Historia privada
Rivendel - Dol Amroth
El rohir corrió hacia donde se encontraba el Príncipe.
- \"¿Cómo estáis, mi señor?\" – le preguntó .
- \"Bueno... creo tener el costado destrozado, pero bien. Esto lo curará el tiempo. Valiente guerrero eres, Haryon, hijo de Eoric. Serás alabado con grandes alabanzas\"- respondió Imrahil, dolorido.
Muchas mujeres comenzaron entonces a bajar hacia el puerto, para atender a los heridos, y llorar a los muertos. El suelo estaba lleno de cadáveres de muchos hombres y algunos elfos. Entre ellos, gran cantidad de heridos. Al primero que recogieron fue al Príncipe, al que subieron con cuidado hacia las casas de curación.
El joven eorlinga miró entonces hacia el interior del puerto, y vio a Tirandir, tumbado en el suelo, boca arriba. Corrió hacia él asustado. Tenía una flecha clavada en la pierna izquierda, y Haryon respiró aliviado. Era una herida fea, pero nada que no pudiera curarse. El dúnedain le miró a los ojos. Su tez estaba pálida.
- \"Señor de Rohan... orgulloso estoy de haber luchado a vuestro lado. Espero que no sea la última vez\" – habló, con voz entrecortada.
- \"Por supuesto. Sólo tienen que extraerte la flecha. El tiempo cura todas las heridas, por lo menos las del cuerpo\" – contestó el rohir.
Varias mujeres de la ciudad llegaron a su lado, dispuestas a llevarlo hacia las casas de curación. El joven eorlinga se alejó, para dejarlas trabajar. Pero entonces el gesto del dúnedain comenzó a cambiar. Se llevó las manos a la cabeza y el vientre, y se puso a gritar y gemir de dolor. Haryon corrió hacia él y le colocó la mano sobre la frente.
- \"¡Está ardiendo! ¡Llevadlo a la ciudadela, rápido!
El bravo guardia del puerto empezó a sufrir terribles convulsiones. Sus ojos estaban extraviados en una mueca de terrible dolor. Empezó a vomitar. De su boca salía una extraña sustancia negra, que emanaba un terrible hedor. Las mujeres, lloraban asustadas. Haryon lo cogió en brazos, y lo llevó corriendo hacia las casas de curación. Los heridos empezaban a acumularse allí, pero pudo dejarlo en una cama. Miró a su alrededor, y el espectáculo que vio hizo que le flaquearan las piernas. Estuvo a punto de caer de rodillas. Cientos de soldados gritando de dolor, tumbados en camas y colchones. En el suelo, charcos de negruzco vómito. El olor era insoportable, hasta el punto que muchos de los animistas y cuidadoras tenían que salir fuera, para no vomitar también. El rohir miró de nuevo a Tirandir, y le dio un vuelco el corazón. El cuerpo del dúnedain permanecía totalmente inmóvil sobre la cama, y su tez estaba muy pálida. Un viejo hombre lo atendía. Parecía ser muy sabio.
- \"¿Está muerto?\" – preguntó el joven guerrero, con palabras entrecortadas.
- \"Señor, el Príncipe Imrahil le reclama a su presencia\" – un guardia le tomó del hombro por detrás. El anciano animista le miró, pero no dijo nada.
- \"¡He preguntado que si esta muerto! – repitió alterado Haryon.
- \"Por favor... mantengamos la calma. No lo sé. Parece tener aliento, pero está totalmente inmóvil. Ahora no puedo decir nada\" – contestó el sabio sanador – \"Por favor, dejadme trabajar.\"
Haryon miró al anciano con expresión seria y disconforme, pero se dio media vuelta, y se dirigió donde le guió el guardia. Era una habitación independiente de la común, en las casas de curación. Allí, sobre una cama, yacía el Príncipe de Dol Amroth. Era increíble el buen aspecto que tenía. Su costado estaba totalmente vendado, pero su color era inmejorable. El rohir quedó sorprendido.
- \"Salve, Jinete de La Marca. Grande ha sido vuestro valor en esta batalla, e importante vuestro concurso. Además os debo la vida. Os estoy muy agradecido\" – habló el Señor de Lond Ernil.
- \"Ha sido un honor luchar a vuestro lado, mi señor. No todo el mundo tiene el privilegio de empuñar su espada junto tan noble caballero. Pero me temo que la batalla no ha terminado, con vuestro permiso. Pues algún tipo de brujería extraña azota a muchos heridos\" – contestó el joven eorlinga.
- \"Lo sé. Es propio de esos miserables usar venenos en sus armas, para que los heridos se conviertan en muertos, una vez acabe la contienda. Pero hay esperanza. Aquí tenemos muy buenos animistas. Identificarán el veneno que es, y conseguirán el antídoto necesario. Por lo que me han comentado, parecen los síntomas de la Galenaana. Aunque están estudiándolo un poco más, pues están convencidos que ese veneno se suministra en la comida o en la bebida, no con las armas. Los síntomas para los hombres son vómitos, grandes dolores y la caída en un coma profundo, que puede durar entre una semana y tres meses. Los elfos mueren al cabo de medio día, entre grandes dolores\" – informó el Príncipe.
En ese momento, el anciano que atendía a Tirandir entró en la estancia. Su rostro parecía muy preocupado.
- \"Disculpadme mi señor\" – dijo, haciendo una reverencia.
- \"¿Qué ocurre, maestro Joral? – contestó el Príncipe.
- \"Tenemos malas noticias. No estamos ante un caso de envenenamiento. Esto no puede producirlo un veneno\" – informó el animista.
El Señor de Dol Amroth miró al anciano incrédulo – \"Pero los sintamos son los de la Galenaana, ¿no es así?\"
- \"Sí. Pero han caído varias cuidadoras ya\" – respondió Joral, con voz entrecortada.
- \"Es contagioso...\" – afirmó Haryon preocupado.
- \"Sí\" – contestó el animista – \"Y parece ser que por el aire, con lo que la expansión puede ser rapidísima.\"
El Príncipe miró al anciano con gesto desencajado – \"¿Y no sabemos que enfermedad puede ser?.\"
Joral tragó saliva. Las manos le temblaban, y estaba muy pálido. Haciendo un gran esfuerzo, consiguió hablar.
- \"Mi señor. Llevo muchos años a vuestro servicio, y he visto todo tipo de enfermedades. Y a todas les he encontrado solución, pues nada existe incurable. Pero estos síntomas no los había visto nunca\" – el anciano tomó aire, mientras el Príncipe lo miraba incrédulo. El animista siguió hablando – \"He consultado mis manuscritos, y después de mucho buscar, sólo puedo pensar en una posibilidad.\"
- \"¿Y cual es esa posibilidad? ¿Qué estamos sufriendo, mi sabio amigo?\" – preguntó el Príncipe.
El anciano levantó su cabeza lentamente, y fijó su vista en la del Caballero de Dol Amroth – \"Mi señor. Creo que se trata de la Celume Morne\"
La mirada de Imrahil se clavó en la de Joral, y su cara comenzó a palidecer. Haryon no entendía nada, pero leyó el miedo en el rostro del Príncipe, y él lo sintió también.
A pesar de que el invierno azotaba Endor con sus manos de nieve, Anar (El Sol) no apartaba su mirada ni sus rayos de Imladris, atraída quizá por la piedra azul de Vilya que brillaba poderoso en el dedo de Elrond.
El Medio Elfo abrazó efusivo, y eso era extraño en él, a una recién llegada. Sus ropas de viaje, muy parecidas a las que podría llevar una mujer montaraz, no disminuían la majestad que emanaba de ella ni ocultaban que por sus venas corría la más pura sangre noldorim. La capucha de su manto cayó hacia atrás y su mirada gris y penetrante, que todavía conservaba como un valioso don la luz ancestral de los Árboles, se posaron en el noble rostro del caballero Elrond.
- Alasse omentie, otorno (Feliz encuentro, hermano) –Saludó ella y su voz era alta y clara, muy hermosa y llena de matices.
- Míriel.... –murmuró Elrond con ternura mientras caminaban hacia el puente de Piedra sobre el Río Bruinen y unos sirvientes se ocupaban de la yegua y el escaso equipaje de la Dama.
Elrond la tomó del brazo dulcemente y dirigieron sus pasos hasta la casa.
Míriel era el nombre que Maglor, su padre, le había dado, y Náredriel su amilesse, pero entre los Atani se la conocía como Wilwarin a causa de una cicatriz en el antebrazo derecho, una negra quemadura en forma de X que evocaba a una mariposa con las alas extendidas.
- ¿Qué te trae a Imladris? –Preguntó Elrond mientras entraban en el salón del fuego, solitario a aquellas horas.
- Cansancio, otornonya (hermano mío). – Respondió ella dejándose caer al lado de la chimenea.- Empiezo a sentir un tremendo cansancio. Y no es del polvo de los caminos. Me empieza a doler la vida inmortal, la profecía de Mandos se cierne de nuevo sobre mí: el mundo me fatiga, un gran peso me agobia y me ensombrecen los remordimientos por tantas cosas...
Elrond le acercó una copa con vino y una bandeja de frutas.
- Nuestro tiempo se agota, Miriel- Dijo mirando fijamente a Wilwarin.- Cercana está la hora en que partiré al Oeste. ¡Desearía tanto que vinieras conmigo!
Una sonrisa irónica afloró a unos labios regios que pronunciaron burlones:
- ¡Tienes ganas de verme suplicar clemencia a Mandos! ¡Escasa piedad encontraré aunque todos los asesinados rogaran por mí! ¡Y no es correcto pedir limosna a un Vala tan pobre!
Elrond bebió un trago despacito, dejando que el fuego el vino entrara en él:
- Sabes que Eärendil brillará sobre ti, que mi padre no olvidará que el tuyo estuvo a nuestro lado, que nos crió a Elros y a mí... tu sabes que yo a Macalaurë siempre le he llamado attar (padre) –susurró Elrond mientras se levantaba y ponía con ternura en las manos de la Dama el arpa de plata que Maglor le había dado cuando se separaron. Era su tesoro más valioso.
También para ella tocar era su mayor alegría. Prácticamente un arpa era su único equipaje. Eso y un pequeño bolso de piel en el que transportaba algunos remedios imprescindibles e instrumentos quirúrgicos que cualquier curador de Endor habría envidiado. Errante, de aquí para allá, sin que sus pies cuando salían a las mañanas tuvieran un objetivo que
seguir: sentía el corazón cansado y triste. A temporadas necesitaba de la soledad de Rivendel, un lugar en que sentarse solitaria y silenciosa emborrachándose de música entonado cantos de derrota y de amores perdidos e imposibles: toda su vida en lucha con el destino ¿Habría perdido?
Los ojos de Wilwarin se habían convertido en espejos impenetrables que se limitaban a mostrar la imagen de aquel que osaba mirarlos. Grises y amargos como el mar, conocían bien el sabor salobre que dejan las lágrimas innumerables. Pero un fuego secreto y apasionado, dormido como los rescoldos de las hogueras, aún palpitaba en lo más profundo de su mirada.
De pronto la expresión del rostro de Elrond cambió, ensombrecida por un presentimiento que le encogió el corazón:
- ¿Qué sucede otorno (hermano)? ¡Miedo me das cuando veo esa mirada en tus ojos!
- Algo se agita en la lejanía, llega hasta mí el eco de un mal muy grande... quizá querida, no encuentres esta vez el descanso que buscas...
(fragmento escrito por Hyalma)
Las sombras de la noche invernal caían sobre Dol Amroth, sumiendo la ciudad en el silencio posterior a la batalla. La fiesta en otras ocasiones hubiera sido lo habitual. Pero ésta vez no. La victoria no parecía ser tal, pues el peor de los enemigos seguía allí, y las espadas nada podían contra él. Los heridos iban cayendo poco a poco en un coma profundo, tras los vómitos y los dolores. Entre dos semanas y tres meses después de iniciarse el coma, la celume morne producía la muerte. Animistas y ayudantes enfermaban rápidamente, pues se trataba de un mal muy contagioso. Se estaba poniendo en cuarentena a los enfermos, pero la velocidad de contagio era muy rápida, y la labor era complicada. La situación empezaba a ser incontrolable.
Pero un punto de esperanza apareció en el horizonte oriental. Un jinete que cabalgaba a gran velocidad, era divisado por los guardias apostados en las torres del castillo. La luz de la luna brillaba sobre el pelaje gris plateado del impresionante corcel. También gris, pero más pálido era el manto que cubría el cuerpo encorvado del jinete. Y sobre su cabeza, un sombrero azul de pico. Una bufanda plateada resguardaba su cuello del frío que reinaba. Las puertas de la ciudadela se abrieron para permitir su paso, pues los guardias lo conocían. ¿Y quién no lo conocía? Con su larga barba blanca y sus pobladas cejas.
El Príncipe Imrahil se encontraba postrado en la cama de su habitación, dentro del castillo. Fue trasladado de las casas de curación, para evitar el contagio de la enfermedad. Ordenó que Haryon, el jinete eorlinga que le había salvado la vida, le acompañara. También permanecía junto a ellos el jefe de la guardia. Al Señor de Dol Amroth le hubiera interesado que estuviera también Joral, el maestro animista, pero éste había sido ya contagiado, y padecía el flujo negro. Se encontraba en las casas de curación, con el resto de los enfermos.
\"Lo primero que tenemos que hacer es ir a pedir ayuda a las colonias sindar que habitan en el Valle del Ringló. Ya sabéis que los elfos no contraen enfermedades. Siendo tan contagiosa, ellos son los únicos que pueden atender a los enfermos sin peligro de contraerla. Además... si hubiera caído Dol Amroth, hubiera caído todo el valle. Maldor; manda un mensajero para pedirles ayuda. Hay que rogarles que envíen todos los animistas y cuidadores que puedan. Que les explique lo que ha ocurrido, y que sufrimos la celume morne. A lo mejor ellos tienen alguna solución... una de sus canciones curativas\" - ordenó El Príncipe al jefe de la guardia.
\"Sí mi señor, ahora mismo\" - contestó Maldor, haciendo una pequeña reverencia. Luego salió por la puerta.
Haryon miró al Señor de Dor-in-Ernil, y vio la desesperación en su rostro. El sufrimiento de su pueblo era su sufrimiento. Y realmente no sabía que podía hacer para salvar esta situación. Pero antes de que ninguno de los dos pudiera pronunciar una palabra, un guardia apareció por la puerta.
\"Mi señor. Tiene una visita\" - anunció nervioso el soldado.
El extraño visitante entró en la habitación. Haryon lo miró asombrado. Su aspecto era el de un viejo débil, casi decrépito. Las arrugas surcaban su cara, y su pelo era cano, tanto en su cabeza, como en su larga barba y en sus pobladas cejas. Su espinazo estaba encorvado, y se apoyaba en un bastón- Pero sus ojos ofrecían el reflejo de un espíritu de formidable fortaleza, e imponente carácter. Su mirada denotaba gran sabiduría, y una autoridad superior incluso a la que tenía el Señor de Dol Amroth.
La cara del Príncipe Imrahil cambió por completo, ante la imagen del anciano. Una sonrisa afloró en su rostro. Y en sus ojos, la esperanza que antaño viera el hijo de La Dama de la Luz, en llegar a las costas de la salvación. Se incorporó ligeramente de su cama, e inclinó su cabeza.
\"Realmente sois un enviado de los Válar. De lo contrario, no podría entender que siempre fuerais tan oportuno, Mithrandir.\"
El mago posó su mirada sobre los ojos azules de Haryon, de forma respetuosa, pero escrutadora. El eorlinga hizo una reverencia con su cuerpo, y el visitante la respondió inclinando ligeramente su cabeza. Gandalf habló entonces al Príncipe Imrahil.
\"Salve, Señor de Dol Amroth, Imrahil el Hermoso. Mi presencia aquí, aunque fugaz, no es casual, como sin duda habréis supuesto. Mis quehaceres en este mundo me obligan a estar continuamente informado de lo que ocurre en todo él. Muchos ojos y oídos, por tierra, mar y aire, miran y escuchan por mí.\"
\"Entonces conoceréis de sobra el terrible azote que sufre nuestro pueblo. Un mal que creíamos extinto tras La Caída, y cuyo remedio, nadie aquí conoce. Esperamos impacientes la llegada de los pueblos elfos del valle del Ringló. Quizá ellos conozcan alguna cura, pues sus tonadas son hermosas y muchos sufrimientos han mitigado ya\" - dijo El Príncipe, con semblante de nuevo serio.
El mago oscureció su mirada - \"No encontrareis la solución en el pueblo de los sindar. Ellos nunca tuvieron que luchar contra esta enfermedad, ni tampoco el poder suficiente. Como muy bien dijisteis, la celume morne fue una de tantas malas artes utilizadas por Sauron en Númenor. El flujo negro fue creado por el Señor Oscuro, para engañar al Rey Ar-Pharazôn, haciéndole creer que era un castigo de los Válar. Una treta más entre tantas, con las que consiguió lanzar el orgullo del más poderoso señor que hubo en Oesternesse, contra Válinor. La celume morne se llevó muchas vidas humanas, pero al cabo del tiempo, los maestros animistas númenóreanos dieron con una solución. Cuando llegó la caída de Númenor, la enfermedad desapareció, pues también lo hicieron aquellos que pudieran portarla. Existía la posibilidad de que pudiera llegar aquí a través de aquellos que cruzaron el mar, desembarcando en estas costas. Pero durante más de 3000 años, no se ha sabido nada de ella, así que siempre se dio por extinta. Y vosotros la habéis conocido más bien como una leyenda.\"
\"Así es Mithrandir. Para nosotros es como un enemigo del pasado remoto. Como los dragones. Algo terrible, como una pesadilla, pero que sabes que ya no existe. ¡Ay! Pero en este caso no veo el despertar de este nefasto sueño\" - añadió el Príncipe, con gesto apesadumbrado.
Haryon miró a Gandalf, con rostro de incomprensión - \"Pero si estaba extinta, ¿cómo es posible que haya vuelto a brotar aquí, después de tantos años?
El mago sacó una flecha negra debajo de su manto - \"Antes de subir al castillo, he pedido a uno de vuestros guardias que recogiera una de las flechas de la batalla. Una de las que hirieron vuestros soldados, que luego cayeron enfermos\" - Gandalf pasó su mano por la negra punta, con cuidado de no cortarse. Sus dedos quedaron manchados con una sustancia negra y pringosa. Levantó sus ojos, y miró al rohir - \"Sé quien comandaba la armada de corsarios. Su nombre es Akhorahil, El Quinto de los Nazgûl. Rey Brujo Númenóreano. Domina las artes de la alquimia. Y es en Úmbar donde habitan la gran mayoría de los herederos de los hombres del Rey Ar-Pharazôn. En sus bibliotecas se almacenan negros tomos, con los más oscuros secretos traídos de Oesternesse. Y Akhorahil es poderoso. Habrá creado de nuevo la celume morne, basándose en antiguos pergaminos, y en hechizos prohibidos. Y a través de esta sustancia putrefacta, ha implantado el flujo negro en Dol Amroth.\"
\"Puede que en Umbar se encuentre también la solución, en alguno de esos tomos\" - intervino Imrahil.
Gandalf agitó la cabeza - \"No creo. Allí solo se guardan escritos malignos y perversos. Magia oscura, para traer dolores y lamentos. Pero aun en el caso de que hubiera descrita allí una solución, ¿cómo podríamos conseguirla? No tenemos tiempo ni fuerza para atacar Umbar. Y desde luego, no entra cualquiera por las buenas en aquellas bibliotecas subterráneas. Además, incluso consiguiendo esa solución, estamos hablando de un mal generado por Sauron y sus servidores. Un gran poder lo creó, y un gran poder debe destruirlo. Ningún animista que conozcáis podría frenar este mal.\"
El Señor de Dol Amroth mostraba en su rostro una expresión de incredulidad - \"Pero eso no es posible... entonces, ¿no hay esperanza?\"
El Gris fue andando hacia una de las ventanas de la habitación. Miraba al Norte. Negros días se avecinaban para las tierras del Oeste, si allá, en la tierra de los medianos, se cumplían sus temores. Sobre sus hombros, la responsabilidad se iba incrementando, y no disponía de mucho tiempo - \"Sólo hay una posibilidad, y está lejana. En Rivendel. Una princesa noldorin, la última descendiente de Fëanor. Los Señores de Imladris la llaman Míriel. Náredriel es el nombre que le dan Los Grandes Noldor de Caras Galadon. Para los mortales es Wilwarin. Sus poderes y conocimientos de curación, sólo son comparables a los del Maestro Elrond, depositario del Anillo de Aire, el más grande de Los Tres\" - Gandalf se giró hacia el Príncipe de Dol Amroth. El Capitán del Norte esperaba en esos momentos al mago, allá en las Tierras Ásperas, pues una delicada cacería estaba a punto de comenzar, y no tenía tiempo que perder. Y todavía tenía que pasar por Minas Tirith, en busca de información. Por ello fue directo al grano - \"Alguien tendrá que ir a buscarla. Deberá ser gran guerrero y mejor jinete, pues largo es el recorrido y mucha la premura. Y los peligros del camino son en estos tiempos mayores, sobre todo si Sauron descubre que es Wilwarin quien los transita. Lo más rápido y seguro sería que fuera yo mismo, pues no hay corcel en este lado del mar, ni en el otro, más veloz que aquel que me fue prestado. Pero creedme si os digo que asuntos de importancia, más vital si cabe, me reclaman de inmediato. Quizá no comprendáis que pueda haber situación más límite que la que aquí se está sufriendo, pero puede que el tiempo se oscurezca no únicamente en Dol Amroth. Y hay tinieblas que no se curan.\"
\"¡Yo iré!\" - exclamó Haryon con voz presta - \"Pero necesitaré el mejor corcel de que dispongáis en toda la corte, pues el mío, pese a ser noble animal, no ha nacido para grandes hazañas.\"
Imrahil miró al caballero eorlinga con admiración, pues grande había sido el servicio que le había ofrecido, y grande también la valentía y decisión que demostraba - \"El mío os cedo para tal menester, si con ello ganamos tan sólo unas horas. Además, quién mejor que un rohir para confiarle el cuidado de un caballo\" - El Señor de Dol Amroth miró al mago - \"Mithrandir, nadie en todo el reino hay que supere a Haryon, hijo de Eoric, en la lucha y la carrera. Y hasta mi vida debo a él.\"
\"Pues que así sea\" - respondió Gandalf, con sus ojos fijos en el joven jinete - \"Nadie mejor que un hombre de La Marca para un largo viaje a caballo. Y si su valor y presteza son tan grandes como afirmáis, será comprobado con esta misión.\"
El mago se dirigió a la salida, dispuesto a partir, pues debía llegar a Minas Tirith antes del amanecer. Cuando llegó a la puerta, se giró hacia el jinete eorlinga - \"Salve Haryon, hijo de Eoric. Que Eärendil guíe tus pasos y Oromë te proteja\"
Algún pájaro nocturno entonaba su canto y las fuentes de Rivendel susurraban con sus acuáticas voces unos murmullos de paz. Los pies descalzos de Wilwarin pisaban las niphrendili y la hierba los cosquilleaba. Eärendil iluminaba la madrugada invernal sonriendo desde el cielo como la primera vez que lo vio.
Brillante en su palidez, dentro de su ropa de dormir, despeinado el rojo de sus cabellos, la Dama Wilwarin parecía flotar más que caminar: serena, aspirando a pleno pulmón el aroma frío y misterioso de la noche...
Pero, de repente, la sensación de las cosas conocidas la abandonó, y el jardín devino un profundo bosque gris y las sombras se alargaron. Sus blancos pies sintieron el frío y las niphrendili se sonrojaron. Algo parecido a la Música le acarició el oído.
- A tulanye, seldenia... (Ven mi niña) –oyo decir a una voz distante, multiplicada en ecos melódicos.
Wilwarin miró a todas partes, pero todo estaba vacío.
Se sintió perdida, acompañada solo por la sombra pálida de todos sus muertos, y una extraña sensación la invadió: era esa mezcla de temor sin nombre y de audacia herética que originaba en ella la presencia de un Valar.
Wilwarin avanzó hacia la voz. Su corazón sabía, cada vez con más precisión, qué se encontraría.
Siendo una niña, cuando su rebeldía era como la carrera desbocada de un caballo salvaje, había tenido una visión semejante en la que la misma Estë le mostraba su poder...
- I nen quetta .... valatye ná úvea. I atani maurear valartye, kuiletye... A poikatye i mordo nosseo sercenen.... (El agua habla... tu poder es enorme... Los hombres necesitan de tu poder, de tu vida... Limpia la mácula de tu linaje con tu sangre) -Dijo la Valie sentada ante su quieto manantial, soberbia y grandiosa, como el recuerdo que de ella guardaba la Noldo.
Ante Estë se agitaron las aguas del manantial y rebosaron sobre la yerba mojándole el vestido y besando los pies blancos de la Elfa con pristina pureza. Su frialdad cortaba como cien dagas afiladas.
Las miradas plateadas se encontraron bajo la luz fría e iridescente del lugar.
- ¿Avauvatye sí almarenya ? (Rechazarás ahora mi bendición) – Preguntó la Valië
Un fulgor de arrogancia cruzó los ojos de la orgullosa descendiente de Fëanor que dijo despectiva:
- Ná. Avanyet, hantalë... A antalye almarientya atanin.- (Sí. La rechazo, gracias... Dásela a los hombres ) -Respondió Wilwarin arrogante
- Wilwarin ná almare Estëo atanien (Wilwarin es la bendición de Estë para los hombres)
Una luz plateada lo invadía todo con su irrealidad. Estë la escrutó con gesto severo y sonrió con amarga tristeza, como augurando trabajos y pesares. Levantó una mano blanca, llena de poder, y del lago surgió una neblina espesa, como un vaho cálido que lo envolvió todo marchitando las pequeñas niphrendili y cubriendo con su calor asfixiante a la Elfa, que
se desvaneció entre los efluvios de muchos aromas mezclados.
*** *** ***
Wilwarin se incorporó sobresaltada de su lecho, quizá había gritado.
En las lámparas brillaban luces tenues que resaltaban las formas vegetales de las ventanas de Imladris. Amanecía...
Tenía la espalda mojada por un sudor helado, revueltos los cabellos y las ideas, pálido el semblante más allá de la blancura de su piel. Pero sus ojos brillaban con el fuego de las estrellas en medio de su mareo.
Había sido un sueño.
Pero bien sabía ella que los Poderes pronuncian sus sentencias tras la densa materialidad de las ensoñaciones élficas.
(fragmento escrito por mi amiga Lisswen)
[Editado por Aniron el 27-07-2004 23:08]
La mañana era fría, como fría había sido la noche. El sol acababa de asomar por el Este, pero sus rayos no traspasaban el techo de nubes que cerraba el cielo. Haryon estaba en pie, preparándose para el viaje al Norte. Sabía que no tenía tiempo que perder, y que la travesía sería larga. Cabalgaría sólo, y veloz, con lo que confiaba en pasar desapercibido, y no tener problemas. Además, el camino más rápido le llevaba por terrenos un poco más seguros, siempre al oeste de las Montañas Nubladas. El invierno entraba fuerte, y era muy probable que los próximos días fueran muy poco apacibles. Debía llevar ropas de abrigo. No podía esperar a la llegada de las comunidades sindar que estaban por llegar, que pudieran traer algunas provisiones de lembas. Así que pidió que le prepararan raciones de alimento a base de conservas, que pudieran mantenerse unas dos semanas en buen estado. En Rivendel le darían provisiones para el viaje de vuelta. Volvería con la animista, así que necesitarían el doble, aunque en Imladris posiblemente le abastecerían de lembas, con lo que la carga sería menor. El camino de vuelta debería ser igual que el de ida, aunque le preocupaban las palabras de Gandalf: “Los peligros del camino son en estos tiempos mayores, sobre todo si Sauron descubre que es Wilwarin quien los transita.”
Todo el torrente de dudas e ideas que pasaban por la mente del rohir, fue aplazado por la aparición del Príncipe Imrahil. En su mano derecha llevaba las riendas de un precioso corcel. Su pelaje era gris, y sus miembros fuertes. Tenía el porte noble, digno de alguien de la majestad del Señor de Dol Amroth.
- “Éste es Nîlo Dâur, el mejor caballo de todo Dor-in-Ernil. Os servirá bien” – dijo el Príncipe al eorlinga, mientras acariciaba, no sin cierta tristeza, el cuello del bello animal.
- “Dormid tranquilo, mi señor” – contestó Haryon – “Está en buenas manos”.
El Señor de Dol Amroth asintió con la cabeza, mientras tendía las riendas al rohir. Éste cargó todos sus pertrechos, y se dispuso para partir. Antes de hacerlo, se dirigió hacia las casas de curación. Estaba preocupado por el estado de Tirandir. Quizá alguien podría informarle. La mayoría de las puertas estaban cerradas y atrancadas. Sólo una de ellas permanecía habilitada, aunque se cerraba con un pasador desde dentro. Haryon estaba tentado de entrar, pues gran aprecio sentía por el guardia dúnedain. Pero sabía que no podía. Ya no sólo arriesgaba su vida, sino la esperanza que representaba para Dol Amroth. Cuando se disponía a montar el caballo, para partir ya, escuchó una dulce voz que venía de su izquierda.
- “Señor… ¿sois vos quien va a intentar traer la solución para la enfermedad?.”
El guerrero se giró. Allí había un niño de unos ocho años. Su piel era clara y su cabello oscuro. Sus ojos eran grises, y lejanos, en el fondo las ojeras producidas por el llanto. Haryon se dio cuenta inmediatamente que se trataba del hijo de Tirandir, pues era su vivo retrato. El eorlinga flexionó sus rodillas, hasta colocarse a la altura del pequeño.
- “Así es” – contestó el rohir – “Voy a partir ahora mismo, en busca de alguien capaz de curar a todos. ¿Cómo te llamas?”
- “Mi nombre es Tirion, hijo de Tirandir. Tenéis que hacerlo. Tenéis que salvar la ciudad, y a mi padre” – rogó el niño, mientras las pocas lágrimas que le quedaban daban brillo a sus ojos. Echó la mano a su cintura. Allí llevaba una pequeña bolsa de piel. De su interior sacó una bola blanca de mármol perfectamente pulida. Una canica, que utilizaba para sus juegos. Extendió su brazo hacia el guerrero, para entregársela – “No tengo nada de más valor para entregaros.”
Haryon abrió su mano, y Tirion depositó la canica en su interior. El rohir respiró profundamente. En su espalda, una joya de los galadrim, en forma de arco. En su cintura, la espada que para él forjara su padre. Y en su cuello, una estrella de plata, símbolo del camino hacia las Tierras Imperecederas. Pero sintió que nada de más valor se le había entregado hasta ese momento, que lo que veía ante sus ojos. Seguramente, Tirandir lo comprara para su hijo, a un mercader llegado del Lejano Harad, que llegara al puerto de Dol Amroth. Y seguramente, era la posesión más preciosa del niño que sufría delante de él. Haryon guardó la bola blanca en su bolsillo de piel. Luego cogió a Tirion por los hombros, y le miró a los ojos.
- “Salvaré a tu padre, aunque sea lo último que haga en este mundo” – y sin decir más, se incorporó. Cogió las riendas de Nîlo Dâur, y montó sobre su grupa – “Adelante amigo. No tenemos tiempo que perder.”
Y así partió Haryon, hijo de Eoric, de la ciudad de Dol Amroth, saliendo por la puerta del Este. El Príncipe Imrahil observó esperanzado al jinete que se alejaba bordeando la costa.
El rohir cabalgaba durante todo el día, parando tan apenas para comer, y proporcionarle algo de descanso a su caballo. Por la noche acampaba, pero sólo unas pocas horas, pues el tiempo apremiaba, y también para evitar los posibles enemigos. El noble corcel galopaba con furia, y no se amilanaba ante las duras exigencias de su jinete. Éste lo cepillaba cada noche, antes de dormir, y revisaba el buen estado de las herraduras y demás material.
Tras abandonar Dol Amroth, Haryon bordeó la costa hacia el norte, hasta la desembocadura del Morthond-Ringló. Allí acampó, donde en tiempos estaba situado el puerto de Edhellond, cuando los blancos navíos meridionales de los Eldar, partían hacia Aman. Luego cabalgó hacia el noroeste, atravesando el valle gondoriano, situado entre las Ered Nimras y las Pinnath Gelin. Buscando el paso occidental de las Montañas Blancas, viajó hacia el Oeste. Atravesó el Río Lefnui, desde donde vio, por fin el paso. Tras cruzar las montañas, cabalgó hacia el noreste, bordeando las Ered Nimras, pues sólo podía cruzar el Río Isen por los vados que había a unas 30 millas de Isengard. Nada sabía el jinete de lo que se estaba perpetrando en la Torre de Orthanc, pero tampoco estaba Saruman al tanto de la importante misión que estaba llevando a cabo el rohir, de modo que nada hubo en esa zona que le molestara. Además, el único tiempo que perdió Haryon cerca del Paso de Rohan, fue para echar una mirada al Este, pues no dejaba de añorar su patria. Al oeste de las Montañas Nubladas, cabalgó dirección Norte, atravesando las Tierras Brunas, donde no divisó nada más peligroso que algún rebaño de cabras. Hermoso y fértil era el valle, y el corazón del guerrero se animó, ante la visión del Río Glanduin. Bandadas de cisnes nadaban hacia Tharbad, cuando el eorlinga cruzaba sus aguas cristalinas. Así llegó a Eregion, donde la tierra era yerma, pero donde también empezaba a escucharse el murmullo de la corriente del Sonorona, río que buscaba desde hace tiempo el rohir. Y así, siguiendo su cauce hacia el norte, con el Ángulo al oeste, el hijo de Eoric divisó un valle escarpado, protegido por las Montañas Nubladas. Allí, en la tierra situada entre los ríos Bruinen y Mitheithel, estaba Rivendel.
Y tras 16 días de viaje con escaso descanso, Haryon llegó a su destino. Ligero había sido el paso de Nîlo Dâur, y ningún peligro había entorpecido su camino. Su presencia había pasado desapercibida, entre los escasos habitantes que poblaban las tierras que había atravesado. Solamente algún grupo de dunledinos, cerca del Río Isen. Pero el paso del jinete fue fugaz, y suave el cabalgar de su caballo, así que los hombres salvajes ni siquiera se percataron de su presencia. De este modo, cuando el sol estaba en todo lo alto, del decimoséptimo día, Haryon arribó a la Casa de Elrond.