Historia privada
El personaje olvidado
Todos conocen la historia de cómo el Anillo Único fue destruído y de los pueblos y gentes que en aquella guerra lucharon, pero este relato ha sido sugeto a cambios, grandes cambios. La historia no es pues como se conoce en la actualidad, tras largas épocas de ataques misóginos se fue borrando a un personaje de aquellos relatos. Hablamos de Iliena, cuyo nombre no puede ser traducido a ninguna lengua hoy existente. Era la Reina de las Ninfas de los Bosques de Rhûn. Esta raza durante largo tiempo sufrió persecuciones de parte de los reyes, pues su poder era tal que amenazaba a las regencias de estos sobre la Tierra Media. Fueron aniquiladas o exiliadas de sus hogares y toda prueba de su existencia fue destruída pero aún hay quien las recuerda, aquellas que viven en constante movimiento, escondidas de los hombres. Ya llegó la hora de que las grandes heroínas reciban su reconocimiento, que sean otra vez respetadas como lo fueron antaño, que la historia sea cambiada...
Todo comenzó en una suave mañana de otoño. El sol salía de más allá de las montañas del Este, aquellas conocidas como las Montañas Esmeraldas debido a su colorido. Iliena, reina de las Ninfas salía de su palacio, conocido como Glamzul de bellas columnas enroscadas, hechas de mármoles de distintos colores: azules, rojos, amarillos,... Su palacio se encontraba a lo alto de una colina y desde allí divisaba su reino, junto con el inmenso lago de Rhûn, a cuyas orillas vivía. Su pelo era negro, tan negro que parecía dar destellos azulados según el ángulo de la luz solar. Su cara era fina, blanca, con una nariz fina, labios carnosos y ojos verdes tan penetrantes que parecían que iban a raptarte el alma. Vestía con sus típicas túnicas blancas que dejaban entrever su escultural cuerpo. Era de entre las más bellas de todas las Ninfas y también la mejor guerrera. Manejaba con excepción de entre todas las Ninfas la espada. Pero las espadas de las Ninfas no son como ninguna de las demás espadas de la Tierra Media. Son finas, ligeramente arqueadas y hechas de un metal tan fuerte que puede cortarle la cabeza a un jabalí con un solo golpe. Ellas las utilizaban contínuamente ya que mantenían a raya a orcos, trolls y hombres del Este constantemente. No tenían una vida muy pacífica y siempre estaban en contínua guardia.
Las Ninfas tambien saben manejar el arco y la flecha pues aprendieron mucho de los Elfos que se perdían dentro de sus límites. Esto nos lleva a relatar como se reproducían Las Ninfas porque a pesar de ser inmortales respecto a la enfermedad y a la vejez, podían morir en batalla. Se juntaban con los Elfos anteriormente mencionados, de ahí que no se sepa nada sobre estas tierras. Estos Eldar nunca regresaron a sus tierras de orígen a narrar lo que habían visto debido a que las Ninfas despertaban tal deseo sexual en ellos que los viajeros no querían volver y se quedaban en el Reino de Rhûn.
Mientras Iliena oteaba sus dominios oyó una voz que gritaba y preguntaba por ella.
- Iliena, Iliena, mi señora,...
Se dio la vuelta y vió que desde la gran Sala Real venía corriendo su sirviente Culmena. Culmena era rubia, de ojos pardos y tambien de enorme belleza.
- Mi señora menos mal que os he encontrado - dijo.
- ¿Qué ocurre mi preciada Culmena? - preguntó Iliena.
- Han venido las Guardias de la Frontera Oeste. Traen a un elfo, un mensajero de Elrond de Rivendel.
- ¿De Elrond? - contestó Iliena - Hace una eternidad que no sabemos nada de el. Llevad al elfo a la Sala Real, allí le atenderé.
- Si mi señora - dijo Culmena y corriendo fue hacia las puertas.
Iliena se preguntaba que querría Elrond. Hacía mucho tiempo que no había enviado a un mensajero. Desde que se pueblo expulsó al Rey-Brujo de su feudo en Angmar no sabían nada de Imladris, porque aunque la historia nunca lo relató fueron las Ninfas las que consiguieron expulsar al Señor de los Nazgûl de esas tierras.
Iliena se sentó en su trono a esperar al nuevo allegado. Entró su más leal guardiana, Ulmena, de carácter recio, vestida con pieles que solo cubrían sus senos y su cintura con altas botas de castor y con su corto pelo, de color castaño.
- Iliena, mi señora. Aquí traemos a un elfo que dice haber sido enviado por Elrond de Rivendel.
El elfo era alto, bello con ojos grises y tez oscura.
- Señora de las Ninfas de Rhûn, mi nombre es Argoniel y le traigo un mensaje de mi señor Elrond - dijo el elfo.
- ¿Que mensaje es ese, Argoniel? Algo importante debe ser si Elrond os envía hasta estos parajes desde Imladris.
- Si mi señora, Elrond ha convocado un concilio al que desea que vos atendais - explicó Argoniel.
- ¿A qué se debe tal concilio? Siglos hace ya que uno no es convocado - preguntó la Reina.
- Se trata de que el Anillo Único ha sido hayado.
Con estas palabras toda la corte quedó muda. Tras un largo rato de incómodo silencio, Iliena se levantó de su trono y bajando los escalones se aproximó hacia donde el elfo se situaba:
- ¿Como es que el Anillo ha sido encontrado? ¿Dónde, cuándo? Explicadmelo en este instante, Argoniel de los Eldar.
- Eso es algo que Elrond no ha querido contarnos mi señora - dijo el elfo.
- Este es un tema realmente importante - exclamó Ulmena.
- Si que lo es mi querida Ulmena. Es algo a lo que debemos responder. Iré contigo Argoniel hacia Rivendel - dijo la reina de las Ninfas.
- Pero mi señora - intervino Culmena. -¿Cómo es que usted piensa en viajar hasta aquellos lugares? No puede dejar nuestro reino desamparado, necesitamos de vos para vencer a los ejércitos enemigos que constantemente entran en nuestras tierras.
- No os preocupeis - dijo Iliena. - El reino estará seguro, todas vosotras sois grandes guerreras y por mí no va a caer a la perdición nuestro mundo. Iré con vos, mensajero de Elrond.
- Yo tambien iré con vos, mi señora - exclamó Ulmena. - Hace mucho tiempo que no viajamos por el Oeste y no sabemos que peligro puede encontrar en su camino.
- Muy bien, pues, Ulmena. Usted nos acompañará al elfo y a mí hacia Imladris. Culmena cuida del reino junto con las demás de mis servidoras en mi ausencia y si no vuelvo no lloreis mi muerte pues dulces memorias tenemos desde que eramos unas chiquillas.
Iliena acarició el rostro de Culmena, no solo era su sirviente tambien era su hermana pequeña. Le quitó con los dedos las lágrimas de sus mejillas y dándola un gran beso en la frente le dijo al oído:
- Si no he de regresar tu, hermanita mía, serás la nueva Reina de los Bosques de Rhûn.
Con esto se dió la media vuelta y mirando al elfo dijo:
- Mañana partiremos al salir el sol, preparad comida, armas y caballos.
Para acoger al elfo dieron un gran banquete en palacio. Tenían multitud de platos: cordero asado, pavo real a la pimienta y el plato principal lomo de los inmensos bueyes que habitaban esos bosques, los que se dicen que eran descendientes de las vacas de Oromë. Argoniel quedó asombrado ante tal manjar. Nunca había oído antes de que alguien los cazase asiduamente ya que las leyendas contaban de que eran bestias enormes, agresivas y de una fortaleza increíble. Pero luego se enteraría, en la conversación alrededor del fuego que después del banquete se dio, de que era un plato típico de esta raza. Quedó asombrado de cómo unas féminas que nunca hubiese supuesto tener tanto valor podían luchar contra tales bestias. Comió hasta saciarse y después cuando comenzaron a hablar quedó aún más atónito. Las Ninfas no solo cazaban grandes bestias sino que pasaban por el yugo a ejércitos enteros de orcos, trolls, hombres e incluso en alguna ocasión tuvieron que matar dragones.
Todo el resto del día estuvieron hablando las Ninfas, comentando sus historias y sus batallas. Argoniel se sentía anonadado. Nunca había visto tal belleza y observaba a cada una de las Ninfas con los ojos tan grandes como la mismísima Arda. Empezó a sentir un deseo en su interior que nunca antes había notado y mirando a cada una de ellas comenzó a debatir para sí cual era la más bella. Entonces vio a la reina Iliena. Estaba sentada en una silla de plata, escuchando a sus súbditas. Argoniel no podía resistirse más, nunca una tentación tan grande le había sobrevenido. Estaba a punto de hablar cuando vio aparecer a otro elfo. Era alto, de tez rubia y con ojos grises al igual que el.
- Ah, un nuevo elfo. Ya veo que has conocido a las más hermosas criaturas de la Tierra Media. Mi nombre es Elindor – dijo el elfo
- ¿Elindor? ¿No serás un hijo de Thranduil, rey del Bosque Verde? ¿El cual se dice que se perdió en las Batallas de los Cinco Ejércitos? – preguntó Argoniel.
- Si, en verdad soy yo – respondió el elfo - ¿Come es que me conocéis?
- Se ha hablado mucho de su desaparición, se le daba por muerto. Pero puedo ver que eso no es verdad. ¿Cómo llegaste hasta aquí?
- En esa batalla, recibí tal golpe en la cabeza que quedé perdido. Despistado, viajé hacia el sur y entrando en estos bosques fui acogido por las Ninfas. Vi tal belleza en ellas que no deseaba volver pero ahora que me has recordado el nombre de mi padre creo que marcharé hacia aquel lugar donde pasé mi juventud.
- Será un gran honor – dijo Argoniel.
- Entonces está declarado – dijo levantándose de su silla Iliena – Partiremos cuatro hacia el Oeste.
La noche se cernió pronto sobre Rhûn y todos fueron hacia sus aposentos a descansar antes del largo viaje.
Llegó el amanecer más rápido de lo esperado y preparando sus equipajes Iliena, Ulmena, Elindor y Argoniel se dispusieron a viajar. Tenían sus monturas preparadas. Argoniel llevaría su caballo élfico con el que había llegado hasta esos parajes de un bello color grisáceo, Elindor llevaba un caballo pardo oscuro, Ulmena una jaca ruana e Iliena llevaría a la más bella de las yeguas, Arthana, de color palomino con las crines blancas. Argoniel se sorprendió de la capa del equino ya que nunca había visto tal color. La aldea de Glamzul, ya que se llamaba igual que el palacio, se despedía de su reina deseando a los viajeros el mejor trayecto posible, sin problemas y sin peligros.
Cabalgaron por el bosque en fila. Iliena iba en cabeza. No llevaba ya la túnica y vestía una larga capa de tonos beige para viajar. También llevaba sus botas de batalla con su espada Lamarinda, de entre las mejores de las espadas. Detrás iba Elindor con su montura oscura, le seguía Argoniel y en último lugar iba Ulmena ya que ella vivía en esos bosques guardándolos de los peligros.
El bosque tenía unos tonos relucientes. Los árboles habían sido teñidos de ocres, rojos, amarillos,... un espectáculo digno de ver. Pronto llegaron a la desembocadura del río Celduin en el mar de Rhûn. De allí viraron hacia el norte, hacia donde se encontraba Esgaroth, la ciudad del lago-largo. No era sensato ir por el lado sur del Bosque Verde, ya que a pesar de haber sido expulsado el mal que en Dol Guldur habitaba aún quedaban bestias salvajes e inmundas merodeando por allí. Tuvieron un largo día de marcha. Aún no habían llegado al Bosque Verde. Era mediodía y viendo lo poco que habían alcanzado al paso decidieron cabalgar al galope. Arrearon a sus caballos y estos comenzaron a correr a un paso lento en la orilla oeste del Celduin. El paisaje era más yermo de los que las Ninfas se esperaban:
- La última vez que pasé por aquí, estas llanuras eran verdes y estaban llenas de flores de colores infinitos – suspiró Ulmena.
- Tiempos difíciles corren ahora, mi bella guerrera – contestó Argoniel – Del Este surge una sombra y todo lo bello ha decidido huir de la muerte.
- ¿Cuánto crees que tardaremos en llegar a Rivendel? – preguntó la guerrera.
- ¿Es que no has estado anteriormente? – preguntó Argoniel
- No, nunca antes había ido. Lo que ocurre es que yo no soy tan mayor como crees. Es verdad que mi señora tiene ya varios miles de años pero yo soy aún joven. Soy hija de Murena y del elfo Thringolind que murieron defendiendo nuestro reino de una manada de trolls – contestó Ulmena.
- Ah no lo sabía. Pero, ¿el elfo Thringolind también vivió con vosotras? – preguntó Argoniel
- Si, en verdad – le contestó Iliena - Vino explorando nuestras tierras para marcarlas en un mapa y tanto le gustó su visita que decidió quedarse y dar su vida por el Bosque.
- Ya decía yo, Thringolind era otro elfo desaparecido, que fue al Este y supuestamente fue muerto por los terribles hombres salvajes que allí moraban – dijo Argoniel – pero por lo que veo este es un mundo lleno de sorpresas.
La reina se rió ante este comentario haciendo que Argoniel sintiese un fuego ardiéndole en su interior.
Llegó el anochecer y se dispusieron a parar a dormir bajo un gran árbol que crecía solo en medio de la llanura de las Tierras Pardas. Comieron algo y formaron una pequeña lumbre ya que el frío empezaba a apretar. Durmieron toda la noche.
Pronto llegó el amanecer y retomaron su marcha. El día era más brillante que el anterior, hacía un tiempo extraño para esas fechas. El sol brillaba y se oía el canto de algunos pájaros. Siguieron cabalgando hacia el norte. Varios días estuvieron cabalgando pero los caballos no se cansaban. Los caballos élficos eran resistentes y los caballos de los Ninfas eran descendientes de los mismísimos Mearas. Consiguieron esta sangre equina tras ayudar al pueblo de Eorl contra un ejército de lobos del norte. Finalmente divisaron al Bosque Verde en el horizonte y comenzaron a galopar con mayor rapidez. Veloces como rayos llegaron a las lindes del bosque, muy cerca del Camino del Bosque y viendo que el día terminaba decidieron instalar su campamento. La noble Arthana se encontraba agotada y junto con el resto de las monturas fueron soltados para que bebiesen agua y comiesen en los pocos pastos que la orilla del Celduin podía aportar. Encendieron un fuego y comenzaron a recordar historias de la antigüedad, de cuando las Ninfas lucharon en la extinta Beleriand y de cómo ayudaron a derrotar a Morgoth. Los elfos no sabían esto y se quedaron asombrados.
- ¿Cómo es que vuestra participación en las continuas luchas de Beleriand no es relatada en los viejos cantares? – preguntó Elindor.
- Éramos muy pocas entonces – contestó Iliena – Apenas sabían que éramos de una raza distinta. Muchos pensaban que éramos mujeres humanas con gran valentía. Sólo los Valar y los Señores de los Elfos sabían de nuestra existencia.
Los elfos la miraron extrañados.
- Siempre hemos querido mantenernos en secreto – continuó Iliena – pues no queríamos que nuestros bellos bosques ardieran bajo el fuego de los enemigos.
Tras largo rato contando anécdotas decidieron dormir.
Mientras tanto algo acechaba en el bosque. Una criatura de los tiempos antiguos que llamaban al Bosque Verde su hogar. Comenzó a acercarse hacia el campamento de nuestros aventureros pero en última instancia divisó a los caballos que tranquilamente descansaban en las orilla del río.
Algo alertó a Iliena. Los caballos relinchaban y se oía los ruidos de sus cascos al correr. Se levantó y corrió, cogiendo como antorcha una estaca de madera que cerca del fuego se hallaba, hacia donde provenían los ruidos. Entonces lo divisó, un gran licántropo luchaba contra el caballo de Argoniel. Le tenía sujeto por la cruz y el pecho y le mordía en el cuello. Brecen, pues así se llamaba el caballo élfico, luchaba con todas sus fuerzas y daba coces al aire con la intención de quitarse a la terrible criatura de encima. Iliena desenvainó a Lamarinda y dando un golpe en la espalda de la bestia consiguió herir al hombre-lobo. Este soltó a Brecen y se tornó para mirar a quien le había propinado tal golpe. Entonces Iliena apretó entre sus manos su espada y dando una voltereta en el aire, se puso detrás del licántropo. Alzó su arma y de un golpe certero decapitó a la bestia inmunda. Miró al pobre Brecen. Yacía en el suelo con grandes marcas de mordeduras en el cuello y desangrándose. La reina llamó al mensajero de Rivendel. Este acudió corriendo y viendo a su fiel caballo se tendió sobre él, llorando su desgracia. Nada se podía hacer por el pobre animal y sacando su daga, Argoniel la clavó en el corazón de su montura. Brecen murió en el acto. El elfo lloraba:
- Ha sido mi caballo durante mucho tiempo – lloró Argoniel – hemos vivido muchas aventuras juntos y hemos enviado muchos mensajes por toda la Tierra Media y pensar que ha terminado así...
- Tranquilízate, Argoniel – le acarició Ulmena – Piensa en todas las cosas que habéis vivido juntos. No lloreis.
Argoniel aceptó el consuelo de la Ninfa y la abrazó.
A la mañana siguiente siguieron su camino. Argoniel seguía triste por la pérdida de su montura pero aún así tenía que proseguir. Los cuatro llegaron al Bosque Verde.
- ¿Qué alegría! ¡Qué bello se encuentra el bosque! - exclamó Elindor. - La última vez que pasé por aquí todo estaba oscuro y triste. Pero los árboles tienen hojas de bellos colores y las flores vuelven a crecer entre los troncos.
- En verdad que todo está bello. - contestó Iliena. - Hacía tanto que no pasaba por aquí que se me había olvidado lo bello que era este bosque.
Transcurieron su camino por el gran sendero que conducía hasta el Anduin.
Pero Iliena no parecía contenta. Algo la estaba comenzando a molestar. Un ruido de pisadas. Les venía siguiendo desde hace tiempo, pero no venían por el suelo, venían desde los árboles.
Iliena miró a Ulmena. Ella también se había percatado de lo que preocupaba a su reina. Las dos miraron hacia arriba y en un abrir y cerrar de ojos estaban rodeados.