Historia privada
De Nardûr y Ríanna
Caminaban en silencio, en pos de la sigilosa figura del elfo, que se de cuando en cuando se adelantaba para investigar el camino.
Lo seguían sin rumbo, pues ni Nardûr, ni Ríanna sabían con certeza hacia donde se dirigían. Su único anhelo era salir con vida de ahí. Muchos pesares y grandes dolores habían atravesado para estar juntos. Pero ahora además de luchar por ellos mismo, debían luchar por las elfas y los niños que injustamente habían sido arrancados de su hogar por los orcos.
Luego de un día completo de caminar, descansaban al fin. Ni las elfas tenían las fuerzas, ni el valiente noldo estaba totalmente recuperado.
Ríanna se acercó a su amado y revisó las heridas.
- En verdad eres un protegido de los valar, mi bienamado. Y en verdad es mucha la fuerza que hay en tí, también. Tus heridas están casi sanas, algo increíble, pues fueron hechas con mucho odio y eran profundas.
Nardûr sonrió. El verla sana y salva, sonriente y a su lado, quitaba un gran dolor de su corazón, dolor que se había hecho muy fuerte, mientras la buscaba. Pero finalmente había logrado cumplir su promesa, y ahora la tenía a su lado.
- Hermosa Ríanna, quizás sí los valar me han bendecido con una vida más larga, y en esta hora me han protegido. Pero no dudo que todo hubiese sido en vano, si tú amor, no hubieses cuidado de mi con tanta diligencia.
- ¿Es que podría haberlo hecho de otra forma? Arriesgaste tu vida, por mi. Cumpliste tu promesa y me haces feliz al estar aquí, a mi lado. Pero también he de pedirte algo.
Ahora la elfa estaba seria. Parecía que un dolor la atormentaba, pero al encontrarse sus ojos con los de Nardûr, todo rastro de tristeza y dolor, desapareció, y ella tenía el semblante de una niña que pide un favor a sus mayores. El elfo la miraba con atención...
- Pídeme lo que quieras y te será concedido. Nada hay en Arda que este elfo deje de hacer, para cumplir los deseos de la dama más hermosa, y a la cual ama con todo su corazón. Ahora dime Ríanna. ¿Qué deseas? Pues me preocupa tu tristeza, y temo que no sé el motivo de ella. -
Diciendo esto besó a la elfa, y Ríanna se abrazó a él, y le habló al oído.
- Nardûr, el más amado. Conozco tus pensamientos y tu corazón tanto como tú mismo. Pero mi corazón que te pertenece, teme por tí. Algo se ha revelado en él, que me obliga a pedirte una promesa. Nardûr, en esta hora en el que tu corazón y el mío laten juntos, te pido que en el futuro, ante cualquier peligro, me dejes acompañarte si quieres enfrentarte a ese peligro. Aún cuando en tu valentía, llegues a los mismos fuegos de Morgoth, quiero acompañarte. Permaneceré a tu lado, aún cuando el dolor sea lo único a nuestro alrededor. Pues sin tí, Ríanna Mordúlin, el oscuro ruiseñor, caerá en la tristeza, y más tarde en el olvido.
Mientras Ríanna pronunciaba las últimas palabras, lágrimas corrían por sus mejillas. Deseaba desesperadamente permanecer al lado del ser al cual amaba. Pero temía una negativa. Lo conocía y lo amaba. Inflexible, valiente, pensando siempre en la seguridad de sus compañeros, que en la propia.
Nardûr la abrazó con más fuerza. La sabía suya, y sabía muy bien que la petición de Ríanna estaba dictada por algo más allá de toda ansia de gloria.
De pronto, lo comprendió.
- Ríanna, Ríanna, amor... Bien sabes que hace un momento me habría negado con todas mis fuerzas a semejante proposición. Pero ahora, algo a cambiado también en mi corazón y ha hecho comprender muchas cosas. Hay fuerzas más allá del mar, que sostienen nuestro amor. Y aunque tú morirías, separada de mí, yo moriría también pues tu vida es la mía también.
Y ahora la miró a los ojos. - Seca esas lágrimas, Ríanna la hermosa, pues tu camino ahora, seguirá el mismo rumbo que el mío y no habrá fuerza en toda Arda que pueda separarnos.
Diciendo esto, se besaron en el crepúsculo y sellaron así el pacto de amor más hermoso visto en Arda.
Pero algo interrumpió a los dos amantes. Ruidos de metal y voces inconfundibles. Voces de orcos.
Debían marcharse rápidamente...
Tomando sus cosas, el pequeño grupo de elfos se dirigió hacia un pequeño bosque que se dislumbraba en las cercanías.
Las elfas corrían con todas sus fuerzas y en la retaguardia iban Ríanna y Nardûr con los arcos tensados, dispuestos a atravesar a cualquier orco que se les aproximase demasiado.
Cuando ya las voces de los orcos eran tan sólo un murmullo en el silencio de la noche, llegaron por fin al bosque. Pero en los lindes, Nardûr decidió que él se adelantaría investigar. Ríanna rápidamente le tomo la mano y mirándolo fijamente a los ojos, le recordó la promesa que le había hecho.
El elfo sonrío, mas su semblante manifestaba una gran preocupación.
- Nunca pensé que tendría que cumplir mi promesa tan rápidamente. Pero si es tu deseo Ríanna, lo acataré como una orden.
- Es mi más ferviente deseo, Nardûr, al que sólo sobrepasa el deseo de estar contigo para siempre.
Así pues, Ríanna y Nardûr se aventuraron en el bosque, dejando antes al pequeño grupo de elfas a salvo sobre las copas de unos arboles.
Lentamente ingresaron a ese bosque que parecía hablarles, cantando una canción de grandeza y antigüedad inimaginada.
Mas todo en el pronto destino de estos dos amantes estaba truncado. Aunque contaban con una gracia especial de los valar, pues los dos habían nacido en el Reino Bendecido, tal como la voluntad de Morgoth entorpeció en el principio la obra de los Poderes, así entorpecía y trastornaba el destino de estos noldor.
Pues cuando habían avanzado un gran trecho del bosque, sigilosos y vigilantes, unos gritos desesperados los hizo devolverse con prisa por sobre sus pasos y correr hacia el lugar de donde nacían los gritos...que no era otro que el del escondite en donde se encontraban los elfos.
Cuando estaban a unos cinco arboles del lugar, Ríanna ahogó un grito y Nardûr la abrazó.
Lo que veían ahora era horripilante. Una pesadilla que sin embargo era realidad. Los orcos, esas inmundas criaturas que servían la voluntad del Señor Oscuro, habían atravesado con sus lanzas a las 7 u 8 elfas que habían formado parte de la comitiva de la cual Nardûr había rescatado a Ríanna. Ahora todas esas hermosas elfas que tenían cada una larga historia que contar, estaban clavadas cada una a un árbol. Como una amenaza y una advertencia para todo aquel que intentase desafiar su poder.
Pero el jefe de la avanzadilla orca no se fiaba. Intuía que faltaban elfos en el grupo. No, estas elfas que ahora yacían sin vida en los arboles, no podrían haber acabado con una de las tropas orcas más fuertes. Además, no llevaban ni arcos, ni espadas. Y definitivamente no tenían la fuerza suficiente como para haberse enfrentado a sus compañeros.
[Editado por Maehdros el 04-12-2004 17:57]