En una tarde otoñal, donde las hojas caían sin parar,
las hermanas elfas Aelin y Calenwing cantaban,
en el jardín de su casa sin descansar.
Mientras la noche fresca se asomaba,
un joven hombre se acercaba.
Nerviosa, Calenwing le preguntó que necesitaba
y el hombre con una sonrisa admirable le dijo que la amaba.
Ella, sorprendida no entendía,
pues nunca nadie le había dicho que la quería.
Su hermana, Aelin, con envidia entró a la casa,
y Calenwing le preguntó que le pasaba,
y con profunda mentira, ella le dijo que nada.
Ya tiempo había pasado desde esa tarde otoñal,
cuando Calenwing había conocido a el joven llamado Aramir.
Una noche él le dijo que tenía que ir a pelear por su pueblo,
cuyo nombre era Dorhan.
Con el corazón partido,
ella le preguntó si se iban a volver a ver,
y tristemente el hombre le dijo que no sabía.
Se despidieron una mañana de primavera hermosa.
La joven elfa estaba destrozada,
y su hermana, ya no con envidia hacia ella,
le sugirió que hable con el padre,
que poseía el don de ver el pasado y el futuro.
Ella habló con su padre y le contó todo,
él le dijo que en su futuro veía una profunda tristeza,
por varios años,
pero que esa tristeza podría convertirse en felicidad.
Confundida quedó al respecto,
y por largos años no supo nada de su amado.
Ya no con muchas esperanzas de que estuviera vivo,
decidió irse de la Tierra Media con su hermana y su padre.
Calenwing pensaba que la felicidad de la que hablaba él,
la iba a encontrar fuera de la Tierra Media.
Siete años habían pasado desde que Aramir se había ido,
y él había podido sobrevivir a la guerra.
Regresó a Loriendell, donde había vivido Calenwing,
pero no la encontraba.
Decepcionado, había quedado porque no estaba,
pero no se rindió, sentía que regresaba,
y se había quedado a esperarla.
Y así aguardó durante varios meses,
varios años, y no supo mas de su amor.
Calenwing se había casado con un elfo,
y Aramir después, encontró la felicidad con otra mujer.