Historia privada
La Colina de los Túmulos
Al poco rato ya se había acomodado junto a la pared de uno de los túmulos, en la cara sur, protegido así de los fuertes vientos del norte. A pesar de esto la ventisca y la nieve seguían azotandolo con gran biro, y decidió acomodarse bajo el dintel de entrada de una de las tumbas. Allí pudo estar más cómodo, pero cierta angustia le embargaba el corazón. No sabía exactamente lo que le sucedía, simplemente su animo no era el de días anteriores. La imponente presencia de aquellos túmulos, con su sombría figura dibujada sobre el encapotado cielo le producía agitación en su interior. Y mas cuando a cada minuto que pasaba se hacia mas mortecina aún la poca luz que llegaba del sol.
Esa misma luz oscura y mortecina fue decayendo primero casi imperceptiblemente y al fin todo se oscureció de súbito. Esto acentuó aún más la sensación de frío que tenía el guerrero, ahora acurrucado contra la pared. Las fuertes embestidas del viento glacial le traspasaban la piel como largas cuchillas y se preguntó cuanto podría resistir en esas condiciones. Ni se planteó la posibilidad de encender un pequeño fuego, no había madera en las cercanías y además no se sentía ni con fuerzas ni con ánimos para moverse de ese recodo y adentrarse en la ventisca de nieve para buscarla. Seguramente aunque la encontrara estaría tan mojada que ni siquiera el fuego de alguno de los míticos dragones de las leyendas podría lograr prender una sola llama de la misma.
Muerto de frío como estaba recordó de pronto algo que lo animó bastante. En el enorme saco en donde guardaba su botín había metido varias botellas de un licor rojizo, que había salvado de unas cajas destrozadas en el devastado campamento. Sin duda perteneciaran a algun rico noble, quien seguramente pensaba celebrar el triunfo en la batalla con ellas, y al ser atacada su tienda por las tropas enemigas durante la misma había tenido el coraje de intentar salvarlas de estos. Mucho valor debían tener para que alguien perdiera su vida por las mismas. Mientras pensaba esto abría una de las mismas, y una mueca de desdén hacía aquel joven noble cruzó fugazmente por su rostro escarchado. Cuando la botella estuvo abierta una fragancia cálida y reconfortante inundó el ambiente en torno a la misma, incluso le pareció que el líquido despedía luz por sí mismo. Elaborado en el soleado y lejano sur, su sabor era exquisito, aunque el guerrero no apreció del todo bien su esencia, tampoco estaba acostumbrado a catar néctares tan delicados. Ciertamente, le pareció, era una bebida de príncipes, más aún, de reyes, parecía hecha especialmente para él, pensó.
Dio los primeros sorbos con nerviosismo, el frío y el miedo le hacían tiritar y varias veces se derramó por la barbilla gran cantidad de licor. Rápidamente comenzó a notar los efectos de la bebida. Los siguientes tragos fueron ya más largos y pausados y apenas acusó ningún temblor en sus manos al llevarse la botella a la boca. Notó como, primero su estomago y luego el resto del cuerpo, se calentaba y como su animo se iba templando. Si, ciertamente era una bebida digna de reyes, digna de él mismo. Aún así el gélido ambiente reinante, ya más llevadero, era insoportable; apuró lo que le quedaba de la primera botella y notó como el sueño amenazaba con vencerle. Bostezó largamente, luego de tener un ataque de tos, con los ojos ya enrojecidos y algo vidriosos, la mirada perdida, se decidió por fin a hacerlo.
La cámara mortuoria era bastante ancha, se llegaba a ella a través de un angosto pasillo que comenzaba justo desde el dintel de entrada al túmulo. Allí todo estaba negro, todo se encontraba impregnado de una oscuridad lóbrega y opaca. Inundada de un fuerte olor a humedad, esta hacía que la atmósfera de la sala fuera sofocante, además de muy helada; pero aún así, no era el mismo tipo de frío que en el exterior, donde seguía soplando, mas duramente si esto era posible, el viento del norte. Avanzó dando tumbos por el pasillo cargado como iba de sus pertenencias, la profunda oscuridad reinante no le permitía distinguir nada. Así, fue tanteando por las paredes hasta que se encontró rodeando, mano en pared, toda la camara. Entonces se detuvo y avanzó hacía el centro de la misma, agitando suavemente el brazo por delante de si mismo, buscando algún obstáculo en su camino. Pero este se encontraba mas abajo de lo que pensaba, sus piernas se toparon con algo y cayó de bruces contra el suelo. La mayoría de sus pertenencias rodaron por toda la camara mortuoria ruidosamente. No quiso ni preguntarse qué era lo que le había hecho tropezar y se incorporó con dificultad, pues el licor le había nublado ya la mente y le faltaba coordinación en sus movimientos. Casi arrastrandose llegó a una de las esquinas de la sala y se desplomó pesadamente con la espalda sobre la pared.
Al cabo de unos instantes su pie rozó con algo tirado en el suelo, alargó la mano y notó que se trataba de una estaca de madera, probablemente una antorcha. La madera olía a podrida, pero seguramente estaba seca. Se puso de rodillas e intento infructuosamente encenderla, el ruido que hizo resonó en toda la sala, hasta que en el tercer intento logró hacerla prender. Al principio la luz le cegó por unos instantes, mientras el olor a madera quemada comenzó a inundarlo todo; parpadeó varias veces para acostumbrarse a la claridad, se giró hacia el centro de la cámara y súbitamente dejó escapar un grito ahogado de miedo.
Ante él se alzaba un antiguo nicho de piedra, de medio metro de altura más o menos. Con eso era contra lo que había tropezado momentos antes. Hizo un esfuerzo por contener su creciente nerviosismo, aguzó el oído. El silencio era sepulcral, excepto el sonido entrecortado y acelerado de su respiración, no se oía nada más en el ambiente. Pasados unos instantes, ya un poco más tranquilo, se puso en pie ayudandose de una de sus manos para incorporarse mientras con la otra seguía manteniendo en alto la antorcha.
Se acercó a la vieja sepultura de piedra y cuando estuvo a un paso escaso de la misma le acercó la antorcha. La tumba estaba abierta, la gran losa que la cubriera otrora estaba desplazada hacia un lado y tenía una de sus esquinas rotas. Grabadas en la misma había letras de un extraño alfabeto, rúnico o algo así, algunas medio borradas por el paso del tiempo. El guerrero limpió el polvo que cubría la losa con un soplido y con el dorso de la mano, las runas se hicieron más nítidas pero no así más inteligibles para él. El interior de la misma estaba oscuro, decidió echar una ojeada dentro y con el corazón sobrecogido metió la mano que portaba la antorcha; ni siquiera sabia porque estaba cometiendo tal imprudencia. Cuando pudo por fin ver lo que se escondía en su interior no sintió miedo, solamente curiosidad. La tumba estaba completamente vacía, no había restos de huesos, ropajes, armas u objetos personales del difunto. Esto lo dejó bastante perplejo y confuso, no acertaba a comprender como podía estar una tumba totalmente vacía. De repente le vinieron a la mente las historias y leyendas que había oído sobre aqeulla colina y comenzó a sentir como un sudor frío le resbalaba por la espalda. Así, en tensión, echó un vistazo en derredor de la sala, pero no vio nada que le hiciera alterarse. Todo era calma y silencia en el interior del túmulo, mientras afuera continuaba la tormenta, con la ventisca y la nieve.
Se tranquilizó. No había razones para creer semejantes historias. Eran simples cuentos de viejas para asustar a los niños. Seguramente la desaparición del cuerpo era fruto de la acción de las alimañas. Pero, ¿ y la ropa, las armas y todo lo demás?. Entonces es que fueron los propios familiares y súbditos de estos príncipes los que se llevaron los cuerpos amortajados y el resto de las cosas en secreto, para sepultarlos de una manera mas digna en sus propios países y evitar la vergüenza de tenerlos enterrados como traidores, se dijo a si mismo el guerrero. Si, así debía haber ocurrido. De pronto otra idea le vino a la cabeza, también podría ser obra de ladrones. Estos habrían robado todo el ajuar funerario de los príncipes: armaduras, magnificas armas y joyas personales con las que fueron inhumados. Imagino a unos hombres malencarados, que muchos años atrás, quizás tantos como llevaban allí enterrados, habían desvalijado los nichos de los príncipes. “Un momento”, musitó, puede que hiciera menos tiempo de aquello; incluso pueden estar todavía merodeando por la zona. Un nuevo miedo, esta vez a perder su botín o su corona a manos de bandidos, sustituyó en su seno al miedo que sentía ante los espectros de los nobles allí enterrados, y esto le terminó de poner realmente nervioso.
Todavía alterado por sus reflexiones regreso al rincón. Recogió sus pertenencias y colocó la antorcha en un hueco de la pared, agarró fuertemente la espada con una mano, mientras con la otra sujetaba una nueva botella de licor que intentaba abrir con los dientes. Así permaneció por unos instantes, forcejeando, hasta que logró arrancarlo de la misma, a continuación lo escupió sonoramente y este fue a parar casi hasta donde estaba la tumba vacía.
Un rato después la botella se encontraba ya medio vacía. Durante ese tiempo el guerrero había bebido con fruición de la misma, a grandes y sonoros sorbos. Aunque la mayoría del líquido se le había derramado fruto del temblor que sentía por el frío y el miedo, fue recuperando poco a poco el aplomo de antes. Cuando su pulso y su respiración fueron de nuevo normales dejó la botella en el suelo junto al resto de sus pertenencias. Notó como el frío que sufría comenzaba a remitir y se deshizo del manto que le cubría los hombros, cayendo este pesadamente delante suyo.
Quizás fruto de la lucidez que se dice que proporciona el alcohol en determinadas ocasiones, el guerrero comenzó a preguntarse si no habría sido una gran imprudencia haber entrado en aquel túmulo funerario; además no sería muy sensato permanecer allí mucho tiempo. Sentía un gran cansancio, pero aun así, se prometió a si mismo, que abandonaría aquella colina maldita en cuanto se calmase un poco la tormenta en el exterior. Pasó largo rato inmerso en estos pensamientos hasta que su respiración se fue haciendo cada vez más profunda y terminó por cometer otra gran imprudencia: se quedó completamente dormido.
El sueño no fue todo lo reparador que podría suponerse para alguien tan fatigado como él. Las apenas dos horas que duró no fueron más que una interminable sucesión de visiones perturbadoras e inquietantes sobre su persona. Cuando despertó lo hizo de abruptamente, casi faltandole el aliento. Estuvo así, asfixiado, durante unos instantes, mientras se incorporaba sobre sus codos. Sintió que tenía la lengua seca y tal escozor en los ojos que tuvo que restregarselos fuertemente varias veces antes de poder distinguir algo entre la penumbra en que se hallaba sumida ahora la cámara funeraria. La antorcha se había apagado en algún momento de su sueño. Este hecho lo angustió aún más de lo que ya estaba y se preguntó que habría hecho que se extinguiese su llama. Que o quienes, pues el corto sueño le había hecho plantearse de nuevo malos augurios sobre el lugar en que se encontraba. Negras sombras de incertidumbre se habían apoderado de su interior durante el mismo. Ahora, ya despierto, no podía recordar esas imágenes con tanta nitidez; pero ciertamente le parecieron no muy halagüeñas para su futuro. Estas reflexiones lo terminaron de poner nervioso de nuevo y tanteó con desesperación la pared en busca de la antorcha apagada. Tras encontrarla, probó varias veces a encenderla de nuevo, pero no hubo fortuna. Estas tentativas fallidas le hicieron desistir finalmente, y permaneció, así a oscuras, impotente de rodillas unos instantes maldiciendo su mala fortuna.
Acto seguido se arrastró nuevamente hasta el rincón en busca de su espada. A pesar de la oscuridad reinante logró encontrarla y la blandió repetidamente por delante suya mientras apoyaba su espalda contra la pare. Nerviosamente comprobó que su corona permanecía junto al resto de sus pertenencias, y tras tantearla con las yemas de sus dedos exhaló un sonoro suspiro de alivio.
La tempestad continuaba en el exterior con más fuerza, si esto era posible. El viento y la nieve seguían haciendo de aquella noche una de las que peor recuerdo traía a los habitantes de aquella región. Hacia mucho que no se veía que los elementos infligieran tal castigo a las desoladas tierras que circundaban la colina. Aquel cerro se hallaba ahora totalmente cubierto por una espesa capa de hielo y nieve, que junto a los viejos arboles secos que la rodeaban, le daban un aspecto aún mas lúgubre y tétrico.
El guerrero volvió a sentir frío, así que se acurrucó en el rincón y volvió a ponerse sobre los hombros el manto de piel que había dejado antes a un lado. Acto seguido tanteo en la oscuridad buscando el resto de licor que no había bebido y apuró la botella a grandes tragos. Como no se sintió satisfecho acertó a abrir con mano temblorosa una nueva botella, que saboreó con deleitación. Poco a poco comenzó a notar como la cabeza se le iba por momentos y la vista comenzaba a emborronarse, aunque sumido como estaba en aquella densa oscuridad, apenas notó la diferencia. El alcohol comenzó a aliviar su animo e incluso se atrevió a quebrar el sepulcral silencio reinante en el túmulo entonando antiguos himnos militares, de los que solían cantar en los campamentos las noches anteriores a la batalla.
Así continuó durante mucho tiempo, hasta que hubo apurado el resto de la tercera botella de licor. Sus cánticos se hacían cada vez mas potentes y desafiantes contra el enemigo en la misma medida en que su embriaguez iba creciendo. El guerrero dejó de cantar súbitamente y aguzo el oído. Al principio no oyó nada, pero prestó más atención y esta vez si que escucho un sonido que se mezclaba con el de la tormenta que caía sobre el montículo. Escuchó un sonido que le pareció como de pasos y que provenía de fuera del túmulo. Nerviosamente intentó incorporarse, pero sólo pudo avanzar medio gateando por la camara funeraria. Portaba la espada en la mano derecha y la corona real en la izquierda. Así, dando tumbos, llegó hasta el pasillo de entrada a la misma y se detuvo a escuchar de nuevo. Nada. El sonido de pasos había cesado en el exterior. Se incorporó pegando su espalda contra la pared del angosto pasillo y volvió a aguzar el oído. Solo el sonido de su respiración y de su pulso, cada vez más elevado.
Se preguntó quién andaría allí afuera con semejante tempestad y varias respuestas le vinieron repentinamente a la cabeza, casi al unísono. Pensó en los ladrones que querían robarle su botín, o lo que era peor su corona y su reino. “Maldito ladrón, te mataré con mis propias manos”. También podría tratarse de alguna alimaña, algún lobo hambriento, que habría seguido su rastro por la llanura. Pero la que más inquietud le causó fue el pensar que podría tratarse d4e los espectros de los antiguos príncipes, que querían vengar su derrota de antaño derrotandolo ahora a él, legitimo heredero de aquel antiguo rey, su corona lo decía. Todas estas imágenes fluyeron por su mente en un momento y casi creyó desmayar al imaginarlas. “Sí, eso es”, se dijo. “Ahora soy yo el que porta la corona, el nuevo rey”, musitó. Esas malditas ánimas querían sin duda vengarse de su antigua derrota.
En un momento de supremo arrojo ( y por que no decirlo, de imprudencia) el guerrero se colocó sobre la cabeza la corona real y salió corriendo, más bien a trompicones, hacia el exterior del túmulo para encontrarse con sus enemigos.
Jadeando todavía por el esfuerzo, se plantó de pie delante de la puerta de la tumba. Una ráfaga de viento helado casi lo derribó, pero pudo a pesar de todo esto, mantenerse más o menos erguido bajo el dintel de entrada al túmulo. “¡ Soy el Rey!, ¡ Mirad mi Corona!”, vociferó con los ojos inyectados en sangre. “ ¡ No te tengo miedo maldito ladrón!, ven aquí a que te dé tu merecido. ¡ No puedes robarme condenado bandido porque soy el Rey, soy la Ley aquí!, ¿ me oyes, rata asquerosa?, ¡ Ven aquí a que te dé muerte!”, gritó enloquecido mientras el viento ahogaba sus últimas palabras. “Venid vosotros también, malditos espectros!, ¡ Soy el Rey del Mundo!. Ya una vez uno de los de mi estirpe os derrotó, y ahora os venceremos de nuevo y luego arrasaré vuestras tumbas, para que nadie os recuerde jamás. ¡ Venid, aquí me teneís, no os tengo miedo porque soy el Elegido de los Dioses, El Héroe de la Gran Batalla, el Rey del Mundo!. ¡ Soy el Rey del Mundo!..”.
Gritando esto comenzó a lanzar mandobles con su espada a diestro y siniestro. El acero atravesaba la ventisca provocando silbidos de diversos tonos, mientras el guerrero seguía lanzando juramentos y diciendo que era el rey del mundo. Entonces comenzó a correr frenéticamente colina abajo gritando como un poseso. “ Soy el Rey del Mundo!”, clamaba una y otra vez, mientras sus piernas se enterraban en la nieve. Al llegar casi al pie de la colina intuyó entre la ventisca formas alargadas que lo esperaban allí abajo y continuó corriendo en su dirección lanzando terribles alaridos e imprecaciones. Justo en el momento en que se disponía a arremeter contra ellas algo se le enganchó en los pies, haciendole caer de bruces contra una roca. Su cabeza impactó obre la misma e hizo añicos su cráneo. El guerrero notó el fuerte impacto y perdió la conciencia un momento después. Todo se le volvió oscuro de repente y sólo notaba como su propia sangre le resbalaba por el cuello y goteaba sobre la nieve. Intentó abrir los ojos y sólo creyó distinguir espectrales formas borrosas que se mecían frente a él emitiendo desagradables chirridos silbantes. Sin duda se reían de su necedad y de su imprudencia, pensó. Después todo fue oscuridad. “ ...Soy el Rey del Mundo...”, balbució antes de morir, mientras la tempestad continuaba lanzando nieve y ventisca por doquier.