Historia privada
Yanulêth
Las grandes historias no siempre pertenecen a grandes personajes. En ocasiones, los seres más normales se convierten en protagonistas de relatos épicos, de cuentos que llegan más allá de las letras.
Yanulêth era un hombre como otros hombres. Su vida en la Tierra Media podía considerarse como rutinaria y sencilla. Vivía en una casa pequeña que él mismo había construido en el Abismo de Helm, un lugar que había cambiado mucho desde aquella batalla de los tiempos antiguos. Por aquel entonces, las únicas incidencias notables era el paso de algún peregrino solitario, que lo único que pedía era un trozo de pan y algo de conversación. Por lo demás, podía considerarse el lugar como muy tranquilo, perfecto para vivir. Cabe destacar que Yanulêth vivía solo, algo no demasiado común en su raza, pero no le había ido del todo mal. Delante de su casa tenía un huerto, que le daba lo suficiente para comer, y a veces salía a cazar a algún bosquecillo cercano, llevándose algún conejo y poco más.
Lo único demasiado excepcional en nuestro protagonista era su amor por la música y las historias. Tenía en su casa una estantería repleta de libros, que había rescatado de no se sabe donde, que leía con ávidez y que se conocía casi de memoria. Algunas tardes, dejaba escapar su imaginación y se veía a sí mismo luchando al lado de los elfos contra las huestes del Señor Oscuro. Siempre había amado a los elfos, pues le parecían maravillosos. Muy a su pesar, el tiempo de los hombres había comenzado hace años, y de la raza de los elfos solo se conocían cuentos que los ancianos contaban a los pequeños, pero poco más.
A Yanulêth también le gustaba cantar y escribir. Muchas veces, a los caminantes que pasaban por donde él vivía les enseñaba sus composiciones. Aseguraban que eran hermosas, pero que les parecía muy raro que un hombre manejara al mismo tiempo la pluma y la espada. La espada de Yanulêth, prácticamente nueva ya que nunca la había usado, estaba apoyada junto a la chimenea, y para lo ùnico que servía verdaderamente era para alimentar la imaginación de su dueño. Lo que si usaba habitualmente era su arco y flechas, sobre todo para cazar, y en algunas mañanas de verano le gustaba practicar la puntería cerca de casa.
Vida normal... pero una persona muy excepcional. Más de lo que él mismo podía imaginar jamás.
Yanulêth se levantó un poco más tarde que de costumbre aquella mañana. La lectura de un libro lo había mandado a la cama bastante tarde, y de alguna forma recuperó las horas de sueño perdidas.
Fue a lavarse la cara a un hilo de agua que se escapaba entre las rocas, y de pasó bebió un poco para \"abrir el estómago\", como él mismo decía. Cuando se dio la vuelta para volver, vio una figura montada a caballo que esperaba delante de su puerta. Extrañado, pues hacía tiempo que no recibía visitas, se encaminó rápidamente al hogar. Cuando llego a la altura del animal, alzó la voz:
- Buen día, caminante. Bienvenido a mi casa, que es la tuya.
El visitante inesperado obligó a dar la vuelta a su montura. El jinete era un anciano de pelo y barba blanca (que curiosamente estaba trenzada), de una edad difícil de establecer. En algunos segundos podría asegurarse que tenía más de cien años, y al instante siguiente su semblante se volvía el de un joven de recién estrenada pubertad. Sus ojos tenían un brillo blanquecino, pues el viejo era ciego; sin embargo, una extraña luz salía de aquellos ojos, una luz que parecía decir: no necesito ojos para ver. Sus ropas eran de tonos oscuros, y eran las adecuadas para el viaje: tela resistente, pero suave, adaptable a cualquier época del año. Las manos arrugadas mostraban los surcos de los años y de la experiencia, las piernas fuertes dejaban a las claras los caminos recorridos. En el tono de su voz, grave y musical, se podía entrever una sabiduría casi milenaria, de la que sólo los magos de los viejos relatos podían quizá presumir.
- Alasse’ aurë, Yanulêth. Buen día.
Yanulêth no pudo reprimir un gesto de asombro. ¡Aquel anciano sabía quenya! Yanulêth conocía el idioma por sus viejos volúmenes, pero aquel hombre extraño lo hablaba como si se hubiese criado entre elfos. Yanulêth tragó saliva y preguntó:
- ¿Quién eres, buen señor? ¿Qué buscas?...
- Respondiendo a la pregunta que no me has formulado, conocí a los elfos hace tiempo. Y ellos me conocieron a mí.
- ...
- No temas, Yanulêth. No deseo hacerte daño, ni presentarme ante ti como un acertijo. Me llamo Drafo, y he venido a proponerte un viaje.
- Un momento... ¿cómo sabes mi nombre? ¿ Y quién te ha dicho dónde vivo? Aseguras que no quieres ser una incógnita, pero hasta ahora no saco en claro mucho.
- Verás... Mi vida y mi obra consisten en saber cosas. Me trajo hasta aquí tu propio deseo.
- ¿Mi propio deseo?...
- Siempre fuiste alguien raro, admítelo. Tú mismo sonreías cuando en la taberna componían alguna canción hablando del hombre \"que habla y vive en sueños\". Tú mismo sabías que cuando te fuiste de casa a vivir aquí, era algo raro. Y llevas un modo de vida que los mismos caminantes catalogan de raro. Sin embargo, la forma de utilizar nuestro lenguaje puede cambiar la propia forma de ver el mundo. Quiero decir; en tu caso prefiero usar la palabra \"especial\".
- Amigo Drafo, continúas con los acertijos y las medias adivinanzas.
- Jaja está bien, está bien. Intentaré explicarte todo lo que quiero decir; pero abusando un poco de tu hospitalidad, ¿podríamos pasar a tu casa? Mi caballo quiere descansar de mi carga y yo necesito un poco de cerveza y una silla que no sea de montar.
Yanulêth y Drafo pasaron a casa del primero. Éste vio al entra un brillo bajo el manto del viejo. Drafo se dio cuenta del interés de Yanulêth y comentó:
- Todo a su tiempo... todo a su tiempo.
Drafo se sentó en una silla enfrente del fuego y estiró sus pies húmedos y fríos hacia él, para secarlos y calentarlos un poco. El barro que se acumulaba en sus botas parecía señalar que el viaje había sido largo. De los pliegues de su manto sacó un bolso de cuero y rebuscando en su interior cogió una pipa y una pequeña bolsa con hierbas. Rellenó la cazoleta y comenzó a fumar tranquilamente, haciendo aros de humo que volaban hacia el techo. Mientras tanto, Yanulêth se frotaba las manos rápidamente, más por la impaciencia que por el frío, pues las tareas de casa junto con el calor de la lumbre lo mantenían caliente. A pesar de toser y carraspear para sacar de sus ensoñaciones al mago, éste seguía disfrutando de su tabaco en el sillón como si la cosa no fuera con él. Cuando había pasado un rato Drafo guardó su pipa y mirando a los ojos a Yanulêth, le hizo otra de sus extrañas preguntas:
- ¿Sueñas mucho?
Nuestro protagonista, que se había quedado medio dormido mientras esperaba al viejo mago despertó de repente y casi se cae de boca en el suelo. El mago entre risas repitió su pregunta. Yanulêth quedó pensativo un momento y le contestó:
- Si bueno, duermo lo que puedo y...
- No, no, no. Me refiero a soñar, a viajar a sitios que no sabías que existían y acompañado de personajes extraños.
El hombre, extrañado, dijo que no con la cabeza. Drafo le dijo:
- Yanulêth, háblame de Ateressë.
Yanulêth enmudeció. El viejo conocía su secreto, un secreto que nadie sabía. Un sueño que se le repetía a menudo, y que siempre creyó que moriría con él.
- ¿Cómo sabes?...
- Ya te explico, ahora háblame de ese sueño. ¿Cómo es Él?
- ... Va vestido todo de blanco, y tiene una larga cabellera rubia. Porta un arco a la espalda y lleva una espada élfica en el cinto. Su caballo es de color grisáceo, y habla la lengua hermosa de los Eldar. No podría precisar si es elfo u hombre. Sólo podría decir que me llama y me requiere a su lado con voz clara.
- ¿Alguien más lo acompaña?
- A su lado distingo figuras altas y fuertes, pero sólo veo sus siluetas. No hablan, simplemente esperan y lanzan su mirada para enfrentarse con la mía. Mas no es una lucha de gente enemiga, sino de amistades que van más allá de Vida o Muerte, amistades que significan más que los lazos de sangre.
- Y Ella...
Yanulêth comenzó a llorar.
- Ella no tiene nombre, porque no hay palabra que pueda siquiera aproximarse a su persona. Huele como el mar, sabe como el fuego y es sabia como el más viejo de los viejos magos de antaño, tiene la fuerza y el carácter de un guerrero y la dulzura de una doncella de los elfos. Y es por ella que aún albergo la esperzanza de que El Día llegue.
Drafo esbozó una amplia sonrisa. Colocando su mano derecha en el hombro de Yanulêth dijo con voz fuerte:
-Mi amigo, El Día ha llegado.