La Estrella del Norte

– Muy bien, lo hice denuevo.- suspiró con pesadumbre la joven.- Ahora estará llorando tres días y yo tendré que suplicarle perdón. Aunque… – con la cabeza gacha, Mislif, continuó.- debería ser ella quien me pidiera alguna vez perdón. No soy cómo ella quiere, pero no es culpa mía.- Entonces le vino una frase que siempre le repetían: “Eres igual a tu padre, Musolf”. Y sin darse cuenta, la había pronunciado en voz alta, siendo oída por alguien que pasaba cerca.

– No veo nada de malo en ser cómo él; deberías estar orgullosa pequeña.

– ¿Qué¡Ah, buenos días, Hasym!- exclamó Mislif, recuperando su habitual alegría y ánimo. Hasym era un mago, nada famoso como Gandalf el Gris o Saruman el Blanco, pero aún así, mago. ¿Color? Pues, no era de color definitivo, aunque en el Consejo u Orden, o cómo se llamase, solía ser Hasym el Castaño. Sin embargo, él siempre tomó “El Castaño” como una especie de ofensa, al parecer tan poco importante, así que prefirió abandonar todos aquellos nombres y ser sólo un mago, una mago llamado Hasym. “- Prefiero dejarle espacio a Radagast el Pardo, que creo está en el Bosque Negro” solía decir.

– ¿Así que nuevamente discutiendo?- preguntó el mago con la risa bailándole en su almendrados ojos; ojos cubiertos por algunos cabellos rubios cenicientos, con algunas canas, que daban muestra del paso de los años; y bajo unas pobladas cejas del mismo color. También tenía barba, pero no extremadamente larga; y sus ropas era sencillas, del mismo color que sus cabellos, y con una humilde vara de apoyo, tanto físico, como mágico.

– ¿Así que nuevamente espiando?- replicó con gracia Mislif. Ella era alta, más bien de piernas largas; delgada, con el cabello rojizo, recogido en dos grandes colitas, a cada lado. Y le brillaban, en el pálido rostro, unos alegres ojos color verde claro.

– Créeme que lo único interesante que he encontrado en mi estadía en este pueblo, ha sido espíar tu hogareña vida.- contestó Hasym, ligeramente sonrojado.

– Y tú debes creerme que lo que más deseo es poder salir de aquí y de esta hogareña vida.- suspiró Mislif pensativa.

– Sólo el Viento sabe que sucederá.- sonrió Hasym.- Confía y verás. Musolf, tu padre, confiaba en que volvería a salir de viaje…, y lo que consiguió cuatro veces. Luego…, bueno, ya lo sabes.

– Murió.- repuso fríamente Mislif.- ¿Sabes qué, Hasym? Tomé una decisión: todo el mundo me ha repetido hasta el cansancio que soy idéntica a mi padre. ¡Pues, bien! Haré lo mismo que él: viajaré. ¡Sí, eso haré! Nadie podrá detenerme, ya verás.

– Confío en que los Cielos cuidarán de ti, pequeña Estrella del Norte.- contestó tiernamente el mago.

– ¿Estrella de qué…?- preguntó, sorprendida la joven.

– Estrella del Norte.- respondió Hasym, acentuando su sonrisa.- Musolf te llamaba así.

Mislif le devolvió la sonrisa. Luego, comenzaron a pasear tranquilamente por el campo. Un agradable Sol otoñal calentaba sus cabezas, que habían estado frías por las brisas de aquella época. Sin embargo, no sólo el clima era frío. Habían llegado extrañas noticias, perturbadoras noticias del Sur; de un Sur muy lejano, casi desconocido, pero que había causado más de algún comentario entre los habitantes del pacífico Pueblo Gris.

“Sombras, sombras extrañas se mueven en el Sur”, solían decir extranjeros y los más conocedores. Aunque aquello no interrumpía la monótona vida del lugar, causaba más de alguna expectativa de futuros problemas; y de eso trató la siguiente conversación de Mislif y Hasym, bajo un frondoso árbol, extrañamente gris.

– ¿Dices que irás al Bosque Negro?- preguntó la joven curiosa.

– Debo ir.- contestó sombríamente Hasym.- Me he enterado que ahí está Radagast el Pardo, con quien necesito conversar larga y pausadamente.

– El Bosque Negro…- murmuró Mislif pensativa. Aquel lugar era hogar de elfos; la Hermosa Gente, invisible para algunos y perdida para otros. Aun así, Mislif sabía perfectamente que existían, puesto que su padre había ido a aquel lugar con anterioridad, y con él, llegaron muchas maravillosas historias acerca de los elfos.- Me encantaría ir contigo.- comentó, ligeramente ceñuda.

– Podrías, sí. Sólo depende de ti.- dijo Hasym exhalando una bocanada de humo de su vieja pipa.

– Y de mi madre.

– Creo recordar que una vez, una lejana mañana, dijiste “Haré lo mismo que mi padre: viajaré. ¡Sí, eso haré! Nadie podrá detenerme, ya verás”.- dijo, riendo, el mago.

– Lo sé, pero no puedo dejarla sola.- replicó Mislif.

– Tienes toda la razón. A veces me dejo llevar por mis ideas rápidas.

– Aunque…¿sólo será por un tiempo, verdad? Tú sólo irás a hablar con Radagast, o como sea que se llame, y luego volveremos¿no es así?- preguntó Mislif animada.

– Exactamente.- contestó Hasym, pensativo, mientras seguía fumando de su pipa.

– ¡Entonces, no importa!- exclamó la joven, poniéndose de pie de un salto.- ¡Iré! Y, tal vez, ni le avise a mi madre.

– No, eso sí que no.- gruñó Hasym con el ceño ligeramente fruncido.- Aunque sean tan sólo unos días, debes avisar.

– ¿Puedo dejar una nota?- preguntó Mislif tímidamente.

El viejo mago lanzó un gruñido de asentimiento y siguió fumando, sumido en sus pensamientos. Mientras tanto, Mislif, trataba de contener la alegría que le provocaba salir de viaje, como tanto soñaba. ¡Vería a los Hermosos Elfos del Bosque Negro¡Sería fantástico! Por fin, por fin cumpliría el sueño de su padre y el suyo.

– ¿Cuándo piensas partir?- preguntó la joven, al cabo de unos minutos. Pero descubrió que Hasym no le respondería, porque parecía haber caído presa de un tranquilo sueño. Sin embargo, Mislif descubrió que no estaba durmiendo, sino escuchando atentamente.- ¿Pasa algo?- preguntó tímidamente.