Historia privada

Ella-laraña

Finalizada 2 fragmentos Página 1 de 1
Fragmento 1 por Evendor

Yupac miraba con temor cada vez creciente las paredes oscuras y negras, y aquel paisaje tan desolado que le oprimía el corazón y le embotaba los sentidos. Caminaba con gran cautela en la oscuridad, desgarrada débilmente por la antorcha que llevaba en la mano derecha, y aferrando con fuerza, en la otra mano, la empuñadura de una extraña hacha, de hoja cobriza, ancha como la palma de la mano y muy filosa, engarzada en el mango de un material extraño parecido a la madera, lleno de signos raros (palabras de protección y de buen augurio en el lenguaje del viajero que la cargaba) que terminaba en un delgado penacho de plumas brillantes, de aves totalmente desconocidas en esta tierra, y tratando desesperadamente de hallar al grupo de aventureros que le acompañaban y de quienes se había separado en algún lugar del camino.

- Sin duda la maldad aún ejerce gran influencia en este lugar -se dijo para sí, con la voz casi imperceptible como si no quisiera ser escuchado, aunque sus pisadas temblorosas y su respiración entrecortada, y más aún, la débil luz de la antorcha, eran más que suficientes para delatarle a cualquier ser que se hallará al acecho- ...inclusive luego de la Gran Purga, sino no sería capaz de explicar cómo fue posible que me separará de mis compañeros. Deben de existir pasajes que se cierran o se abren, para confundir a los que se atreven a entrar a este maldito lugar.

Al hablar así (más que hablar, pensaba, y la voz hacía eco de sus pensamientos), y decir la palabra \"maldito\" cargada de rabia y miedo, le pareció percibir el murmullo lejano, y a la vez tan próximo, de risas macabras. Asustado, movió presuroso la antorcha alrededor de él, girando en su lugar y buscando el origen de las carcajadas.

Se arrepintió de haber llegado a tan siniestro lugar, desoyendo los consejos de su corazón y de la gente que les viera encaminarse hacia acá, ya que la curiosidad era tan grande, tan omnipresente, en todos sus pensamientos y acciones, desde que leyera, hace buen tiempo atrás, las historias épicas que tuvieron origen en estas tierras, y que con el paso de los años había llegado hasta el otro lado del Gran Mar, que, como si estuviera predestinado, casi le obligó a viajar hasta estos parajes, dónde las leyendas y la fantasía parecían coexistir con la realidad cotidiana. Y aunque la historia del Portador del Anillo, era tan vieja como lo fue en su tiempo la historia del Daño de Isildur (y que ahora era sólo un cuento que las viejas contaban a los niños, pero que entraba en plena vigencia cada vez que la Sombra aparecería de nuevo) y hacía muchos años que el Mal no se conocía en estas tierras, tantos que (como en un tiempo se pensaba en la Comarca) todos creían que la paz y la abundancia eran la norma y el derecho de cualquier pueblo sensato en la Tierra Media, la fascinación que había causado en los corazones jóvenes de las tierras al otro lado del Gran Mar (por supuesto que no eran las tierras donde los elfos fueron a reposar hasta que también se convirtieran en leyenda, sino otras tierras más lejanas y más extrañas que las conocidas, siquiera por mitos) les motivaron a emprender el peligroso viaje hacia este lado del mundo.

Visitaron muchos lugares de los cuales se hablaba en las historias y cantos sobre el Portador del Anillo, que ahora eran en su mayoría ruinas (incluyendo la poderosa ciudad del reino de Gondor: Minas Tirith) y otros lugares jamás los encontraron, salvo en la imaginación y las leyendas locales (como el Bosque de Lothlórien, Rivendel o inclusive la torre de Orthanc y la Comarca misma, ya que hasta los hobbits tomaron su lugar en los polvorientos ventanales de la historia antigua ante la multiplicación de los hombres, y ni que decir sobre la existencia de los elfos, aunque si se podían ver a algunos enanos, quienes se habían adaptado mejor a los cambios que los hombres habían traído al mundo, o mejor dicho, habían \"sobrevivido\" a ellos) a pesar de contar con detallados itinerarios del viaje, traídos a su tierra por antiguos viajeros de ambas costas del mar.

Sin embargo, reconocieron (o creyeron reconocer) las diferentes etapas del viaje, desde la Comarca hasta las profundidades del valle maldito de Mordor. Su última parada era precisamente ese lugar, dónde ahora se hallaba perdido el que hasta ese momento era el líder de ese grupo de jóvenes insensatos pero plenos de audacia y arrojo, curiosidad y preguntas inagotables, que deseaban respuestas claras y directas.

Hasta entonces habría creído que el desdén, y hasta el asco y odio, que les demostraba casi toda la población de las tierras que habían visitado, descontado a los descendientes de los enanos, (algo que los viajeros de su pueblo natal les habían recalcado a menudo antes de que se embarcasen en esta loca aventura) era lo peor de todo. Y digo casi todos, porque en honor a la verdad, existía gente tolerante y hasta amistosa, sin duda descendientes directos y puros de los grandes Dúnedain y de los hombres originales de Gondor, y hasta, ¿por qué no?, de los elfos. Uno de ellos les había ayudado bastante, dándoles los nombres actuales de muchos de los lugares que se mencionaban y que él, u otros, habían identificado. De otros no tenía ni la más remota idea.

- Sin embargo -les decía con una sonrisa a flor de labios- \"todo\" se llega a saber tarde o temprano.

La absurda razón de tal rechazo era no sólo su origen, sino su naturaleza misma, porque así como las tierras de donde provenían eran tan extrañas y exóticas, ellos mismos eran el complemento de tal cosa; de los diez viajeros que eran, tres de ellos tenían la piel tan tostada y morena como el trigo puesto al sol durante mucho tiempo, e incluso uno la tenía aún más oscura, como la madera del ébano en la noche cerrada, sin luna ni estrellas. Otros dos parecían recubiertos por una piel de cobre, ya que su tez era rojiza y sus facciones duras como esculpidos en la roca viva con gran esfuerzo y contando con apenas la fuerza y la destreza necesarias para poder realizar un bosquejo de rostro. Dos más tenían la cara más fina y más dulce, con la piel de color olivo y labios algo gruesos, pero llenos de sonrisas para regalar. De los restantes no se podía decir algo fijo, ya que parecían tener los rostros de todos ellos juntos, sumandos a las caras de los hombres de la Tierra Media (elfos, enanos, hobbits, Dúnedain, etc., etc.), en definitiva, una paleta multicolor y multifacética cual arco iris humano, cosa que a los hombres y mujeres de este lugar les parecía un insulto (mezclarse con otras razas, tan bajas y raras). Aunque no tenían la belleza de los elfos, ni el garbo de los hombres de Oesternesse o de sus descendientes, los hombres de Gondor y demás pueblos afines, porque casi todos eran de mediana estatura, los morenos y cobrizos eran muy anchos de espalda y bastante fornidos, con manos y pies gruesos y fuertes; los demás eran más delgados pero no menos fuertes por ello, y todos tenían en el rostro y el cuerpo (y en la mirada de aquellos ojos pardos, azabaches y castaños) la belleza y la paz que el Bien concede a todos aquellos que se unen a él, a expensas de lo que cualquier hombre (o mujer) pueda pensar o decir.

Y en esa inmensa oscuridad, aún la mente del viajero tenía la fuerza necesaria para divagar, aunque sea un fugaz momento, en tales cosas, totalmente ajenas a la situación, tal vez como un desahogo ante la pesadez del ambiente, tal vez la nostalgia...

[Editado por Evendor el 17-07-2004 22:28]

[Editado por Evendor el 17-07-2004 22:35]

[Editado por Evendor el 17-07-2004 22:37]

Fragmento 2 por Evendor

De pronto abrió los ojos con gran espanto, y retrocedió casi trastabillándose con sus propios pies al reconocer el lugar dónde se encontraba exactamente:

- ¡¡¡La entrada a la guarida de Ella-Laraña...!!! -pensó con gran espanto, mientras los ojos se le abrían desmesuradamente para ver aquello que no veía iluminado por el débil resplandor, y todos sus demás sentidos se ponían en alerta máxima para poder percibir la inminencia del peligro que le acechaba-. ¡De los males sobrevivientes, el peor! Pero, ¿y dónde está la Torre? ¡Debería estar antes de llegar a este antro de perdición! -ya que ellos habían llegado por la dirección opuesta de la que llegó Frodo, debido a que Minas Morgul seguía siendo el lugar de residencia de seres infectos y terribles, y un atolladero casi imposible de atravesar, excepto si hubieran ido con un grupo muchísimo más numeroso, o haciendo un gran rodeo, como ellos lo habían hecho.

Pero ya era demasiado tarde. Desde la destrucción del Anillo Único y junto con él a Sauron, pocas criaturas habían llegado de nuevo a esos parajes desolados. Y Ella-Laraña no se atrevía salir, ante el doloroso recuerdo de aquel pequeño ser que la había lastimado como nadie lo había hecho jamás, y también la amenaza de los hombres que destruían todo a su paso, porque no podía enfrentárseles hasta que se recuperará de sus heridas (más psicológicas que físicas).

Ahora, la Vigía, se hallaba unos pasos detrás de su presa, con las patas sobre las rocas que dibujaban un pequeño arco en el sendero del infeliz viajero y con el voluminoso abdomen un poco bajo, dispuesta ya a clavarle su ponzoñoso veneno. Pero no se había dado cuenta que babea; sí, sus mandíbulas se hallaban colmadas de saliva, causada por el hambre de comer tan miserables alimañas y ahora tener todo un manjar frente a ella, una criatura joven aunque extraña, de carne fresca y perfumada, y de sangre límpida y roja, sabrosa y deliciosa, como no probó en tantos años. Y la baba hizo un pequeño charco en el suelo rocoso, justo en el camino por el cual su víctima retrocedía asustada, y donde ella espera que se acercara un poco más para atacarla.

El viajero sintió entonces la horrible malignidad que le clavaba la mirada en la nuca y lo traspasaba de cabo a rabo, con esa ansía frenética que sólo la maldad misma sabe y comprende, sintiendo a su vez el aire pastoso y denso, por la fetidez putrefacta que emanaba, que hasta casi era palpable como la baba asquerosa que se le escurría al monstruo. Se quedó inmóvil un segundo, lo suficiente como para determinar a que distancia y altura se hallaba el monstruo, y asestarle un golpe en la cabeza, justo en los ojos, el único punto débil que tenía (si eran ciertas las historias ¡y cuanto rogaba que así fuera!). Y, aunque el terror era mayúsculo, todas las criaturas hacen un esfuerzo último, así sea del todo inútil, para preservar la vida, y más aún los hombres.

En el preciso momento en que soltaba la tea y agarraba con ambas manos la extraña hacha para asestar el golpe, haciendo un giro brusco sobre los pies hacia atrás, Ella-Laraña ya movía la punta mortal que se asomaba al final de su vientre hacia su víctima. Y he aquí, que si todo salía como ella lo planeaba, los brazos del infeliz habrían quedado muertos a medio camino, soltando el hacha y cayendo desnucado al piso. Pero cuando su aguijón llegaba a destino, Yupac cayó de bruces antes de recibir el golpe mortal. ¿Qué había sucedido? Pues, que el pequeño charco de baba en el piso hizo que resbalará al darse vuelta, ya que adelantó un pie, que fue el que piso el charco ya mencionado, y levantó el otro para darle más fuerza a su ataque. El temible aguijón pasó rozando entre ambos brazos y se estrelló en el mago del hacha rompiéndolo en dos; la hoja voló lejos, hacia el abismo de los costados, por el impulso del golpe y lo que quedó del mango cayó al piso, junto a su dueño, mientras las astillas volaban en todas las direcciones.

Aún en el hipotético caso de que hubiese sorprendido a Ella-Laraña con esa maniobra, poco le habría servido, ya que la horrible cabeza se hallaba casi cincuenta centímetros más arriba de lo previsto, debido a que ella impulsaba la cabeza hacia atrás, como una polea, para darle más poder a su golpe.

Ya en el piso y del todo sorprendido (y agradecido) por lo ocurrido, Yupac sacó un puñal de hoja brillante, larga y filosa, del cinto, con empuñadura de oro y adornos de plata (al otro lado del Gran Mar, en su tierra natal, el oro y la plata eran tan abundantes y comunes, que casi todos los que tuvieran un arma, utilizaban esos nobles metales para embellecerlas, además de ser la única y poderosa razón por la que la gente de la Tierra Media tenía tratos con esos pueblos tan viles y bajos, según decían ellos mismos) y sosteniéndolo con desesperación en la mano, dio un salto atrás y enfrentó a la abominación que tenía enfrente.

- ¡¡¡Era cierto!!! -se dijo al contemplar frente a frente, a menos de un metro de ella, uno de los múltiples rostros de la Oscuridad: uno de sus grandes ojos múltiples era gris y sin vida; no emitía ese brillo de odio y maldad que poseía al otro; sin duda fue ahí donde Sam le clavó a Dardo hace ya tanto tiempo atrás. Y también la pata; aquella que quedará sin la garra que la coronaba y ahora era un solo un muñón-. Aún tengo una oportunidad, si no equivoco la ocasión. Las piernas le temblaban y un sudor frío corría por las sienes hasta la barbilla y luego por todo su cuerpo. Su corazón latía tan fuerte como los tambores de los orcos, que les incitaban a la guerra y avivaban su sed de sangre. Y las culebras del miedo subían y bajaban por su espalda, incesantes y demoledoras.

Ella-Laraña se vio también sorprendida por tal suceso, y más aún cuando la figura se levantó, se dio la vuelta y la enfrentó sosteniendo en la mano un haz de luz. De pronto vino a su memoria, desde la oscuridad de los tiempos, el recuerdo aquel sobre un hombrecito que la desafió igual y que la daño tanto. Se estremeció… mas inmediatamente el miedo (el sabor del miedo, que jamás pensó que podría llegar a probar otra vez) se convirtió en furia, en odio infinito y sin límites, en ira inconmensurable, en cólera mortal que la hizo temblar toda. Se lanzó terrible sobre su presa con la cabeza por delante y...

Yupac saltó a su vez hacia ella con toda la fuerza que le quedaba. \"Su ojo, su ojo. Debo herirle el ojo\"se decía. Alargando y adelantando el brazo con el puñal en la punta cual lanza encarnada, atravesó los sensibles tejidos del ojo y se incrustó en la horrible cabeza hasta el codo. Un sonido tan terrible como si la montaña misma se lamentará al ser alcanzada en el corazón por la pica de un excavador se levantó en la oscuridad, y rebotó hasta el fondo mismo de los abismos, multiplicándose y amplificándose como si fueran todas las montañas quienes se quejarán a la vez. Y en verdad fue tal el clamor del grito, que Yupac se llevó la mano que le quedaba libre a los oídos tratando inútilmente de cubrirlos de tal alarido. Y no escuchó más...

Ambos se habían quedado quietos, unidos uno al otro. Ella por la estocada mortal que había recibido y él por el alarido estridente que le había roto los tímpanos, moviendo la cabeza de un lado a otro como un ebrio en el delirium tremens y un hilillo de sangre corriendo por la orejas hasta el cuello. Sin embargo un solo golpe no era suficiente para matar a tal horror. Ciega y más furiosa que antes, Ella-Laraña reaccionó y llevando con rabia y dolor las patas delanteras hacia arriba y atrás, para darles más fuerza, las replegó con violencia inaudita hacia ella y así clavar las garras en la espalda de Yupac.

El dolor tan grande e inesperado, hizo que expulsara todo el aire de sus pulmones en un grito de angustia, apagado de pronto en un murmullo, por la sangre que escupía de las entrañas. Las garras se habían clavado en la parte baja y posterior del abdomen de Yupac y éste se retorcía con desesperación entre ellas. Pero como ocurriera antes, Ella-Laraña había labrado su destino, pues el golpe hizo que el brazo del viajero se clavará más profundamente en la herida hecha, hasta el punto que su mejilla derecha estaba firmemente aplastada contra la cabeza y el brazo se había insertado en su totalidad dentro del ojo, llegando el puñal hasta el mismo cerebro de la bestia, pues, como es sabido, el ojo es el camino más corto para llegar al cerebro de cualquier ser vivo, hombre o animal y matarlo de manera instantánea.

Ella se había regocijado ante el dolor de su presa y aún llego a saborear su sangre, ya que le chorreaba a borbotones de las heridas y se deslizaba por las piernas hasta llegar a sus fauces malignas. Mas al sentir ese dolor inmenso dentro de ella, como una chispa de luz en la oscuridad eterna de su mente (parecida a aquella que se desprendía del frasco que llevaba la otra criatura, sólo que ésta era completamente palpable), sólo atino a abrir las mandíbulas y cercenar una de las piernas de Yupac, ahora a su completo alcance, cayendo luego en las sombras que siempre la habían rodeado.

Yupac moribundo, vagaba mentalmente por las hermosas tierras que le habían visto nacer. Recordaba la frescura del pasto, la caricia de la brisa, y el aroma de miles y miles de flores que le llegaba, junto al suave arrullo de un arroyo cercano y el canto nítido y profusamente variado de los bosques y de la selva. A lo lejos las montañas y colinas, verdes, pardas, azules, violetas, parecían sonreírle y darle la bienvenida. Y el Sol: brillaba allá en lo alto, todo henchido y orgulloso, regando luz y calor a todas las cosas sobre la faz de la tierra. Recordó también la suave luz de porcelana que la Luna le regalaba en las noches y el tímido resplandor de las estrellas en la profundidad del cielo azabache. Oía los cantos de los animales y sus voces, las voces de todos ellos, formando un coro de alegría sin igual. De pronto sintió otra caricia: era la lluvia que le bañaba todo, y se escurría por su cuerpo sacándole de encima la fatiga y el polvo del viaje.

- ¡HE VUELTO! -decía al llegar a la puerta del hogar, donde la familia le esperaría con sonrisas de satisfacción y algarabía, y tal vez le diría su madre \"¡Oh, te ves más grande y fuerte!\" y su padre \"¡Se ve que haz forjado tu carácter!\", y los abuelos \"¡Podría jurar que veo sabiduría en tu mirar!\", y los hermanos y amigos le abrazarían, y él les diría cuanto les había extrañado y como les quería, y también que había extrañado esto y aquello: las comidas, su tierra, su gente, su vida. Después, todos irían a sentarse a la calidez del hogar y el contaría sus hazañas y de cómo había matado a la Gran Araña Maligna... De repente al decir esto, todas las cosas se cubrieron de un líquido amarillo verdoso y comenzaban a derretirse; las caras felices de su gente se deformaban y sus sonrisas se transformaban en muecas de dolor. El aire apestaba como el infierno mismo. Despavorido, salía corriendo de allí, seguido por los gritos de dolor inenarrable de su familia querida y de sus amigos. Afuera ocurría lo mismo: los pastos verdes se retorcían cubiertos de esa cosa, los pájaros y los animales lloraban de dolor y se le acercaban mientras los veía podrirse ante sus ojos. Levantó la mirada: el cielo mismo parecía angustiarse por esa cosa que se arremolinaba en él y luego caía al suelo cubriéndolo todo. Las montañas gemían y su verdor se apagaba en putrefacción y ruina, y surgiendo de ellas vio los ojos de Ella-Laraña, y escuchó que se reía, se reía en un canto de maldad y dolor espantosos, con una melodía diabólica y perversa, que le hería los oídos y les hacía sangrar. En ese momento sintió un dolor profundo en el brazo y en un lado del rostro. Levantó el brazo y éste comenzaba a ser carcomido por la sustancia viscosa que envolvía todo...

Abrió el ojo derecho con desesperación. Pensó un momento donde estaba y luego recordó todo, mientras el dolor aumentaba. Sentía como miles de cuchillas y agujas se clavaban en su piel en los lugares donde se encontraba unido a Ella-Laraña. No podía abrir el ojo izquierdo porque el dolor le decía que si lo hacía, las agujas se clavarían dentro de él. Todo el lado izquierdo de su rostro, aplastado contra la cabeza de la araña no le respondía. No sentía nada de la cintura para abajo, pero percibía con temor que sus piernas pesaban menos. Sentía que la vida se le escurría a chorros por las heridas lacerantes de la espalda. La pestilencia atroz le ahogaba y le producía dolorosísimos espasmos en el abdomen mutilado. Al comprender que Ella-Laraña estaba muerta, reunió todas las fuerzas que le quedaban para apartarse de ella, ya que un dolor más allá de todo sufrimiento, superior incluso al provocado por las garras incrustadas en su espalda, comenzaba a subirle por el brazo izquierdo, el brazo que se clavaba en la horrible cabeza del engendro. Con un esfuerzo supremo consiguió sacarlo poco a poco, apoyando el pecho y la mano libre en la cabeza, que le empezaron a doler más y más al penetrar las agujas y cuchillas con que estaba recubierta la criatura, y ni que decir la espalda que parecía anclada en las garras arácnidas y cada movimiento era doloroso; mas el padecimiento que le llegaba a través del brazo era tal, que siguió en su intento hasta sacarlo por completo.

Cuando lo consiguió, también pudo liberarse de las garras al caer hacia atrás, no sin gran estrépito y dolor, por supuesto. Una vez que los sentidos, que parecían escurrírsele como el agua de río que se lleva las piedras del lecho, ruidosamente pero segura, advirtió con pesar que el dolor del brazo no disminuía sino parecía aumentar. Lo levantó con fatiga, aunque parecía más liviano, y notó con horror la causa: el líquido verdoso amarillento que parecía ser la sangre de la bestia, carcomía su piel y carne, dejándola toda putrefacta y fétida. Sin duda la maldad que la bestia encerraba dentro de sí era la causa de esa abominación; la Oscuridad misma fluía por sus venas y le daba la fuerza para existir y matar; la Sombra encarnaba a ese vil ser para maldecir a este mundo y someter a sus criaturas al dolor y al sufrimiento que a ella tanto le gustaba; el Mal y hacer el mal eran la razón de vivir de este asqueroso monstruo.

Yupac, retorciéndose de dolor y agonía, sentía como la maldición de la Sombra le carcomía y comenzaba a instalarse en su mente y en su corazón. Percibía que le envenenaba el alma poco a poco, y que antes sus ojos se revelaban el Abismo mismo y toda la negrura de su crueldad infinita.

- ¡¡¡NOOOOOOOOOOO!!! -gritó con lo que le quedaba de fuerza, mientras se arrastraba al borde del precipicio que había frente a él.

Las imágenes inenarrables del Abismo se hacían más palpables en su mente y su alma poco a poco. Yupac se arrastraba con vehemencia al borde: quería parar su tormento cruel. Y justo antes de caer al barranco oscuro, una luz asomó en las tinieblas y recordó todo lo hermoso que había conocido y visto. Y aún con el semblante sonriente y los ojos perdidos, el cuerpo mutilado se abalanzó hacia el fondo, y rodando y rodando se perdió en la penumbra y el eco se perdió a lo lejos, siendo el silencio de nuevo coronado como rey...

[Editado por Evendor el 17-07-2004 22:52]