Historia privada
La Colina de los Túmulos
EPÍLOGO
Extracto del Libro de los Reyes Antiguos, escrito por los Sabios y Eruditos Reales y por los Cronistas de Los Hechos de los Reyes...
“... Después de pasar revista a las tropas acantonadas en su fortaleza del Norte, nuestro joven príncipe partió a la Guerra del Norte acompañado de muchos nobles y grandes hombres de armas. Jamás se había visto en nuestras tierras ejercito tan magnifico en número y en pertrechos. Después de una semana de marcha dejaron atrás la legendaria Colina de los Túmulos, de infausto recuerdo como después se supo. Allá por donde pasaban los estandartes reales gran multitud de siervos aclamaban a nuestro Rey. Una vez atravesadas las Montañas del Norte el ejercito llegó a una gran llanura y se dispuso a acampar allí en espera de noticias sobre el enemigo. Se enviaron exploradores que recabaran información sobre los movimientos del ejercito adversario y estos indicaron que se había apostado un poco más al Norte de aquel lugar.
Muchas embajadas se mandaron a parlamentar con el enemigo con la misiva de hacerle desistir de su marcha hacia nuestras tierras y comarcas, pero los Norteños lo desconocen casi todo de la diplomacia y se negaron a ello, confiados como estaban en la superioridad de su huestes. Al amanecer del cuarto día comenzó la Gran Batalla. Nuestros soldados combatieron con ferocidad para igualar la inferioridad numérica que padecía nuestro ejercito. Fue algo heroico. Al mediodía la batalla había cambiado de signo y, si no hubiera sido por la traición de un grupo de mercenarios casi al final de la misma, cambiandose de bando en aquel momento, en ese punto hubiera concluido la misma. Muchas lágrimas se derramaron cuando se supo en nuestras ciudades de la suerte que corrieron nuestros nobles caballeros. Ciertamente teníamos un gran rey, porque el solo abatió a la veintena de enemigos que terminaron por acorrararle sobre los cadáveres de su guardia personal, muertos uno tras otro en defensa de su rey. Y así fue que se ganó la batalla gracias al poderoso brazo de nuestro príncipe y la ayuda de nuestros dioses, que guiaron sus golpes al enemigo. Desde siempre han dicho los norteños que no hubo vencedores ni vencidos, puesto que no sobrevivió nadie a la batalla. Pero esto no es cierto pues sabemos que hubo un vencedor, el único que salió vivo de allí fue nuestro amado príncipe, héroe capaz de ganar solo la batalla.
Una vez concluida, emprendió el victorioso camino de regreso a casa. Pero, hete aquí, que el destino le tenía reservado a este héroe de nuestra nación una nueva añagaza. Comenzó entonces la mayor de las tormentas de nieve jamás recordada y nuestro rey tuvo que viajar aguantando los envites del viento del Norte, sin duda encolerizado por la derrota de sus gentes en la batalla.
Después de caminar entre la ventisca y, como era fuerte de animo y de cuerpo, se internó en la Colina de los Túmulos a guarecerse y descansar. A pesar de las viejas leyendas se dispuso a hacer noche allí. Fue sin duda una infausta decisión puesto que, una vez cumplida la medianoche, los espectros salieron de sus tubas clamando venganza por antiguas rencillas de familia. El Rey luchó durante el resto de la noche contra todos ellos hasta que, acabando con el último de sus doce oponentes, cayó el mismo fulminado, fruto sin duda de algún maligno sortilegio lanzado por las animas. Al día siguiente los refuerzos enviados al norte encontraron su cadáver al pie de la colina, junto a un grupo de arboles secos. Este estaba totalmente desfigurado por la acción de los lobos que habían devorado gran parte de su cuerpo. Pero no cabía duda, portaba la corona real sobre su cabeza, era el príncipe. Los restos del rey fueron trasladados al panteón real de nuestra capital, donde descansan desde entonces. Y así fue como concluye la historia de aquel príncipe, apodado desde entonces como El Rey del Mundo, pues el solo ganó la Gran Batalla del Norte y limpió, a la vez, de espectros la famosa Colina de los Túmulos...”.