La enrredadera crecía, al rededor de esta hermosa casa, habitable sólo por las plantas, por los insectos, una casa grande, abandonada hace 12 años, compleja y con grandes pasillos, habitaciones amplias, una mansión, toda de madera y muebles caros, de madera con la beta fina: caoba.
La puerta era ancha labrada, hermosa, los grifos de las llaves, por los cuales ya salían grandes ramas de aquella enredadera que se había comido el lugar.
La enredadera jamás mudaba de hojas, nunca caía una hoja, jamás una rama cedía ante la vejez, era de una fortaleza que nadie podía haber creído.
Vivió siglos, hasta que se volvió toda una reliquia, de pie después de tanto, investigadores llegaron, biólogos, arquitectos, arqueólogos, entraron a la casa, primero con un temor inexplicable, el aire se reducía, la luz se consumía, y la casa aunque firme, te aplastaba.
Nadie se atrevía a tocar parte alguna de la planta, nada en la casa era suyo, parecía como si aquella planta fuera tan poderosa que ni un ejército de humanos con hachas y cuchillos fuera capaz de vencerla.
Nunca.
Todo aquel fuere y decidido equipo solo observó el interior, hizo planos, tomó muestras de polvo, sacó fotos y justo antes de salir el biólogo arrancó una hoja, la primera, la última, la casa comenzó a vibrar, las ventanas a romperse, los grifos saltaron, las paredes se abrieron y la planta poco a poco fue secándose, desde la hoja más pequeña hasta la que el biólogo había recogido, los trincos, las raíces, tomaron muchas fotos y aquella monstruosidad impactaría al mundo, haría añicos los decubrimientos de Darwin y todos los científicos.
La casa se derrumbó, aplastando toda la planta seca como de años, todos estos hombres profanadores de la frágil perfección de planta corrieron, escaparon y dejaron a un lado todas sus pruebas por el miedo, por la impotencia que sintieron ante aquella enredadera, todos marcharon a lugares recónditos, enloqueciendo, investigando lo más que pudieron acerca de aquella planta que se destruyó sólo por la mínima parete de su cuerpo.