Sorpresa en la Comarca

Una calurosa mañana de verano, cuando los prados en la Comarca vestían de color verde, un curioso hobbit caminaba tranquilo por aquellos parajes buscando un lugar donde acampar. El día acababa de empezar, y aquel pequeño aventurero que recorría su país a la caza de aventuras se sentía sofocado y cansado por el calor. El nombre de aquel hobbit de cuatro pies de altura era Feralic Brandigamo, ¡aunque bien lejos de los Gamos se encontraba! Ahora mismo estaba recorriendo los campos plagados de flores rojas y purpúreas que separan Cavada Grande de Hobbiton, y ahora se encontraba a la búsqueda de un buen lugar para sentarse y disfrutar de su segundo desayuno en paz cuando de repente oyó en la lejanía gritos y chillidos de terror. Las voces venían con el viento, y este de Delagua, que se encontraba justo delante de Hobbiton, a tan solo unas cuantas horas de camino. Las alarmas y los alaridos de pánico le dieron coraje al hobbit, que era ya de por sí valiente y aventurero, para acercarse al pueblo a ver lo que estaba sucediendo. Durante el camino, los gritos no cesaron, y vio cómo algunos habitantes salían corriendo en dirección al camino que llevaba a Hobbiton. Aquella visión fue suficiente para Feralic, que, ciñéndose una daga corta al cinturón, emprendió el camino a la carrera a través de los prados.

Llegó al pueblo más cansado y más sofocado de lo que ya estaba, y la gente que lo veía le indicaba por medio de gestos y señales que se fuera, mientras las mujeres hobbits cerraban los ventanas y los porticones y se resguardaban bajo tierra del mal que les visitaba aquella soleada mañana. El joven Feralic se preguntó qué podían inquietar tanto a un hobbit como para hacerle salir de la taberna corriendo, pero no tardó mucho en comprobarlo. Justo cuando llegó a la plaza central de Delagua, la del mercado, divisó entre dos tiendas, un cuerpo negro y peludo con ocho patas y con unos colmillos afilados. Para ser una araña era de un tamaño enorme, y presentaba un aspecto parecido a la araña que aparecía en aquellos relatos que se contaban acerca de la lejana tercera edad y la Guerra del Anillo.

– ¡Se parece a Ella-Laraña! -exclamó un pequeño hobbit antes de refugiarse en su agujero.

No es que se le pareciera, ¡es que era idéntica a ella pero en tamaño reducido! Era una de las hijas de Ella-Laraña, que, al igual que Feralic, había salido a explorar el horizonte y había acabado en la Comarca, rodeada de hobbits asustados y llorones.
Feralic se acercó con cautela a la araña, pensando que esta podía atacarle, y desenvainó el pequeño cuchillo de cocina que se había atado heroicamente al cinturón antes de salir de su casa. La hoja brilló plateada bajo el sol temprano, y la araña se dio la vuelta.

– ¿Tú también me tienes miedo? -dijo la araña, muy triste-. ¿Por qué debería extrañarme? Todos hacéis lo mismo, pensáis que soy un ser cruel pero en realidad solo busco aventuras, como tú.

Entonces miró al pequeño hobbit, al que igualaba en estatura y le contó como se había separado de su madre y sus hermanas al ver que eran distintas y que deseaban el mal a todo ser viviente que no perteneciera a los arácnidos. Ella se consideraba diferente, tenía un espíritu aventurero, no guerrero, y un día salió de su casa con el objetivo de recorrer la Tierra Media para encontrar hasta los más recónditos secretos que existen y viven sobre ella.

– Yo no soy una araña malvada -confesó la pequeña araña-. Y aunque os parezco horrenda y fea con esta piel negra y estos colmillos y patas, yo no puedo hacer nada al respecto. Soy lo que soy, y soy una araña -se lamentó la pequeña-. Espera un momento, ¿me estás escuchando sin querer atacarme?

El joven Feralic asintió, y ella se alegró enormemente al saber que había encontrado a una persona, en este caso, un hobbit, que no la intentaba atacar ni alarmar a los demás para que huyeran a su paso. La arañita se asombró al ver que el hobbit le tendía la mano.

– Araña, hija de seres repugnantes -habló entonces Feralic-. Te doy la oportunidad de salir de la Comarca con vida si me acompañas en mi travesía por estos páramos. Pues la gente aquí es muy reservada y no le agrada ni tu aspecto ni tu forma de ser. ¡Ven conmigo! Seamos amigos, aunque las leyes de nuestras razas confrontadas dicten que no lo podemos ser. No ataques a los hobbits y ellos no intentarán acabar contigo.

La araña asintió y le tendió la pata delantera al hobbit, y así se saludaron y emprendieron el camino juntos, como dos amigos aventureros que, de buena mañana emprenden un viaje en busca de relatos apasionantes que contar a sus nietos. Así, los habitantes de Delagua, cuando desatrancaron las puertas y abrieron los porticones de nuevo, vieron con asombro como el hobbit conversaba pacíficamente con la araña y emprendían juntos el camino hacia el horizonte, contemplando así, el nacimiento de una gran amistad.

Los hobbits de Delagua, cabezones y cerrados, no entendieron cómo se puede ser amigo de un ser funesto como una araña, pero quizá vosotros habéis aprendido la lección. ¡No juzgues por las apariencias!