Historia privada
El Árbol de Oro
II. JUVENTUD.
Poco a poco fué despertando a la vida. El joven Árbol Dorado miraba atónito y sorprendido a su alrededor, aunque realmente el paisaje era desolador y casi sin vida, pero a él cada cosa nueva que descubría le parecía algo maravilloso y envuelto de misterio. Aún no era más que un simple retoño de árbol, un pequeño brote surgido en mitad de una meseta desertica. Era débil y apenas podía mirar alrededor puesto que la roca negra que tenía a su lado le tapaba buena parte de su visión.
Cada piedrecita y cada guijarro de los alrededores le provocaban una gran fascinación, intentó hablarles, decirles algo, pero estas se mantenían inmoviles y silenciosas, seguramente se comportaran igual con todos, pensó tras no obtener respuesta de ellas. Cada soplo de aire dando en su pequeño tallo era nuevo para él. Cada rayo de sol que caía sobre el era recibido con la alegría con la que se recibe todo lo novedoso y desconocido, y aunque ese sol de primavera era aún tibio y beatifico, sintió por primera vez los rigores del calor en su joven piel. Poco a poco el disco solar fué bajando hasta alcanzar el ocaso y noche y dia se fundieron en un solo instante y entonces el joven Árbol Dorado comenzó a sentir frío. Frío y miedo, puesto que las sombras se iban apoderando de todo y ya no podía ver a sus amigas las piedras de alrededor, ocultas por el poderoso manto de la noche. Un temblor de miedo y de frío recorrió su joven tronco, pero pasó pronto puesto que se le aparecieron las maravillas de la noche, las perlas de las sombras: las estrellas.
Observó maravillado todas y cada una de las que iban apareciendo en el firmamento claro y limpio de Arda. Intentó hablarles, pero estas no contestaban, seguramente era porque estaban muy altas y su voz de joven arbol no llegaría hasta ellas, pensó tras no obtener respuesta de estas, maravillado aún por la contemplación de la boveda celeste en toda su plenitud. Las estrellas se fueron moviendo de lugar a medida que transcurría la noche y pronto comenzó a clarear por el oeste, de nuevo noche y día confundidos por unos minutos sobre la faz del Mundo, increible espectaculo para unos ojos ansiosos de novedades como los del joven Árbol Dorado, quien observaba todo con atención y sorpresa, todo era nuevo para él.
Días más tarde descubrió la lluvia. Miles de gotas de agua que tuvieron en él un efecto saludable y reparador, puesto que ya el sol comenzaba a parecerse al del verano y castigaba durante su pequeño tallo. Le pareció entonces que alguien tenía que tener mucha pena en el firmamento, puesto que lloraba tanto, intentó hablarle a las nubes negras que llenaban el cielo, y le parecieron adustas y serias, no se rebajarían a hablar con alguien tan insignificante como lo era ahora él, pensó tras no obtener respuesta de estas.
Y los pájaros. Maravilla entre las maravillas para el joven Árbol Dorado, puesto que aquellos seres eran libres para moverse donde les viniera en gana, y en cambio, él estaba sujeto a la tierra, inmóvil. Intentó hablarles a las aves, pero estas seguramente se mofarían de él y de su inertabilidad, pensó al no obtener respuesta de estas. Y así, en silencio, continuó observando las miles de aves que cruzaban el yermo a diario.
Los largos días del estio fueron pasando rapidamente a ojos del jóven árbol, para quien cada uno de ellos era fuente inagotable de nuevas experiencias. Todavía le maravillaba cada descubrimiento nuevo, cada piedra, cada ave que surcaba los cielos. Al final del verano ya reconocía perfectamente cada especie. Aún se emocionaba con cada atardecer y con cada amanecer, y en las noches tranquilas de la meseta puso nombre a cada una de las estrellas que jalonaban el firmamento de aquella parte del Mundo.
Aunque también hubo días duros. Los más calurosos, que el joven brote de Árbol Dorado aguantó estoicamente y en muchas ocasiones creyó morir, puesto que en aquella epoca el yermo y el sol se le revelaron como muy crueles con cualquier ser vivo.
Continuó el trasiego de gentes por aquel despoblado hinospito. El joven Árbol Dorado se asustó cuando vió por primera vez en su vida a un hombre. Aquel ser le pareció altisimo y pasó muy cerca de donde él se encontraba, se movía libremente, como los pájaros, pensó. Pero no podía volar, y entonces comprendió que los seres movientes eran de muchas clases y tipos. El hombre se detuvo junto a la roca negra y descansó por un tiempo largo. Parecía cansado y su solitario, pero esperaba algo o a alguien. Pronto otros muchos seres de la misma raza, igual de flacos y macilentos llegaron hasta allí y hablaron con grandes voces ininteligibles para el joven arbol, quebrando el silencio y la quietud habitual de aquel lugar. A estos no intentó hablarles, puesto que sintió en aquellos momentos temor de aquella raza poderosa y alta, y permaneció callado junto a la roca, inmovil. Pero los hombres nisiquiera repararon en su presencia y después de un rato, continuaron su marcha hacía el oeste.
A este grupo le siguió otros muchos, el trasiego de gentes por la meseta no cejó en todo el verano, y cuando el otoño comenzó a hacer más cortos los días continuó casi de la misma manera.
Esta estación alivió los rigores de la vida en el yermo, el sol picaba cada vez menos y el joven brote pensó que aún podría sobrevivir, aunque hubo días durante el verano en que la calor se había hecho casi insoportable y temió por su propia existencia. La lluvía volvió a la meseta y fué recibida de nuevo con alborozo por el Árbol Dorado, que volvió a intentar hablar con las nubes negras, pero estas seguían sin querer responderle. Pasadas varias tormentas, no volvió a intentarlo jamás.
Y así llegó el invierno, que aquel año fué especialmente duro sobre la faz de Arda. Los días se hicieron más cortos y oscuros, y el joven brote de árbol descubrió el frío y la nieve.
Helado y casi completamente sepultado por la nieve que habia caido sin descanso desde hacía días. El invierno le estaba enseñando su cara más cruda al pequeño Árbol Dorado y este a duras penas podia respirar y vivir en medio de un ambiente tan gélido como lo era aquel. Tan solo el extremo más alto de su débil tallo permanecía fuera del hielo y la escarcha, tenía suerte al estar aquella gran roca negra a su lado y que le paraba los envites más fuertes del viento del norte, de no haber sido por ella seguramente habría perecido al poco de comenzar la estación fría. Intentó hablarle, darle las gracias, pero una roca tan grande como aquella nisiquiera habría reparado en su presencia. Realmente ya dudaba que las piedras y las rocas pudieran entenderle y hablarle, y poco a poco fué comprendiendo que no todo lo que veía estaba dotado de vida, que había seres que si tenían la capacidad de comunicarse entre ellos y otros no podían, estaban inertes como él. Aunque él si que tenía conciencia de si mismo, de su existencia. Era una especie de estado intermedio entre los seres movientes y los seres muertos, como la gran roca negra de su lado. No comprendía bien todo aquello, pero desde aquel día fué descubriendo poco a poco cual era su lugar en el mundo, y mucho reflexionó sobre aquello durante aquel frío y oscuro invierno, cuyos rigores amenazaron en muchas ocasiones la joven vida de aquel vastago de árbol.
Nadie habia pasado por las inmediaciones durante todo el invierno, pues nadie seguramente habría podido aguantar aquellas condiciones tan duras para la vida. Ni un solo hombre más, ni un animal corriendo por la meseta, ni un solo ave había podido vislumbrar entre las nubes del encapotado cielo. Se sintió entonces durante todo ese tiempo realmente solo y abandonado. El mundo parecía muerto y sin vida alguna, como si algún cataclismo lo hubiera sacudido y hubiera acabado con cualquier vestigio de vida. Mirara donde mirara siempre veía lo mismo, la extensa meseta cubierta de nieve y rocas negras que sobresalían de aquel manto blanco simulando entonces que toda la planicie se había convertido en un inmenso manto de armiño.
Pero descubrió que el invierno era muy traicionero y cruel, puesto que después de muchos días sin viento ni nieve, y cuando parecía que pronto acabaría dando paso a una nueva estación más benigna, se recrudeció de pronto y con más violencia y fuerza que nunca descargó una tremenda tormenta de agua y nieve. El hielo formado en el suelo junto a él amenazaba con cortar su debíl tronco, y el joven Árbol Dorado supo que su fin estaba cercano si no ocurría algo extraordinario pronto.
De repente algo quebró la quietud de aquel lugar. Voces y gritos, lejanos y distantes en principio, fueron acercandose rapidamente hasta donde se encontraba aquella roca negra. Esta impedía al joven árbol ver quien producia aquel alboroto en medio de la quietud del yermo. Los gritos se hacían cada vez más atroces y menos numerosos, eran cada vez menos las voces diferentes que podían apreciarse. Gritos de dolor y de angustía recorrían la desertica meseta hasta que casi callaron del todo. Se hizo el silencio, tan solo el correr sordo y pesado de alguien por la nieve quebraba el silencio reinante. Pasos acelerados cada vez más cercanos, una respiración jadeante y angustiada. Alguien apareció tras la roca.
Un humano alto y moreno cayó trompicandose justo unos metros más allá de la roca negra. El joven Árbol Dorado vio como resbalaba por la nieve y como rapidamente se revolvió en el suelo y miró con terror en dirección a sus propios pasos. Se apoyaba en sus codos y el miedo le impedía incorporarse de nuevo. Posó unos ojos nerviosos en dirección a la roca, pero no miraba esta, sino a algo que habia tras ella, fuera de la visión del pequeño árbol, quien pudo observar con claridad la mueca de terror que cubría la faz de aquel hombre. Nunca había visto en todos aquellos meses de trasiego de gentes de aquella raza semejante muestra de impotencia y de confusión en la cara de ninguno de ellos. En aquel momento tan solo la respiración fuerte y acelerada de aquel ser era lo único que podía oirse en todo el contorno.
El joven Árbol Dorado aguzó el oido y pudo sentir un ligero caminar de pies sobre la nieve tras la roca, quienquiera que fuese casi ni tocaba la misma. Sus pasos eran rapidos y seguros, casi imperceptibles. A medida que se acercaban se atenuaba más la expresión de terror en el rostro del humano caido sobre la nieve, quien permanecía inmóvil por el miedo.
Vió como el hombre intentó hablar, pero no pudo articular palabra, los pasos se detuvieron detrás de la roca y el joven árbol no pudo ver de quien provenían. El caido asintió con la cabeza y no habló. En su lugar una voz profunda, pero melodiosa, diferente a cualquiera que hubiera oido el Árbol Dorado jamás, rompió el silencio absoluto que se había apoderado de aquel lugar durante unos breves segundos de tensión. Era una voz a pesar de todo cruel y oscura, en tiempos hubo de ser diferente, pensó, aún podía apreciarse cierta calidez en la misma.
- Piensa antes de hablar que vas a decir, pues serán con total seguridad tus últimas palabras.... humano... .- dijo aquella voz cruel haciendo enfasis en la ultima de las palabras pronunciadas. El joven árbol se sobrecogió ante la oscuridad que rezumaban aquellas palabras.
El caído apenas logró balbucir alguna palabra inconexa y sin sentido, totalmente ininteligibles. Se oyó entonces reir al de detrás de la roca, su risa sarcastica y oscura retumbó en todo el contorno y el joven Árbol Dorado se estremeció de nuevo ante ella.
- Vaya, te despedirás de este mundo por lo que veo sin decir mucho más... aunque dudo que nunca hayas dicho nada inteligente en todos los días de tu corta vida.... humano...- volvió el enfasis en esa palabra.- Eres digno de los de tu raza, impotente y temeroso ante la muerte. Ve en busca de tu destino.
Algo parecido al tensar de un arco poderoso pudo oir el joven árbol.
El humano caido en la nieve hizo entonces un gesto desesperado con la mano y pudo balbucir algunas palabras.
- ... Alto... por Eru... detén tu arco... - dijo y trás un instante de silencio consiguió el aplomo suficiente para continuar hablando.- ¿ quien eres ser oscuro que nos persigues y das muerte?...¿ por qué has dado muerte a mis parientes y amigos, a lo que quedaba de mi pueblo?... ¿ que extraño hado o designio hemos quebrantado para que nos hayas perseguido y dado muerte?... .- y su expresión se mutó del miedo a algo parecido a la ira y la confusión.
El joven Árbol Dorado pudo oir como el de detrás de la roca relajaba la tensión de su arco. Pero nada dijo durante unos segundos. El viento del Norte seguía aullando alrededor y la nieve comenzó de nuevo a caer sobre el yermo.
- ¿ Preguntas haces..humano?, y esperas sin duda respuestas. De nada te valdrán, puesto que tu corta vida acabará hoy aquí. ¿ O es que acaso la raza de los hombres ha olvidado ya a Mormegil?. Echalé la culpa a él y a toda su infecta parentela, echalé la culpa a todos los de tu raza, a tu raza misma; puesto que sois los causantes de los males del mundo. Por vuestra venida a este mundo los mios han sufrido....aunque ya no me considero uno de ellos... esos tiempos quedan lejanos...- concluyó como en un susurro mientras las dudas asaltaban los ojos del hombre, quien jamás había oido aquel nombre, ni una sola noticia de la historia del Oeste de Arda habían llegado al Este de donde provenía su pueblo. Nada sabia de Mormegil, ni del Gran Gusano, ni del exilio de los noldor, y el nombre de Morgoth era solo un rumor lejano y tenebroso, un cuento para asustar a los niños en las frías noches de invierno al calor del hogar.
- ... Pero... no entiendo... - dijo el hombre.- ¿ quien eres y porque has matado a todos los míos?... ¿ que tiene que ver mi pueblo con antiguas querellas en tierras extrañas?... - preguntó y el joven árbol pudo ver como tras el silencio inicial el rostro del humano se desencajó aún más. El de la voz extraña callaba, pero la tensión se notaba en aquel lugar, a pesar del frío reinante un ambiente sofocante se apoderó de todo y entonces estalló una voz atronadora.
- ¿ Antigüas querrellas?.- bramó el de detrás de la roca.- ¡ Cuan efimeras son las vidas de los hombres que les parece viejo lo reciente para los de mi raza!. ¡Toda tu raza tiene que ver en esto!, ¿ acaso no comprendes que la llegada de los segundos nacidos fué el principio de la oscuridad del mundo y la causa de la misma?... ¡ Odio a los humanos al igual que desprecio a ese traidor de Morgoth!.... ¡ Yo libraré al mundo de todos los tuyos! ¡ No me hace falta ese traidor para acabar con la raza de los hombres!, muchas generaciones de hombres llevo haciendolo, y así pasen mil más, continuaré limpiando Arda de la escoria humana!.- su voz sonaba profunda y cruel y pareció adueñarse de toda la meseta, el yermo entero se oscureció con las mismas, y la noche parecía adelantarse a su hora de llegada, pues así de poderoso era aquel que hablaba.
\"¡ Yo, Andir Moredhel me llaman ahora, acabaré con toda tu inútil y débil raza!, ¡ No me hacen falta traidores como Morgoth para hacerlo!. Se acabaron las palabras, ve a tu destino y allí recuerda el nombre de Nargothrond y su caida provocada por Mormegil.
Un asustado joven Árbol Dorado vió como una tras otra varias flechas negras atravesaban al humano caido en el suelo. Este se retorció ante las primeras que se incrustaron en su cuerpo. Las últimas casi ni las sintió. Ya estaba muerto.
El jóven Árbol Dorado se sobrecogió ante todo aquello. Jamás había imaginado que un ser pudiera acabar de aquella manera tan cruel con la vida de otro. Y una desazón y un miedo interior inimaginables le ganó el animo ante el terrible espectaculo que ofrecía aquel hombre ensangrentado tirado en la nieve. Esta se fué volviendo roja alrededor de aquel cuerpo sin vida, y los ojos del cadaver aún mantenían la expresión de terror que tuvieran momentos antes de morir.
Pensó en cuanto podía haber de malvado en los seres movientes, tenían libertad para moverse....y para matar, pero jamás había visto ese comportamiento antes y no pudo evitar que un escalofrío recorriera su débil tronco, casi enterrado ya por la nieve que volvía a caer del cielo y el hielo que se formaba a su alrededor, cuyas aristas amenazaban con provocarle un corte mortal.
Y de pronto lo vio. Una figura ataviada de negro salió tras la roca en dirección al cadaver. En sus manos portaba un arco negro. Iba todo ataviado del mismo color, pero su cabellera era rubia y le caia, humeda por los hombros. Era la primera vez que el joven Árbol Dorado veía a un elfo y, dentro del miedo y el terror que le provocaba la conducta que aquel ser, se maravilló ante la majestad y el porte del mismo. Nunca habría imaginado que de un ser así pudiera salir tanta maldad como la que había visto instantes antes. Este arrancó con fuerza las flechas negras del cuerpo sin vida del hombre y después de limpiarlas de sangre con sus manos, las volvió a meter en el carcaj que colgaba de su espalda.
Pero a pesar de todo aquel elfo rezumaba oscuridad, y el arbol se preguntó por el origen de la misma. Sin duda se trataba de un ser poderoso y oscuro. Podía notar como las sombras acompañaban cada uno de sus movimientos. Y entonces los vio. Unos ojos verdes sin edad, propios de los de su raza, profundos como los abismos del tiempo; los mismos dirigieron una mirada feroz y cruel al cadaver que yacía a pocos metros. En aquel instante el joven Árbol Dorado quiso poder moverse y esconderse muy profundo dentro de la tierra como cuando era aún una semilla plantada en la tierra. Quería pasar desapercibido pués temio por su existencia. Ojala que no lo viera y aquel elfo oscuro se fuera pronto de allí, pensó. No quiso ni pensar en lo que podría hacerle a él, un pequeño brote, después de haber visto como había acabado con la vida de aquel hombre.
El elfo lanzó una mirada en derredor. Su mirada se había tranquilizado tras el frenesí asesino de minutos antes y su respiración se hizo más calma después de la concluida la persecución de aquel grupo de humanos. Aún así seguía siendo una mirada fría y glacial, más incluso que el viento del norte que azotaba inmisericorde la meseta.
De pronto, el joven arbol notó como esa mirada fría se posaba en él y sintió como aquellos ojos se sorprendían de verlo. Realmente era sorprendente ver algo de vegetación en aquel yermo y el verde y dorado tallo del jóven árbol había llamado su atención.
Muy asustado contempló como aquel elfo oscuro y cruel se acercaba resueltamente con grandes pasos hasta donde se encontraba. Su fin estaba cercano, se dijo a si mismo asustado.
Aquella figura vestida de negro era imponente a ojos del joven Árbol Dorado. Cada vez se acercaba más y pronto llegó justo a su lado. Sus ojos, profundos y frios, brillaban entre la bruma y la nieve y parecía que iluminaban un poco aquel lugar. El joven árbol sintió pavor cuando a su lado, a escasos centimetros aquellas grandes botas negras y temió ser borrado de la faz de la tierra de un pisotón.
Aquel ser rezumaba oscuridad y sombras y permaneció allí plantado, de pie entre la tormenta, observandolo atentamente. Le pareció muy alto, él solo era un pequeño brote de apenas más de un palmo de altura y aquel elfo era más alto incluso que la roca negra de su lado. Sintió como aquella mirada sin edad se posaba en él y lo miraba, pero sin odio ni maldad, más bien era curiosidad.
El elfo oscuro se agachó hincando sus rodillas en la tierra y observó más de cerca a aquel pequeño árbol. Y le pareció increible y una cosa por la que maravillarse que un retoño de un Árbol Dorado pudiera haber germinado y sobrevivido en aquella meseta sometida a tantos rigores climaticos tanto en verano como en invierno. Lo vió casi enterrado ya por la nieve, y el hielo que se había formado a su alrededor amenazaba con sesgar de un certero tajo su debíl tronco. Hacía mucho que no veía a uno de los de su especie. No abundaban los Arboles de Oro como se los llamaba entre los elfos, en aquellas tierras.
El pequeño Árbol Dorado creyó que su fin estaba proximo cuando vió como unas grandes manos se acercaban hasta él. Su suerte estaba echada. Alli terminaba su existencia, y se preparó para ser arrancado salvajemente por aquel ser oscuro y cruel, que odiaba toda vida menos la suya propia, pensó resignado. Nada podía hacer por evitarlo.
Pero erró en sus predicciones, puesto que nada malo le sucedió. El elfo se dedicó a desenterrarlo de la nieve. Con sus propias manos, que al joven arbol le parecieron autenticas palas, quitó la nieve que le cubría casi por completo y sobre todo quebró y retiró las placas de hielo cortante que amenazaban con cortarlo de raiz. Continuó durante un rato retirando la escarcha y la nieve en todo el cortorno alrededor del Árbol Dorado.
Cuando hubo acabado, el elfo observó que aquel joven retoño de arbol se encontraba en muy mal estado. La mayor parte de su tronco se había pasado todo el invierno enterrado en la nieve y el hielo, estaba muy enfermo. No sobreviviría solo al paso de aquel invierno tan largo. Puso entonces sus manos sobre el mismo, unas manos calientes que contrastaban con la frialdad de su corazón y lanzó unas palabras en un lenguaje extraño. Su voz no sonó tan sombría como minutos antes, sino que recuperó su tono calido, ese tono que intuyó el joven árbol que aún existía en el interior del mismo.
El confundido Árbol Dorado sintió como aquellas palabras le insuflaban energía y calor. Jamás pensó que los seres movientes pudieran tener caras tan diferentes, eran capaces de matar a otros como ellos y luego en pocos minutos, salvar la vida de otros seres. Estaba perplejo, aunque empezaba a comprender que estos seres y él mismo eran muy diferentes y que los ritmos vitales de unos y otros se movían de formas muy distintas. Así de complejos podían llegar a ser, pensó aún confundido.
El elfo vestido de negro se alejó entonces de él y fué arrastrando el cadaver del hombre hasta desaparecer detrás de la gran roca negra. Nada vió el árbol de lo que estaba haciendo durante un buen rato, y cuando reapareció ante él pudo vislumbrar en el cielo una enorme columna de humo de color acre que se elevaba desde algún punto de aquella meseta. No pudo reprimir que un escalofrío recorriera su delgado tronco al comprender de donde provenía ese humo. Aquel ser de las sombras había prendido fuego a la pila de cuerpos sin vida que había asesinado un rato antes. Este se encontraba junto al árbol, sus ojos volvían a tener una expresión sombría y dirigió una ultima mirada al Árbol Dorado antes de emprender la marcha.
Este lo vió desaparecer entre la niebla y la nieve de aquel día de invierno dando grandes pasos. Se preguntó que motivos habían impulsado a aquel elfo a acabar tan cruelmente con la vida de tantos humanos. Sin duda, había cosas que escapaban al entendimiento de un pequeño retoño de árbol como lo era él. Pensó hacía donde dirigiría sus pasos ahora aquel ser tan poderoso y extraño, sin duda, iría a la caza de mas hombres incautos. Se estremeció ante este pensamiento.
El jóven Árbol Dorado nada sabía entonces del destino de aquel, ni que le depararía su vida errante y solitaria, ni siquiera sabía con certeza si volvería a verlo jamás. No volvería a ver a aquel elfo hasta muchas estaciones más tarde, muchas vidas de hombres. Algunas edades del Mundo transcurrieron hasta que lo volviera a aquel lugar, en circunstancias muy diferentes. Pero eso es otra parte de esta historia que no debe ser contada ahora, sino en otro momento. Ahora, nada más se cuenta de Andir Moredhel en la misma.