Historia privada
Ekkaia Pella Quentalë
DEL RETORNO DE DELAMARTH Y EMYNTÁRI
Y mientras Eru mostraba a Nargurth los misterios hieráticos, en Baradruin, la Reina de las Montañas se puso en pie ante la Llama Roja, que no es sino otra lágrima de Ilúvatar, y entró en ella. Su carne se fue volviendo negra y, consumida en el calor, acabó desprendiéndose hasta dejar ver el esqueleto que la sujetaba. Al compás de la crepitación, los huesos se quebraban y deshacían en jirones chamuscados, hasta que del cuerpo de la mujer sólo quedó una mancha oscura en la tierra. Y entonces, libre de la atadura mortal, el espíritu de Emyntári se fundió con la llama y así le dio su inmortalidad.
Una repentina brisa agitó la flama, y la llevó hasta el corazón de Delamarth; una extraña melodía, las primeras notas del Tercer Tema de la Gran Música, resonaron po rla estancia, y una nube envolvió el cuerpo que el Señor de Bandgroth abandonara. El fuego de la vida retornó a las venas del hombre, porque así el Único había otorgado ese don a Emyntári y la libertad de entregarlo a voluntad. Mientras el pulso vital recuperaba su ritmo en Delamarth, la nube se retiró a su lado y comenzó a espesar hasta hacerse impenetrable, densa, sólida... y fue transfigurándose en el cuerpo que una vez ya albergara a la Señora de Baradruin. Y así renació para el mundo y para el hombre junto al que yacía.
Y ella, desnuda ahora de todo poder, se inclinó serena sobre Delamarth. Ya no se vieron como los Grandes Señores que una vez fueron, sino como un hombre y una mujer, los primeros en la tierra de Nordor.
Se miraron por vez primera a los ojos. Las llamas no se habían extinguido de la mirada de él y en los de ella brillaba eterna la luz de las asgaldomë. Se rozaron las puntas de los dedos y sintieron un pinchazo en las yemas.
La mujer lo tomó en sus brazos y el hombre se abandonó a aquella sensación, y a las emociones y sentimientos que manaban a raudales en sus rincones secretos.
-\"Te conozco\"- dijo él. Ella sonrió: \"Estás en casa\".
Y la llama que prendió esa noche no se extinguió con la salida del sol. En aquel nuevo amanecer permaneció ardiendo, imperecedera, en el centro del cráter sagrado. Aquella mañana, la Tierra entera contemplaría el comienzo de la Edad de los Señores de la Tierra de Fuego.
Y los descendientes de Delamarth y Emyntári habitaron y dominaron Nordor, y hablaron su propia lengua y fueron diferentes a todos los que una vez hubieron poblado Arda. Y su estirpe permanecería sobre la Tierra hasta que Ilúvatar diera fin al Tiempo y al Espacio.
Y Melkor se revolvió en sus entrañas porque, finalmente, Nargurth había triunfado, pues dio Ser a toda una raza y Vida allí donde antes sólo hubo yermo... Y demasiado tarde comprendió que el secreto del Poder Supremo es el de la Creación, el camino hacia la Eternidad... pero él sólo supo llegar al Vacío Imperecedero en el que se consumiría hasta que el Único diera fin al Tiempo y al Espacio...
FIN.