Elboron caminaba silencioso por el gran pasillo central de la biblioteca en dirección al gran vesíbulo, absorto en sus pensamientos y solo distraído por el sordo retumbar de sus pisadas en el mármol.
Esa noche se le había hecho tarde repasando los últimos pergaminos llegados de Imladris. Fascinado, el apasionado bibliotecario había devorado las notas enviadas por Erestor ajeno al transcurrir del tiempo y sin darse cuenta de lo tardío de la hora.
Sólo el hambre había podido apartar su vista de los interesantes papeles que un mensajero había traído esa misma tarde. Dispuesto a saciar su apetito fue en busca de Vilmanion, pues el joven druedain aún se encontraría en el edificio y tendría alguna vianda que ofrecerle.
- Lástima que la cocina cerrara tan pronto - se compadeció Elboron en voz alta mientras se palpaba la chaqueta en busca de tabaco para su pipa - Ioreta hace unos pasteles de arándano riquísimos.
Al llegar al vestíbulo central una sorpresa lo aguardaba pues encontró al maestro escriba, mas no acabando los códices que le había encargado, sino acompañado por la dama Árawen y charlando animadamente de forma cariñosa.
- Veo que no soy el único rezagado esta noche - saludó el elfo con una amplia sonrisa - Te hacía en la ciudad ya, Árawen.
La elfa y el druedain se giraron y observaron sorprendios al bibliotecario, que suponían ya en sus aposentos de Ciudad Dragón.
- Aunque... por lo que veo, si soy el único que trabaja esta noche
