Historia privada
Amarthorn
Han pasado ya muchos años desde la primera vez que nos reunimos. Los recuerdos vagan cada noche por mi mente; muchos son buenos, memorias alegres, de aventuras y trabajo duro; otros más se vuelvven oscuros y se han llegado a aferrar a la memoria y a la piel, ardiendo, quemando como una herida que se niega a cerrar completamente. A veces pienso que es mejor dejar todo atrás; sinceramente, no creo que eso ocurra.
Amarthorn
Aparecían sobre el horizonte los primeros rayos de un sol cálido, un calor que invitaba a las flores a abrir sus petalos y mostras su belleza a los ojos que estuvieran dispuestos a sentir. Un día de primavera, radiante, lleno de brillo, frescura, y sonidos. Trinos de las aves felices por ver a sus pichones salir de su cascarón, intentar lanzar el vuelo o encontrar a su compañero para continuar con el ciclo de la vida. El rio corría, con su agua pura, cristalina, producto del deshielo de las montañas, que se reflejaban en él como en su mejor espejo. Ahí, bajo ese cielo azul, árboles frondosos y el sonido de la naturaleza, la vida parecía muy tranquila, aúnque para algunos esa tranquilidad resultaba ser asfixiante.
Alcar era un pueblo pequeño cuyos habitantes sobrevivían de los cultivos y de la herrería. Las viejas historias contaban que habían aprendido a manejar el fuego y el metal de los elfos y de los enanos y que en sus tierras se daban las mejores hortalizas de toda la tierra; y si no era así, ¿acaso había alguien dispuesto a negarlo?