¿La mortalidad es un don o es un castigo?

Como decíamos, en 1951 Tolkien escribió una carta a Milton Waldman que se hizo célebre por su contenido, pues era, según las palabras de Christopher, “una brillante exposición de su concepción de las primeras Edades”. Constituía un muy buen resumen de su legendarium, su mitología, tal como la concebía en aquella época. Y en esta carta nos encontramos ambas cosas, la idea de la muerte como un Don y la alusión a una primera caída de los Hombres.

El Hado (o Don) de los Hombres es la mortalidad, la libertad de los círculos del mundo.

…creo que las leyendas y los mitos encierran no poco de «verdad»; por cierto, presentan aspectos de ella que sólo pueden captarse de ese modo…

La primera caída del Hombre, por las razones explicadas, no se registra en parte alguna; los Hombres no aparecen en escena hasta mucho después de que eso haya sucedido, y sólo se rumorea que, por algún tiempo, cayeron bajo el dominio del Enemigo, y que algunos se arrepintieron de ello.”

Carta nº 131. Cartas. p. 175-176

De esta primera caída de los Hombres Tolkien quería que su conocimiento llegara a través de elementos antiguos difundidos, no registrados en parte alguna… No sabemos, por tanto, qué consecuencia tuvo esa caída, pero la mortalidad era (o seguía siendo) un don de Ilúvatar hacia los Hombres.

En 1954, en el borrador de una larga carta para Peter Hastings que no fue enviada, Tolkien continuaba hablando de la muerte como un don, e iba más allá:

“… mi legendarium, especialmente la «Caída de Númenor» que corresponde inmediatamente antes que El Señor de los Anillos, se basa en mi concepción de que los Hombres son esencialmente mortales y no deben tratar de volverse «inmortales» carnalmente.

A esto añadió en una nota a pie de página:

Puesto que la «mortalidad» es un don especial de Dios a la Segunda Raza de los Hijos (los Eruhíni, los Hijos del Único Dios) y no el Castigo por una Caída, puede llamarlo «mala teología». Quizá lo sea en el mundo primario, pero es una imagen capaz de dilucidar la verdad y una legítima base de leyendas.”

Carta nº 153. Cartas. p. 222

También en otra carta de 1954 dirigida al padre Robert Murray escribió de la misma forma:

“Pero la idea del mito es que la Muerte -la mera brevedad de la esperanza de vida humana- no es un castigo por la Caída, sino una parte biológicamente inherente de la naturaleza humana. El intento de escapar de ella es malo por ser «antinatural», y necio porque la Muerte en ese sentido es el Don de Dios (envidiado por los Elfos) por el que el Hombre se libera de la fatiga del Tiempo.”

Carta nº 156. Cartas. p. 242

No hay duda de que, al menos en esta época, la muerte era un don y no un castigo por lo que fuera que pasara en el despertar de los Hombres. Un año después, en 1955, Tolkien escribió unos borradores que años más tarde se convertirían en la Athrabeth Finrod ah Andreth. En ellos aparecía el germen de lo que se convertiría en la Historia de Adanel, la leyenda de la Caída. Entonces se decía que los Hombres tomaron a Melkor como Señor y Dios; algunos decían que los espíritus de los Hombres renegaron de su propia naturaleza y, por ello, se debilitaron, y otros que Eru se encolerizó y les dijo que pronto abandonarían la Tierra y acudirían ante él para saber quién mentía (El Anillo de Morgoth, p. 405-406).

La Athrabeth, el debate de Finrod y Andreth, se escribió en 1959, y en esta obra, tal como decía Christopher, se “exploraba por vez primera la naturaleza de la Mácula de los Hombres”. Andreth le habla a Finrod acerca de una tradición que sobrevivía entre los Hombres según la cual los Hombres eran de naturaleza inmortal, pero no le quiso decir nada más salvo que esa historia procedía del pueblo de Adanel.

Tolkien escribió la «Historia de Adanel» (El Anillo de Morgoth p.395-399) junto a un extenso comentario de la Athrabeth que fue adjuntada a esta. Un resumen sería el siguiente:

Al principio de la historia de los Hombres, la Voz les decía que eran sus hijos. Los Hombres le escuchaban y le hablaban, pero, con el tiempo, lo fueron haciendo menos. Después se les apareció otro ser que les prometió riquezas y conocimiento. Era el Dador de Regalos, decía. Y los Hombres lo reverenciaron y les apartó de la Voz. Los Hombres se postraron ante él y lo tomaron como Señor. Una vez habló la Voz y dijo: «Habéis renegado de Mí, pero seguís siendo Míos. Yo os di la vida. Ahora se acortará, y cada uno de vosotros acudirá a Mí tras un breve tiempo, y sabrá quién es el Señor: si aquel a quien adoráis, o Yo, que os hice.». los Hombres creyeron que la Voz procedía de la Oscuridad y le pidieron ayuda a su Señor para librarse de la muerte. Pero él les pidió hacer Su voluntad, y los Hombres sufrieron de agotamiento, hambre y enfermedades. Algunos de ellos, en su desesperación, hablaron diciendo: «Ahora sabemos al fin quién mentía y quién deseaba devorarnos. La Oscuridad no era la primera Voz, sino el Amo que hemos tomado […] Él es nuestro Enemigo». Entonces, por miedo a que todos fueran castigados, los Hombres mataron y persiguieron a todos aquellos que hablaban mal del Amo.

De modo que, de acuerdo con esta historia, los Hombres vieron acortada su vida al haber servido a Melkor y apartarse de Eru. Eru fue quien realizó semejante castigo. No se afirma aquí que los hombres eran de naturaleza inmortal, tal como decía Andreth, solo que su vida fue acortada.