Humo y Fuego en el Sur: La División Fëanor

Baltdegor, sin vacilar, aclamó: “¡Por Gondor!”. Sacó su espada y de un golpe certero le rebanó un brazo a uno y la cabeza a otro. Funderen abatió a tres tipos con su espada corta. Gulohand, descendiente de una gallarda familia que había sobrevivido y escapado de Fornost durante la guerra contra el Rey Brujo de Angmar, combatía con hidalguía; su acero le quitó la respiración a 4 Harad. Derghön, con una espada en cada mano, aumentaba las bajas enemigas. Al cabo de un rato, las filas Harad se habían reducido a 5. La División Fëanor solo había perdido a 2 guerreros. Los Harad sobrevivientes se replegaron a los galpones. Baltdegor, aprovechando la situación, ejecutó una contraofensiva, pero detuvo sus tropas al unísono. Las pequeñas ventanas, imperceptibles estando cerradas, se abrieron por el costado de los galpones o aparentes fábricas. Inmediatamente salieron despedidas unas bolas de metal incineradas. La primera cayó junto a Dethanon y sus hombres, los cuales murieron producto de la explosión. Baltdegor dio la orden de replegarse, pero era tarde. Las bolas explosivas continuaban cayendo. Prontamente, Funderen y los suyos fueron abatidos. Baltdegor sabía que debía actuar rápido: sus hombres estaban en aprietos. Le dijo a Derghön: “Trata de decirle al resto que atrapen esos artilugios y los lancen nuevamente al interior”. El combate desigual seguía. Los hombres de Gondor seguían cayendo. Otros estaban malheridos y mutilados producto de las explosiones. Baltdegor, junto a 6, se abalanzó entre el ruido y el humo sobre los galpones. Lograron atrapar algunas bolas infernales y lanzarlas dentro de las estructuras. El caos fue total. La barraca que estaba al norte voló literalmente por los aires. Desde el interior, numerosos Harad salieron envueltos en llamas. Los del galpón contiguo no sabían si seguir lanzando proyectiles o salir del lugar, dado el incidente anterior. Baltdegor y sus hombres aprovecharon la situación. Sigonor, junto a 4 guerreros, atacaba con sus certeros arcos a los despavoridos Haradrim. Derghön, que había entrado con un grupo de 6 a la barraca contigua, se encontró con un grupo de trabajadores gondorianos que estaban tirados en el piso. Alertó a Baltdegor, quien se batía sin descanso junto a Gulohand. La explosión de la barraca provocó la incineración y destrucción de parte del campamento, que rápidamente empezó a incendiarse.

La batalla se prolongó hasta el alba. Las llamas habían consumido todo. La División Fëanor había salido victoriosa. 14 bravos guerreros habían caído en batalla. Los Harad fueron abatidos, salvo 3 que, gravemente heridos, fueron capturados. Se lograron rescatar 40 prisioneros gondorianos. Baltdegor sabía que el humo y los restos se verían desde varias leguas; la noticia no tardaría en llegar a Umbar. La División y los liberados comenzaron su viaje a Pelargir. Baltdegor había logrado obtener algo de información de los Haradrim antes de que fallecieran. La madera era traída desde el distante Bosque Harad; llegaba cada dos días y era excelente. Los hornos servían para fundir los metales que eran obtenidos desde las Montañas de las Sombras, que se encuentran en el borde sur de Mordor. Los otros minerales eran extraídos desde el lejano Khand. Los barracones eran efectivamente fábricas que construían los artefactos explosivos y extrañas máquinas. Estaban destinados a ser transportados a Umbar y equipar los navíos corsarios. Uno de los gondorianos rescatados le comentó a Baltdegor: “Los despreciables Harad comentaban que se acercaba una guerra, que era necesario producir más y más…”. Baltdegor, preocupado, preguntó: “¿Una guerra? ¿Y el material explosivo de dónde viene?”. Un anciano que iba junto a Derghön, al escuchar las palabras de Baltdegor, contestó: “El día antes de que ustedes llegaran, un soldado le comentaba a otro que el anciano había hecho construir una máquina para los Mûmakil. Serían más letales y que los corsarios estaban sacando desde sus astilleros nuevos navíos que lanzaban fuego”. Las sospechas del rey Elessar volvían a la mente de Baltdegor: “¿Cómo puede ser? ¿Harán algún ataque combinado?… Estas máquinas explosivas harían estragos en nuestras costas. Es una mala noticia”. El grupo apuró la marcha. Ardeting, que venía en la retaguardia, se acercó a Baltdegor: “Hace unos instantes una bandada de cuervos revoloteaba cerca de nosotros. Debemos apresurarnos, señor”.

Al día siguiente, el grupo llegó a las inmediaciones del puente que cruza el río Harnen. El sol comenzaba a aparecer. Los ánimos no se habían repuesto del combate y menos de la pérdida de los amigos. Los trabajadores liberados estaban exhaustos, pero sabían que aquellas tierras no eran de fiar. Baltdegor ordenó aguantar un poco y continuar hasta donde estaban las ruinas del antiguo poblado gondoriano. Solo se escuchó un chiflido. Una bola explosiva estalló en medio de la caravana. El horror envolvió los corazones. Por el este se vio venir un Mûmakil, no de gran tamaño, pero veloz. Los ocupantes lanzaban bombas que explotaban y destrozaban las filas de la disminuida División. Baltdegor ordenó a Gulohand que cruzara con los liberados, mientras él y los 12 restantes repelían en lo posible el ataque. Las tropas Harad seguían en su ataque y persecución. Los gondorianos lograron cruzar el puente. La División Fëanor, que lanzaba sus más certeros disparos, no lograba causar daño; los Mûmakil eran verdaderas fortalezas. Baltdegor y los suyos se aprontaban a cruzar el puente, cuando una explosión derribó por completo la estructura. Los hombres salieron despedidos, cayendo al torrente del Harnen. Sigonor, malherido, logró cruzar al otro extremo. Ardeting, sobre un madero, flotaba a la deriva. Derghön se había encaramado sobre una de las bestias e intentaba trepar hasta donde estaban los artilleros Harad, pero era imposible. Cuando vio que estaba cerca de la ribera del río, saltó. Dos soldados, Tinghiron y Condotär, ambos provenientes de lo que alguna vez fue el reino de Arthedain, siguieron luchando hasta caer. Baltdegor, junto a 9, llegó a la otra orilla. Desde esa distancia solo vieron a los Harad que se mofaban y reían. Baltdegor sentía su corazón apretado; ya había perdido muchos amigos, pero sus compatriotas estaban a salvo. Con los sobrevivientes y heridos de la División Fëanor, emprendió la marcha. Baltdegor se detuvo por un momento. Fijando la vista hacia el sur, observó que los Harad no se habían movido desde la otra orilla. Uno de los guerreros Haradrim bajó desde el pequeño Mûmakil y clavó un estandarte en el lugar donde yacía el puente. El estandarte enarbolaba los emblemas característicos de los Harad, los cuales se mezclaban con el humo y el fuego. Gulohand llegó junto a su capitán: “Señor, ya tendremos tiempo para la revancha”. “Eso no me preocupa, Gulohand. Me extraña esa marca que lleva”. “¿La serpiente, señor?”. “No… esa mano blanca”.