Los bosques eran verdes
y la hierba crecía sobre el suelo
las hojas brillaban en dorados
y las estrellas arriba en el cielo,
lejos de la oscuridad
en la que había caído el mundo,
en aquella tierra entre ríos
en la que reinaba la tranquilidad
y el tiempo parecía que no pasaba,
en el bosque de Neldoreth
en las tierras de Doriath,
las elanor florecían
y la calma se respiraba.
En tan delicioso vergel,
Beren perdido estaba,
y sin querer
su mayor dicha encontró.
En un claro del bosque
una doncella se alzaba,
triste, en jaula de oro.
Mas valía ella más que la jaula,
o quizás más que el mundo entero,
con sus dorados cabellos
la majestad en su porte,
brillando con luz propia,
su voz de ruiseñor
y de mil pájaros coloridos.
¡Qué gran joya la adornaría!
Era Lúthien Tinúviel la bella
princesa de dos razas,
elfos y espíritus,
del mejor de los linajes,
princesa de aquel paraíso,
en ella todo era radiante.
La luz en sus ojos,
estrella en la frente
alta y perfecta,
deseada y prohibida.
Beren se acercó
y ambos prendidos quedaron
para ella era el hombre que siempre deseó,
el rey de su casa,
si es que alguna le quedaba,
venía de lejos,
y sin embargo,
de muy cerca.
De ser el errante
y el último de los proscritos,
bajó a los bosques
huyendo del mal,
sólo su espada le acompañaba.
Y aquella primavera
se encontraron los dos,
los dos más bellos hijos
de entre todos los de Ilúvatar.
Tanta dicha perfecta
poco iba a durar,
el envidioso padre de Lúthien
con Beren quería acabar,
Thingol el avaricioso;
y Melian lloraba y callaba.
Mas Beren aceptó
ir a por el más inalcanzable de los tesoros,
por la promesa
de la más grande de las dichas,
Lúthien y su belleza.
Así se despidieron,
él que volvería,
ella en todo le ayudaría
y sus destinos serían iguales
y unidos quedarían
mientras los bosques fueran verdes.