Historia privada
Eorlinga
Mi nombre es Haryon. Mi madre decía que me llamaba así porque tenía porte de príncipe. Nací en Édoras. Hijo de Eoric y Lewen. Mi padre era un Thane del ejército de Rohan. Llevaba a su mando un eored con 120 hombres a su cargo. Dicen que era un magnífico jinete, y que nadie en todo el reino manejaba la espada como él. Mi madre cuidaba de la casa, y de mí. Nunca llegué a tener un hermano. A mi madre le gustaban mucho las flores, y me cantaba canciones de elfos por las noches para que me durmiera. Tenía un jardín con flores preciosas, algunas muy extrañas. Una vez me contó que las trajo hacía tiempo desde Lothlorien, pues estuvo allí una temporada, tras un largo viaje que hizo, antes de conocer a mi padre. Creo que por eso tengo un nombre élfico.
Mi padre me contaba antiguas historias del reino de Rohan. Las batallas que mantuvimos contra las tropas de Isengard y Mordor, contra dunledinos y hombres del este. Orgulloso decía que siempre triunfamos, aunque fuera a costa de mucha sangre rohirrim. Desde pequeño me enseñó a montar a caballo, como hacían todos los padres con sus hijos. Para mi pueblo es casi tan elemental como andar.
El día que cumplí doce años, mi padre me regaló una espada. Se trataba de una espada ancha, como las que llevaba la caballería ligera. A partir de entonces, mi padre me daba clases todos los días para que dominara perfectamente su manejo. Decía que para un rohirrim es importante saber defenderse, pues Rohan es una tierra peligrosa, entre Mordor, Isengard y Fangorn, y con los imprevisibles dunledinos habitando las montañas.
Cuando contaba con trece años, mi madre enfermó de un mal desconocido para nosotros. Le cogían fiebres muy altas y su piel se puso muy pálida. Ningún animista de Édoras sabía de que mal se trataba ni cómo atajarlo. Mi madre decía que los elfos seguro que conocían su cura, que teníamos que ir a Lothlorien. Mi padre era reacio a ir. No confiaba demasiado en los elfos, y no le gustaban las historias que contaba mi madre. Además, el viaje era largo y peligroso, y no sabíamos si mi madre lo resistiría. Aun así, tuvo que aceptarlo, pues no había otra opción. Así que preparamos una carreta, dos caballos, víveres, mantas y todo lo que podíamos necesitar. Situamos a mi madre y nos dirigimos hacia el noreste. Cruzamos el Entaguas, Estemnet y tras cuatro días de viaje, llegamos a la Llanura de Rohan. Es allí donde cambió mi vida para siempre. Tuvimos la mala suerte de coincidir con una patrulla de uruk-hai que se dirigían hacia el oeste. Cuando los vi, saqué mi espada y me dispuse a luchar, pero sin tiempo a reaccionar sentí un golpe muy fuerte en la parte posterior de la cabeza y perdí el conocimiento.
Cuando desperté no recordaba nada de lo ocurrido. Noté una fragancia semejante al jardín de mi madre. ¿Había sido todo una horrible pesadilla? Abrí los ojos, y vi como el sol atravesaba una cortina de hojas para llegar a mí. También de hojas era el colchón sobre el que estaba tendido. No me dolía nada. Ni siquiera la cabeza. Al poco tiempo empecé a escuchar unas voces que entonaban una melodía, y que se acercaban. Eran voces hermosas pero tristes. Recitaban en un idioma que no conocía. Aun así, varias veces creí escuchar el nombre de mi madre. Por una de las aperturas a través de las que entraba el sol aparecieron dos elfos. No sabría decir de que sexo. Tenían el cabello largo y dorado, y vestían ricas túnicas blancas. Desprendían una luz semejante a la de las estrellas, y su mirada reconfortaba el alma. Era la primera vez que veía elfos, y quedé maravillado. Eran como mi madre me contaba en sus historias. Traían para mí una túnica semejante a la suya. Hasta entonces no me había dado cuenta de que estaba casi desnudo. Sólo llevaba una especie de calzón. Me vestí, y les seguí. Cuando llegué a la puerta descubrí que estaba en la copa de un enorme árbol. La altura me sobrecogió. Había una escalinata que rodeaba el tronco. Daba sensación de seguridad aun siendo delicada en sus formas. Cuando llegué abajo me llevaron a una mesa de piedra, cubierta con un mantel de pétalos, donde había tanta comida como para alimentar un hafhere tras una batalla de dos días. Los alimentos eran muy extraños para lo que yo estaba acostumbrado. Los colores y las fragancias no eran normales. Con un poco de miedo empecé a comer. Al poco rato no hubiera parado ni aunque el mismo Oromë hubiera aparecido delante de mí. Cuando acabé, los dos elfos (silvanos como supe más adelante), se sentaron a mi lado y empezaron a hablarme en mi lengua. Me dijeron que estaba en Lothlorien. Me contaron porque estabá allí, y que había ocurrido en la Llanura de Rohan. Ellos habían sentido el peligro que se cernía sobre mi madre. Habían velado por ella durante toda su vida, pues su voz habitaba junto a muchas otras en el corazón de la Dama de la Luz. Vinieron en nuestra ayuda. Pero cuando llegaron encontraron a mis padres muertos, y a mí tumbado detrás de una enorme roca. Entonces empecé a recordar lo que había pasado hasta el momento del golpe en la cabeza. Y fue entonces cuando comprendí que había sido mi padre quien me había golpeado. Él sabía que yo era valiente, y que hubiera querido estar a su lado enfrentando a los orcos. Por eso me dejó inconsciente y me ocultó ante el enemigo. Sabía que mi madre no hubiera durado mucho tiempo sin nosotros, peró tampoco pensaba abandonarla, así que se quedó a su lado espada en mano. Los elfos me dijeron que mi padre luchó con valentía, pues había muchos orcos muertos a su lado, y que ese era el recuerdo que debía tener de él.
Desde entonces mi corazón alberga un odio enfermizo a los orcos, y sólo su sangre sacia mi sed. Especial es el caso de los uruk-hai, cuya única presencia provoca en mí una ira cercana a la locura, que en ocasiones no puedo controlar. Prometí vivir para la venganza, y hacer de mi espada el verdugo que cumpla la sentencia dictada por mi alma. Y ni el mismísimo Mandos fue jamás tan implacable en sus designios como el espíritu de mi pueblo.
Viví en Lothlorien durante algo más de cuatro años. Yo quise irme en el momento en el que los elfos me contaron lo de mis padres, pero no me lo permitieron. No había cumplido los catorce años, y no estaba preparado, ni para buscar venganza ni para volver a Edoras yo sólo. Me hice especialmente amigo de dos elfos que parecían de mi edad: Hravin y Oloste. Esta última era la criatura más bella que jamas había visto. Me llamaban Kuivea, que significa "el que despierta". Ellos me enseñaron a hablar en quenya, el idioma de los elfos. Durante ese tiempo crecí, repitiendo cada día los ejercicios de epada que hacía con mi padre, con la muerte como único pensamiento. Los silvanos me enseñaron el arte del tiro con arco. Decían que un buen arquero era mucho más eficaz que un gran espadachín. Me hice un buen arquero, pero yo seguía prefiriendo la espada, por ser un arma más propia de mi pueblo, y sobre todo por el recuerdo de mi padre. Todas las mañanas recogía flores como las que mi madre tenía en su jardín, recordando cuando ella me contaba historias de los elfos, y las lanzaba al río Nimroel. Miraba como se alejaban, buscando el Anduin con premura, igual que mi alma buscaba el recuerdo de la bella Lewen.
Cuando cumplí los dieciocho años dejé Lothlorien. Ya era un adulto. Joven, pero adulto. Me había convertido en un hombre alto y corpulento. Tenía los rasgos típicos de mi pueblo. Pelo dorado, liso y largo. Ojos azules y facciones duras. Con barba corta, como mi padre. Quería volver a Edoras enseguida, y entrar en el ejército de Rohan. Los jinetes arqueros forman parte del entramado militar de los jinetes de las llanuras. Pertenecen a la caballería ligera, sustituyendo la lanza por el arco. Encargados de lanzar el primer ataque en una batalla, mientras los lanceros de la caballería ligera protegen la tropa de posibles acercamientos enemigos. Tras esto, la caballería pesada, con lanzas mas largas y contundentes, y con caballos más grandes y fuertes, se lanza encima del enemigo. La caballería ligera (arqueros y lanceros), van detrás, pero esta vez espada en mano. Al final, la caballería pesada tira la lanza y saca también la espada (más grande y pesada que la de la caballería ligera), para rematar así al enemigo. Me gustaba la idea de formar parte de la división de los jinetes arqueros. Habría pocos allí que tuvieran mi puntería.
El día de mi partida, Hravin me hizo un regalo fabuloso. Se trataba de un arco largo. Era precioso. De un color entre azul y plateado, recubierto de múltiples dibujos dorados, en forma de delgadas hojas alargadas, que adornaban el arma de una punta hasta la otra. El asidero que había en el centro del arco, de donde se coge el arma para apuntar, era completamente dorado. El carcaj era del mismo color y adornado de la misma manera. En él había veinte flechas, con plumas suaves y doradas. No había visto a Oloste en todo el día, y con pena me dispuse a marchar sin despedirme de ella. En el último momento apareció, con los ojos húmedos por las lágrimas, lo que la hacía si cabe más hermosa. Me entregó una estrella de siete puntas, fabricada en plata con una piedra morada en el centro. Me la colgó del cuello. Me dijo que era un símbolo de su pueblo. Que representaba la unión entre este mundo y el que había más allá del Gran Mar, y que con ella obtendría la protección de los Valar. Me despedí de ambos, y de los demás elfos que allí conocí y me puse en marcha, a pie, no sin pena, pero con decisión.
Recorrí el camino inverso que hiciera años atrás. Pasé por el lugar donde fuimos atacados. No muy lejos encontré el lugar donde estaban enterrados mis padres, ornamentado con hermosas flores de Lothlorien, que nunca se marchitaban. Velé las tumbas durante una noche durante la cual repetí mi promesa de vivir para la venganza. Al día siguiente reemprendí el camino. No tuve ningún problema, y al cabo de siete días, llegué a Edoras. Al llegar a mi casa, la encontré ocupada por una familia. Les expliqué mi historia, pero no querían abandonarla. Fui a ver al mariscal de zona, llamado Sarin. Era el mismo que estaba cuando vivía en Edoras con mi familia. Le dije quien era, Haryon, hijo de Eoric, uno de sus antiguos Thanes. Me dijo que nos habían dado por muertos a todos, después de desaparecer tanto tiempo. Que había otro thane que administraba la sub-marca a la que pertenecía mi familia, y que la casa donde yo había vivido pertenecía ahora al nuevo gobernador de zona. De todos modos, se veía en la obligación de conseguirme una casa, dadas las circunstancias, por lo que no debía preocuparme. Le conté toda mi historia, y le dije que quería pertenecer al ejército de Rohan, exagerando cuando le explicaba mis habilidades. Pero me dijo que era muy joven todavía, y que nadie podía entrar en el ejército hasta los treinta y seis años. Por mucho que insistí, Sarin no cedió, así que, como no era capaz de esperar tanto tiempo, decidí no instalrme en Édoras, y buscar la justicia por mi cuenta. Algún día llegaría a ser Thane del ejército de Rohan, como mi padre, y tener un eored de 120 jinetes a mi cargo, para defender a mi pueblo. Incluso podría llegar a ser Mariscal de Edoras, como el legendario Eomer fue antes de ser rey, y tener 6.000 hombres para combatir. Eso sí sería grande.
[Editado por Aniron el 24-10-2009 13:40]
DE CÓMO HARYON SE ENCONTRÓ CON VAIWA.
Haryon pasó catorce años, en solitario, derramando sangre orca sin cesar, y haciendo trabajos por toda la Tierra Media, como proteger caravanas de mercaderes de los bandidos, en el Camino Verde, rescatar a gente secuestrada en el Bosque de los Trolls o participar en la defensa de Dol Amroth, en un ataque corsario. Pronto adquirió gran fama, y todos los sirvientes de Melkor le temían, especialmente los uruk-hai. A éstos los perseguía a conciencia, y cuando veía alguno, se apoderaba de el una furia asesina, que lo hacía temible e implacable. Cada vez que acababa con un uruk-hai, ofrecía su sangre en sacrificio a Oromë y en memoria de sus padres.
Adquirió un manejo de la espada espectuacular, y su brazo tenía una fuerza demoledora. Además nunca se había visto semejante arquero entre los de su raza, destreza aumentada por el maravilloso arco que manejaba, regalo de los elfos. Pero en lo que más creció fue en orgullo y carisma. Su porte era imponente, lo que unido a la fama que adquirió con sus gestas, hacía que sus enemigos le temieran, y que la gente le respetara, adquiriendo grandes dotes como capitán.
Fueron catorce años de gloria, pero pasado el tiempo Haryon ya estaba cansado de cabalgar sólo por la Tierra Media. Ya había demostrado sus habilidades con las armas, su destreza a caballo, su fuerza y su valor. Había vengado la muerte de sus padres una y mil veces, y aunque todavía perdía los papeles cuando veía un uruk-hai, ya no sentía esa necesidad cada día, de ir en su busca. Lo que quería ahora era establecerse en una tierra, y seguir luchando contra el mal, pero dentro de un ejército. Además estaba seguro que con su carisma, ascendería pronto en la escala militar, y llegaría a ser un gran general. Pensó en quedarse en Dol Amroth, donde luchó junto a la guardia del Príncipe una vez, para defenderla de los corsarios, pero sabía que allí se buscaba sobre todo la paz, y que no era un ejército dedicado a grandes batallas, sino a la defensa de la ciudad, y ésta no era muchas veces atacada. Seguramente se casaría con una dama dunedain, y acabaría gordo y aburrido, igual que el resto de la guardia del Príncipe. Lo que él deseaba fervientemente era volver a La Marca, encontrar allí una esposa de dorada melena, y unirse a los jinetes, hasta llegar a ser Thane, y finalmente Mariscal. Pero sólo tenía treinta y dos años, y sabía que las reglas del ejercito rohirrim eran muy estrictas. Nadie podía alistarse hasta los treinta y seis años, y él no era capaz de esperar cuatro años más.
Por esa época, uno de sus trabajos lo llevó cerca de su ciudad natal, Edoras. Se enteró que una gran caravana de mercaderes salía de allí para dirigirse a Minas Tirith, y que buscaban gente para protegerla. Cabalgaba en un caballo ligero, que había comprado en Fornost, hacía tiempo (es lo primero que hizo en el momento que ganó algo de dinero con sus aventuras). Cada vez que volvía a Rohan le embargaba un sentimiento de nostalgia. Las Ered Nimras cubrían el horizonte y una brisa suave y fría atravesaba la llanura, proviniente de las montañas, azotando su cara, trayéndole recuerdos de su niñez. Tras superar una loma divisó Meduseld a lo lejos. Una triste canción le vino entonces a la mente:
Mi Señor Brego, digno sucesor de la Casa de Eorl,
orgulloso colgasteis el caballo a las puertas de Meduseld.
¿Quién podía imaginar que sólo un invierno tardaríais en arrepentiros?
La promesa fue, y bajo la montaña Los Muertos no perdonan.
¡Cuán dura resultó la pérdida! ¡Cuán duro no poder dar descanso!
La tristeza os llevó tras los pasos de vuestro hijo, pero no lo encontrasteis.
Media edad tuvo que pasar para que con él os reunierais,
pues Baldor sólo halló la paz tras la luz de la Llama del Oeste.
De repente escuchó risas orcas detrás de una colina. Entre ellas distinguió el grito de una mujer. Haryon espoleó a su montura y llegó al galope al lugar de donde provenían las risas. Allí encontró a tres guerreros uruk-hai con las cimitarras desenfundadas, y frente a ellos una hermosa joven, de larga melena rubia, con una espada en la mano, al lado de un caballo gris. Haryon se lanzó con furia sobre los orcos con un grito terrible, haciendo que los tres se dieran la vuelta a la vez. Le cortó la cabeza a uno de un tajo, mientras que, aprovechando su sorpresa, la joven rohirrim clavó su espada en el costado de otro, que cayó de bruces. El tercero echó a correr aterrorizado, pero pronto escuchó a su espalda los cascos de un caballo al galope, cada vez más cerca, hasta que no escuchó nada más.
Sin decir una palabra, Haryon bajó del caballo. Miró alrededor, y recogió las cimitarras de los dos uruk-hai que él había matado. Hizo dos agujeros en el suelo, y enterró las empuñaduras de las armas, de tal modo que quedaran "plantadas", con la hoja hacia arriba. Entonces cogió las cabezas de los dos orcos, y las clavó en la punta. Luego se arrodilló, y rezó: "Oromë, padre bendito. Te ofrezco la sangre de estos servidores del mal, cuya repugnante vida a sucumbido a mi espada, regalo de Eoric. Que la destrucción de su cuerpo signifique también la desaparición de su espíritu maligno, y que la sangre que baña la hoja de mi espada, sirva como venganza al asesinato de mis padres".
La muchacha observó en silencio todo lo que hacía Haryon. Éste se levantó, y se dirigió hacia donde ella se encontraba, y comenzó a hablar:
- ¿Quién sois vos, mi señora, y qué haceis sóla por estas peligrosas tierras?.
- Mi nombre es Halen, hija de Sarin, Mariscal de Édoras. Y me gusta cabalgar libre por las llanuras de La Marca, sin que nadie me diga lo que tengo que hacer.
- Pues si no llega a ser por que Oromë me ha traido a este lugar, no creo que hubierais cabalgado libre nunca más.
- Nada de eso - dijo la joven, cláramente ofendida - Hubiera acabado yo con ellos. Os agradezco vuestra ayuda, pero no creo que me hayáis salvado la vida.
- Ja, ja, ja. Veo que vuestro padre tiene un problema serio. No tengo tiempo para discursiones. Yo me dirijo a Édoras, sería más seguro que vinierais conmigo.
Fueron juntos cabalgando hacia Édoras. Cuando llegaron a la casa del Mariscal Sarin, Halen le contó a su padre todo lo que había ocurrido, insistiendo en que lo tenía todo controlado antes de la llegada de Haryon. Sarin le pidió que fuera a sus aposentos, que ya hablarían más tarde, y se quedó a solas con Haryon:
- Salve Haryon, hijo de Eoric. Como puedes ver mi hija es demasiado intrépida, y su tozudez es a prueba de veinte arietes. Me apena hacerlo, pero tendré que prohibirle sus salidas, pues la zona es peligrosa, y no me gustaría perderla. Tiempo hacía que no os veía. Estoy en deuda con vos por haber salvado aquello que más quiero en esta vida. ¿Que podría hacer yo para recompensar vuestro valor?
- Muy fácil lo teneis, mi señor. Sólo deseo unirme a los Jinetes de La Marca. Pertenecer al Hafhere de Edoras, y ponerme a sus órdenes.
- Vos sabeis que no puedo concederos ese deseo. Las leyes del ejército de Rohan son muy estrictas, y yo no soy quien para incumplirlas. Sólo podreis alistaros cuando cumplais treinta y seis años.
Haryon levantó la cara, evidentemente perturbado - No creo que haya nadie como yo en toda La Marca. Mi espada es digna de un heredero al trono de Meduseld, y no creo que exista hombre alguno con mi mismo tino a la hora de usar un arco. Y desde luego, nadie hay en todo Rohan que haya teñido sus manos con más sangre enemiga que yo. No podéis rechazarme.
- ¡Ya basta! - gritó Sarin, visiblemente enfadado - ¿Creéis vos que vuestro brazo vale más que todas las reglas y tradiciones, dictadas por generaciones de reyes eorlingas? ¡No sois más grande que muchos que aquí vivieron, y que no dudaron en atenerse a las leyes impuestas! No voy a discutir más. Os ofreceré todo lo que esté en mi mano, pues más grande no puede ser el servicio que me habéis ofrecido, pero no seré yo quien incumpla lo inquebrantable.
- De acuerdo mi señor. Pero posiblemente os arrepintais cuando ya nada podais hacer. Porque si no es aquí, en otro lugar aceptarán mi espada, y perdereis la oportunidad de disponer un gran capitán. Pero puesto que algo grande me debéis, no dudo en pediros un caballo de primera raza, de los que teneis guardados para los hijos del rey.
Sarin miró sorprendido a Haryon, y su cara empezaba ya a tomar una tonalidad roja - ¿Os atrevéis a pedirme un meara?
- ¿También esto me lo vais a negar? ¿Tan mal apreciais el favor de la vida de vuestra hija?
- Pero vos sabéis que los mearas nunca se han dejado montar más que por el rey y sus hijos, salvo alguna extraña excepción.
- Permaneceré un tiempo aquí, y si no soy capaz de domar el que yo elija, me resignaré, y partiré sin recompensa alguna.
Sarin estaba desconcertado, pero al final accedió. Bajaron a las cuadras. Eran enormes, y muy limpias y bien cuidadas. Llegaron a un establo especialmente adornado. En la puerta había dos guardias armados, que al ver a Sarin abrieron las puertas.
Al entrar, Haryon quedó asombrado. Allí había ocho caballos, cada uno con un cuidador a su cargo. Entonces recordó tiempos de su niñez, cuando su padre lo llevaba al desfile anual del ejército de Rohan, y lo sentaba en sus hombros para que pudiera ver al rey. Era realmente espectacular ver al rey, pues su yelmo era dorado, como su armadura, y sus armas estaban labradas de preciosas figuras. Pero lo que más le impresionaba a Haryon del rey era su caballo. Más grande que el resto, con unas patas largas y extremadamente fuertes, con un pelaje blanco brillante, y de una hermosura inusitada.
Así eran los caballos que tenía delante suyo en ese momento. Había cinco grises y tres blancos. Todos estaban perfectamente cepillados, y bien cuidados.
- Elegid uno - dijo Sarin.
Haryon se dirigió a un precioso ejemplar blanco. Se lo quedó mirando, y el caballo le devolvía la mirada. Sus ojos eran negros como el azabache, y denotaban inteligencia y nobleza. Se veía que era de alto linaje. El pelo le brillaba como los picos nevados de Ered Nimras.
- Su nombre es Vaiwa - dijo Sarin - Que tengais suerte.
El Mariscal ordenó a su cuidador que le ensillara, y que lo preparara para montar. Éste se le quedó mirando con cara de incredulidad, y luego hizo lo que le dijo.
- Sácalo fuera. Este señor quiere intentar cabalgar en él. Que Vaiwa le enseñe que es un meara.
El cuidador lo sacó fuera, y fueron a un descampado. Haryon cogió las riendas y subió al caballo. En un abrir y cerrar de ojos, Vaiwa pegó un salto arqueando el lomo, y empezó a soltar coces, hasta que el jinete cayó al suelo. Sarin se empezó a reir a carcajada limpia.
- Os dejo a solas con él. Cuando su merced tenga el cuerpo tan molido, que odie cabalgar sobre todas las cosas, me lo dice, pues prometió irse sin nada, pero yo no soy tan desagradecido.
- Nunca dije que sería fácil - contestó Haryon - Tendrá su señoría que darme tiempo, para que lo dome.
- Bien, bien. Tomad el tiempo que queráis. Sólo pido que os cuidéis de que esté bien alimentado y que duerma sus horas. Sólo teneis que avisar a su cuidador, y el se encargará de todo.
Una semana estuvo Haryon intentando domar a Vaiwa, que parecía reirse de él. Tan pronto no hacía ni un movimiento, pareciéndole que ya lo tenía dominado, aunque negándose a avanzar ni un metro, como pegaba un salto que le pillaba desprevenido, y lo tiraba por los suelos. Parecía que se estaba burlando de él, pero Haryon no cesaba en su empeño.
Así, al octavo día desde que viera a Vaiwa por primera vez, Haryon llegó hasta la puerta de la casa de Sarin montando a Vaiwa. Y así lo vió El Mariscal de Édoras, cabalgando en tan precioso corcel, que asemejaba ser el rey de La Marca. Su porte de gran capitán, sumado a la elegencia y nobleza del caballo, daban a quien lo veía la impresión de que el mismísimo Oromë hubiera venido de Valinor para honrarles con su presencia.
- No puede ser - dijo Sarin, perplejo - Es imposible. Nunca nadie cabalgó en un meara que no fuera rey de La Marca o uno de sus hijos. Sólo Gandalf, enviado de los dioses, pudo montar a uno, que era el rey de los caballos.
- Igual los dioses quieren verme sobre uno de ellos - dijo Haryon - Sea como fuere, lo prometido es deuda, y me llevaré a Vaiwa conmigo. Mas no sufrais. No estarían mejor cuidados que él conmigo, ni los caballos élficos en lo establos de los palacios de más allá del mar.
- Pues que así sea, porque soy hombre de palabra, y porque la vida de mi hija es para mí más preciada que veinte mil caballos de la más alta estirpe. Espero que os sirva bien, y que su merced dé realmente buen uso de él.
Y así, montado sobre Vaiwa, dejó Edoras, cabalgando hacia el este. Feliz por su nueva y valiosa compañía, pero herido en su orgullo, por haber sido rechazado de nuevo en el Ejército de Rohan.
[Editado por Aniron el 27-10-2009 19:24]
DE CÓMO HARYON LLEGÓ A LA TIERRA OLVIDADA
Grande era la amistad que se estaba forjando, entre caballo y jinete. Importante para el guerrero, pues su corazón empezaba a decaer, tras tantos años luchando en solitario, y sin un pueblo por el que dar la vida. La venganza era el único fin de todas sus guerras, y mucho se había vengado ya. En Rohan no iba a encontrar lo que buscaba, por eso viajaba al Éste. Algo le llamaba a viajar hacia allí. En las frías noches del Estemnet, extraños sueños perturbaban su descanso. Lejanas tierras nunca vistas por sus ojos. Un desierto de proporciones descomunales, donde el sol no daba la vida, y la tierra no era apacible ni reparadora. Más allá del gran infierno, una extensa llanura, al pie de nobles montañas. Y más allá un vasto bosque, y un largo río, y un mar interior. Dulces voces del Bosque Negro, envolvían el mágico ambiente. Y en su bello cantar, suaves palabras entraban en la mente de Haryon:
"Al Este del Mar de Rhun, el Rio Alcarduin riega esta tierra perdida. Muere en Ilcalfalmar, donde las gaviotas entonan sus alegres melodías. Si vences a la muerte en el desierto, el viento de las Montañas Cobrizas recompensará tu cansancio. Y más allá, en el Bosque de Lortaurë, pequeñas criaturas mágicas acunarán tu corazón. En este rincón de Arda, el tiempo se detuvo años ha. Viajero solitario, atiende a la llamada de los días antiguos. Si el olvido es tu destino, y la soledad tu única compañía, aquí encontrarás tu morada, entre sueños y vigilias. Del amor y de la guerra, de la magia y el valor. Las baladas más hermosas llenarán tu corazón. Peregrino solitario, no te entregues a la tristeza. Viaja al Este, y verás como el sol naciente te espera, para que tu alma no decaiga. Donde los amores son eternos, y las lágrimas son dulces. Donde la vida nace cada día, y la muerte se postra ante ella. Viajero solitario, aquí por siempre morarás. Donde los sueños no son sueños, sino pura realidad"
En las soleadas mañanas, Vaiwa relinchaba inquieto. Quería viajar al Este, como si sólo allí su corazón fuera a encontrar sosiego. Haryon sentía lo mismo. Oromë le enviaba allí. Quizá su espada sería reconocida en ese lugar, y la patria que buscaba se encontraba en los días antiguos. Nada tenía que perder, pues nada poseía. Y hacia el Mar de Rhun se dirigió sin más demora. Cuando llegó, el vuelo de las gaviotas le esperaba. Su parloteo era una despedida. El Hijo de Eoric abandonaba el Oeste, y quizá fuera para siempre. Delante de él, un infierno de arena le esperaba. Miró las olas, que rompían en las duras costas casi muertas. Al Sur, la visión de las grises rocas de las Ered Lithui, le hacía menos duro el abandono de este lado del mundo.
"Amigo mío, no voy a resistirme a mi destino. Nuestro futuro pasa por el arduo caminar en la arena ardiente. Viajemos al Este, respondamos a la llamada"
Y así inició Haryon, el Hijo de Eoric, su viaje hacia la Tierra Olvidada. Más de 400 millas bajo un sol asesino, y sin mas vida que las propias, alejaban al rohirrim y su caballo del lugar que anhelaban. Cabalgaban por la noche, y descansaban al sol. Ni un árbol ni una roca cobijaban sus cuerpos del fuego abrasador. Se abandonaban al sopor, y el sudor era su único alivio. Diez días, diez, con la muerte tras sus talones. Un gran péndulo de fuego oscilaba sobre la cabeza del guerrero, y cada día se acercaba más. Cortas eran las noches, y el día mortificaba el ánimo. Al octavo día, ni una gota de agua quedaba en su cantimplora. Dos jornadas pasó con su vida pendiente de un hilo. La garganta seca ardía sin consuelo. La respiración era dificultosa. Su visión comenzaba a nublarse, y ni el ánimo de un espejismo venía a su mente. Una trampa. Había caído en una trampa. Las dulces voces de la noche eran producto del encantamiento de algún mago de Melkor, que quería hacer desaparecer a aquel que derramaba más sangre negra. Vaiwa andaba despacio ya. Su fortaleza era superior a cualquier ser que pudiera haberse adentrado antes en el Mar de Fuego. Pero sus resistentes miembros no respondían ante sus ansias de galopar para que su amo escapara de la muerte.
Cuando la esperanza se esfumaba, como el horizonte ante los nublados ojos de Haryon, un viento fresco inundó los pulmones de jinete y caballo. Vaiwa inició un galope contenido hacia unas pequeñas montañas (Amon Fëaron se llamaban). Una pequeña fuente propiciada por las nieves de la cima, parloteaba en un rumor de salvación. El corcel se dirigió hacia allí, con su dueño totalmente inconsciente. Lo dejó caer sobre el lecho del río, y el frescor del agua inundó los sentidos del hombre. Despertó, y en un movimiento instintivo, comenzó a beber ansiosamente. El frío líquido abrasó su garganta pero trajo de vuelta su vida, perdida entre las dunas. Vaiwa bebió tranquilamente, pero durante largo tiempo. Tras varias horas de descanso, continuaron su camino hacia el Este. Diferente era ahora el paisaje, pues la tierra era fértil. La humedad crecía, y el rumor de un caudaloso río se intuía cercano. Llegaron a un paso, entre las grandes estribaciones meridionales y el bosque septentrional. Y tras pocas jornadas allí estaba. El río que tanto apareció en los sueños del guerrero. Cuan distintos territorios le había deparado su viaje. La estéril tierra donde vio la muerte y la vida creciente en la ribera del gran cauce. Se dirigió al sur. Un gran bosque ocupaba el horizonte. Giró al Este de nuevo, cabalgando una jornada entera. Un azul oscuro unía el cielo y la tierra. Sin duda estaba viendo el mar, allá en la lejanía. Pero algo había antes que le llamó la atención. Como una pequeña ciudad amurallada. Era un campamento. Se dirigió hacia allí. El agua rodeaba la construcción, y para acceder al interior, había un puente levadizo. Ahora mismo estaba cerrado, y elfos armados guardaban las atalayas.
"¡Salve! ¡Mi nombre es Haryon, hijo de Eoric! ¡Soy un viajero que busca un lugar donde descansar! - gritó el rohirrim.
El puente bajó lentamente, con un ruido sordo, nada estridente. Una pequeña compañía de ocho elfos salió del campamento. Cuatro armados con arcos, y cuatro con lanzas y espadas. Detrás de ellos, una bella criatura. Esbelta como un joven árbol. Su cabello rizado llenaba sus hombros de negra belleza. Sus ojos eran diamantes tallados por el tiempo. Su blanca piel parecía mezclarse con sus vestiduras, azul y plata. Se acercó al guerrero y le habló:
"Salve viajero. Acabas de llegar a Peler Othlo, fuerte de guerra del clan de las Damas Oscuras. Tus ojos son fáciles de leer. Tu corazón no engaña. Puedes entrar, te habilitaremos una tienda para que puedas descansar"
Escoltado por la compañía, entraron en el campamento. Nunca había visto un lugar tan hermoso entre los destinados a la guerra. La elfa lo acompañó a una gran tienda que había sobre blando suelo verde.
"Estos son tus aposentos Haryon, hijo de Eoric. Estás en tu casa" - dijo la hermosa criatura, y luego desapareció.
Haryon estaba maravillado con la cálida bienvenida. Es posible que fuera verdad lo que las dulces voces le dijeran en sueños. Dejó a Vaiwa en el exterior, acompañado de una gran montaña de heno fresco, que había sido depositado al lado de la tienda, antes de que él se diera cuenta. Entró en la tienda, y quedó de nuevo absorto. Era enorme, y en su interior alfombras de colores y mullidos cojines, proporcionaban un confort inimaginable. Cuencos de comida sólo vistos por él en Lothlorien, ocupaban una parte de la tienda. Cenó con delectación, y en poco tiempo quedó dormido, acunado por las más dulces fragancias. Reparador fue su descanso, pues sus sueños eran amables y alegres, y su corazón quedó aliviado.
[Editado por Aniron el 02-11-2009 22:24]
DE CÓMO HARYON CONOCIÓ A IMRADIEL
Tras muchas horas de sueño, Haryon salió de la tienda. Vaiwa relinchó entusiasmado pero inquisitorio. No le gustó mucho que Haryon se pegara tanto tiempo en ese lugar; tenía ganas de acción.
"Tranquilo amigo, sé que necesitas pasear" - le dijo, mientras acariciaba su cuello, blanco como el nácar.
Una joven elfa se acercó a él. Sus ojos eran azules como el cielo de Rohan, y su melena rubia reflejaba la luz del sol, cayendo por sus hombros como las cascadas de Lothlorien. Haryon quedó absorto, pues creyó ver a Oloste, incluso creyó escuchar su voz; "Anar kaluva tyelyanna, Kuivea".
"¿Pero qué té pasa, mortal?" - dijo Imradiel, empujando al rohir.
El guerrero despertó de su sueño - "Ehm, nada, nada. Me has traído viejos recuerdos" - dijo, mientras pensaba que la elfa tenía más carácter de lo que había supuesto.
"Voy a dar un paseo por el bosque, a practicar con el arco, sobre objetivos vivos" - dijo Imradiel, mientras sus ojos se encendían - "Algún orco habrá por ahí. ¿Te apetece venir?"
Haryon pensó que no sería mala idea, y montó sobre Vaiwa, al que acababa de desatar. Luego le tendió su fuerte mano a la guerrera, para que montara detrás de él. Imradiel le guiñó un ojo e hizo caso omiso de su mano. Dio un ágil salto y cayó en lomos del caballo suavemente. El hombre la miró sorprendido y espoleó al meara. Haryon notaba como el cuerpo de aquella bella criatura se apretaba contra el suyo. Empezó a sentir algo en su interior que creía tener olvidado, mientras cabalgaba hacia el bosque. Su corazón era fuerte y duro, pero el brillo de Imradiel podía mover los cimientos de la tierra. A punto estaba el jinete de ceder cuando percibió una sensación que le volvió al mundo real. El olor a Uruk-Hai. Los músculos del guerrero comenzaron a tensarse. Su respiración se agitaba por momentos, hinchando y deshinchando su pecho de forma rítmica. Sus ojos empezaron a enrojecerse. Y le invadió esa sensación, tantas veces experimentada. Odio, ira y locura. Por su mente pasó la imagen de su padre, en guardia delante de muchos Uruks. Y su madre, pálida, tendida en el suelo.
"¡¡Vamos Vaiwa amigo!! ¡¡¡SANGRE, MUERTE, DESTRUCCIÓN!!"
Imradiel estaba absorta en mil sensaciones casi olvidadas, y de repente sintió la tensión en los músculos de Haryon. Eso le hizo volver a la realidad del bosque. Algo se respiraba en el ambiente, algo muy conocido para ella. Estaba tan acostumbrada a esa sensación que rápidamente relajó su abrazo hacia el hombre y tensó firmemente su arco. Miró fijamente hacia los árboles que había ante ellos mientras se iban acercando velozmente. Apuntó su arco y disparó, y el rugido que se escuchó la hizo gritar de placer. Haryon rompió en carcajadas. La elfa se mojó los labios, ansiosa y volvió a tensar el arco. Ahora los rugidos eran innumerables y cada vez más cercanos. De repente, alrededor de una veintena de uruk-hai salió de entre los árboles. Haryon desenvainó su espada e Imradiel comenzó a disparar su arco sin respiro, sonriendo fieramente. Como si se hubieran puesto de acuerdo saltaron a la vez del caballo, que se alejó prudentemente de ellos. Esperaron a los uruks que ya se acercaban gritando y rugiendo. En un movimiento rápido Imradiel se colgó el arco de nuevo y desenvainó sus dagas mientras esperaba con actitud desafiante. Miró a su izquierda; allí estaba el hombre, alto y fuerte, con su espada en alto y la misma actitud. Él giró su rostro hacia ella y los dos sonrieron con complicidad. Aunque no fuera de su raza, la guerrera sintió que aquel hombre era como ella y dio gracias por tenerle a su lado en aquellos momentos. ¿Qué mejor compañía que un gran guerrero como ella?
Jamás nada había logrado captar la atención de Haryon cuando tenía uruks cerca, pero la destreza de la dama que tenía a su lado consiguió sorprenderle. El guerrero miró a su caballo, y éste se alejó unos metros detrás de él. Luego miró a su compañera. Esos fascinantes ojos, más brillantes que los zafiros de Erebor. Nunca había sentido tanta complicidad antes de una lucha. Siempre había estado sólo. Haryon miró al frente, y desenvainó su espada. Imradiel estaba con las dagas preparadas. Dos de los uruks se tiraron sobre la guerrera, que los esquivó de un salto. Ella se colgó de un árbol, y antes de que los orcos elevaran sus cabezas para verla, éstas rodaban por el suelo tras un ataque del rohir. Tres uruks cayeron sobre el guerrero, aunque dos de ellos lo hicieron ya muertos. Imradiel había lanzado sus dagas a la vez, atravesando sendos cuellos. El tercer orco probó el acero de Rohan directamente al estómago. La elfa saltó del árbol, recuperando sus armas. Miró detrás de ella y vio al resto de enemigos, que atacaban a la vez.
Imradiel vio como una sombra cubría el rostro de Haryon, que miraba tras ella mientras recogía sus dagas. Sintió un escalofrío de furia cuando al girarse vio al grupo de orcos venir hacia ella y se preparó para el ataque, pero antes volvió a sonreír al hombre, que se quedó perplejo por la respuesta. Imradiel blandió sus dagas diestramente y en el mismo momento que se acercaban los más adelantados las clavó en las gargantas de dos de ellos mientras el rohir corría hacia el grupo espada en mano. Lucharon con fiereza, uno junto al otro, mientras las cabezas y los cuerpos de los enemigos caían a su alrededor.
De repente un uruk se abalanzó sobre la elfa haciéndola perder el equilibrio, pero ella luchó valientemente, y consiguiendo quitárselo de encima, le rebanó la cabeza limpiamente. Se levantó de un salto, y al ir a coger una de las dagas que había resbalado de sus manos escuchó la voz de del guerrero, fuerte y desgarradora, llamándola. Ella tuvo el tiempo justo para mirarle y comprender lo que iba a suceder. Haryon sintió la furia que le invadía y corrió hacia ella desesperado, ansioso, con el corazón en un puño. ¿Por qué ella se detenía para coger sus dagas? ¿Por qué no desenvainaba la espada? Un gran uruk-hai se erguía detrás de Imradiel. Se trataba del capitán de la compañía. Sus ojos eran rojos como la sangre, y su piel más negra que el día en Khazad-Dûm. Su pelo caía por sus hombros, en trenzas enredadas. Blandía una cimitarra enorme, y su brazo era largo y musculoso. Descargó el arma con toda su furia sobre la guerrera élfica, que apenas tuvo tiempo de apartarse. La hoja golpeó el costado de la guerrera con fuerza, aunque no de lleno. La dama sinda gimió y cayó sobre las hojas muertas del bosque. Haryon gritó con fuerza, presa del pánico. El gran uruk se preparaba para dar el golpe de gracia. Imradiel estaba tocada, y no tenía fuerzas para plantarle cara, y el rohir se dio cuenta de que no llegaba a tiempo. Entonces se plantó en el suelo, y sacó el arco élfico, regalo de Lothlorien. Creyó que el tiempo se detenía. Cogió una flecha del carcaj, sintiendo la suavidad de las plumas que la coronaban. Colocó la flecha en la cuerda, trenzada con unos pocos hilos de Hitlain. Cuando tensó todo cambió. Haryon sintió en su mejilla una brisa proveniente de su espalda, que arrastraba aroma de niphredil y ellanor. Las copas de los árboles se movían, y se formaron pequeños remolinos con las hojas secas que había en el suelo. Y escuchó una voz dulce y armoniosa, que le era conocida: "Nai tiruvantes i hárar mahalmassen, ar i Eru i or ilye mahalmar ea".
El uruk-hai vaciló un instante, lo justo para que Haryon soltara la flecha, que atravesó el cuello del orco en su totalidad, clavándose en un árbol que había detrás de él. El último enemigo se desplomó hacia atrás, debido al peso de su cimitarra elevada sobre su cabeza. Haryon recogió el arco y fue corriendo al lugar donde se encontraba tendida la elfa. Se arrodilló a su lado, y le cogió la mano. Le apartó el pelo y la tierra de la cara. La dama le miró con sus ojos, que parecían reflejar el cielo, y el guerrero le devolvió la mirada.
"Perdoname mi dama, pues he llegado tarde" - dijo Haryon.
"No es nada que pueda acabar conmigo mi señor. Otras partes de mi cuerpo están mas dolidas" - dijo Imradiel.
El guerrero acercó su rostro al de la elfa, de forma inconsciente, atraído por el brillo de sus ojos. A Imradiel le dolía el costado terriblemente. Otras veces la habían herido y se había levantado de nuevo para luchar, a pesar del dolor, sin embargo, aquél día se sentía especialmente vulnerable. Ver la rápida respuesta de aquel hombre, contemplar aquél dolor en su rostro al verla caer y, sobre todo, ver su diestro manejo con aquel arco élfico, la hicieron sentir débil por primera vez en su vida. Aquel hombre sería el compañero perfecto en sus aventuras, y se sorprendió a sí misma al pensar en ello. Haryon había acabado rápidamente con su atacante y ahora estaba allí, arrodillado ante ella, cogiendo su mano y acariciándola dulcemente. Imradiel sintió como un vértigo tan solo de tenerle tan cerca. Su corazón se aceleró. Ella, que tan segura de sí misma estaba siempre, ya no recordaba aquella sensación. Hacía tanto tiempo que él había partido, y ahora, de repente, aquél hombre le había despertado tantas sensaciones a la vez. La miraba de una forma que la hizo estremecer y sus rostros estaban tan cerca el uno del otro que podía sentir su aliento. Imradiel cerró los ojos, no iba a resistirse. No podía. Ya no sentía dolor, solo quería que aquél hombre la abrazara con fuerza. Ella, siempre tan fiel a su raza se moría de ganas de sentir aquél cuerpo contra ella, aquellos brazos rodeándola y aquellos labios en sus labios. Haryon quedó prendado de los ojos de la guerrera en el primer momento que los vio. Y ahora había caído presa de su hechizo. Acercó sus labios a los de Imradiel, hasta que los rozó levemente, sintiendo su dulce tacto. La besó con ternura, pero con pasión, pues se estaba encendiendo en su interior un fuego que nunca antes había sentido; mientras ella, extasiada, se entregó completamente a aquél hombre.
El sol estaba ya muy alto, y Haryon se dio cuenta que debían volver al campamento. El guerrero se levantó del suelo. Analizó la herida que tenía la elfa en el costado. Debía ser curada, pero no parecía muy importante. Le ayudó a sentarse con sumo cuidado, apoyando su espalda en un árbol. Recogió la armadura de Imradiel, atándola a una de las alforjas de Vaiwa. Luego cogió todas las cimitarras de los uruks que habían matado, y las fue clavando una a una en el suelo, por el mango, con la punta hacia arriba. La guerrera sinda observaba expectante lo que el guerrero hacía. Haryon cogió todas las cabezas de los orcos abatidos esa mañana, cortando aquellas que aun no lo estaban, y las fue clavando en la punta de cada espada. Luego se arrodilló:
"Oromë, padre bendito. Te ofrezco la sangre de estos servidores del mal, cuya repugnante vida ha sucumbido a mi espada, regalo de Eoric. Que la destrucción de su cuerpo signifique también la desaparición de su espíritu maligno, y que la sangre que baña la hoja de mi espada, sirva como venganza al asesinato de mis padres".
Hizo una reverencia, bajando la cabeza durante unos segundos. Luego se incorporó. Se acercó acercó a Imradiel y la cogió en brazos. Le besó la mejilla, con cariño. Luego la llevó hasta Vaiwa, y la colocó sobre él. Montó detrás de ella, y juntos cabalgaron hacia el campamento. Su fuerte brazo rodeaba la pequeña cintura de la elfa y con la mano sujetaba firmemente su herida. Ella cerró sus ojos una vez más. Podía soportar el dolor, pero no podía soportar tener que alejarse de él ahora. Pronto llegaron a Peler Othlo, campamento de las Damas Oscuras. Haryon bajó del caballo, y ayudó a Imradiel a hacerlo.
"¿Puedes mantenerte en pie?" - le preguntó.
"Por supuesto, no es tan grave" - respondió orgullosa la dama.
"Deja que te acompañe a la tienda de curación del campamento" - dijo Haryon cogiéndole una mano.
"No. Tengo que irme ahora mismo. Han localizado numerosas tropas de los Cisnes Caídos cerca de la Primera Compañía. Me necesitan allí" - contestó ella, cogiendo las riendas de Caramir, el bello corcel que vino a su encuentro."
Haryon la miró sorprendido - "Pero no puedes ir en ese estado. Necesitas una cura, y unos días de reposo. No permitiré que te vayas."
Imradiel subió al corcel antes de que el guerrero pudiera impedírselo- "Tranquilo. Allí tenemos buenas animistas. Además, los Cisnes no esperarán a que yo me recupere para atacar."
Haryon la miró con severidad. No estaba en absoluto de acuerdo con lo que ella iba a hacer, pero sabía que era una elfa orgullosa y testaruda, y que no podría frenarla.
"Iré contigo. Mi ayuda os irá muy bien. Déjame ser tu capitán" - se ofreció el jinete.
"Esto no es una escaramuza con un puñado de orcos. Se trata de una guerra. ¿Has estado en alguna batalla? ¿Has dirigido a soldados? No lo creo. Eres muy joven todavía" - respondió la elfa.
El guerrero la miró ofendido - "Luché en Dol Amroth, contra los corsarios, aunque no dirigiendo compañía alguna. Pero no creo que haya espada en toda la Tierra Media con más poder que la de Eoric. Y solo reyes y príncipes de Rohan pueden montar caballos que igualen la estirpe de Vaiwa. Oromë me trajo a este lugar para algo, y no creo que sea sólo para aliviaros del cansancio de la batalla. Espero vuestra llamada mi señora. Confiad en mí. No hubiera elegido el sol el Oeste para ocultarse, si no supiera que allí está bien protegido."
Imradiel escrutó la mirada del guerrero, y vio tal seguridad en ella que no dudó ni un segundo que aquel hombre la rescataría una vez más. Sin dirigir más palabras dijo unas palabras en élfico, y el caballo salió al galope hacia el Este. El rohir la siguió con la mirada, hasta que desapareció en la lejanía, triste ante la incertidumbre, pues quizá no lo volvería a ver. Haryon caminó unos metros hacia el Este. Cruzó los brazos, y apoyó su hombro en un árbol. Sintió como el viento comenzaba a arreciar. Las lonas se movían violentamente. Dirigió su mirada al horizonte oriental. Vaiwa se acercó, rozando el hocico contra su hombro.
"No te preocupes amigo" - le tranquilizó el jinete mientras le acariciaba - "se sabe cuidar. Dentro de dos horas partiremos al Sur, y tendrás que emplearte a fondo, porque no sobra el tiempo."
Vaiwa resolló, y relinchó excitado. Entendía todo lo que su amo quería decir.
"Se avecinda un huracán. Tenemos que recoger todo y marcharnos de aquí" - dijo una voz dulce pero firme, que procedía de detrás del rohir - "¿Vas a venir con nosotras?"
Haryon se dio la vuelta, y vio a una dama elfa, de larga melena negra, que brillaba como una oscura mina cargada de mithril. Sus ojos eran verdes como el mar profundo, y llevaba una serpiente colgada de su cuello.
"No, mi señora" - dijo tajante el jinete - "Yo me dirijo al Sur. Sé que hay muchos campamentos de hombres desperdigados por las laderas de las Ered Gaerin. Y algunos de ellos son de mi pueblo. Gente desterrada, indómita y con ansias de gloria. Aquellos a los que como a mí, no se les permitió demostrar su valor en La Marca. Bien por unas estúpidas leyes, o bien por sucias tramas e intereses. Son gente de honor, que prefirieron dejar su tierra y su familia, antes que enfrentarse a los mariscales de Rohan, y crear confusión en su patria. Sólo necesitan un capitán que los reúna, y una causa por la que luchar. Algo por lo que morir. Cabalgaré sin descanso en su busca, y espero estar preparado cuando el viento del Este me traiga la llamada de Imradiel."
Ingwën miró admirada los sinceros ojos de Haryon, quedando perpleja por la nobleza del corazón del jinete - "Pues marchad con presteza. Y tened cuidado mi señor, que mucho lamentaríamos aquí vuestra pérdida."
Haryon le dedicó una última mirada cariñosa, y se dirigió a su tienda, donde preparó todo para su marcha. Dos horas después, Vaiwa buscaba el pie de las montañas con el jinete a sus lomos. Ingwën seguía su estela con ojos esperanzados.
[Editado por Aniron el 03-11-2009 18:15]