El pasaje en el que los Hobbits son apresados por los Tumularios es posiblemente el más aterrador de La Comunidad del Anillo, e incluso podría decirse que de todo El Señor de los Anillos. Hasta ese momento, los dos mayores peligros a los que se habían enfrentado habían sido los encuentros con el Jinete Negro y con el Viejo Hombre-Sauce: el Jinete Negro es realmente terrible, pero en ese punto de la narración el lector todavía no sabe muy bien cuán peligroso es realmente, su presencia es inquietante, sí, pero la amenaza que representa resulta difusa; es más una promesa de peligro que un peligro en sí mismo. El incidente con el Viejo Hombre-Sauce es igualmente peligroso, tanto que de no haber sido por la intervención de Tom Bombadil habría tenido sin duda un final trágico; pero todo el episodio tiene un aire de típico cuento de hadas, un tono que se podría decir que es casi humorístico, y que quita a la historia gran parte de su dramatismo.
Cierto es que en El Señor de los Anillos, después del encuentro con los Tumularios, suceden otras muchas cosas terribles, y que el peligro acecha a cada paso; pero ni el angustioso viaje en la oscuridad por las galerías de Moria, ni la amenaza siempre presente de los Orcos, ni el siniestro episodio en el Antro de Ella-Laraña, ni siquiera la permanente –aunque invisible, y por eso más inquietante– presencia de Sauron o el terrible viaje a través de los Senderos de los Muertos igualan el desasosiego que Tolkien logró transmitir con los Tumularios. En todos estos ejemplos citados la épica se antepone al terror, los peligros son, hasta cierto punto, conocidos, tienen una lógica y una explicación dentro de la historia.
Los Tumularios son diferentes: aparecen casi por sorpresa (tanto para el lector como para los Hobbits), son misteriosos y hacen cosas de las que desconocemos sus motivaciones. No sabemos qué son, y tampoco por qué hacen lo que hacen.
–¡No! –dijo Frodo, pero no echó a correr. Se le doblaron las rodillas y cayó por tierra. Nada ocurrió y no hubo ningún sonido. Alzó los ojos, temblando, a tiempo para ver una figura alta y oscura como una sombra que se recortaba contra las estrellas. La sombra se inclinó. Frodo creyó ver dos ojos fríos, aunque iluminados por una luz débil que parecía venir de muy lejos. En seguida sintió el apretón de una garra más fuerte y fría que el acero. El contacto glacial le heló los huesos y ya no supo más.
La Comunidad del Anillo,
«Niebla en las Quebradas de los Túmulos», p. 170
Estamos ante un cuento de fantasmas de corte clásico, heredero de las «historias de miedo» del Romanticismo y de la novela gótica: encontramos el tópico de unos personajes que se extravían en un paraje inhóspito cubierto de niebla, la repentina aparición de espectros sobre los que aparentemente pesa algún tipo de oscura maldición, y el miedo atávico a ser enterrados vivos… «Niebla en las Quebradas de los Túmulos» podría haber sido escrito desde Lord Dunsany hasta George MacDonald, pasando por muchos otros como nuestro Gustavo Adolfo Bécquer.
Todo el capítulo tiene una atmósfera especial, opresiva, situada en esa delgada línea que separa el sueño de la vigilia. Esto no es de extrañar, pues se trata del último de una serie de tres capítulos (el primero es «El Bosque Viejo» y el segundo «En casa de Tom Bombadil») en los que se cuentan unos hechos que Tolkien tenía previsto incluir en el libro desde una etapa muy temprana de su redacción, y lo hizo, literalmente, porque necesitaba una aventura en el camino. En estos tres capítulos el componente onírico es sumamente importante: la llamada al sueño del Viejo Hombre-Sauce, los sueños premonitorios en casa de Tom Bombadil, la inoportuna siesta en los túmulos. Desasosiego, eso es lo que se siente a lo largo de los tres capítulos, del que ni siquiera se libra la estancia en la casa de Tom, una isla de tranquilidad rodeada por un mar de peligros.
El origen literario de los Tumularios hay que buscarlo en el mismo sitio que el de Tom Bombadil, Baya de Oro o el Viejo Hombre-Sauce: en los poemas de Las aventuras de Tom Bombadil:
Llegó la oscuridad. Tom encendió una vela
y giró el picaporte tras subir la escalera.
«¡Tom Bombadil! ¡Bu-hú! ¿Qué te trajo la noche?
Al viejo Tumulario olvidaste en su monte,
cercado allá en la cumbre por círculos de piedra.
Otra vez anda suelto, verás cómo te entierra.
Aquí estoy, tras la puerta. ¡Ahora al fin te tengo!
Pobre Tom, frío y pálido quedarás al momento.»«¡Vete, cierra la puerta y nunca jamás vuelvas
con tus ojos brillantes, tu vana risa hueca!
¡Vuelve al monte yerboso, que tus huesos descansen
en su cojín de piedra, como el viejo Hombre-Sauce,
como Baya de Oro y el Tejón en su cueva!
¡Vuelve al oro enterrado, a la olvidada pena!»El Tumulario huyó cruzando la ventana,
cual sombra por el patio, saltó sobre la tapia,
dando aullidos volvió al anillo de piedras,
sus anillos de hueso temblaban bajo tierra.Las aventuras de Tom Bombadil,
«Las aventuras de Tom Bombadil», pp. 21, 23
Como se ha dicho antes, Tolkien tenía previsto incluir a los personajes de Las aventuras de Tom Bombadil casi nada más empezar a escribir El Señor de los Anillos. De hecho, en una nota escrita a lápiz cuando todavía estaba trabajando en el primer capítulo (lo que la sitúa entre mediados y finales de febrero de 1938) dice:
Crear regiones peligrosas: el Bosque Viejo en camino a Rivendel. Al sur del Río. Se apartan del camino para ir en busca de Frodo Br[andigamo] [escrito encima: Marmaduque], se extravían y el Hombre Sauce y los Tumularios los atrapan. Aparece T. Bombadil.
El Retorno de la Sombra,
«Una reunión muy esperada», p. 60