Adab-en-glinn fue el nombre que se dio a la nueva posada, cuando Nülk quárënorno, tomo el traspaso del local que no hacía mucho, perteneció a Artleinzar Altariel. Las estructuras de la parte de arriba, y el aspecto exterior, seguían siendo idénticas a la de antaño, pero, para evitar traer a la memoria recuerdos tristes de sus antiguos huéspedes y a la anterior dueña, el enano reformó la planta de abajo, la más concurrida.
Así, se abrió una ancha chimenea en un extremo de la pared, de forma que casi ocupaba la mitad central de ésta. Estaba recubierta por fuera de cantos de rió pulidos y grises, suaves al tacto que se antojaba caliente por el fuego interno. Se asemejaba en parte a una fragua, pero el diseño estaba hecho para poder asar directamente las carnes, y para cuando no, alumbrar la sala. En las paredes se estableció un zócalo de tosca madera que a media altura acababa, para continuar siendo hasta el techo, de las mismas piedras de río que en la chimenea. Por las paredes se adornaban miniaturas de los edificios más emblemáticos del Valle, así como algún arma ceremonial, aperos tipicos del trabajo de los enanos, y algunos que otros instrumentos como arpas, y flautas.
El suelo siguió siendo como antes, pero se cambiaron las baldosas estropeadas y se rellenaron huecos entre ellas, para facilitar la limpieza. Por lo demás, las mesas siguieron siendo las de antaño, a base de sólidos listones de roble y con algunos respaldos de pieles de animales. Ya en la barra, esta se agrandó a lo alto, estableciendo muebles y alacenas empotradas en la pared, así como estanterías debajo de la barra y encima de esta, listones de madera sobre los que encajar los recipientes para la bebida. Así como algunos platos y fuentes.
Ya por último, tras la barra estaban las cocinas y la despensa. Como la despensa no tiene nada de especial, si que os recordaría que la cocina en si es una sala de odioso calor, pues esta surcada de planchas de hierro ardiente, así como dos chimeneas pequeñas y dos parrillas más. Todas están empotradas contra la pared y entre ellas solo hay algún mueble conservero y encimeras toscas de madera, astilladas por el uso de los machetes y ensuciadas con los jugos de los alimentos. Allí se mezclan mil sabores y olores entre un calor infernal acompañado del ritmo frenético del cocinero, abriendo y cerrando un maremagnun de cajones y armarios, en los que se guarda todo tipo de objetos y enseres dedicados al arte culinario.

