Historia pública

Camino Hacia La Luz. Libro II: Días De Contrabando

Finalizada 127 fragmentos Página 1 de 19
Fragmento 1 por Narrador

El sol brilla tras los cristales cuando Ronagan entra la biblioteca y avanza lentamente hacia su escritorio situado al final del pasillo. Se dirige hacia un escritorio con algunos libros amontonados, limpios y ordenados, que acompañan su descanso junto a varias velas bien útiles y necesarias en las altas horas de la madrugada que a veces llegan a alcanzarle. Tomando asiento, aparta el tomo finalizado la noche pasada y toma uno nuevo. Es un tomo relativamente nuevo comparado con el resto que cita como título "Camino hacia la luz" en unas paradójicas letras negras, grabadas en el forro de piel de color marrón rojizo. Ronagan mira por un momento el cielo despejado que inunda el cielo, y toma a su vez una profunda y calmada bocanada de aire, antes de adentrarse en su lectura. Tras abrir el tomo y dedicar un tiempo a mirar el mapa grabado en las primeras páginas, comienza su lectura.

CAMINO HACIA LA LUZ

Corría el año 179 de la Cuarta Edad del Sol y el próximo este de la Tierra Media soportaba una larga sequía, especialmente desde los últimos años del primer siglo de la nueva edad, cuando había sido víctima de veranos muy extremos, numerosas plagas y enfermedades y la invasión del pueblo de los haddaryai. Apenas ya se recordaba el nombre por el que fuera conocido en la tercera edad, la Tierra Olvidada, pues también su nombre había sido ya olvidado. Ahora formaba parte de una vasta extensión de tierra, Ambaron, que se extendía hasta más allá del mar del norte, el cual ahora era una depresión desértica y salina y que la conectaba con otras tierras para formar el mayor continente de Arda en aquella época.

LIBRO 2. DÍAS DE CONTRABANDO

[Editado por narrador el 22-02-2010 17:12]

Fragmento 2 por Narrador

Capítulo 1. Barriles de contrabando

Dassart era la ciudad más antigua de los haddaryai y cuna del Imperio fundado en la tierra de Khand por Haddar a finales de la tercera edad del sol. Estas fueron las palabras de Haddar sobre ella: "llegué y tomé estas tierras para darlas en regalo a quien fue mi señor, pero ellas me regalaron su corazón y aquello no lo había esperado, tanto que sin darme cuenta ya le había regalado a ésta, mi tierra, también el mío. Aquí quiero que descansen mis cenizas, aquí quiero que mis hijos vivan y por ella mueran. Pues toda mi sangre aquí pertenece, y aquí quede."

Esta ciudad, situada en el corazón de Khand, al sureste de Mordor, se mantuvo neutral en la guerra del anillo lo que le valió, tras la decadencia que les sobrevino a los Variags con la caída de Sauron, ser la ciudad más importante de la región. Desarrolló una buena política económica, sobre todo porque su situación le dio el control de estratégicas rutas comerciales entre el sur y el este, lo que sirvió para construir un gran imperio en el este de la Tierra Media durante la cuarta edad.

Después de la muerte del rey Haddar en el año 80 de la cuarta edad del sol y la consiguiente independencia de todas sus provincias, un caballero variag desposó a una de las hijas del rey y se proclamó Sultán de Dassart, manteniendo el estatus de la ciudad como enclave de referencia en el sureste de Mordor. De aquel matrimonio nació en el año 83 de la cuarta edad un primogénito, Abarhor, nieto de Haddar, que fue nombrado Sultán en el año 142, y seguía siendo Sultán en el año 179 de la Cuarta Edad.

La ciudad había sido diseñada como un anillo de viviendas y edificios comerciales que se disponían alrededor de la zona central, a lo largo de la parte interior de los muros. En el centro de la ciudad se situaba Jorurîd ( el Palacio del Sultán), el cuartel de la guardia y los edificios religiosos.

En la octava década de siglo II de la cuarta edad, Dassart mantenía buenas comunicaciones con las antiguas provincias del viejo Imperio. Por ello, no era raro que largas caravanas de mercancías cruzaran el desierto entre Dassart, Farahkadr, Adudran y Haiddara. Una de las caravanas más importantes era la de Hamad, un comerciante de Dassart bastante reputado.

[Editado por narrador el 04-05-2010 19:22]

Fragmento 3 por aratir

Hamad era un hombre amante de su profesión: caravanero y feriante. Desde el mismo momento en que nació, una soleada y calurosa mañana, había vivido en una caravana, atravesando de un lado a otro el largo y árido desierto del extremo occidental de Ambaron. Aquella noche, tras acostar a sus dos hijos, él hizo lo mismo pues al día siguiente volvería a partir de Dassart y le esperaba un largo viaje a Adudran.

En ese mismo momento, pero a muchas millas de distancia, una persona se escabullía entre las sombras de las calles de Adudran. Era apenas un grisáceo reflejo de una gloria anterior, pero aún así había realizado aquel largo viaje, muy largo, evitando las horas diurnas y aprovechando el silencio que le proporcionaba la noche. Se movió entre las esquinas de las calles, protegido por una gruesa capucha que solamente mostraba sus dos ojos negros y, aprovechando la oscuridad de olvidadas callejuelas, llegó a una tétrica taberna de paredes caídas y puerta carcomida por el paso del tiempo. Un antro, de los muchos que ocultaba Adudran. Abrió la puerta carcomida y entró.

[Editado por aratir el 14-02-2010 20:02]

Fragmento 4 por Elfo_Negro

Había llegado a la ciudad del desierto hacía apenas unas semanas, no era la primera vez, pero ni en esta ocasión ni en la anterior, hacía años, le había gustado lo más mínimo. Sí, por supuesto que Dassart era un buen lugar para hacer interesantes negocios, encrucijada de caminos, lugar de paso. Ahí se aglutinaba mucho dinero y muchas novedades. Era, también un buen lugar para un hombre como Nergol, ladrón y asesino a sueldo, una de esas ciudades plagadas de oportunidades y peligros, oportunidades porque el dinero y los incautos corrían a raudales, y peligros porque no todo eran incautos: no era él el único ladrón, timador, asesino,… y, por otro lado, los soldados del Sultán no eran precisamente famosos por su debilidad y compasión, eran rudos y crueles, y las mazmorras de Dasart estaban llenas de delincuentes que se habían creído muy listos.

Nergol descansaba, después de un largo y ajetreado día, en una mesa apartada de una de las muchas posadas de la ciudad. El ambiente era bullicioso, poblado de exóticos sonidos, voces en idiomas que no entendía e incluso que era incapaz de identificar, algún que otro conato de canto etílico, risas frescas de muchachas manoseadas previo pago de unas pocas monedas y ruidos de cucharas ávidas chocando contra el fondo de platos ya vacíos,… en fin, todo un cúmulo escandaloso que, bien mezclado, formaba la música decadente de la mayoría de las posadas en las que había estado a lo largo de su vida.

Estaba sentado en un sitio un tanto apartado pero que no se libraba del caos general y cotidiano, tenía las piernas estiradas y fumaba en una pequeña pipa de madera requemada, exhalando el humo azulado de un tabaco fuerte. Parecía atento a lo que ocurría a su alrededor, pero en realidad repasaba mentalmente el estado de su "misión".

Todo había comenzado hacía unos meses, un pelotón de soldados había irrumpido en su casa de un humilde barrio de Adûdran, lo habían sacado a empellones de la cama y lo habían llevado ante el mismísimo Saffadar, visir de la ciudad (por suerte Turinia estaba trabajando y no se vio mezclada en la violencia).

El visir se mostró educado (con la educación de quien no necesita mostrarse violento porque su poder absoluto e indiscriminado sobre la vida y la muerte es conocido por todos) y le propuso un negocio. El negocio era arriesgado, pero el precio estaba más que bien: una buena bolsa de oro y perdonarle su insignificante vida (en términos exactos del visir, dicho muy educadamente, eso sí).

Había sido elegido por varios motivos: su reconocida capacidad de discreción, sus dotes "organizativas", su capacidad de improvisación, sus variados "recursos y habilidades" (sí, así lo dijo el visir) y, en definitiva, porque nadie jamás imaginaría que una basura como él pudiera ser elegido para una misión tan importante (eso también lo dijo textualmente el maldito Visir), cosa muy importante si la cosa salía mal y se debía negar cualquier implicación de la ciudad en todo aquel asunto.

El viaje a Dassart había durado dos meses, dos meses durísimos de calor infernal y de largas penurias, pero había llegado a la ciudad, a su luz blanca y a sus colores brillantes, a sus perfumados mercados y a sus apestosas posadas y tabernas. Y en Dassart había comenzado su verdadera misión, primero averiguar si la secreta mercancía podía adquirirse ahí, luego hacerlo sin levantar sospechas sobre el verdadero comprador y, finalmente, almacenarlo todo y ponerlo bajo la vigilancia de cinco hombres inteligentes, dispuestos a matar a su orden y, sobre todo, que supieran tener su bocaza cerrada.

Y así estaba la cosa, la valiosísima y peligrosa mercancía estaba ya en un pequeño almacén que había alquilado, metido en barriles etiquetados como si contuvieran frutos secos (en concreto decía la etiqueta, blanca de letras azules: "higos secos de Dassart"); los barriles ya estaban cargados sobre dos carretas y el almacén perfectamente vigilado por sus cinco hombres.

A la mañana siguiente partirían de regreso a Adûdran, formando parte de una gran caravana dirigida por el afamado Hamad, donde podría entregar al Visir sus veinte barriles de higos secos… llenos hasta el borde de unas extrañas armas, invento diabólico del Occidente, de más allá de Mordor: se decía que las habían inventado en el poderoso y lejano reino de Eldarion.

Al día siguiente… un largo viaje les esperaba.

[Editado por elfo_negro el 15-02-2010 15:42]

Fragmento 5 por peregrinoscuro

El viento acariciaba las hojas del árbol que marcaba la primera encrucijada del camino. A la derecha, se dirigiría recto hacia el Este mientras que, a la izquierda, el camino serpenteaba hacia el nordeste. El muchacho frunció el ceño y dejó caer un pellizco de arena que había tomado del suelo, junto al lugar donde el caballo pacía tranquilamente a la espera de continuar la macha, y el viento escogió: Derecha.

Garlan sonrió, él también habría escogido ese camino.

Todo había empezado tres días atrás. Un guardia que lo había perseguido hasta que el aliento le faltó, la visita a una posada donde comprar una montura -un caballo de color marrón con mirada llorosa- y cientos de cuentos y canciones que empezaban igual en su cabeza. Con un chico que buscaba la gloria y la fortuna. Habían bastado dos noches para que supiera que los caminos no siempre son seguros, que el hambre y la sed son los peores enemigos de un viajero y que la música de su laud jamás sería una gran compañera con la que dialogar sin perder la cordura.

Masticó un poco de cecina mientras entonaba unos acordes con su laud, y subió al caballo. Aún le esperaba mucho viaje hasta llegar a la fiesta. Y tendría que llegar pronto si quería hacerse con un buen sitio para actuar. Sólo así encontraría a algún padrino o mecenas que quisiera hacerse cargo de él.

Fragmento 6 por Elessurendil

No era la primera vez que Stygh viajaba en la marcha de Hamad. Normalmente dedicaba gran parte del tiempo a redactar unas crónicas de viaje donde describía detalladamente los personajes que iban y venían por los caminos. En su mayor parte, aquellas notas quedaban en poder del dueño mercader. Como siempre, iba junto a su hermano mellizo Rom.

Aún no tenían un objetivo esta vez. Nadie que necesitara sus capacidades. Esperaban tranquilos, no desesperaban si todo iba bien, había muchas cosas con las que se podían entretener. La lucha contra lo imposible no es adictiva; las quimeras no se extrañan cuando todo se dispone sano y derecho.

Sano y derecho era una forma de decir, pues Dassart no era lo “sano”, ni lo “derecho”, pero en fin, que hay errores más terribles que corregir, y aún hoy un poco de grosería era algo digno de revertirse.

Stygh, en una pequeña tienda, repasaba algunos escritos que había conseguido que le prestaran el día anterior.

- ¿Y? ¿Has encontrado algo? Hemos estado acomodando los carros. – le comentó su hermano que corría la cortina y esperaba que el otro le hiciera un poco de lugar.

- Bebe algo, Rom… Mmmm, no, nada revelador. – declaró desinteresadamente, mientras dejaba los papeles, tomaba una botija y se la ofrecía a su compañero de viaje.

- ¿Qué tal allá? ¿Conociste a alguno de los forasteros? –

- No…- y se secaba la boca después del trago. – Había mucho que preparar, no se puede trabajar y observar a la vez.-

- ¡Mira quien lo dice! – dijo casi atragantándose de risa Stygh. – Que pagarías por tener ojos en la nuca… y en los codos! –

Rom bajó un poco la cabeza, avergonzado por la burla. – Pues, sí, ¿Conoces algún lugar donde los vendan? – devolvió cómplicemente, y se rió. Famosa era la curiosidad de Rom, entre ellos dos al menos, pero útil muchas veces cuándo había que comprender las cosas.

Ambos mellizos esperaron un poco más allí conversando sobre trivialidades con las que dos muchachos de apenas pasada la veintena podían especular. De todas formas su poco equipaje ya estaba listo y la ansiedad no era algo que los afligiera.

[Editado por elessurendil el 16-02-2010 12:14]

Fragmento 7 por peregrinoscuro

“Cabalga Hou, jo-jo-joven potrillo, seas marrón, seas amarillo...”

Barruntaba entre acorde y acorde Garlan. Su estómago rugiendo lo interrumpió y trató de hacerle caso omiso. Sólo unas horas más de travesía antes de engullir el último trozo de carne salada que había tenido la precaución de tomar.

La mañana siguiente tendría la posibilidad de buscar algún animal que cazar o, quizás, la suerte de encontrar una posada o a algún viajero al que comprar algo de comer. Observó su alrededor y suspiró. El camino que había elegido por no tener, no tenía siquiera árboles de los que pudieran crecer frutos. Por fortuna, el caballo seguía encontrando su propio pasto, lo cual evitaba que estuviera hambriento y debilitado.

Cuando llegó a otro cruce, marcado con un árbol seco, decidió hacer de nuevo un alto. Ató al animal al tronco y se sentó en una de sus secas ramas, con el arco en una mano y una flecha sobre sus piernas. La espalda daba con la parte regía del tronco y gracias al cansancio, pronto cerró los ojos, quedando envuelto por la fría y apacible oscuridad de los sueños.