Historia privada
El Árbol de Oro
La primavera, en contra de lo que había pronosticado el joven Arbol Dorado, volvió otro año más a aquella meseta. La Rueda de las Estaciones giraba de nuevo incesante sobre Arda y el sol dominaba de nuevo todos aquellos lugares, inundando de luz y de calor a su joven tronco e insuflandole energía y vida. Sintió como de nuevo la savia corría en abundancia por dentro suya y sintió alegría y gozo ante el cambio de tiempo. Ya llegaría el verano con sus penalidades y calores, ahora era tiempo de disfrute, de olvidar aquel cruel primer invierno en el cual estuvo a punto de perecer si no hubiera sido por la ayuda de aquel elfo oscuro y cruel.
Comprendió entonces el jóven árbol como gira el mundo. Como a una epoca de beatitud siempre sigue una de penalidades, y a esta una nueva etapa luminosa y asi sucesivamente, un ciclo interminable del cual todos los seres son solo meros espectadores y nada pueden hacer por cambiarlo.
Crecía cada vez más rapidamente y antes de que concluyera aquel verano y comenzase el otoño era casi tan alto como un hombre pequeño, como uno de los niños que había visto vagar por aquellos lugares. Aunque aquel año no habia tenido tanto trasiego y tanto ir y venir de gentes por el yermo. Concluido el otoño comenzó de nuevo el invierno y saludó de nuevo a la nieve, que aunque fría y mortal, su deshielo en primavera le proporcionaba agua para pasar más o menos bien todo el verano. El trasiego de aves si que había sido constante durante toda la estación seca, estas parecían ajenas a los grandes acontecimientos que sucedían en el mundo y continuaban haciendo sus viajes de migración de igual forma desde tiempos inmemoriales.
Las estaciones iban pasando cada vez con más rapidez y ya muy pocas cosas interesantes y nuevas traían al joven Árbol Dorado, que pensó entonces en lo poco emocionante que era la vida de los arboles y plantas en general, al menos los seres movientes tenían libertad para ir y venir y descubrir lugares mejores y más agradables donde vivir. Deseó con todas sus fuerzas poderse mover, lo intentó y confió en poder hacerlo tras otro de aquellos inviernos crudos y fríos de la meseta, más llegada la primavera, esta tan solo trajo de nuevo para él una nueva perspectiva del yermo.
Superaba ya en altura por escasos centimetros a la roca negra de su lado y pudo al fin ver qué hábia tras ella, aunque la decepción fué grande, puesto que nada importante se había perdido durante aquellos años de ocultamiento tras la gran piedra. Más tierra despoblada y yerma y más piedras y guijarros, diferentes si, pero iguales en definitiva a los que le rodeaban desde que brotó de la tierra.
Así transcurrieron sus días observando a las aves volar y las noches contando las estrellas del firmamento, hasta que, por fin, su sexta primavera trajo una nueva sorpresa. De su aún estrecho tronco brotaron dos pequeñas ramitas con una pequeña hoja del color del oro en cada una. Entonces deseó que aquel año pasara rapido y volviera de nuevo el invierno, pues trás el mismo siempre se le descubrían nuevas maravillas de su propia existencia. Desde entonces, ya sin dudas, amó a la primavera y ya nunca otra estación ocupó el lugar principal de su corazón. Esperó y esperó en medio de la niebla y la bruma invernales impaciente ante lo que iba a encontrarse meses más tarde, pues suele sucederle a todos los seres que quieren acelerar sus años cuando son jovenes, al igual que procuran ralentizarlos cuando llegan a una edad, y en esto, como en otras muchas cosas, nuestro jóven Árbol Dorado no iba a ser una excepción. Nuevas ramas y muchas más hojas trajo la estación seca, y un gozo y maravilla infinitos se apoderó desde entonces del árbol cada vez que las observaba.
La tonalidad verde de las primeras hojas fué tornandose dorada a medida que pasaban las estaciones y los años. El árbol fue creciendo en altura así como en el grosor de su tronco. Rebosaba vida y poco a poco se convirtió en el punto de referencia de toda aquella zona de la meseta, quitandole este puesto a la gran roca negra de su lado.
Fue ganando en frondosidad a medida que crecía y un día de primavera cuando observaba, como siempre hacia, el migrar de las aves por el cielo en dirección al norte notó una sensación extraña en algunas de sus extremidades y pudo observar como unas pequeñas flores de color blanco y oro nacían de algunas de ellas. Y le parecieron muy bellas y extraordinarias como lo eran las mañanas de esa estación y les fue poniendo nombres a todas y cada una de ellas, hasta que estas se hicieron tan numerosas que tuvo que comenzar a repetir nombres y entonces dejó de hacerlo, puesto que le pareció que nunca sería capaz de inventar tantos nombres. Los había gastado todos en nombrar a las estrellas del cielo por las noches.
Esas flores fueron creciendo y poco a poco se fueron convirtiendo a lo largo del verano en algo parecido a un pequeño fruto dorado. El jóven Árbol Dorado se emocionó al contemplar a los que serían sus primeros vastagos y entonces si que encontró nuevos nombres para cada uno de ellos, algunos los repitió, pero eran tantos y tan hermosos que no le importó y seguramente, a ellos tampoco, puesto que intentó hablarles pero estos parecían dormidos aún y ajenos al mundo que se extendía a su alrededor. Al Árbol Dorado le pareció normal todo esto, ya que él tampoco recordaba su brotamiento de las ramas del árbol que le dió la vida. Tan solo pudía recordar ahora sus primeros días fuera de la tierra, que le parecían ya lejanos, cuando su pequeño tallo salió de la misma y se abrió al mundo. Comprendió entonces cuan extraños eran los caminos que la naturaleza tenía para crear la vida y desde entonces no se preocupó de indagarlos, tan solo asumió como eran las cosas, como lo habían sido desde el principio de los tiempos en definitiva; y como de diferentes eran los distintos seres que lo poblaban. Se hacía mayor, ya no era un árbol jóven, por su porte y su altura había alcanzado la plena madurez.
El trasiego de gentes por aquellos lugares fué intenso aquel otoño. Se oían rumores de guerra en el Oeste. Grupos de seres extraños pasaban lejos de allí por la noche en aquella dirección, no eran hombres, ni siquiera eran como aquel elfo extraño y cruel que le había salvado de morir aquel lejano invierno. Eran diferentes. Feos y groseros le parecieron vistos en la lejanía y se alegró de que ninguno de ellos se acercara en demasía a él. Y además solo viajan por las noches, no les gustaba mucho la luz del sol. No sería aquella la última vez que los viera a lo largo de su vida. Pero es otra parte de la historia y debe ser contada en otra ocasión.
Una noche clara sucedió que una nueva estrella, más luminosa que ninguna otra antes vista, se alzó en los cielos de Arda y parecía moverse a su antojo, como un barco gobernado por un experto marino. Vigilaba algo se diría, y el Arbol Dorado no tuvo un buen presagio, ya que el ambiente del Mundo se volvió más gris y las sombras fueron cada vez más alargadas haciendo el mundo más oscuro de lo que había sido nunca.
III.- MADUREZ.
Aquellos días, a pesar de las sombras que se cernían sobre Arda y la inquietud que se apoderaba de todo, fueron felices para el jóven Árbol Dorado. Felices y gozosos, puesto que las flores y las hojas fueron multiplicandose en sus ramas y se hacían ya incontables incluso para él mismo, y se sintió feliz y pleno de dicha.
Había guerra en el Oeste, podía percibirlo, más allá de aquellas montañas que se divisaban a lo lejos se notaba el ambiente bélico. El aire era sofocante y traía rumores de muerte y destrucción. Las Sombras se hacían cada vez más alargadas y amenazaban con cubrir el Mundo en su totalidad. Tan solo la nueva estrella surgido hacía poco brillaba con fuerza en medio de la oscuridad de la noche.
Grandes grupos de hombres armados y de extraños seres oscuros atravesaban la meseta durante las largas noches, pero afortunadamente ninguno pasó cerca del arbol, quien dió gracias por aquello, puesto que estos hombres no eran como los que habia visto antes, tenían un aspecto cruel y maligno e iban fuertemente armados y organizados en grandes filas.
Un nuevo invierno pasó, quizás el más frío de los que recordaba. Y le pareció que la primavera no llegaría nunca, aquel año trajo el invierno más largo en mucho tiempo. Pero antes de acabar la calma se apoderó de todo, los ejercitos dejaron de mancillar la tierra y nubes como nunca había visto se vieron en el cielo. Parecía que el Mundo se acababa aquel día. El silencio se habia apoderado de todo y a pesar de la nieve, un sofoco intenso de calor se podia notar en el ambiente.
Y entonces ocurrió todo. Un gran estruendo pudo oirse en toda Arda. Los grandes poderes del mundo echaban su pulso final. La Luz apareció por el Oeste y muchos tambores y trompetas de guerra se pudieron oir tras las montañas. La Estrella Errante bajó del cielo acompañada de miles de aves y se percibió el olor a sangre y a muerte en todo el mundo. Y hubo lucha en los cielos, los grandes Dragones salieron y la mayoría murieron. Grandes ejercitos regaron con su sangre la tierra. Lamentos y gritos quebraron el silencio. Había guerra en el Oeste. La Batalla Final de los grandes poderes del mundo habia comenzado.
El Árbol Dorado, en la lejanía podía percibir todo aquello. Los rumores de los hechos de la guerra le iban llegando, los pequeños pajaros huían de allí y muchas bestias corrían despavoridas por la meseta yerma y nevada. A cientos y a miles los vió pasar junto a él. Oyó como se quebraban unas torres altas y oscuras en el Norte. Un gran estruendo pudo oirse en todo el mundo, y luego vino el gran cataclismo.
El Día Final habia llegado, pensó el jóven Árbol Dorado, y creyó que el Mundo acababa en aquellos momentos.
Y después del estruendo vino el cataclismo. El Mundo se retorció sobre si mismo preso del dolor ante tanto poder concentrado en el Norte. La lucha sobre Arda fué tan grande que provocó que esta cambiara. Un temblor como nunca se habia sentido agitó las tierras y provocó terremotos. Algunas montañas se hundieron y otras se irguieron nuevas en otros lugares; el Gran Mar anegó vastas tierras en el Oeste y se formaron nuevas islas; las costas retrocedieron muchas leguas tierra adentro; los ríos cambiaron sus cursos, algunos se secaron para siempre y otros aparecieron nuevos.
El Árbol Dorado sintió todos aquellos cambios, pues sus raices, hundidas en la tierra, podía percibir nitidamente los efectos del cataclismo. Tenía miedo, jamás imaginó que existiera bajo las estrellas poder suficiente para causar aquel estrago irreparable al Mundo. Las nubes negras se amontonaban en el cielo y las mayores tormentas que hubiera visto jamás descargaban con fuerza sobre la meseta, cubriendola entera de barro. Los truenos competían entre si por ser los más ruidosos y miles de rayos jalonaban el firmamento mientras la lluvía caía inmisericorde sobre la tierra.
Un nuevo temblor sacudió sus raices, podia notarlo, podía sentirlo, pero este estaba próximo; y de repente la vió.
Una inmensa grieta se iba abriendo camino por mitad del yermo desde unas jovenes montañas que acababan de surgir más al norte, a poca distancia de allí. Rasgaba la tierra a su paso abriendo una sima bastante profunda que al Arbol Dorado le pareció enorme. Con mucha rapidez fué serpenteando por la llanura pero la dirección principal era siempre la misma. Hacía el mismisimo arbol, que vió con auténtico pavor como se acercaba inexorable hacía él. Ya podía ver la tierra rompiendose a escasos metros de él, un ruido ensordecedor acompañaba a aquella grieta a su paso, podía sentirlo, podía notarlo, todas sus raices y sus ramas, hasta la ultima de sus flores se estremecieron de miedo. Entonces comprendió que irremisiblemente sería engullido por aquella sima que se abría en la tierra, y ya no quiso mirar más, esperó demudado el final.
Pero quiso el destino que aquel no fuese el último día del Árbol Dorado bajo los cielos de Arda y aquella grieta se separó unos metros de donde se encontraba el mismo. Pasó como una autentica exhalación a su lado haciendo un ruido terrible. Este miró con temor la sima abierta por el cataclismo y comprobó que no era tan ancha ni profunda como había imaginado, y observó como se perdía la misma en lontananza dividiendo aquel yermo en dos mitades.
Pronto comenzó una gran avenida de agua a circular por la misma, y a veces rebosaba lamiendo el todavía joven tronco del árbol, quien temió entonces ser ahogado por aquellas aguas. Pero no, pronto cesó aquel ruido insoportable y pareció que las nubes cejaban en su castigo lluvioso a la meseta.
Pasadas unas horas dejó de llover y las tormentas murieron. Las nubes fueron disipandose en medio de un silencio inquebrantable. Nada se oía, nada se movía en el Mundo. El sol volvió a brillar con fuerza. Los poderes del Oeste habían vencido a las Sombras. El Árbol Dorado sintió como la alegría y el regocijo volvían a la dolorida tierra donde se hundían sus raices.
De nuevo llegó la primavera y el sol aquel año pareció brillar más limpio que nunca, y el aire parecío más liviano y el ambiente menos sofocante. Traía el viento dulces fragancias mientras el mundo se recuperaba de todo aquel dolor que le fuera inflinjido aquel invierno y la propia tierra restañaba sus profundas heridas. De nuevo millares de flores poblaron las ramas del Árbol Dorado, brillando al sol como autenticas gemas cuando este se levantaba alto al mediodia.
Pero ni aún la inconmensurable belleza de todo aquello podía mitigar del todo la tristeza y la pena por el sufrimiento de la tierra que sufría el árbol, quien podía aún sentirla a traves de sus raices. Y entonces comprendió también que en el Mundo cabían todos los sentimientos posibles, y que lo triste y lo feliz se podían llegar a mezclar y convivir dentro de todos los seres igual que ahora mismo dividían sus sentimientos entre la congoja por el sufrimiento de Arda y la alegría que sentía por el nacimiento de sus primeros frutos.
Porque así era. El verano trajo nuevas maravillas para el Arbol Dorado y cientos de pequeños frutos amarillos y verdes salieron de aquellas flores de oro y refulgían como estrellas cuando el sol del estio se reflejaba en ellos. Aquella ya no fué una estación tan cruel. El río que había nacido en aquella sima profunda pasaba justo a unos metros de su lado y, una vez tranquilizado su curso trás semanas de un correr impetuoso y salvaje, se había tranquilizado y ahora refrescaba las horas mas calurosas del verano. Dentro del dolor de Arda, una vez más, se dijo, habían nacido cosas buenas y sorprendentes que mitigaban el mismo, como aquel joven rio. En sus margenes comenzaron a nacer pequeñas hierbas y flores y él mismo se sintió reconfortado por la fresquedad que daba a la tierra donde hundía sus raices. Nunca volvería a pasar aquellos interminables veranos de sed y agobio en los cuales había llegado a temer incluso por su vida.
Las aves volvieron a los cielos. Cruzaban sin descanso la meseta que comenzaba a adquirir tonos más verdosos desde el aire al irse cubriendo poco a poco de una vegetación débil y escasa, pero mayor de la nunca vista por el Árbol Dorado en aquellos lugares. Miles de pajaros de todas las especies volaron al norte al principio de la estación y después regresaron de nuevo al termino del estio, cuando ya los vientos frios del otoño y las nubes volvían a aparecer por aquellos lugares, y el árbol se deleitó de nuevo en la contemplación de las mismas, y de nuevo las observó absorto y envidió una vez más su capacidad para moverse libremente. Pero ya era mayor y hacía años que había comprendido que cada ser bajo los cielos de Arda tenía su función y su propia esencia, y la suya era la de permanecer asido a la tierra que le daba la vida. Y desde entonces jamás ansió de nuevo poder volar y moverse libremente.
Orgulloso y henchido de dicha transcurrieron aquellos días. Sus frutos fueron creciendo en tamaño y madurando en el transcurso del verano, y cuando llegó el otoño, eran tantos y tan pesados que tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para poder mantener erguidas algunas de sus ramas más debiles, las cuales se doblaban peligrosamente debido al peso de los mismos.
Y un día uno de aquellos frutos dorados cayó al suelo junto a la roca negra de su lado. Fué rodando lentamente hasta ir a parar contra la misma y el Árbol Dorado sintió una gran tristeza ante aquello, pues veía cuan efimeras eran las obras de todos los seres y que nada de las mismas perduraría para siempre en el tiempo. Y comprendió entonces cual sería el destino de todos aquellos hermosos frutos, nacidos pensaba, para el simple deleite de la vista en la contemplación de los mismos. Y le pareció que aquel que hubiera creado el Mundo y a todos los seres debía ser alguien extraño, pues extraños e incomprensible le parecían ahora las formas que tenía de crear y de quitar la vida. Y volvió de nuevo a sentir una enorme tristeza y un pesar infinito al saber que durante el resto de aquella estación tendría que ver con sus propios ojos como, uno a uno, caerían todos sus frutos y se marchitarían en mitad de la tierra rojiza de aquella meseta. Prefirió no pensar en ello y evitar en lo posible mirar hacía el lugar donde hubiera caido uno de aquellos frutos dorados, porque pensó que así se evitaría sufrir más con aquella perdida, que le pareció irreparable y cruel. Pero llegó un momento en el que no le fué posible hacer esto y todo el suelo a su alrededor se llenó de pequeños y maduros frutos dorados caidos de sus ramas, y este hecho le confundió y le irritó mucho, puesto que no comprendía entonces el porque de tanta belleza, creada unicamente de aquella manera tan efimera e inútil.
Casi llegando el invierno, cuando el frió comenzó a llegar a aquel lugar, los vientos helados amenazaban constantemente a los frutos que quedaban en sus ramas. El Árbol Dorado se resistió todo lo que pudo a los envites del mismo, tenía que salvarlos a todos, se dijo, pelearía con aquel viento frio y cruel. No le asustaban ya su ulalar ni su fiereza, cuando era un pequeño brote nacido de la tierra si, ahora era ya un arbol hecho y derecho, incluso habia ya superado en mucho la altura de la roca negra de su lado. Intentaría salvar a todos los que pudiera protegiendolos con sus ramas de los envites de las tormentas. Pero aquello se demostró casi inutil, puesto que poco a poco fueron cayendo la mayoría de ellos. Desesperado, dejó de luchar y asumió el cruel destino que tendrían los mismos, y lo que le había parecido una maravilla en la primavera, le pareció ahora una maldición en el invierno. Puesto que se hacía muy duro haber visto nacer tantas maravillas para verlas ahora caer muertas y pudrirse entre las piedras.
Pero un día pudo observar como una columna de hombres se acercaban directamente hacía él. Era una extraña marcha, puesto que, al contrario de lo habitual, estos venían del Oeste y marchaban en dirección a donde nace el sol. Y habia algo más extraño aún, cabalgaban subidos caballos de gran porte y sus ropajes no estaban raidos, sino que eran ricos y bien bordados. Jamás había visto a hombres tan orgullosos y bien pertrechados y se mantuvo expectante mientras las nubes de polvo que levantaban en su marcha se iban acercando en su dirección.
Una vez que llegaron a su lado pudo observar como todos eran de buen porte, y le pareció entonces que la raza de los hombres era hermosa cuando tenían alimentos y vestían decorosamente. Fueron poco a poco descabalgando y en silencio fueron rodeandolo sin pronunciar una sola palabra. El circulo de humanos lo observaba con curiosidad, y por un momento temió por las intenciones que tuviera aquel grupo de hombres y mujeres. De entre todos ellos se adelantó hacía él un anciano de cabellos canos y penetrantes ojos negros. El Árbol Dorado no lo reconocía, no sabía quien era, pero aquel humano ya había estado allí en otra ocasión, hacía muchos años ya.
El anciano avanzaba lentamente, tenía dificultades para andar por si solo y un jovencisimo muchacho acudió en su ayuda y agarrandolo de uno de sus brazos le ayudó a llegar junto al árbol y permaneció luego a su lado el resto del tiempo. Eran muy parecidos entre ellos, quizás fueran incluso parientes. Tenían los mismos ojos, negros y profundos, y casi la misma corpulencia.
Cuando llegaron junto al mismo el anciano miró hacía arriba, a las ramas más altas del Árbol Dorado mientras el resto del grupo de humanos mantenía un silencio reverencial ante sus movimientos. Silencio sepulcral que tan solo rompía el rugir del viento del norte que anunciaba la próxima llegada el invierno. El anciano puso sus manos sobre el tronco color oro y las fue pasando arriba y abajo sobre el mismo, deleitandose con aquel contacto. Pasado un rato se giró de espaldas al mismo y habló con voz profunda a los demás, nadie jamás hubiera pensado que de un humano tan viejo pudiese salir una voz tan clara y fuerte como lo era la suya.
- Este es el lugar del que os hablé. Y estos.- dijo señalando a las ramas que se mecían sobre su cabeza.- son frutos iguales a aquel que aparecía en mi historia. Tiempos lejanos se me antojan ahora y jamás pensé que brotara nada en medio del desierto, pero helo aquí..- hizo entonces una pausa mientras dirigía su vista en derredor y la iba posando en silencio sobre todos y cada uno de los allí presentes. Su joven pariente continuaba a su lado ayudandole a sostenerse en pie.
\" Contemplad ahora el Árbol de Oro. Dador de vida en medio de la desesperación. No fueron en vano mis plegarías a nuestros dioses. ¡ He aquí el resultado de las mismas!¡ Orad y dad gracias! pues El Arbol de Oro da la vida cuando se acerca la muerte.- dijo señalando al árbol dorado a su espalda.
Todos aquellos humanos, incluidos él y su joven pariente, se arrodillaron en silencio y fueron murmurando palabras en un idioma extraño y, con los brazos cruzados sobre sus pechos y la cabeza agachada, mirando el suelo, dieron las gracias a los dioses por aquel acontecimiento del pasado. Gracias por haber salvado la vida de un hombre moreno y enjuto, quien años antes, perdido en el camino y separado de su pueblo, estuvo a punto de morir y que tan solo se salvó por una providencia del destino y de los dioses, que quisieron salvarle la vida enviandole desde el cielo un fruto color oro que mitigó su hambre y su sed y le dió fuerzas para continuar su camino y llegar a las montañas. Tras cruzar aquellas, pudo reunirse con los suyos, y tan grande fué la alegría y tan hermosa la historia que les contó sobre como había salvado su vida, que estas les insuflaron ánimos suficientes para establecerse más allá de los montes nevados, en ricas campiñas surcadas por caudalosos ríos. Y aquel pueblo medró durante aquellos años. Y fue tanto su trabajo y la esperanza que dio aquel hombre al resto de ese pueblo, que decidieron elegirlo como su jefe, como su rey en definitiva. Y este volvió a tener familia, y desposo de nuevo a una hermosa y fuerte mujer y esta le dio hijos como aquel joven que ahora le ayudaba a sostenerse y que lo miraba con autentica veneración, puesto que en aquellos momentos, aquel milagro del pasado tomaba cuerpo y realidad delante de sus ojos. La historia del fruto dorado dejó de ser para él tan solo un leyenda. Era tan real como aquel árbol de grueso tronco y ramas verdes y aureas.
Y ahora en el final de sus días, y ya cuando creyó conveniente dejar a su pueblo en manos de otros jefes, aquel anciano volvía a añorar las tierras de su niñez y de su juventud: el Este profundo y desconocido. Y hacía allí encaminó sus pasos junto a muchos de sus parientes y amigos, que le acompañarían en aquel su último viaje, en su regreso al hogar primigenio de sus ancestros.