interior, una bondad infinita. Pero tambien orgullo.
- No soy mas que un alma errante, hija del mar y el bosque, que vive en paz con el mundo- dijo Earin, y el semblante del elfo cambió en cuanto ella comenzó a hablar, pues era la voz de la elfa, suave y poderosa al mismo tiempo.-
Él casi sonreía al oír tal afirmación, pero se contuvo y respondió. - No puede hoy ya, ser un elfo, nacido de la Tierra, sino descender de nuestros linajes a este lado del mar. Pero si así lo contáis, así sea! Pero no puedo llamaros Hija del Mar.- dijo el elfo con cierta ironía -
Iba a decir su nombre, pero al notar la burla del elfo, calló.
- Sea así.- Se limitó a responder ella.
Entonces el elfo, se inclinó ante ella, y dijo muy dignamente;
- Yo soy Elboron Meloronuillion joven príncipe de la Farbala, y no era mi intención ofenderte. Ruego me perdonéis y aceptéis mi leal ayuda desde hoy en adelante, pues es bien sabido que una joven elfa no puede vivir sola entre el marjal y el bosque, a merced de las inclemencias y las bestias.
No son pocos los peligros que en estos días se extienden por el mundo.- Añadió.
Ella no dijo nada mas, por que no supo que responder a tan amable ofrecimiento, solo sonrió conmovida, y le tocó el hombro para que levantara la cabeza, y al tocarle, supo de repente que ya jamás se alejaría de él.
El observó el raído atuendo de la elfa, y se preguntó de veras, de donde habría salido aquella elfa, se acercó al caballo, y le tendió una hermosa capa verde, con ribetes dorados.
Y antes de que ella pronunciase palabra alguna se la echó por encima de los hombros, no puedo ofreceros nada mejor, solo tengo esto por ahora. Pero volveré, si me lo permitís.
Y volvió, y siguió yendo a las colinas de mas allá de Farbala... cuidando de ella, con ternura, se preocupo de su vestido, y le ofrecía largas lecturas, que la elfa agradecía con entusiasmo. Pues quedaba como hechizada oyendo la voz de Elboron. Y su espíritu descansaba observando el sereno rostro atezado de el bello elfo.
Caminaron por los marjales cada tarde, durante muchos días, y semanas.
Él le contaba de como el mundo seguía con su incesante avance, de la laguna de Farbala, de sus tierras y su puerto.
Todas esas cosas las oía la Hija del Mar con gran interés y la amistad entre ambos crecía cada día, ella cantaba para él, y le enseño mucho de las bestias del bosque. Elboron no insistía en su origen, pues ya ella había dicho que no tenia nada que añadir, y que solo había pasado sus años viviendo en el valle y después en el mar, pero en su corazón, el elfo estaba intrigado por descubrir como había llegado aquella elfa a la costa.
La invitó a acompañarle en varias ocasiones, pero ella siempre rehusaba hoscamente la invitación, como huyendo de algún temor oculto.
Pero su corazón inquieto, la había llevado a acercarse furtivamente a ver la laguna escondiéndose entre la niebla del alba, y en las noches de luna iba a veces a contemplar el magnifico puerto, que Elboron le había descrito con todo detalle... deseaba en su corazón vivir entre esas gentes, y pasar los días en compañía, pero al mismo tiempo el desconsuelo se apoderaba de su corazón. Buscaba consejo en el mar, pero las aguas ya no le hablaron desde aquella primera noche, y tan solo en sueños, dejaban algunos mensajes confusos.
Hasta que una noche de luna, al volver de una de sus escapadas por Farbala, oyó unas voces en la lejanía, dos hombres se increpaban mutuamente, y dispuestos a pelear desenvainaron sus espadas, pero uno era mayor y fornido y el otro no pasaba de chiquillo, y su espada era apenas un puñal.
Esperó por la honra del joven, hasta que este estuvo en el suelo, pero cuando adivinó que el ajado contrincante, se disponía a matarlo de veras, y sin ningún pudor, se adelantó y le ordenó detenerse, el hombre se detuvo durante un segundo, mas por la sorpresa que por obediencia, pero al advertir que la elfa era joven y estaba desarmada, la increpó, y tras asestar una patada en el costado del joven, se dirigió hacia ella, espada en alto, Hachìda salió entre las sombras y atacó rápidamente, pero él lanzó un puñal al pecho, directo al corazón de la elfa, que ella solo pudo esquivar hacia su hombro, Hachìda sacudió al hombre hasta separarle todos los huesos de las piernas, y cuando el desgraciado perdió el conocimiento a causa del dolor, lo dejó. La elfa trató de atender al joven y sacarlo al camino, pero la daga estaba envenenada, y cada momento que pasaba se sentía más frío y más debilidad. Puso al joven en el camino y encendió una hoguera para que la vieran los centinelas de la laguna. Ella huyó hacia los acantilados, tratando de atajar camino de vuelta a su refugio, pero al cabo de una hora de caminar, cayó en una hondonada muy lejos de los marjales, y de su "hogar".
Esa madrugada casualmente una comitiva de caballos, perros y sirvientes, pasaron por la hondonada, las trompetas y el galopar de las bestias que perseguían, no despertó a la elfa de su sueño de agonía. Pero Hachìda ladró y aulló sin descanso hasta que llamó la atención de la partida de caza, y así fue encontrada por el Señor de la Farbala, y trasladada rápidamente a la mismísima Casa del Rey, ya que todos reconocieron en sus ropas el sello de Farbala, y la insignia de los príncipes.
El Rey suspendió la cacería y ordenó guardar secreto acerca del acontecimiento, hasta que no se aclarase la procedencia de la joven, y nada se supo entonces ni mucho después, más allá de los seis sirvientes que lo acompañaban, las dos jóvenes doncellas que se ocuparon de la cama y dos de sus mejores médicos.
Mientras, Elboron volvió a las blancas dunas durante dos días, y no encontró más que silencio, hasta que el tercer día que se disponía a salir, vio al gran perro cruzando el patio y colocarse bajo una de las ventanas de Ingole Tirion, y de repente lo supo.
Era ella, seguro! subió las escaleras de tres en tres, Hachìda le seguía ahora, y le guiaba también. Los centinelas iban a cerrarle el paso, pero al verle la cara prefirieron enfrentar la ira del rey, antes que negar la entrada al príncipe Elboron.
Entró en la estancia y descubrió con los ojos, lo que en su corazón ya sabía, sobre un lecho blanco, yacía ella, pálida y fría.
Las ventanas cerradas y el aire cargado de la habitación, a causa de las quemas de plantas e inciensos medicinales le hicieron sentir una terrible angustia, se sintió desfallecer, pero en el fondo sabía que solo era miedo de verla perdida, por que descubrió el terrible blasón púrpura colgado por los médicos en la cama, significaba que estaba desahuciada, que ya no había remedio para ella. Solo cabía esperar...
Se acercó a la cama dudando, le sujetó la fría mano contra su pecho, y se culpó por haberla dejado seguir viviendo sola en la playa, maldijo tres veces en alta voz, el día que volvió a la Farbala sin ella, y una dura voz anunció;
-Ha sido precisamente en Farbala donde la han herido mortalmente,- Y quién habló no era otro que el Rey.
Elboron se volvió y jamás vio su padre una mirada como aquella en los ojos de su hijo, su confusión, una ira infinita y un terrible reproche, chispeaban en sus grandes ojos, luchando por salir al mundo, mas solo dijo;
- ¿Donde la encontraste?- Soltó la mano de la elfa con sumo cuidado. Y se acercó a la contraventana junto a su padre.
- En la hondonada, llevaba varias horas inconsciente, tenemos al culpable, pero ella esta ya desahuciada. Y ahora, tenemos que hablar hijo, has de explicar varias cosas.-
-¿Le tenemos?- gritó Elboron. - ¿Donde está? ¿Y por que sigue vivo? ¿Hablar dices, vas a explicarme como va a morir mientras estamos aquí sentados esperando?-
El joven príncipe esta fuera de sí, no esperaba tal noticia, y necesitó uno minutos para poder pensar. Salió de la habitación sin oír lo que su padre había comenzado a decirle, se dirigió a los sótanos buscando donde estaba aquel que ostentaría el titulo de haber matado a la elfa que él amaba en secreto, y lo encontró, sentado en una celda donde entraba un único rayo de sol, -...eso será lo primero que te quitaré maldito!,- y de un rápido golpe con una fusta le cegó, y quedó con los ojos llenos de sangre, el hombre rogaba por su vida cuando el príncipe le cerró sus enormes manos sobre al cuello.
Después que el elfo le asestase algunos golpes de advertencia, para que supiera que era lo que iba a pasar, el hombre repetía una y otra vez y juraba por su vida, que existía un antídoto, y que los sabios de Farbala no lo conocían por ser de las tierras oscuras, más allá del norte.
Tres minutos después estaba muerto, y Elboron se disponía a partir de camino al norte, pero el rey se opuso por que le parecía muy arriesgado, y no entendía por que tanto alboroto por una joven elfa desconocida, Elboron era muy joven aun, para tan alta hazaña, y sus hermanos, que conocían algo de la historia, sobre todo el primogénito del rey, se ofrecieron a emprender la marcha, y al rey no le quedó mas remedio que consentir pero solo que subieran hasta la montaña coronada, a buscar a Sibila la hechicera, ella sabría que hacer sin duda.
Así fue, que los dos príncipes partieron a la montaña coronada, y Elboron se quedó al pie de la cama de la Hija del Mar, y contó entonces la historia a su padre, que enseguida comprendió, por que iba vestida como los de su casa, llevando la insignia de los príncipes, y como había llegado a la Farbala. Pero a lo que no dio crédito fue a que esa chiquilla hubiera estado viviendo apenas toda su vida sola, sin más techo que el cielo, y sin más lecho que la hierba.
El le dijo a Elboron como había ocurrido todo lo referente al rescate de la elfa, y como habían capturado al culpable gracias a que el joven con unas últimas fuerzas alertó a los centinelas antes de desmayarse.
Cuando el joven elfo por fin se quedó a solas, en el silencio de la habitación, sintió por vez primera un calor que afloraba a sus mejillas, sus ojos se nublaron viendo a Earin a la luz de las velas, pálida y fría como las luces de la noche mas larga del invierno.
El perro saltó a la cama y se echó apoyando la cabeza en su vientre, pero ella no se movió, pasaban las horas y el rostro de la elfa seguía macilento, a la llegada del alba al cuarto día, llegó Sibila, que al entrar en la habitación y ver a la elfa, casi se cae de la impresión, un grito ahogado escapó de sus labios, y se llevó las manos a los labios, como queriendo atrapar palabras que escapasen... Y aunque todos supusieron que era a causa del perro, nada mas lejos...
Se acercó lentamente a la cama, como temerosa de encontrar algo terrible y diabólico, y negaba con la cabeza murmurando, miraba al rey y a Elboron constantemente, y también a las doncellas del servicio. Escudriño sus manos y sus pies, su vientre y su pelo, hasta que el buen rey le recordó que el daño estaba en el hombro, pero ella no hizo caso alguno, siguió inspeccionando a la elfa palmo a palmo. Hasta que encontró algo que la hizo saltar hacia atrás, ordenó a todos salir de la habitación y quedarse a solas con el rey, y no hubo mas noticias hasta la tarde. Hubo que mandar a un escudero que volviese a la montaña y trajese varios encargos, y pidió ingredientes imposibles.
Pasaron tres días y tres noches sin que la hechicera se moviese de la habitación, solo Elboron entraba y salía todo lo que Sibila se lo permitía. Una tarde mientras el príncipe sujetaba la mano de la elfa al fin poco a poco el color volvió a sus mejillas, y a las palabras de Elboron, ella salió de su profundo sueño y murmuró algo que el no alcanzó a entender, pero a la vieja Sibila que andaba en ese instante por la habitación, se le cayeron los filtros del contraveneno de las manos, y justo cuando la vieja echaba al joven de la habitación ella lo nombró, y a el se le encendió de nuevo el rostro, y la sonrisa regresó a sus labios, "Elboron" repitió y después volvió a desmayarse, pero ese día le pareció al elfo que el sol brillaba más, que en los días anteriores.
Cuando Earin mejoró del todo, había pasado ya de nuevo el otoño, y el invierno se instalaba en el mundo rápidamente. El rey había adquirido la costumbre de visitarla casi cada tarde, antes que su hijo, que siempre llegaba después de sus lecciones y se que daba hasta entrada la noche. La vieja Sibila había rehusado marcharse de nuevo a la montaña, y pidió una pequeña casa en el puerto, cerca de la Torre de la Sabiduría. Nunca se apartaba de la elfa más de lo necesario, cosa que a veces Earin detestaba, pues llevaba tiempo soñando con salir de esa habitación, y correr bajo el sol hacia las dunas doradas.
Pero se le habían vetado las salidas de cualquier índole, ahora al menos salía al comedor, en esos largos meses la habían instruido en artes, historia y lenguas, pero a ella le seguía fascinando que Elboron le leyera en voz alta alguna historia de edades pasadas... era imposible que nadie advirtiese que había nacido una intensa amistad entre ambos, pues se profesaban se tenían un gran cariño.
Todos hacían preguntas acerca de como había llegado a las costas, y de cual era su procedencia, pero cuando ella contó la única historia que era capaz de recordar su memoria, el silencio, se hacía dueño del aire y las caras se endurecían, habían decidido que no usara su nombre, Y ellos la llamaron Elen.Uial, pero ella replicó y cuando demostró su intencion de volver a su vida hermitaña, la confinaron a vivir aislada del resto del pueblo y bajo la vigilancia de su ama de llaves y Sibila, bajo pretextos médicos algo borrosos y poco consistentes, así pues, entre estas dos grandes sabias, maduró su juventud y aprendió muchas cosas nuevas.
Y muchos secretos que dentro de los muros de la hermosa Lasgalen, le eran vetados.