El sol se ponía en el Oeste,
entonces Manveru nació.
Era hijo de Manvelen,
y muy lejano navegó.
Manvelen era marino,
de un buen barco brillante,
hermoso como la plata,
como un caballero andante.
Se oscurecía Númenor,
Manveru partió por el mar,
como órdenes a seguir,
A su rey, princesa salvar.
Con su hermano Varyamo,
seguido de Orondil Fuerte,
los tres partieron sin ganas,
hacia las tierras del norte.
Por mazmorra y pasadizo,
por sendero y por cañada,
en una oscura torre,
la hermosa alteza fue hallada.
Fulguraron los aceros,
feroz música cantaron,
las crueles flechas danzantes,
que muy punzantes bailaron.
Allá en la alta torre,
Ella, Isilmien, esperaba,
sin demasiada alegría,
apenada su alma estaba.
Manveru halló a la bella,
se cruzaron sus miradas,
enamorado quedó él,
dulce doncella hechizada.
Huyendo en la luna llena,
cercados por enemigos,
los cuatro se disgregaron,
a casa de sus amigos.
Al año del buen encuentro,
a las playas retornaron,
y no deseando irse,
en tierra permanecieron.
Y Orondil y Varyamo,
a Númenor han tornado,
con hermosas novedades:
la princesa habían salvado.
El rey largo enfureció,
arrojó a sus soldados,
la cabeza en plata pidió,
de Manveru el renegado.
Y Orondil y Varyamo,
debido a su desatino,
velozmente navegaron,
a encontrarse con su hermano.
A la orilla del gran mar,
las dos huestes se encontraron,
los hombres apiñáronse,
en duro encuentro murieron.
Orondil fue disparado,
su valor no veríase más.
Varyamo muerto por lanzas,
para ya no volver jamás.
La gran batalla terminó,
los servidores del mal rey
todos muertos hubiéronse,
Manveru maldijo a la ley.
Calcinados los dos cuerpos,
de los dos que batallaron,
un Orondil y un Varyamo,
descanso por fin hallaron.
En aquel tiempo Manveru,
buscado por la mala ley,
al sur se hizo con Isilmien,
y no hablar ante el rey.
Manveru e Isilmien,
copiosamente viajaron,
bajo soles infernales,
también ciénagas cruzaron.
Finalmente en Haldanóri,
Manveru su hado contempló,
que si no mucho clemente,
al menos a ellos perdonó.