Historia privada
Una Joya entre las Sombras
O Dúath a Rhîw eriatha i-Mîr Edain
De la Oscuridad y del Invierno surgirá la Joya de los Hombres.
[Editado por Minei el 18-05-2007 21:59]
Año 2999 de la Tercera Edad
Imladris
-¡Levántate! –gritó Aragorn-, ¡Y te repito una vez más que si juntas los pies durante la pelea perderás el equilibrio!
El destinatario de la lección se encontraba patas arriba en medio del patio principal de Rivendel: una chica joven, de unos quince años en edad humana, pero bastante más joven según los cánones antiguos. De un salto se incorporó y, apartándose un molesto mechón de pelo de un soplido, recogió su espada.
-Lo siento, Ada –dijo con voz cansada-, trataré de no olvidarlo… otra vez.
La lucha se reanudó. Golpe tras golpe, ambos adversarios trataban de desarmar al otro y tumbarlo en el suelo. La muchacha parecía llevar la iniciativa: era más violenta y más rápida en sus ataques, mientras que el hombre paraba los ataques fríamente y no respondía a los lances de la chica.
Sin embargo, la experiencia es un grado, y Minei –pues así se llamaba la joven- no tardó en verse rodando de nuevo por las hermosas piedras del Último Hogar.
-Vas mejorando –dijo Aragorn mientras envainaba su espada-, pero sigues atacando a ciegas. Cuando te dije que no pensaras –y aquí habló más despacio- no me refería a que atacaras a la ligera, sino a que confiaras en tus instintos.
-¿Y eso no es lo mismo, Ada? – la chica buscaba ganar de alguna forma, aunque fuese en una discusión sobre el lenguaje.
-No, no lo es, nethelle… -Aragorn suspiró con paciencia-. Lo que quiero decir es…
-Déjala, Estel –rió una voz desde el interior de la casa-: todo lo bueno que eres con la espada lo es ella con su lengua, así que retírate antes de que te venza por cansancio.
Ambos miraron hacia la puerta para recibir a la Dama Arwen. Tan bella como un atardecer de primavera, su llegada llenó de tranquilidad y sosiego los corazones agitados de los luchadores.
-¡Nana! –gritó alegremente la chica- Ada dice que lo estoy haciendo mejor, ¿crees que pronto podré ir con él a…?
Aragorn abrió la boca para contestar, pero Arwen le detuvo con un gesto.
-Todavía no, Rhîwen – dijo Arwen dulcemente-, no hasta que Herdir considere que estás preparada. Además –añadió con un tono de tristeza (algo fingida)-, si te vas, ¿qué será de la pobre Undómiel sola sin su mejor amiga?
Aragorn sonrió ante la astucia de su amada: si él le hubiese contestado que no, Minei hubiera protestado y pataleado durante horas y horas… pero el juicio de Herdir –como Minei llamaba a Elrond- era un dogma y no se discutía.
Y así fue.
-Lo entiendo, Nana –asintió la muchacha con resignación, para luego añadir con orgullo: ¡Así que voy a entrenar más para que Herdir vea que ya estoy preparada!
-Te van a hacer falta muchas horas más de entrenamiento… –murmuró el Dúnadan- Ahora –dijo en un tono más alto- vete con la Dama y estudia tus lecciones de poesía.
Minei corrió hacia Arwen, quien le abrió los brazos y se la llevó hacia el edificio. Aragorn las siguió con la mirada hasta que entraron en la oscura casa, y se estremeció: las dos mujeres que más amaba desaparecieron en las sombras.
Las sombras…
“No si yo puedo evitarlo” –pensó con rabia- “Vencí a las sombras que la amenazaban una vez. Puedo hacerlo de nuevo.”
Su mente vagó quince años atrás. Era invierno, un invierno tan frío como no se recordaba desde aquel en que los lobos invadieron Eriador. Se vio cabalgando por las llanuras de Arnor, rumbo hacia las ruinas de Annúminas. El contraste con el calor de Rhûr –de donde acababa de regresar- lo abrumaba. Un terrible año, sin duda: Ecthelion II el Senescal acababa de morir en Minas Tirith. Aragorn lo recordó con respeto, pues había trabajado con él para alejar a la Sombra de la Ciudad Blanca. Esperaba que su hijo Denethor –con el que había tenido algunos roces- fuese un digno sucesor…
Nada más llegar a Imladris, Elrond le había rogado que, tan rápido como había llegado, partiera hacia Annúminas.
“¿Sucede algo en el Norte, mi Señor? preguntó Aragorn preocupado “¿Orcos u Hombres Oscuros?”
“No, nada que tu espada pueda arreglar” respondió Elrond, “pero sí las habilidades que te he enseñado”.
Aragorn recordó difusamente lo que Elrond le contó: una visión, una mujer de su estirpe dando a luz en Annúminas, un niño en peligro que debía traer a Imladris. Recogió las medicinas que el Medio-Elfo le entregó y partió sin demora.
Frío, frío y desolación, eso no podrá olvidarlo. Se atrevió a atravesar La Comarca de noche para acortar camino –los Hobbits casi no salieron de sus casas durante ese invierno- y llegó en seis días a Annúminas, con su caballo casi extenuado.
Aragorn pasó por alto la ruinosa majestad de la antigua capital de Elendil. El viento soplaba con fuerza y amenazaba con derribarlo, pero resistió a su aullido y sus gemidos…
No, no eran gemidos de viento. La mujer estaba cerca, ahora la podía oír. Se apresuró en medio de la ventisca hasta unas ruinas al lado del lago Nenuial. Allí estaba ella… y el bebé, nacido apenas unos minutos antes de su llegada.
No hacía falta saber de medicina élfica para darse cuenta de que la mujer estaba más allá de toda curación. Elrond le había dicho que su historia no era de importancia, puesto que “pronto cumpliría con su destino”. El Destino de los Hombres, comprendió Aragorn.
Se sentó al lado de la mujer. ¿Cómo se llamaría? ¿Qué haría allí? ¿Dónde estaban su familia, su marido…? Tantas preguntas que hacerle… pero el tiempo apremiaba, y ella lo sabía: miró a Aragorn con la sabiduría que da la proximidad de la muerte, y le entregó a su niño. Él lo envolvió con su capa y se lo puso en los brazos a la madre, quien se lo agradeció con la mirada.
Minutos después, ella se iba en silencio.
Dejando al niño resguardado bajo una escalera de piedra, Aragorn cavó una improvisada tumba y allí la enterró, dejando la estatua de una mujer que encontró como señal. Fue a recoger al pequeño y a marcharse…
Entonces los oyó.
Lobos. Habían acudido al olor de la sangre. Y estaban cerca del bebé.
Desenvainó la espada y al grito de ¡Elendil! atacó a las bestias. Eran muchas, quizás doce o quince, y estaban hambrientas. Mató a varias antes de que el grupo se dispersara, pero entonces vio a uno de ellos –el más grande- mordisqueando la capa en la que estaba envuelto el bebé. De un certero lanzamiento, la espada se clavó en el cuello del enorme animal, matándolo en el acto.
Angustiado, el Dúnadan desenvolvió al bebé. No estaba herido de gravedad, aunque tenía arañazos por todo el bracito derecho. Usando los ungüentos de Elrond lo curó y partió hacia Rivendel sin mirar atrás. Las cicatrices nunca desaparecerían del todo, recordando a Aragorn lo cerca que estuvo de fallar en su misión…
Su llegada supuso la alegría de Elrond, que veía en el pequeño un perfecto guerrero y luchador del Bien… hasta que Arwen les informó que él era ella. A pesar de la noticia, Elrond no desistió en su visión: O Dúath a Rhîw eriatha i-Mîr Edain: “De la oscuridad y del invierno surgirá la Joya de los Hombres”. Sin duda, la pequeña iba a recibir una educación única en la Tierra Media, por lo que la llamaron Minei –la Única, la Diferente- y también Rhîwen –Doncella del Invierno, pues había sobrevivido al terrible frío-.
Y aunque Aragorn no podía ni sospecharlo en ese momento, orcos y otras criaturas malignas contarían aterrados alrededor de la hoguera historias sobre Azkaal, La Luz Asesina en su sucia lengua...
Una voz procedente de la casa le despertó de sus pensamientos: Minei –una vez más- disturbaba la paz de Imladris con su voz chillona.
-¿Convertirse en lobo? ¿Y en vampiro? ¡Eso no puede ser verdad, Nana!
La Balada de Leithian de nuevo. Aragorn sonrió: ahora era Arwen la que iba a tener que armarse de paciencia.