Historia privada
Quenta Nimgûl Nwalmegîl
Era otoño.
Isilme estaba sentada junto a su caballo Gurthrrámë a orillas del Río Entaguas.
Pasaba allí la mayoría de las tardes, sola. Hacía un tiempo se había alejado del mundo encerrándose en una idea que le rondaba la cabeza luego de haber tenido una visión.
Debía hace algo para detener la Oscuridad que se aproximaba desde el Trono Oscuro.
Pero...¿Por que a ella?...
Eso lo averigó poco después. Para ese entonces, luego de que le hubieran comunicado el futuro comenzó a desarrollar extraños poderes, no propios de su raza.
Además de la profecía, comenzó a percibir otra clase de cosas. La más extraordinaria fué la capacidad de mover objetos con la mente. También podía comunicarse telepáticamente.
Estaba muy entuciasmada, pero sabía que sus padres no lo aceptarían. Quería partir, y encontrar otra persona, que compartiera el mismo secreto que ella.
Sus padres se negaron completamente a dejarla partir, porque Isilme esra joven aún y temían por su vida.
Pero ella solo quería partir y esa noche, cuando la luna salió por detrás de los altos acebos que rodeaban Aglardú, su casa, ella se escurrió entre las sombras y tomando a Gurthrrámë partió sola, errando por caminos olvidados, en busca de esa persona que la ayudaría a llevar a cabo la mayor hazaña de su vida, formar la Nimgûl Nwalmegîl....para contrarrestar el poder de las fuerzas oscuras que caerían sobre Endor.
[Editado por Isilmeriele el 28-03-2005 20:34]
Al principio vagaba sin rumbo fijo, solo tenía aquel impulso que la guiaba en lo más profundo del corazón.
Pero más trade, pocos días lugo de haber abandonado el cálido refugio de su hogar se extravió, llendo cada vez más hacia el sur.
Aquella noche el viento soplaba con violencia. Se detuvo exausta al descubrir la luz de una casa en medio del bosque. No desconfió de aquel sitio y decidio pedir refugio cuando la lluvia comenzó a caer suavemente del cielo oscuro.
Bajó lentamente de su caballo, el sonido de sus botas livianas casi ni se sentía.
Tomó al caballo por las riendas y lo condujo hacia la luz que brillaba en el interior de la casa.
La lluvia caía incesantemente, Isilme tenía la cara mojada y las ropas empapadas. Al llegar a la puerta de la casa ató a Gurthrrámë a un árbol y golpeó las manos.
Pudo notar como alguien se movió dentro de la vivienda. Abriendo lentamente la puerta un hombre apareció ante ella.
Se sorprendió al ve a la muchacha sola a esas horas de la noche, pero le pidió que pasara, pues hacía frío.
Isilme entró con cierta desconfianza aunque el hombre se mostró amable en todo momento.
La puerta se había abierto hacia atrás derramando la cálida luz del interior sobre las facciones de la joven.
Echó una rápida ojeada al interior, siempre curiosa por saber más. Esa curiosidad que sentía por todo muchas veces la había metido en problemas.
Luego volvió su mirada al hombre. Era alto, de piel cetrina, extraño, con ropas púrpuras y rojas adornadas con hilos de oro. Su rostro era bello, quizá no muy amable pero daba cierta confianza.
-Pasa, pasa, no te puedes quedar ahí toda mojada- exclamó con una sonrisa.
Isilme no dijo nada, solo entró. Miró a su alrededor, había muchos adornos, espadas curvas y de finos detalles, adornadas con piedras rojas. Se preguntó por que se había metido allí, en esa casa, con ese hombre raro y extraño. No hablaba.
El se dió la vuelta y la invitó a sentarse con un movimiento de manos.
-¿Puedo preguntar de donde vienes y quién eres?
Isilme decidió mentirle, no quería que nadie supiera quien era y que buscaba.
-Si, claro. Me llamo Mornaórë, soy de muy al norte, un pueblo Eldar de los bosques es mi hogar.
-Oh!, estás escapando?- dijo el como adivinando sus pensamientos
Isil abrió la boca como para decir \"no\" pero luego se dió cuenta de que el hombre estaba hundiéndose cada vez más en su mente, averiguando todo.
cerró los ojos con fuerza, apretando los párpados, sintiendo que así evitaba aquella horrible sensación que estaba experimentando.
Sintió un ruido sordo, como algo que caía pesadamente contra el suelo.
Abrió los ojos lentamente, todavía sintiéndose invadida por aquel pánico y aquella sensación.
Rió al ver al hombre en el suelo, se había caído, motivo por el cual no se veía muy felíz.
-¿Cómo hiciste eso?- dijo con una voz áspera y poco amistosa.
-¿Eso qué?- dijo ella todavía sin entender.
-Vamos niña, no te hagas la tonta, sabes a que me refiero, pocas personas tienen el poder de sacar de sus pensamientos a aquellos que pueden leer en ellos...y tu lo hiciste extraordinariamente rápido. Me asombra que no sepas como lo haces...de verdad.
Isilme se quedó sorprendida mirándolo fíjamente.
-¡Aparta tu mirada de mi!- dijo corriendo los ojos, evitando la profundidad de los ojos negros de Isil- me hace daño- concluyó.
-Los siento-. Fué lo único que pudo decir la Elfa sorprendida ante la cara de frustración del Hombre.
-Ahora vas a explicarme como, como lo haces...
Isil volvió a mirarlo, pero esta vez sintió como que un poder desconocido descendía desde su mente, de algún lugar oscuro y secreto y se dió cuenta de que estaba mirando en el interior del Hombre.
-Perdón, lo siento- apartó rápidamente los ojos- no se como lo hago, es algo que aparece de repente y se va cuando yo lo deseo. Es extraño, pues nunca me había sucedido antes.
-Increíble- señaló el Hombre- quizá me seas útil, digo, si de verdad deseas establecer una alianza. Eso si!, he de decirte que aunque leí tus ideas con bastante claridad me fué difícil, y debes estar felíz por eso, porque pocas personas tienen un don más poderoso que el mío.
Isil se sintió molesta. Le fastidiaba la idea de saber que el podía ver sus pensamientos más íntimos y secretos.
Ahora comprendía que ese hombre, poderoso, conocía todos sus propósitos.
-¿Isil?.
Salió de ese sortilegio que la arrastraba por completo al mundo de las ideas y la dejaba sorda frente al mundo.
-¿Qué?- alcanzó a decir y comprendió que el hombre sabía incluso su verdadero nombre.
-Ah!, Isil ¿eh?, no Mornaórë, aunque así puedo llamarte si quieres.
-¿Qué si quiero?, eso no me importa Señor, yo quiero escuchar su propuesta y ya.
-Bueno, bueno, no te enfades.
Se levantó y abrió la puerta creyendo haber oído sonidos fuera de la casa que los protegía de la lluvia que caía en gruesas gotas, como el llanto de una persona desconsolada.
Volvió a sentarse.
-Mira, tu quieres luchar contra las fuerzas oscuras que se avecinan ¿verdad?.
-Verdad- respondió ella.
-Bien, pero has de saber que yo no soy un servidor de la Llama Blanca, sinó de la Oscuridad.
La joven se sorprendió. Sintió de pronto que estaba jugando con fuego y que iba a quemarse sin remedio. Observó atentamente el rostro del Hombre y se percató de que en el había sabiduría, volcada hacia el mal. Pero sintió también algo extraño y maravilloso. Se sintió poderosa, capáz de cualquier cosa. Había comenzado a pensar que todos aquellos dones de que había sido dotada le servirían más de lo imaginado.
-¿Qué dices?, se que no es una decisión que se debe tomar rápido, pero serías de gran ayuda. No solo eso, te prometo gloria y verdaderas batallas en que domostrar tu honor y coraje. Además te daré toda una hueste de mis hombre para que mandes. Harás lo que te plazca, serás la Capitana Mornaórë y todos aquellos que escuchen tu nombre temblarán y pedirán clemencia para sus almas derrotadas.
Los ojos se le iluminaron y se vió en la lejanía de sus pensamientos montando un enorme corcel negro, vestida de negro y plata llevando una hermosa y poderosa hoja curva en su mano. Cientos de hombre vestidos de negro y escarlata montaban tras ella y obedecían sus órdenes y eran fieros luchadores dispuestos a derramar la sangre enemiga hasta el fin del mundo.
-La Capitana Mornaóré...- repitió casi en un susurro.
-Si, digna merecedora de cantos- dijo el para complacerla.
No debía pensarlo más, aquellas imágenes cobrarían vida en un futuro no muy lejano.
-Acepto- dijo de improviso y sonrió.
-Bien hecho!, no te arrepentirás Mornaórë. Ahora debes comer y descansar, pues partiremos mañana con las luces de la aurora rumbo al sur, he iremos en busca de las gentes de mi pueblo, allá en Harad.
Aquella noche durmió inquieta, sintiendo de cuando en cuando ruidos y despertándose y volviendo a dormir.
La mañana se presentó gris y húmeda. Soplaba el viento fuerte del este y una lluvia fina caía rociándolo todo. Mirando por la ventana, apenas se hubo levantado comprobó que la noche entera había estado lloviendo y que la casa se hallaba en un llano razón por la cual todo alrrededor estaba inundado y triste.
Caminó en silencio hasta la puerta dejando escapar un pequeño susurro cuando se apoyó en la puerta de madera. Ahí fuera estaba el Hombre, tenía varios pergaminos y mapas sobre la mesa.
Al sentir el sonido de la puerta se dió la vuelta.
-Moranórë!, que bien que has despertado. Nos aguarda un día muy duro, más sabiendo que hemos de cabalgar bajo esta lluvia molesta y en senderos no muy transitados.
-Estoy anciosa por partir- dijo ella sin poder discimular su entuciasmo.
-Si, y saldremos en seguida. Mis hombres han dispuesto todo. Tu caballo está ya ensillado, esperándote fuera. Tus pertenencias han sido empacadas y puestas a un lado. Ah! y yo tengo algo para ti.
Caminó hasta un rincón de la habitación, se sentía el choque de cada gota que caía sobre el techo débil que sostenían las gruesas paredes. Alzó algo envuelto en una decorada tela púrpura y dorada. De allí sacó, con un ágil movimiento una impresionante espada curva. La empuñadura escarlata, del color de la sangre, labrada con infinidad de detalles.
-Es para tí, Capitana.
Impresionada la joven la tomó y la observó a la luz. El acero con el que había sido forjada, largo tiempo atrás resplandecía sin ninguna marca o huella de uso. La tocó, tanteando sus idas y vueltas y algunas runas élficas labradas en su hoja suave.
-¿Tiene nombre?
-No, aún no, aunque supongo que quien la llevó antes le habría puesto alguno. Adelante, dale un nombre digno de tan bella obra.
Dudó un momento y luego dijo:
-La llamaré Gurthbein, la Hermosa Muerte.
-Exelente- respondió el sin esconder una sonrisa. Luego se volteó al sentir los pasos y un hombre avanzó hacia el.
-Guldil, ¿todo listo?
-Todo listo mi Señor- resopló el hombre.
-Ven Moranórë, que ya nos iremos.
Comió algo rápido y cubriéndose con la capa negra que solía llevar salió hasta donde se encontraba Gurthrrámë. Acarició su lomo negro y luego tomando las riendas se subió. Parecía mucho más alta allí arriba.
-Te ves como toda una Capitana. Ah! y de eso debemos hablar, ya escogí un grupo de mis mejores arqueros para ti, a quienes ordenarás tu, también deberás ponerle un nombre a tu ejército.
Desfilaron por su mente cientos de nombres y luego le llegó al pensamiento el nombre de Nimgûl Nwalmegîl, así que le gritó al Haradrim...
-Serán los Nwalmegîl, Estrellas del Tormento Eterno.
Así luego de que el Jefe Haradrim tocara el cuerno que llevaba consigo partieron, bajo la lluvia como grandes y poderosas sombras negras.
Aquella mañana avanzaron sin parar. Salvo dos veces para comer algo y darles de beber agua a los animales. Pronto el viaje se le hizo agotador y aunque cabalgaba entretenida al lado del Haradrim por momentos se perdía en situaciones lejanas y extrañas.
-¿Cuál es su nombre Señor?- tenía esa curiosidad desde hacía bastante tiempo.
El Sureño volteó la cabeza y la contempló a los ojos durante algunos minutos.
-Hayá en el lejando Sur me dicen Hyarmenhir, lo que en lengua élfica significa...
-Señor del Sur- interrumpió ella.
-Si, allí soy el Señor del Sur. Quizá quieras oír alguna historia de mi vida...
-Si, me encantaría dijo ella volviendo en si desde abstractos pensamientos.
-Bien, nací en el pueblo de Harad hace muchos años. No conocí a mi padre, aunque muchos dicen que era un Corsario de Umbar que solía desembarcar su nave en las costas del Sur durante la guerra.
He pasado toda mi vida en idas y venidas y he estado varias veces al servicio del País Oscuro. Mis hombres allí son llamados Hyarmenhlókë las Serpientes del Sur, pues avanzan a la guerra con grandes estandartes rojos con serpientes negras.
He estado en varias batallas, he visto la muerte de cerca, he sentido el aliento helado que la acompaña a cada paso del sendero negro- mientras decía eso su rostro dibujaba el dolor del recuerdo y también el honor de poderlo contar. Luego se corrió la manga negra de la capa y desprendió el botón que sujetaba el puño de la camisa escarlata y negra. En la piel morena del brazo había una enorme cicatriz, que iba de lado a lado como una serpiente enrroscada.
-Esto fué hace varios años, estuve a punto de perder el brazo, pero tuve mucha suerte. Aún no he olvidado el rostro de aquel que me hirió y se que tendré la oportunidad de vengarme de el.
Esa tarde Mornaórë llegó a comprender ese extraño deseo de venganza que nunca había entendido. Y sintió más esa fuerza correr por sus venas y llenarlo todo con el deseo de la guerra.
Así marcharon, largos días y frías noches, bajo un vacío sin estrellas. Acompañados por el susurro del viento en las ramas de los árboles. Por las noches cuendo se reunían bajo la protección del cielo nocturno, Mornaórë sacaba su flauta Moriorlindë y tocaba melodías para ellos. Pronto llegó a ser reconocda por aquellos hombres, respetada y admirada. Tenía la confianza de los Nwalmegîl, con quienes entrenaba cada mañana.
Fué conocida entre los Haradrims como Hyarmenêl, la Estrella del Sur.
La última noche de la travesía de despertó sudando y dolorida. Estaba afiebrada y se sentía morir. De pronto vió una sombra dibujada en el reflejo de la luz de la hoguera sobre las paredes de tela roja de la tienda donde descansaba. Un Hombre entró en ella y la miró sorprendido. En seguida se dió cuenta del estado de la joven y llamó a gritos a Hyarmenhir, quien llegó justo en el momento en que caía en una fuerte convulsión perdiendo por completo el conocimiento.
[Editado por Isilmeriele el 31-03-2005 18:39]