CAPÍTULO 1
“LA DECISIÓN”
Año 3018; año 1418 de la Comarca.
Mientras unos pequeños hobbits partían, temerosamente, de su querida Comarca hacia el pueblo de Bree, corriendo grandes riesgos y escapando de los Jinetes Negros, los Nazgûl de Mordor, una enérgica y rebelde joven escapaba de un casi certero golpe de varilla. Allá en las frías, opacas y olvidadas Montañas Grises, volvía a nacer, a orillas del Río Gris, un pequeño pueblo.
A pesar de que el paisaje fuera un poco monótono y carente de color, tenía su encanto propio; pequeños matorrales castaños en las praderas daban paso a unas cuidadas y dulces tierras pobladas por personas alegres, tranquilas y casi excluidas de los problemas de la Tierra Media, como la Comarca de los pacíficos Hobbits, allá en el Oeste.
– ¡Ven acá, chiquilla malcriada!- gritaba iracunda una madre, dando ejemplo de que, a pesar de ser un pueblo pacífico, también tenían sus momentos de rabia acumulada.
– ¿Cómo no voy a ser así, si tú eres mi madre?- replicaba, con burlona malicia, su hija.
Esa era su forma de ser: siempre divirtiéndose a costa de los demás. Siempre igual a su padre había demostrado ser Mislif, hija del valiente y aventurero Musolf. Éste último había viajado mucho por la Tierra Media y tenía muchas amistades fuera de la raza de los humanos, demostrando así, que cada lugar tiene su propio Bilbo Bolsón, algunos, eso sí, más conocidos y figurantes que otros.
Pero volviendo al tema; Mislif acababa de dar un gran salto hacia atrás y esquivar un molesto golpe de varilla de su madre. Ambas estaban en el comedor de una modesta casita campestre, ubicada en una pacífica orilla del, entonces tranquilo, Río Gris.
– ¿Cuántas veces debo decirte que tu lugar es la vida de hogar, no esas amistades raras y masculinas!- repetía, entre gritos, la madre.
– ¡Por Elendil, madre!- suspiró Mislif con pesadumbre.- Sólo continúo las relaciones amistosas de los conocidos de mi padre.
– ¿Qué Elendil, ni qué ocho cuartos!- replicó la madre, enojándose más.- ¡Tú eres una joven demasiado respetable, como para que la gente te vea con esos magos de tercera, además de enanos raros!
– Yo soy amiga de quien quiera.- siseó Mislif, enojándose.- Apuesto a que si fuera por ti yo ya estaría casada y con una docena de niños.
– ¡Al menos serías una señorita, y no un hombre, en cuerpo de mujer¡Más encima, me enteré de que esos “personajes” te han estado enseñando a ocupar una especie de dardos asesinos!
– Sí¿y qué?- sonrió la joven con satisfacción. Era completamente cierto que le estaban enseñando una técnica para lanzar dardos de metal, poniéndose uno en medio de dos dedos, para luego lanzarlos con todas sus fuerzas (1).- ¡Ah, ya sé! La gorda y vieja “señorita” Tolfin ha estado husmeando otra vez.
– Sí, y gracias a ella que me he enterado en lo que pierdes tu tiempo.- contestó la madre con cierta malicia.- En vez de hacer o aprender esas cosas, podrías tratar de conquistar a ese joven, amigo tuyo…, Olivorn, de la casa de…, de los Fontes de Río Gris.
– ¡Por Elendil, madre!- exclamó Mislif, con gran sorpresa.- ¡Oliv es mi mejor amigo¿Cómo piensas que voy a coquetearle o…?- su voz se apagó con un gesto de asco. No era que Olivorn, de la casa de los Fontes de Río Gris, fuera poco atractivo, sino todo lo contrario; pero, para una chica como Mislif, el sólo hecho de pensar en “esa cosa cursi, llamada amor” le producían náuseas.
– ¡Será tu mejor amigo, pero eso no le impide a sus padres verte como un buen partido para él!- comentó la madre con orgullo.
– ¡Ya¡No lo soporto más!- exclamó Mislif, tras una pausa.- ¡Si vas a seguir sin aceptar mi forma de ser, y vas a obligarme a hacer algo para lo que no nací, me iré!
– ¿Sí¿Y a dónde?- preguntó la madre burlona.
– ¿Realmente quieres saberlo?- sonrió Mislif, volviendo a su antigua y maliciosa burla.- Pues, te lo diré: Hasym, ese mago de tercera, según tú, se marchará con algunos enanos de viaje y yo iré con ellos.
– ¿Te volviste loca!- bramó la mujer, horrorizada.- ¿Viajar con unos locos, igual como lo hizo tu padre!
– Sí.- limitóse a contestar Mislif.
– ¡No, no y no¡No volveré a ser el hazmerreír del pueblo!- gruñó la madre con desdén y con un escalofrío, al recordar tiempos pasados.- Tu padre ya me causó bastantes vergüenzas en el pasado.
– ¿Ah, sí?- murmuró la joven, fríamente.- ¿Sabes porqué creo que murió mi padre? Porque tú lo obligaste a hacer algo que nunca quiso: quedarse a vivir en un sólo lugar. Tus padres lo obligaron a casarse y a “sentar cabeza”, así enfermó y al tiempo murió; pero yo lo recuerdo bien, muy bien. Recuerdo sus palabras y su nostalgia por poder volver a salir. Llegué a pensar que su estancia en este maldito pueblo era por culpa mía, por ser una responsabilidad para él, pero me equivoqué: eras tú la que le impedía ser libre y poder viajar, como tanto amaba. No hablo en vano, porque en más de una ocasión me prometió que algún día saldríamos de viaje juntos y…- nuevamente su voz se extinguió, pero esta vez no fue por asco, sino por tristeza; aquella tristeza que la invadía cada vez que recordaba lo ocurrido: la promesa sin poder llegar a cumplirse de su padre, su muerte y el inevitable “encierro” de ella, en Pueblo Gris.
Su madre no replicó; aquellas palabras habían sido demasiado fuertes y dolorosas. El silencio que hubo luego le permitió a Mislif salir silenciosamente de la estancia, hacia el fresco campo del Norte.